14 de julio de 1824.

Todo ha concluido: mi hija Susana descansa en el seno de Dios desde

anteayer, jueves, a las diez de la noche; quiero, mientras me sea

posible, recordar todas las circunstancias de esta muerte edificante,

dulce y consoladora para los verdaderos cristianos, y terrible siempre

para una pobre madre. En medio de mi acerbo dolor, de mis crueles

angustias y de las escenas más tristes, Dios me concedió la gracia de

una fuerza, de una resistencia y de una confianza en mí misma, que era,

a buen seguro, el fruto de las oraciones que se le han hecho para

nosotros, y en las que reconocí particularmente su eficacia, viendo el

admirable estado de espíritu de mi pobre hija durante sus últimos

momentos.

A pesar del tristísimo estado a que su cuerpo estaba reducido (de que ya

hablé el otro día, aunque algo a la ligera), y a pesar de que se

agravaba por momentos en su terrible enfermedad, ni una queja, ni una

demostración de tristeza; nada, en fin, que pudiera causarnos

pesadumbre. El domingo por la mañana, viéndola muy acabada, mandé un

recado al señor cura para que se sirviese venir por la noche a

visitarla, como cosa suya. Ella se alegró mucho de la visita, y viendo

que yo no me movía de su lado, me dijo: «Mamá, ¿quieres que lo diga todo

delante de ti? Si es que esto puede causarte pena, no estoy tan enferma

que lo crea indispensable, pero me parece a mí que el sacramento de la

Extremaunción es una gracia que no debemos descuidar, y que yo desearía

recibir.»

Había ya ella, durante el tiempo que estuvimos en Perrieres, y sin que

yo lo supiese, pedido al señor cura que no la dejase morir sin darle

todos los sacramentos; el buen sacerdote aprovechose entonces de lo que

ella volvía a repetirle, y después de haberle hecho entender todas las

virtudes que contiene el último sacramento, fuese a buscar lo necesario

para el caso y le administró la Extremaunción que ella recibió con gran

fe y angelical piedad; pidió que no se dijese una palabra a su marido,

que afortunadamente se encontraba fuera en aquel momento. La señorita de

Lamartine y Sofía estuvieron presentes y yo escondida en un gabinete

junto a la alcoba, llena de dolor y resignación. Muchas veces había

pensado en este terrible momento, que creía no poder soportar; pero me

encontró completamente transformada después que el sacerdote cumplió su

divina misión.

Mi pobre hija estaba sonriente; yo he rogado por ella, la he exhortado,

con la misma calma y tranquilidad que si se hubiese tratado de cualquier

otro acto natural de la vida; ella ha preguntado por diversas

personas:--¿Están enteradas?--decía. A la mañana siguiente pidió una

cruz, a pesar de que había en el cuarto un crucifijo de relieve y tenía

otro junto a su cama; quería tener otro en sus manos para besarlo

continuamente. Encontré por fortuna un pequeño crucifijo de plata, tal

como ella deseaba, y desde este momento, hasta el de su muerte, lo tuvo

entre sus manos, besándolo a cada paso y elevando sus ojos al cielo;

antes de tomar alguna medicina hacía la señal de la cruz y a cada

instante me pedía que rogara por ella; yo decía cuantas frases piadosas

Dios me inspiraba, leyendo las oraciones que me parecían más

consoladoras. Tuvo grandes y continuados accesos de sofocación y fatiga,

hasta el punto de que creíamos a cada paso que entraba en la agonía,

pero luego transcurrían algunos intervalos en que parecía calmada y

consolada por la oración. Los tres últimos días los pasamos en continuo

sobresalto, y por la noche descansábamos un poco, porque yo la dejaba

entre ocho y nueve con una asistenta que se acostaba en su propio

cuarto, y una criada que quiero como una hija; hace ya más de veinte

años que está en la casa y duerme en un cuartito junto a la alcoba;

tanto Sofía como yo, nos levantábamos varias veces cada noche para ver

cómo estaba y cómo seguía; siempre la encontrábamos esperanzada y jamás

hablaba de su hijo; estoy segurísima de que ha obrado así

sacrificándose. La víspera de su muerte dijo a su marido: «¡Ay, esposo

mío! ¡qué felices son los que se encuentran como yo me encuentro,

habiendo hecho todo lo que se puede hacer para la paz del alma! ¿Harás

tú lo mismo, si tienes que sufrir una larga enfermedad como yo?» Y luego

ha dicho con mayor fuerza: «Me lo prometes, ¿no es cierto?»

La víspera de su muerte recibió las últimas oraciones que la iglesia da

a los moribundos. ¡Ay! yo le he dado las mías todas las noches desde el

lunes al jueves. Me figuraba yo que cada hora que se iba pasando era la

última, y cuando llegaba la noche, que había ganado todas las

transcurridas creyendo que podía amenguar mi inquietud para una noche

más. El jueves por la mañana, había aumentado notablemente la opresión,

fue necesario cambiarle la cama; era esto una cosa que se hacía lo menos

posible, por el peligro del cansancio que forzosamente le había de

producir y por evitarle los desmayos.

Mi pobre Sofía dirigía la operación con una paciencia, una destreza y

una dulzura que conservó siempre igual durante toda la enfermedad de su

hermana. ¡Oh! Dios la bendecirá indudablemente por todos los cuidados

que le ha prodigado. Durante este día, le daban a la pobre enferma

frecuentes desmayos; me había dicho por la mañana: «He soñado cosas

harto dolorosas para vos, ¿estabais bien?» Le contesté que sí y le

apregunté qué era lo que había soñado: «Cosas bastante desagradables...»

y no pudo decir otra cosa.

Vino el señor cura y le dijo ella en voz baja: «Comprendo que deseo la

muerte más de lo que debiera, porque me siento perfectamente preparada y

llena de fe, como no creo poder estarlo nunca más; si mi vida se

prolonga, tendré que volver a empezar estos preparativos y temo... ¿Será

pereza, señor cura? ¿me perdonará Dios estos deseos?»

Alfonso estuvo solo con ella unos instantes, después que nosotras, y

procuraba disimular sus lágrimas y la emoción de su voz; ella le dijo

algunas palabras, y le tendió la mano; luego bendijo desde su lecho,

pero sin verle, a su tierno hijo. ¡Ah! que se le eduque--dijo la

pobre,--en la fe que me ha de volver todos los seres de quienes, sin

ella, no podría separarme tranquila.

No puedo expresar el efecto que producían en mis ojos, los de la pobre

enferma cuando nuestras miradas se encontraban; parecíame que veía

aclararse de súbito aquella figura, antes radiante de vida, y ahora

completamente cambiada.

Algunos ratos, los pasaba yo rogando en alta voz junto a su lecho: su

hermano, arrodillado en el umbral de la puerta, parecía escuchar el

rezo. ¡Qué espectáculo más triste el que presentaba aquella habitación!

A eso de las siete, empezaron a prolongarse los desvanecimientos, luego

pareció como que quisiera descansar; yo me acosté para aprovechar

algunos momentos de reposo, que bien lo necesitaba después de tan

continuos desvelos; a los pocos minutos me desperté al ruido de una

violenta tempestad; corrí a escuchar junto a la puerta de la alcoba, no

atreviéndome a abrir, por miedo de turbar el sueño a Susana; feliciteme

de que la tempestad no la hubiese despertado; a las cuatro de la

madrugada volví a escuchar otra vez; el mismo silencio e igual

tranquilidad; hice entonces un poco de ruido para que alguien notara mi

presencia y me preguntaran alguna cosa; así sucedió en efecto; una de

las sirvientas se acercó a mí diciéndome: «Susana ha pasado la noche con

la mayor tranquilidad, en este momento descansa y no necesita nada...»

¡Ah! triste de mí: ¡efectivamente que descansaba y no necesitaba de

cuidados! Yo interpreté literalmente las palabras de la sirvienta y me

acosté relativamente tranquila.

A las cinco de la mañana, no pude permanecer en el lecho y me levanté a

impulsos de un fúnebre presentimiento; entré en el cuarto sin que se

apercibieran, y vi a la pobre muchacha de que antes hablé (Filiberta),

de rodillas al pie del lecho de muerte. Sin poder convencerme de la

verdad llegué a creer que estaba orando por habérselo así pedido la

enferma; pero Sofía y Alfonso me arrancaron amorosamente de la estancia,

y desvaneciéndose mi estupor, comprendí entonces que todo había

concluido.

Se llevaron de allí a su desconsolado esposo, incapaz de sobrellevar el

peso del dolor. Yo corrí a abrazar, en su cuna, a su pobre hijo Carlos,

que estaba durmiendo apaciblemente, bien ajeno de comprender que acababa

de experimentar una pérdida que algún día sentirá de todo corazón.

Alfonso quedó solo en la casa, para cuidar de que se cumpliesen los

últimos deberes para con su hermana.

La sirvienta Filiberta me contó después lo sucedido en aquella noche

fatal. Los últimos momentos, decía, fueron tan dulces como apacibles; no

sufrió un solo minuto de agonía; algunos instantes después de haberme yo

retirado, dijo a la asistenta: «¿Por qué no os acostáis?» Ella entonces

hizo ver que la complacía, ocultándose detrás de la cama; desde allí

pudo observar perfectamente cómo besaba Susana el pequeño crucifijo;

luego oyó algunos suspiros, más profundos que los anteriores; fueron los

últimos... Serían como las diez, pero las sirvientas acordaron no decir

nada en toda la noche, puesto que la pobre Susana ya para nada

necesitaba nuestros consuelos, estando, como debía estar, en la mansión

de los justos.

Más de un año hacía que esperaba un fatal desenlace, y por eso mi dolor

no ha resultado tan acerbo. Ahora ya no lloro; es verdad que me

encuentro bajo el atontamiento de los primeros momentos, en los cuales

no se siente el golpe, por lo fuerte que resulta. ¡Dios mío! ¡Llevadme

también a vuestro seno, yo no quiero vivir sino para este cielo que yo

enseñé a mis hijas, desde el cual me están llamando, y en que me

introducirán cuando llegue mi hora! ¡Ay! ¡las familias, acá en el suelo,

se forman y deshacen, pero se reúnen después para siempre en el centro

común donde mora Dios!

Guardo el pequeño crucifijo que tuvo en sus manos últimamente y recibió

sus postreros besos; yo venero y beso de continuo esta santa reliquia,

que llevaré conmigo hasta la huesa.

Estoy en Saint-Point, en casa de mi hijo; leemos en familia, a Fenelón:

dado el estado de nuestros espíritus, no pueden leerse otros libros que

los que hablan de lo divino; todos los demás resultan vanos e

insuficientes... ¿Qué haría yo sin mi Sofía? (su última hija). Ella se

afana para llenar el vacío que han dejado las que se fueron.

* * * * *

Efecto de las separaciones de algunos miembros de la familia y por la

quebrantada salud de mi padre, hay una larga interrupción en el

_diario_.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 198 / 235 题