CXIV

Otra vez en su retiro de Milly se encuentra la pobre madre, después de

tantas agitaciones personales, triste y lamentándose continuamente del

vacío que se va haciendo a su alrededor con los casamientos de sus hijas

y el de su hijo. Luego siente haber de afligirse por esta causa, ya que

semejantes ausencias son condiciones naturales que la misma felicidad

impone.

Su hijo, le da serias inquietudes porque se encuentra en medio de la

revolución de Nápoles. Las agitaciones políticas de Francia, los odios

de los partidos que se disputan o arrancan el poder, la devuelven a sus

consideraciones políticas. Estas agitaciones apasionadas, la hacen

partidaria de la unidad, del poder y la disciplina silenciosa de una

monarquía patriarcal, en la cual sueña. Damos aquí sus reflexiones sin

juzgarlas. Un hijo, en religión y en política, podrá tener los

sentimientos de su madre, pero no sus dogmas. El hijo, al crecer, no se

alimenta como el niño, de la leche del ama o de la madre, y sí del pan

de los hombres ya formados.

Es imposible, sin embargo, reconocer que la unificación del poder, sea

ésta conferida al pueblo en el sistema republicano, o al rey en el

monárquico, aparece más lógicamente útil a la sociedad, que estos odios

originados por el régimen constitucional, como ahora se llama.

Esta clase de gobierno siempre tiene en guerra los partidos, y la guerra

no se concibe sin el odio, ese odio recíproco que es el elemento más

funesto para una sociedad: este es en su fondo, el pensamiento de

aquella buena mujer, y madre cariñosa.

El odio es el extremo opuesto de la caridad; la caridad es Dios;

entonces los gobiernos que constituyen los ciudadanos en estado de

guerra permanente, dejan de ser gobiernos, según y conforme quiere Dios.

A un instinto verdaderamente piadoso sólo esto se le puede contestar: es

que la humanidad está tan mal organizada, que no hay que dar a escoger a

los pueblos entre la paz y la libertad, porque es tan de origen divino

la una como la otra; la libertad es tan divina como la paz.

* * * * *

Continuemos:

¿Qué clase de gobierno es éste bajo el cual nos hallamos, y al que es

preciso respetar, ya que es la voluntad del rey que así sea? Se me

figura completamente opuesto a la paz y caridad que debe reinar entre

los cristianos; pues no se ocupan sino de juzgarse unos a otros y de

revelar todo lo que de malo pueden saber éstos de aquéllos, todos con el

mayor ensañamiento. Bajo el pretexto del bien público, parece lícito

todo esto y así se forja una conciencia, como se falsifica y se gasta

el corazón más noble; ¡cómo son los hombres! por su desdichada

naturaleza, atraídos a la malevolencia, lanzándose desenfrenados por el

fatal precipicio y la sociedad resulta de esta manera desconcertada;

cualquiera se considera capaz, cualquiera se elige a sí mismo,

levantándose los unos contra los otros, porque éstos les tienen miedo a

aquéllos y aquéllos a éstos; cubiertos con la máscara de la dignidad

hablan muchos en contra de lo mismo que sienten, y nadie se atreve a

defender los ausentes torpemente ultrajados, por miedo a ser luego

tratados como aquéllos, y así van introduciéndose en la sociedad las

injusticias.

Yo, que siento viva y dolorosamente todo esto, también me he gastado, y

siento debilitado mi afecto; creo que es únicamente contra los malos,

pero aquellos a quienes yo condeno se justifican igualmente por la misma

creencia. ¡Dios mío! devolvedme mi paz, haced que yo no me mezcle en

nada de lo que no deba, y que me separe, en cuanto dependa de mí, de las

iniquidades de este siglo que han de ser necesariamente odiosas a

vuestros ojos. Mi ideal político tiende únicamente a lo que quepa en mi

religión; ésta me hace creer que el gobierno puramente monárquico es el

mejor, porque es en él en el que Vos, Dios mío, habéis dado el modelo al

mundo; pues aquellos a quienes bien quisisteis, como a los israelitas,

de Vos recibieron el encargo de formar un gobierno, cuando después de

tantos sufrimientos os pidieron un rey que los gobernara.

Un rey concedido por Vos es absolutamente vuestra imagen, y debe, por lo

tanto, conservar todo su prestigio y toda su autoridad: si este rey se

asocia con su pueblo y se mezcla en las luchas que lo dividen, formando

parte de ésta o de la otra fracción, las pasiones se exaltan más y no

cumplirá la misión que de Vos ha recibido, porque la monarquía es una

gran familia de la que el rey es el padre, y no es un padre sabio el que

hace a cada uno de sus hijos juez de su propia conducta y de todas las

razones causadas por todas y por cada una de sus obras; ¿quién le ha

dado el derecho de condenarlo todo, de decirlo todo, escribirlo todo, ya

sea contra su gobierno, ya contra cada uno de sus hermanos, salvo,

empero, el ser castigado, si se equivoca? Lo repito: semejante padre no

será nunca un hombre sabio y su conducta no estará en relación con las

obras de Dios y con el dogma de la caridad. Ved en esto, poco más o

menos, la imagen de un gobierno constitucional. Pero, lo repito,

nosotros debemos callar, respetar y rogar; porque lo que existe de peor

y más censurable, es el hablar y obrar contra un gobierno constituido;

porque al fin, el hombre puede conseguir su salvación en todas partes

donde la mano de Dios le destine.

Mis reflexiones no deben tener, por lo tanto, otro objeto para mí, que

el de no participar en un solo punto del mucho mal que se está haciendo

en este momento. La política consiste en reflexionar mucho, y hoy se

reflexiona tan poco como se puede.

Alfonso pasa el verano en una isla llamada Ischia, del golfo de Gaeta,

de la que se hacen descripciones deliciosas. Estoy muy inquieta por la

salud de Cesarina, y por el casamiento de Susana, que cuenta ya cerca de

veintiún años. En este momento, bien pocas riquezas podemos ofrecer a

sus pretendientes. ¿Qué mayor riqueza que las virtudes que atesora su

corazón y la belleza incomparable de su rostro? Estas gracias naturales,

emanadas de Dios, son, a mi entender, lo suficiente para hacer feliz al

hombre digno que la tome por esposa.

Tengo la costumbre de ir a la iglesia a oír misa todas las mañanas antes

de apuntar el día; me parece que hago bien empezando con la aurora a

sacrificar algo al barullo y los placeres del mundo, dando primero a

Dios lo que es de Dios, sin dejar de dar luego al César lo que es del

César. No ha dejado de ser para mí una mortificación el dejar así, en

todos tiempos, la molicie del lecho y de la dulce temperatura de mi

cuarto, para ir a oír la que aquí llaman la misa de los pobres y de las

criadas; pero, ¿no somos todos por ventura pobres en la gracia de Dios y

servidores todos de nuestros padres primero, de nuestros maridos y de

nuestros hijos después? Yo, por mi parte, me encuentro después de la

misa altamente recompensada por el recogimiento que experimento entre

aquellas casi tinieblas, por el mayor fervor en mis oraciones, por la

calma y por las fuerzas que me infunde para todo el día el sentimiento

de la presencia de Dios y del cumplimiento de mis deberes principales.

Mi gusto sería vivir en el retiro más absoluto, pero cuando pienso en

que aún me quedan dos hijas solteras y en la conveniencia de tener que

mezclarme por ellas en el mundo, lo suficiente, cuando menos, para que

puedan encontrar un partido conveniente, se me figura que cumplo un

sagrado deber, cual es el de mirar por el bien de mis hijas, y esto me

proporciona la conformidad y la resignación que necesito.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 185 / 235 题