Otra vez en su retiro de Milly se encuentra la pobre madre, después de
tantas agitaciones personales, triste y lamentándose continuamente del
vacío que se va haciendo a su alrededor con los casamientos de sus hijas
y el de su hijo. Luego siente haber de afligirse por esta causa, ya que
semejantes ausencias son condiciones naturales que la misma felicidad
impone.
Su hijo, le da serias inquietudes porque se encuentra en medio de la
revolución de Nápoles. Las agitaciones políticas de Francia, los odios
de los partidos que se disputan o arrancan el poder, la devuelven a sus
consideraciones políticas. Estas agitaciones apasionadas, la hacen
partidaria de la unidad, del poder y la disciplina silenciosa de una
monarquía patriarcal, en la cual sueña. Damos aquí sus reflexiones sin
juzgarlas. Un hijo, en religión y en política, podrá tener los
sentimientos de su madre, pero no sus dogmas. El hijo, al crecer, no se
alimenta como el niño, de la leche del ama o de la madre, y sí del pan
de los hombres ya formados.
Es imposible, sin embargo, reconocer que la unificación del poder, sea
ésta conferida al pueblo en el sistema republicano, o al rey en el
monárquico, aparece más lógicamente útil a la sociedad, que estos odios
originados por el régimen constitucional, como ahora se llama.
Esta clase de gobierno siempre tiene en guerra los partidos, y la guerra
no se concibe sin el odio, ese odio recíproco que es el elemento más
funesto para una sociedad: este es en su fondo, el pensamiento de
aquella buena mujer, y madre cariñosa.
El odio es el extremo opuesto de la caridad; la caridad es Dios;
entonces los gobiernos que constituyen los ciudadanos en estado de
guerra permanente, dejan de ser gobiernos, según y conforme quiere Dios.
A un instinto verdaderamente piadoso sólo esto se le puede contestar: es
que la humanidad está tan mal organizada, que no hay que dar a escoger a
los pueblos entre la paz y la libertad, porque es tan de origen divino
la una como la otra; la libertad es tan divina como la paz.
* * * * *
Continuemos:
¿Qué clase de gobierno es éste bajo el cual nos hallamos, y al que es
preciso respetar, ya que es la voluntad del rey que así sea? Se me
figura completamente opuesto a la paz y caridad que debe reinar entre
los cristianos; pues no se ocupan sino de juzgarse unos a otros y de
revelar todo lo que de malo pueden saber éstos de aquéllos, todos con el
mayor ensañamiento. Bajo el pretexto del bien público, parece lícito
todo esto y así se forja una conciencia, como se falsifica y se gasta
el corazón más noble; ¡cómo son los hombres! por su desdichada
naturaleza, atraídos a la malevolencia, lanzándose desenfrenados por el
fatal precipicio y la sociedad resulta de esta manera desconcertada;
cualquiera se considera capaz, cualquiera se elige a sí mismo,
levantándose los unos contra los otros, porque éstos les tienen miedo a
aquéllos y aquéllos a éstos; cubiertos con la máscara de la dignidad
hablan muchos en contra de lo mismo que sienten, y nadie se atreve a
defender los ausentes torpemente ultrajados, por miedo a ser luego
tratados como aquéllos, y así van introduciéndose en la sociedad las
injusticias.
Yo, que siento viva y dolorosamente todo esto, también me he gastado, y
siento debilitado mi afecto; creo que es únicamente contra los malos,
pero aquellos a quienes yo condeno se justifican igualmente por la misma
creencia. ¡Dios mío! devolvedme mi paz, haced que yo no me mezcle en
nada de lo que no deba, y que me separe, en cuanto dependa de mí, de las
iniquidades de este siglo que han de ser necesariamente odiosas a
vuestros ojos. Mi ideal político tiende únicamente a lo que quepa en mi
religión; ésta me hace creer que el gobierno puramente monárquico es el
mejor, porque es en él en el que Vos, Dios mío, habéis dado el modelo al
mundo; pues aquellos a quienes bien quisisteis, como a los israelitas,
de Vos recibieron el encargo de formar un gobierno, cuando después de
tantos sufrimientos os pidieron un rey que los gobernara.
Un rey concedido por Vos es absolutamente vuestra imagen, y debe, por lo
tanto, conservar todo su prestigio y toda su autoridad: si este rey se
asocia con su pueblo y se mezcla en las luchas que lo dividen, formando
parte de ésta o de la otra fracción, las pasiones se exaltan más y no
cumplirá la misión que de Vos ha recibido, porque la monarquía es una
gran familia de la que el rey es el padre, y no es un padre sabio el que
hace a cada uno de sus hijos juez de su propia conducta y de todas las
razones causadas por todas y por cada una de sus obras; ¿quién le ha
dado el derecho de condenarlo todo, de decirlo todo, escribirlo todo, ya
sea contra su gobierno, ya contra cada uno de sus hermanos, salvo,
empero, el ser castigado, si se equivoca? Lo repito: semejante padre no
será nunca un hombre sabio y su conducta no estará en relación con las
obras de Dios y con el dogma de la caridad. Ved en esto, poco más o
menos, la imagen de un gobierno constitucional. Pero, lo repito,
nosotros debemos callar, respetar y rogar; porque lo que existe de peor
y más censurable, es el hablar y obrar contra un gobierno constituido;
porque al fin, el hombre puede conseguir su salvación en todas partes
donde la mano de Dios le destine.
Mis reflexiones no deben tener, por lo tanto, otro objeto para mí, que
el de no participar en un solo punto del mucho mal que se está haciendo
en este momento. La política consiste en reflexionar mucho, y hoy se
reflexiona tan poco como se puede.
Alfonso pasa el verano en una isla llamada Ischia, del golfo de Gaeta,
de la que se hacen descripciones deliciosas. Estoy muy inquieta por la
salud de Cesarina, y por el casamiento de Susana, que cuenta ya cerca de
veintiún años. En este momento, bien pocas riquezas podemos ofrecer a
sus pretendientes. ¿Qué mayor riqueza que las virtudes que atesora su
corazón y la belleza incomparable de su rostro? Estas gracias naturales,
emanadas de Dios, son, a mi entender, lo suficiente para hacer feliz al
hombre digno que la tome por esposa.
Tengo la costumbre de ir a la iglesia a oír misa todas las mañanas antes
de apuntar el día; me parece que hago bien empezando con la aurora a
sacrificar algo al barullo y los placeres del mundo, dando primero a
Dios lo que es de Dios, sin dejar de dar luego al César lo que es del
César. No ha dejado de ser para mí una mortificación el dejar así, en
todos tiempos, la molicie del lecho y de la dulce temperatura de mi
cuarto, para ir a oír la que aquí llaman la misa de los pobres y de las
criadas; pero, ¿no somos todos por ventura pobres en la gracia de Dios y
servidores todos de nuestros padres primero, de nuestros maridos y de
nuestros hijos después? Yo, por mi parte, me encuentro después de la
misa altamente recompensada por el recogimiento que experimento entre
aquellas casi tinieblas, por el mayor fervor en mis oraciones, por la
calma y por las fuerzas que me infunde para todo el día el sentimiento
de la presencia de Dios y del cumplimiento de mis deberes principales.
Mi gusto sería vivir en el retiro más absoluto, pero cuando pienso en
que aún me quedan dos hijas solteras y en la conveniencia de tener que
mezclarme por ellas en el mundo, lo suficiente, cuando menos, para que
puedan encontrar un partido conveniente, se me figura que cumplo un
sagrado deber, cual es el de mirar por el bien de mis hijas, y esto me
proporciona la conformidad y la resignación que necesito.