CXXV

Domingo, 26 de junio de 1825.

¡Qué largo tiempo transcurrido sin escribir una sola línea en este

libro! Es que a causa de mis sufrimientos llegué a dudar de mi vuelta al

camino de la virtud; luego, entreveo con horror la muerte, porque aún no

me creo bien preparada... ¿Llegaré a estarlo? No pido la prolongación de

mi vida más que el tiempo necesario a prepararme y purificarme: y nada

más. Dios me ha hecho esta gracia. Pero al llegar a la convalecencia me

mandó un nuevo dolor, y luego me lo ha quitado de nuevo y sin

preparación.

En un pequeño poema que ha escrito Alfonso sobre la consagración del

rey, no decía una palabra del duque de Orleans, de quien no es

partidario, porque tiene sobre este príncipe las prevenciones de su

padre y de toda la familia de los Lamartine: encuentra algunos puntos

oscuros e inconvenientes en la conducta de un príncipe de la familia

real, cuyo padre cometió la fatalidad de condenar a muerte a su pariente

y a su rey, al desgraciado Luis XVI, y que después de esto ha sido

colmado de honores y perdonado por los Borbones, dando en lugar de un

testimonio de agradecimiento, pruebas de deslealtad para halagar a sus

partidarios. Alfonso habla con cierta amargura contra lo que llama su

deslealtad, y esto me mortifica, porque yo creo bueno a este príncipe e

inocente del crimen de su desventurado padre. Hubiera yo preferido, sin

embargo, que el tal hubiese hecho una oposición menos abierta que los

demás, sin que para ello se hubiese rodeado de todos los ambiciosos y

descontentos, revolucionarios o bonapartistas, que han formado eso que

llama él un partido; pero es preciso atacar o conjurar las intenciones,

antes que acusar temerariamente a nadie.

Cuando me leyó Alfonso los versos de su poema, donde ensalza todos los

guerreros y todos los príncipes de la familia real, y observé que ni una

sola palabra decía del duque de Orleans, tuve un disgusto tan grave que

me hizo derramar lágrimas; entonces le supliqué que no dejara desairado

con semejante silencio a un príncipe en cuya casa pasé yo mi niñez, y

cuya madre y hermana nos habían colmado de bondades. Resistiose

obstinadamente, y me dijo que todo lo más que podía hacer por el duque

de Orleans, era no pronunciar su nombre, mientras que se honraba

nombrando a los reyes Luis XVIII y Carlos X, a quienes había tenido el

honor de servir en el ejército y en la diplomacia, y que él había

heredado de su padre el cariño a estos príncipes desgraciados, y para

sus enemigos, la repugnancia y el desprecio. A pesar de esto, conseguí a

fuerza de lágrimas, que recogió con respeto, el que pronunciara de una

manera conveniente el nombre del duque de Orleans, en aquel homenaje a

los Borbones. Hízolo, pero resultó desgraciado al querer expresar un

sentimiento que su corazón no sentía. Los párrafos que aludían al 21 de

Enero y a la muerte de Luis XVI, parecieron un insulto al duque de

Orleans, y no sé cómo, pero es el caso que este príncipe tuvo

conocimiento de lo sucedido por el librero, sin duda, antes de que

fuesen publicados, e hizo escribir una carta a mi hijo por nuestro

pariente M. Henrion de Pansey, presidente de su consejo. M. de Pansey,

en nombre del príncipe, pedía a mi hijo, en términos corteses, la

supresión de los versos en que era aludido.

Alfonso contestó en seguida, con mucha cortesía por cierto, que él no

había tenido la menor intención de mortificar la personalidad de un

príncipe, de cuya casa tantos beneficios había alcanzado su madre, y que

en aquel momento escribía al impresor para que se suprimiesen los versos

que pudiesen molestar al señor duque de Orleans. El escribió,

efectivamente, al editor, para que fuesen retirados los párrafos en

cuestión.

Todo parecía haber terminado aquí; pero el duque de Orleans, ignorando

que Alfonso hubiese condescendido a sus deseos, y más impaciente de lo

que convenía por semejante supresión, mandó escribir una segunda carta,

en la cual se hacían amenazas contra el crédito de que mi hijo gozaba en

la corte, advirtiéndole, que en el caso de no acceder a sus deseos,

tenía un príncipe real sobrados medios para hacer sentir a quien

intentara solamente ofenderle, el peso terrible de sus resentimientos y

de su indignación. Cuando Alfonso recibió esta segunda carta, su natural

dignidad ofendiose de tal suerte, que no quiso en manera alguna acceder

a los deseos de Orleans y escribió inmediatamente a su editor que no

retirara una sola palabra del original. Sin embargo, por no hacer una

ofensa, sin previa explicación, al duque de Orleans, le escribió el

mismo día en que habían ya los periódicos publicado esta carta de

intimidación que no podía ser conocida más que por una indiscreción

palaciega, diciéndole que la supresión del párrafo por los periódicos

adictos a su corte, no podía atribuirse más que a una ligereza de su

carácter, y se veía él obligado a dejarlo en suspenso; decíale también

al príncipe que, apreciando debidamente esta necesidad de honor,

confiaba no lo atribuiría a la intención de ofenderle. El príncipe fue

justo, y contestó inmediatamente haciéndose cargo de esta exigencia de

honor, desde el momento en que la publicidad hecha en los periódicos

liberales, había colocado a mi hijo en una situación tan especial. El

párrafo apareció según Alfonso lo escribiera al principio.

Pero, eso fue para mi corazón una flecha que lo atravesó de parte a

parte, tanto más, cuanto no me atreví a decírselo jamás a mi esposo ni a

mi hijo; porque yo había sido colmada, durante mi infancia, de todas las

bondades de aquella augusta casa, cuyo nombre habíame mi madre enseñado

a venerar desde mi niñez. En las circunstancias dolorosas para mi madre

y para otros varios miembros de la familia, la señorita de Orleans nos

había favorecido con cariñosa solicitud y con una generosidad sin

límites: yo no podía ni puedo olvidar los bienes recibidos de esta

augusta familia, y mi marido y mi hijo ignoraban estos transportes

íntimos que yo no podía tampoco confiarles. ¡Júzguese de mi asombro y de

mi aflicción, al considerar que esta excelente princesa pudiese atribuir

mejor que a un error, a ingratitud u olvido, una ofensa al nombre de su

casa salida de la mano de mi hijo! Pasé muchas noches derramando

lágrimas. Escribí a la señorita de Orleans para desengañarla y

manifestarle todo mi pesar; ella me contestó mejor como amiga que como

princesa, comprendiendo perfectamente la situación en que me encontraba.

A Dios gracias, todo ha terminado; temo solamente que lo ocurrido

ocasione entre la princesa y mi hijo una frialdad y una irritación

secreta que vaya alejando poco a poco su amistad de aquella casa, en la

cual hubiera tenido unos protectores desinteresados. Las prevenciones de

los nobles realistas contra el nombre de los Orleans, son injustas,

extremadas y, como si dijéramos, han sido infiltradas en la sangre de

padres a hijos. Tuve todavía un gran pesar, que de tan vivo y doloroso,

no puedo confiárselo a nadie; la susceptible altivez de mi esposo no le

dejaba comprender que existiera correspondencia entre la señorita de

Orleans y yo, ni las gracias que mi familia recibió de ella, en muchas y

determinadas ocasiones.

* * * * *

Dice Alfonso que cree habrá de partir para Alemania, y por lo tanto, que

estará ausente de nosotros por mucho tiempo. Cuando pienso en su

separación no hago otra cosa que llorar. ¡Ah, Dios mío! ¡Cuán solitaria

va quedando esta casa, antes tan alegre y tan llena de vida! Cuantas

veces reflexiono en nuestra soledad, recuerdo los muchos nidos que

tantas veces he visto durante el otoño bajo los álamos del patio de

Saint-Point; en lugar de los pequeñuelos hay nieve, y el viento se va

llevando sus pajas, ¡una a una! Así es nuestra casa en la actualidad.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 203 / 235 题