24 octubre de 1825.

Me encuentro sola en la casa, arreglándolo todo y disponiendo su cierre.

Ayer salieron todos para la ciudad acompañando a mi esposo. He ido a

Saint-Point, montada en una mula, y acompañada del jardinero, al objeto

de arreglar y ordenar los libros, los naranjos y las macetas de flores

que mi nuera Mariana me recomendó muy especialmente al partir para

Italia. He estado detenida por las lluvias en este viejo, querido y

desierto castillo, y admirablemente servida por María Litaud, una santa

mujer que está encargada de gobernar la casa durante la ausencia de sus

dueños. Creo que hice su felicidad cediéndola a mi hijo. Aquí me

encuentro, junto a la iglesia que tanto adoro por los muchos recuerdos

de las oraciones que he dirigido a Dios bajo su bóveda, en compañía de

mis pequeñitas (que están en el cielo), cuando veníamos a rogar en ella

todas las noches; estoy también rodeada de libros, demasiado tal vez.

Gozo en este silencio y en esta soledad junto a la gran chimenea del

salón, y allí me recojo, abstraída en los dulces pensamientos de la

eternidad, antes de sumergirme de nuevo en el movimiento y las vanidades

del mundo. He tenido muy buenas noticias de Florencia, en donde se ha

establecido mi hijo con su esposa. Cuantas reformas hicieron aquí me

parecen muy bien; han convertido esto en una especie de casa de retiro

para su vejez, donde vivirán recordando nuestra existencia en estos

lugares. En un artículo escrito por Mme. de Genlis, he visto que esta

escritora atacaba vivamente las poesías de mi hijo: es esto una guerra

hereditaria de familia a familia; Mme. de Genlis y mi madre

representaban dos tendencias opuestas en el Palacio de Orleans. Estas

heridas a la fama de mi hijo me han sido bastante dolorosas; yo hubiera

querido que él replicara; esto era natural en la vanidad materna, pero

prefirió aceptar el ataque sin manifestarse resentido. ¿De qué serviría

entonces la caridad si no se perdonaran siquiera semejantes ofensas?

¿para quién deseará ella la superioridad en todo? ¿para sí o para sus

hijos? Si uno la tiene, el deber está en no darle importancia, y si no

se tiene, está el deber en no envidiársela a los demás; los dones de

Dios son gracias, pero no méritos. Habré de acostumbrarme a los

denigrantes ataques que ciertos periódicos, especialmente los

orleanistas y bonapartistas, dirigen a Alfonso. Creo que tengo demasiado

amor propio colocado sobre su cabeza, que puede no ser sino un disfraz

del mío; pero soy su madre, y justo será que me lo perdone.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 207 / 235 题