He hablado con la señora de ***; es la italiana más bella y simpática
que he tenido jamás ante mis ojos; posee una especie de irradiación
dulce y viva a la vez, que subyuga el corazón al mismo tiempo que
deslumbra la vista: el sonido de su voz, unido a cierto acento
extranjero, despiden una emoción y una ternura que atraen y encantan a
la vez. Me ha traído noticias de mi Alfonso, a quien dice que ha visto
muchas veces en París; me ha recitado versos de mi hijo que yo
desconocía por completo; son una especie de cadencias entre religiosas y
melancólicas, dentro de las cuales se observa una pasión juvenil que no
me atrevo a definir.