Todo ha concluido: mi hija Susana descansa en el seno de Dios desde
anteayer, jueves, a las diez de la noche; quiero, mientras me sea
posible, recordar todas las circunstancias de esta muerte edificante,
dulce y consoladora para los verdaderos cristianos, y terrible siempre
para una pobre madre. En medio de mi acerbo dolor, de mis crueles
angustias y de las escenas más tristes, Dios me concedió la gracia de
una fuerza, de una resistencia y de una confianza en mí misma, que era,
a buen seguro, el fruto de las oraciones que se le han hecho para
nosotros, y en las que reconocí particularmente su eficacia, viendo el
admirable estado de espíritu de mi pobre hija durante sus últimos
momentos.
A pesar del tristísimo estado a que su cuerpo estaba reducido (de que ya
hablé el otro día, aunque algo a la ligera), y a pesar de que se
agravaba por momentos en su terrible enfermedad, ni una queja, ni una
demostración de tristeza; nada, en fin, que pudiera causarnos
pesadumbre. El domingo por la mañana, viéndola muy acabada, mandé un
recado al señor cura para que se sirviese venir por la noche a
visitarla, como cosa suya. Ella se alegró mucho de la visita, y viendo
que yo no me movía de su lado, me dijo: «Mamá, ¿quieres que lo diga todo
delante de ti? Si es que esto puede causarte pena, no estoy tan enferma
que lo crea indispensable, pero me parece a mí que el sacramento de la
Extremaunción es una gracia que no debemos descuidar, y que yo desearía
recibir.»
Había ya ella, durante el tiempo que estuvimos en Perrieres, y sin que
yo lo supiese, pedido al señor cura que no la dejase morir sin darle
todos los sacramentos; el buen sacerdote aprovechose entonces de lo que
ella volvía a repetirle, y después de haberle hecho entender todas las
virtudes que contiene el último sacramento, fuese a buscar lo necesario
para el caso y le administró la Extremaunción que ella recibió con gran
fe y angelical piedad; pidió que no se dijese una palabra a su marido,
que afortunadamente se encontraba fuera en aquel momento. La señorita de
Lamartine y Sofía estuvieron presentes y yo escondida en un gabinete
junto a la alcoba, llena de dolor y resignación. Muchas veces había
pensado en este terrible momento, que creía no poder soportar; pero me
encontró completamente transformada después que el sacerdote cumplió su
divina misión.
Mi pobre hija estaba sonriente; yo he rogado por ella, la he exhortado,
con la misma calma y tranquilidad que si se hubiese tratado de cualquier
otro acto natural de la vida; ella ha preguntado por diversas
personas:--¿Están enteradas?--decía. A la mañana siguiente pidió una
cruz, a pesar de que había en el cuarto un crucifijo de relieve y tenía
otro junto a su cama; quería tener otro en sus manos para besarlo
continuamente. Encontré por fortuna un pequeño crucifijo de plata, tal
como ella deseaba, y desde este momento, hasta el de su muerte, lo tuvo
entre sus manos, besándolo a cada paso y elevando sus ojos al cielo;
antes de tomar alguna medicina hacía la señal de la cruz y a cada
instante me pedía que rogara por ella; yo decía cuantas frases piadosas
Dios me inspiraba, leyendo las oraciones que me parecían más
consoladoras. Tuvo grandes y continuados accesos de sofocación y fatiga,
hasta el punto de que creíamos a cada paso que entraba en la agonía,
pero luego transcurrían algunos intervalos en que parecía calmada y
consolada por la oración. Los tres últimos días los pasamos en continuo
sobresalto, y por la noche descansábamos un poco, porque yo la dejaba
entre ocho y nueve con una asistenta que se acostaba en su propio
cuarto, y una criada que quiero como una hija; hace ya más de veinte
años que está en la casa y duerme en un cuartito junto a la alcoba;
tanto Sofía como yo, nos levantábamos varias veces cada noche para ver
cómo estaba y cómo seguía; siempre la encontrábamos esperanzada y jamás
hablaba de su hijo; estoy segurísima de que ha obrado así
sacrificándose. La víspera de su muerte dijo a su marido: «¡Ay, esposo
mío! ¡qué felices son los que se encuentran como yo me encuentro,
habiendo hecho todo lo que se puede hacer para la paz del alma! ¿Harás
tú lo mismo, si tienes que sufrir una larga enfermedad como yo?» Y luego
ha dicho con mayor fuerza: «Me lo prometes, ¿no es cierto?»
La víspera de su muerte recibió las últimas oraciones que la iglesia da
a los moribundos. ¡Ay! yo le he dado las mías todas las noches desde el
lunes al jueves. Me figuraba yo que cada hora que se iba pasando era la
última, y cuando llegaba la noche, que había ganado todas las
transcurridas creyendo que podía amenguar mi inquietud para una noche
más. El jueves por la mañana, había aumentado notablemente la opresión,
fue necesario cambiarle la cama; era esto una cosa que se hacía lo menos
posible, por el peligro del cansancio que forzosamente le había de
producir y por evitarle los desmayos.
Mi pobre Sofía dirigía la operación con una paciencia, una destreza y
una dulzura que conservó siempre igual durante toda la enfermedad de su
hermana. ¡Oh! Dios la bendecirá indudablemente por todos los cuidados
que le ha prodigado. Durante este día, le daban a la pobre enferma
frecuentes desmayos; me había dicho por la mañana: «He soñado cosas
harto dolorosas para vos, ¿estabais bien?» Le contesté que sí y le
apregunté qué era lo que había soñado: «Cosas bastante desagradables...»
y no pudo decir otra cosa.
Vino el señor cura y le dijo ella en voz baja: «Comprendo que deseo la
muerte más de lo que debiera, porque me siento perfectamente preparada y
llena de fe, como no creo poder estarlo nunca más; si mi vida se
prolonga, tendré que volver a empezar estos preparativos y temo... ¿Será
pereza, señor cura? ¿me perdonará Dios estos deseos?»
Alfonso estuvo solo con ella unos instantes, después que nosotras, y
procuraba disimular sus lágrimas y la emoción de su voz; ella le dijo
algunas palabras, y le tendió la mano; luego bendijo desde su lecho,
pero sin verle, a su tierno hijo. ¡Ah! que se le eduque--dijo la
pobre,--en la fe que me ha de volver todos los seres de quienes, sin
ella, no podría separarme tranquila.
No puedo expresar el efecto que producían en mis ojos, los de la pobre
enferma cuando nuestras miradas se encontraban; parecíame que veía
aclararse de súbito aquella figura, antes radiante de vida, y ahora
completamente cambiada.
Algunos ratos, los pasaba yo rogando en alta voz junto a su lecho: su
hermano, arrodillado en el umbral de la puerta, parecía escuchar el
rezo. ¡Qué espectáculo más triste el que presentaba aquella habitación!
A eso de las siete, empezaron a prolongarse los desvanecimientos, luego
pareció como que quisiera descansar; yo me acosté para aprovechar
algunos momentos de reposo, que bien lo necesitaba después de tan
continuos desvelos; a los pocos minutos me desperté al ruido de una
violenta tempestad; corrí a escuchar junto a la puerta de la alcoba, no
atreviéndome a abrir, por miedo de turbar el sueño a Susana; feliciteme
de que la tempestad no la hubiese despertado; a las cuatro de la
madrugada volví a escuchar otra vez; el mismo silencio e igual
tranquilidad; hice entonces un poco de ruido para que alguien notara mi
presencia y me preguntaran alguna cosa; así sucedió en efecto; una de
las sirvientas se acercó a mí diciéndome: «Susana ha pasado la noche con
la mayor tranquilidad, en este momento descansa y no necesita nada...»
¡Ah! triste de mí: ¡efectivamente que descansaba y no necesitaba de
cuidados! Yo interpreté literalmente las palabras de la sirvienta y me
acosté relativamente tranquila.
A las cinco de la mañana, no pude permanecer en el lecho y me levanté a
impulsos de un fúnebre presentimiento; entré en el cuarto sin que se
apercibieran, y vi a la pobre muchacha de que antes hablé (Filiberta),
de rodillas al pie del lecho de muerte. Sin poder convencerme de la
verdad llegué a creer que estaba orando por habérselo así pedido la
enferma; pero Sofía y Alfonso me arrancaron amorosamente de la estancia,
y desvaneciéndose mi estupor, comprendí entonces que todo había
concluido.
Se llevaron de allí a su desconsolado esposo, incapaz de sobrellevar el
peso del dolor. Yo corrí a abrazar, en su cuna, a su pobre hijo Carlos,
que estaba durmiendo apaciblemente, bien ajeno de comprender que acababa
de experimentar una pérdida que algún día sentirá de todo corazón.
Alfonso quedó solo en la casa, para cuidar de que se cumpliesen los
últimos deberes para con su hermana.
La sirvienta Filiberta me contó después lo sucedido en aquella noche
fatal. Los últimos momentos, decía, fueron tan dulces como apacibles; no
sufrió un solo minuto de agonía; algunos instantes después de haberme yo
retirado, dijo a la asistenta: «¿Por qué no os acostáis?» Ella entonces
hizo ver que la complacía, ocultándose detrás de la cama; desde allí
pudo observar perfectamente cómo besaba Susana el pequeño crucifijo;
luego oyó algunos suspiros, más profundos que los anteriores; fueron los
últimos... Serían como las diez, pero las sirvientas acordaron no decir
nada en toda la noche, puesto que la pobre Susana ya para nada
necesitaba nuestros consuelos, estando, como debía estar, en la mansión
de los justos.
Más de un año hacía que esperaba un fatal desenlace, y por eso mi dolor
no ha resultado tan acerbo. Ahora ya no lloro; es verdad que me
encuentro bajo el atontamiento de los primeros momentos, en los cuales
no se siente el golpe, por lo fuerte que resulta. ¡Dios mío! ¡Llevadme
también a vuestro seno, yo no quiero vivir sino para este cielo que yo
enseñé a mis hijas, desde el cual me están llamando, y en que me
introducirán cuando llegue mi hora! ¡Ay! ¡las familias, acá en el suelo,
se forman y deshacen, pero se reúnen después para siempre en el centro
común donde mora Dios!
Guardo el pequeño crucifijo que tuvo en sus manos últimamente y recibió
sus postreros besos; yo venero y beso de continuo esta santa reliquia,
que llevaré conmigo hasta la huesa.
Estoy en Saint-Point, en casa de mi hijo; leemos en familia, a Fenelón:
dado el estado de nuestros espíritus, no pueden leerse otros libros que
los que hablan de lo divino; todos los demás resultan vanos e
insuficientes... ¿Qué haría yo sin mi Sofía? (su última hija). Ella se
afana para llenar el vacío que han dejado las que se fueron.
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Efecto de las separaciones de algunos miembros de la familia y por la
quebrantada salud de mi padre, hay una larga interrupción en el
_diario_.