1.º de febrero de 1826.
No puedo dedicar mucho tiempo a escribir, porque los cuidados de los
pobres, durante este frío invierno, me absorben la mayor parle del
tiempo; además de esto, me han encargado de la presidencia de la junta
de caridad establecida en esta población; no me es posible cumplir con
exactitud mis obligaciones a pesar del auxilio que para ello me presta
Mme. de Villeneuve, la esposa del Gobernador de la provincia, joven muy
amable, a quien considero como si fuese una hija; yo no sé por qué las
jóvenes sienten por mí tanta predilección; será sin duda porque yo,
acostumbrada a amar a mis hijas, siento una ternura grande dentro de mi
corazón y una inclinación irresistible hacia las jóvenes con quienes
tengo tratos. Mme. de Villeneuve me ha pintado unas elegantes pantallas
de chimenea, dibujando en cada una, la vista de diferentes casas o
castillos habitados por Mme. de Sevigné; esta buena señora es para mí la
abuela del corazón y del espíritu; Mme. de Villeneuve ha creído que
estos recuerdos serían a mis ojos una especie de ilustración de las
obras que practico continuamente en cumplimiento del deber que la
caridad me impone. ¡Qué buena y dulce es la caridad! Ella parece que nos
aproxima, insensible y dulcemente, al trono donde el Altísimo tiene su
asiento.