Bien tristemente doy principio a este nuevo libro; mi corazón está
destilando sangre por el cruel estado de mi pobre Susana; parecíame que
había una pequeña tregua de algunos días, creía que la enfermedad se
había detenido en sus progresos; pero ayer, mi desolación llegó a su
colmo, al fijarme en la debilidad, en la flaqueza y descomposición de
aquella figura, ahora terriblemente transformada hasta el horror...
¡Hija de mi alma! ¡a pesar de todo, se la ve tan dulce, tan tranquila y
esperanzada! Su marido está completamente trastornado, porque él es como
yo y no puede renunciar a toda esperanza, aunque ya debiéramos haberla
perdido hace tiempo, porque los signos son mortales.
Ayer nos visitaron muchos parientes y amigos; yo les agradezco muchísimo
el interés y solicitud que demuestran por nosotros, pero confieso que
aumentan mis penas con su presencia. Cuando quedo libre de visitas,
suspiro como si jamás en este mundo me hubiese sido permitido este
desahogo del corazón.
Olvido con harta frecuencia que es ésta un época de prueba. ¡Oh! yo
debería ver, por la de mi Susana, cuán necesaria es la purificación de
las menores faltas para ganar el cielo. Creo a veces que esta enfermedad
es el purgatorio de esta pobre criatura, y si tan inocente ella me
parece, y le hace falta sufrir como sufre, ¿qué será de mí? Todo es para
ella mortificación y pesar; hasta el tomar alimento la molesta.
Sólo esperamos un milagro; este consuelo siempre lo tienen los que como
yo creen en Dios. El día 1.º del mes próximo, celebrará el príncipe de
Hohenloe el santo sacrificio de la misa a su intención y todos uniremos
nuestros ruegos al suyo, que me parece ha de ser muy eficaz.
¿Conseguiremos de Dios la gracia que con fervor le pedimos?
Alfonso y su esposa están en Suiza; les he escrito que se vengan, para
no estar sola y sin apoyo contra esta muerte que yo no puedo creer sin
desesperarme, por más que la vea todos los días retratada en las
facciones de mi querida y santa hija.