Martes, 4 de enero de 1825.
Los cambios de tarjetas, las visitas, las felicitaciones, las alegrías,
el movimiento, en fin, de primero de año me han hecho mucho daño; yo no
puedo hacer más que llorar cuando alguien me dirige sus recuerdos; ¡mis
recuerdos están en lo pasado! ¿Y qué es lo que el pasado me recuerda?
Tuve un momento de esperanza al ver un segundo a Alfonso, el hijo del
mío, y desapareció esta esperanza; ahora tengo una satisfacción con lo
que de él poseo, es decir, por el cariño que me tiene, no por eso que
llaman la fama, el renombre, la gloria; él me ama, y eso es lo que
deseo, y eso es para mí su gloria mejor; ¡ojalá pudiese amar lo que amo
yo, las creencias que me dan la paz acá en la tierra, y la verdadera
inmortalidad en perspectiva! Estoy muy contenta de tener a su esposa y a
él en mi compañía todo este invierno, y me aflijo ya con la idea de la
inevitable separación, pero su destino le lleva a vivir lejos de
Francia; respetemos los altos designios de Dios.
Los últimos momentos de Bonaparte en Santa Elena, me han hecho
reflexionar mucho sobre el camino que Dios ha trazado, y que conduce de
las glorias mundanales al panteón de la nada. Algo más cerca ha herido
mi corazón la muerte del célebre poeta inglés lord Byron. Llorosa y
conmovida he notificado a mi hijo la muerte de este joven poeta, lo
mismo que si se tratara de una desgracia ocurrida en la familia. ¿No es,
por ventura, la humanidad una misma familia? ¡Tal vez otro día, una
madre temblando como yo, llorosa, anunciará a su hijo la muerte del mío!
Alfonso ha escrito un poema titulado «Childe Harold» en el cual se
refiere la heroica muerte de lord Byron defendiendo la independencia de
los helenos; hay en él estrofas que me llenan de dolor, porque temo
mucho que sienta un entusiasmo peligroso por las ideas de la moderna
filosofía y de la Revolución, contrarias al trono y al altar, estos
guías que yo he encontrado siempre en mi camino y fuera de los cuales
sólo veo confusión y peligro, y sobre todo, el abismo sin fondo de la
incredulidad.
Yo he conocido estos famosos filósofos nuevos durante mi juventud;
haced, ¡Dios mío! que mi hijo no se les parezca en nada; no dejo yo de
hacerle ciertas consideraciones sobre el peligro de las ideas nuevas,
pero el «espíritu surge donde él quiere», como dice la Sagrada
Escritura. En cuanto una madre ha puesto en el mundo un hijo, y le ha
inculcado su propia fe, ¿qué le resta hacer ya? ¡Como no sea poner todos
los días su débil mano entre la llama de esta fe y el viento del siglo
que pretende apagarla! ¡Ah! yo me he sentido algunas veces orgullosa de
ser madre de hijo semejante pero su independencia de espíritu me ha
hecho sufrir mucho. Yo opino que toda la ciencia se encierra o debe
encerrarse en esto: «Obedecer y creer»; tal vez se me dirá que esto es
poco poético, pero tengo para mí que existe tanta poesía en la sumisión
del espíritu como en la rebelión.
¿Son, por ventura, los ángeles fieles, menos poéticos que los ángeles
que se rebelaron contra Dios? Yo preferiría que mi hijo no tuviese
ninguno de esos vanos talentos mundanos, a que se rebelara contra los
dogmas que han sido fuerza, luz y consuelo de mi existencia, y por los
cuales he sufrido resignada todas las adversidades de este mundo.