Me encuentro sola en la casa, arreglándolo todo y disponiendo su cierre.
Ayer salieron todos para la ciudad acompañando a mi esposo. He ido a
Saint-Point, montada en una mula, y acompañada del jardinero, al objeto
de arreglar y ordenar los libros, los naranjos y las macetas de flores
que mi nuera Mariana me recomendó muy especialmente al partir para
Italia. He estado detenida por las lluvias en este viejo, querido y
desierto castillo, y admirablemente servida por María Litaud, una santa
mujer que está encargada de gobernar la casa durante la ausencia de sus
dueños. Creo que hice su felicidad cediéndola a mi hijo. Aquí me
encuentro, junto a la iglesia que tanto adoro por los muchos recuerdos
de las oraciones que he dirigido a Dios bajo su bóveda, en compañía de
mis pequeñitas (que están en el cielo), cuando veníamos a rogar en ella
todas las noches; estoy también rodeada de libros, demasiado tal vez.
Gozo en este silencio y en esta soledad junto a la gran chimenea del
salón, y allí me recojo, abstraída en los dulces pensamientos de la
eternidad, antes de sumergirme de nuevo en el movimiento y las vanidades
del mundo. He tenido muy buenas noticias de Florencia, en donde se ha
establecido mi hijo con su esposa. Cuantas reformas hicieron aquí me
parecen muy bien; han convertido esto en una especie de casa de retiro
para su vejez, donde vivirán recordando nuestra existencia en estos
lugares. En un artículo escrito por Mme. de Genlis, he visto que esta
escritora atacaba vivamente las poesías de mi hijo: es esto una guerra
hereditaria de familia a familia; Mme. de Genlis y mi madre
representaban dos tendencias opuestas en el Palacio de Orleans. Estas
heridas a la fama de mi hijo me han sido bastante dolorosas; yo hubiera
querido que él replicara; esto era natural en la vanidad materna, pero
prefirió aceptar el ataque sin manifestarse resentido. ¿De qué serviría
entonces la caridad si no se perdonaran siquiera semejantes ofensas?
¿para quién deseará ella la superioridad en todo? ¿para sí o para sus
hijos? Si uno la tiene, el deber está en no darle importancia, y si no
se tiene, está el deber en no envidiársela a los demás; los dones de
Dios son gracias, pero no méritos. Habré de acostumbrarme a los
denigrantes ataques que ciertos periódicos, especialmente los
orleanistas y bonapartistas, dirigen a Alfonso. Creo que tengo demasiado
amor propio colocado sobre su cabeza, que puede no ser sino un disfraz
del mío; pero soy su madre, y justo será que me lo perdone.