Hago la misma solitaria vida bajo el mismo techo, envuelta en mi propia
tristeza y leyendo en compañía de Alfonso, su esposa y mi Sofía, cuya
educación no me da cuidado porque parece ya haber salido instruida y
piadosa de la cuna. Leemos por las noches en compañía de mi esposo y mis
hijos, junto al hogar, cuantos libros pueden alimentar sanamente el alma
y el espíritu. Mi marido parece aficionarse mucho a esta vida retirada,
cuyas principales emociones están en los libros. Ha llegado a la edad en
que los hombres se retiran del sitio grande o pequeño que hayan ocupado,
y se convierten en simples espectadores que observan con indiferencia la
comedia que en el mundo se representa; entonces, son los libros su
distracción, su recreo; constituyen, en fin, parte de su existencia. En
los libros de historia se aprecia la vida real; en la novela el mundo
imaginario. Vienen los libros a ser, irremisiblemente, la vida de
aquellos seres, que, prontos a dejar de vivir, desean vivir en otras
edades.