Milly, 4 de junio de 1819.
Ha llegado Alfonso y está muy bien de salud. Encuentro en él algo nuevo
que le preocupa mucho. Parece que ha adquirido en Chambery relaciones
con una joven inglesa, con quien tiene deseos de contraer matrimonio, y
según cuenta, ella también le quiere; y ambos están resueltos, mediante
el permiso de sus padres, a seguir adelante con sus relaciones. ¡Cómo se
complace la Providencia en realizar mis más puros deseos! Cuando yo me
impacientaba y desesperaba viendo a mi hijo sin ocupación, y sin objeto,
vagando de un país a otro para distraerse en vanas inutilidades o en
devaneos perjudiciales, he aquí cómo esta misma Providencia nos presenta
de pronto y como de la mano, a esa extranjera que parece ser una mujer
perfecta, y capaz de contener su alma dentro de la felicidad que
proporciona una vida honrada. ¿Qué resultará de todo esto? Sea lo que
Dios quiera.
La joven inglesa es conocida de Cesarina: esto me ha causado mucha
alegría. Sin ser una belleza, muchas veces más perjudicial que útil a
quien la atesora, es agradable y graciosa, tiene una figura admirable, y
una cabellera como hay pocas; de educación esmerada, mucho talento e
ingenio superior; pertenece a una familia notable de Inglaterra muy bien
relacionada y emparentada; sin ser rica, su madre, que es viuda, tiene
una posición desahogada; la joven es hija única; su padre fue coronel
de las milicias inglesas durante las amenazas de la invasión
bonapartista.
Habiendo recibido muy bien a los emigrados franceses en su casa de
Londres, acogió muy particularmente a una gran dama emigrada de Saboya,
conocida por la señora marquesa de la Pierre, a quien tuve el honor de
conocer en casa del gobernador de Saboya con motivo del casamiento de
Cesarina. Es una persona que ha debido ser de una belleza
extraordinaria.
Esta dama pasó todo el tiempo del destierro de los reyes de Cerdeña en
Inglaterra, hasta el 1818; tuvo algunas hijas nacidas y educadas en
Londres; estas niñas han vivido después de su infancia, como hermanas,
con la joven inglesa, su amiguita. A su vuelta a Saboya, hicieron que la
amiga viniese con ellas para prodigarle a su vez la hospitalidad que de
ella habían recibido; estaban, como es natural, satisfechas de poderle
ofrecer su patria, su castillo, cuantas consideraciones gozaban en su
provincia y en los dominios que les habían sido restituidos en parte.
Actualmente habitan una magnífica quinta con un gran jardín al extremo
de uno de los arrabales, situados a poca distancia de Chambery; esta
quinta es el centro de reunión de la sociedad más distinguida e
ilustrada de aquella deliciosa población. Allí se dibuja, se pinta, se
dan conciertos, se monta a caballo; es una especie de cantón inglés
transplantado a Saboya. Cesarina va allí muchas veces, y su cuñado, Luis
de Vignet, el amigo de Alfonso, está casi siempre; hace versos y se los
lee a las señoritas de la reunión; les ha leído también algunos,
escritos por Alfonso, que han sido celebrados por la concurrencia:
cuando se le interroga sobre su amigo, hace de él un elogio exagerado,
le compara a cierto joven poeta inglés, cuyo nombre no recuerdo en este
momento: únicamente sé que ha escrito poemas fantásticos que hoy gustan
mucho, y les ha prometido presentar a su amigo cuando pasara por
Chambery de regreso de Suiza: Alfonso se encontraba entonces en aquel
país solo, y habitaba en la cabaña de un pescador a la orilla de un
lago.
He aquí cómo ocurrió el caso, que viene a ser por cierto algo novelesco.
La fama adquirida por Alfonso, gracias a las exageraciones de su amigo,
hizo que hubiera de presentarse en Bissy, quinta de recreo del coronel
de Maistre en Chambery.
Tenían todos grandes deseos de conocer al hermano de Cesarina, y creían
que su aspecto había de ser elegante, como sus composiciones poéticas, y
simpático como su hermana. No pudo ocultar la joven inglesa su pasión
por las poesías del joven francés, y su madre, que hace siempre lo que
su hija quiere, sonrió sin disgusto a esta inclinación. Alfonso ha sido
por unas semanas el favorito de la casa; y aprovechando esta
circunstancia, hizo hablar a Cesarina con madame de la Pierre, para que
esta señora lo hiciera a su vez con la madre de la joven inglesa. Pero
la gran dificultad que me tiene intranquila ha de venir de nuestra
parte, sobre todo de mis cuñadas de aquí; porque la joven de que se
trata es protestante. Sin embargo, Cesarina (que tiene también muchas
ganas de casar a su hermano), me asegura que la amiga de las señoritas
de la Pierre, se ha aficionado a la religión católica, diciendo que ya
hubiera abjurado del protestantismo, si no hubiese temido disgustar a su
madre. Si ella ha prometido sinceramente a Cesarina entrar en nuestra
religión, y educar sus hijos en nuestra fe, creo que habrán terminado
con esto los obstáculos.
¡Qué de disgustos me cuesta el ir venciendo las dificultades que se
oponen al bienestar de la familia y sobre todo la tranquilidad de mis
hijos!
¿Y qué puede haber más antipático a los ojos de los tíos y tías de
Alfonso, tan severamente razonadores, que este casamiento tan novelesco
con una extranjera? Apenas me atrevo a hablar a mi marido y a sus
hermanos, y de no ser así, no puede llevarse adelante el matrimonio.
Toda la fortuna de la familia está en sus manos; Alfonso no tiene más
que la corta pensión que le asignó su padre, y unos cincuenta mil
francos sobre la propiedad de Saint-Point, cuando faltemos nosotros.
Todas las heredades de mi padre político son de mis cuñados y cuñadas;
si ellos no lo aseguran en el contrato, ¿cómo presentar así un joven sin
carrera y sin fortuna a una familia más rica que nosotros? El amor lo
compensa e iguala todo para los jóvenes, pero ellos no son los que
cierran los contratos.
Estoy tan preocupada que no puedo conciliar el sueño.