Junio de 1818.
Mucho trabajo me cuesta el favorecer las inclinaciones hacia el
apreciable joven M. de***, a quien estimo en mucho a causa de sus
excelentes cualidades y lo quisiera para esposo de mi hermosa Cesarina.
La familia de mi marido se opone a este matrimonio por razones sociales
de bien poca monta por cierto, pero yo tengo la seguridad de que habrían
de ser felices uno y otro. El no tiene fortuna, es verdad, pero yo les
tendría en mi casa. Estoy obligada a esconder a la familia de mi esposo
la inclinación que siento por esta alianza, pero si yo hiciese, al
parecer, cierta violencia, no podría llegar jamás a conseguir la unión
de estas pobres criaturas. Entretanto me está ello pesando en la
conciencia; tal vez he cometido un error dejando entrever a estos
tiernos corazones que al fin se unirán. He consultado sobre este
particular con un hombre que merece toda mi confianza y me lo ha
aprobado. ¡Dios mío! haced que resplandezcan mis intenciones: Vos sabéis
que son buenas.
El joven de***, se muestra más cariñoso y solícito que antes; son sus
visitas tan frecuentes que temo despierten recelos en la familia; no
obstante, cuando creo que sus visitas pueden llamar la atención, le
recibo con alguna frialdad; y él, comprendiendo mis indicaciones
perfectamente, obra como hombre discreto que es y de virtud
irreprochable. ¿Qué es lo que sucederá? ¡cuántos tormentos ocasiona eso
de haber dos espíritus distintos en una misma familia, sobre motivos de
trascendencia! Encuentro que no se consulta lo suficiente al corazón en
nuestra sociedad francesa, cuando se trata de un acto tan importante
como es el del matrimonio. Por suerte para mí, mis parientes dejaron que
hablase el mío; y gracias a la condescendencia de mis buenos padres, soy
feliz actualmente.