Es la una de la tarde, y vengo de dar un paseo por la fuente Fayard: es
un sitio delicioso en extremo: me gusta ir allí a reflexionar y rezar al
mismo tiempo porque lo uno es consecuencia de lo otro. Doy gracias a
Dios por los beneficios que me hace, que son muchísimos. Al fin vuelvo a
encontrar los mismos sentimientos de otros tiempos. Tengo observado que
cuanta mayor es mi soledad y mi retraimiento del mundo, soy más piadosa
y feliz. Pero no hay remedio; debo alejarme de aquí: debo volver a mis
tareas ordinarias, a mis deberes, a mis incertidumbres.
Tened piedad de mí, Dios mío; tiemblo por lo que he de sufrir yo y por
lo que habrán también de sufrir mis hijos Alfonso y Cesarina y mi buena
amiga madame Paradis que necesita de mí en estos momentos. Valor y
prudencia.
Esta mañana, durante el paseo, recordaba las veces que he estado aquí, y
son seis, y he pensado que mi _diario_ me es de mayor utilidad que a
otras muchas personas, porque tengo poquísima memoria, y al mismo
tiempo, porque gusto de ir recordando todo lo que me ocurre en
diferentes circunstancias en que me voy encontrando; veo también, que
no es de menor utilidad para mi alma.
Estoy leyendo los sermones de Massillón y la _Odisea_; mis hijas leen la
historia antigua.
¡Pobres hijas mías! Se están portando como quienes son: alegres y buenas
por todo extremo.
Mas, ¡ay! ¿las dirijo yo como debo? ¿No tengo que echarme algo por ello
en cara? ¿Tendré la culpa de las dificultades en que me encuentro por
causa de Cesarina? ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vos sois mi única esperanza;
no me abandonéis en manera alguna; reparad mis faltas; apiadaos de mis
hijos y de mí.