Hoy me han hecho una proposición de matrimonio para mi hija tercera,
Cesarina. El joven que ha pedido su mano, creo yo que le conviene bajo
todos conceptos; a mí me agrada mucho. Se llama M. de***, y pertenece a
una conocida familia parisiense, ligada ya de antiguo con la mía.
Cesarina posee una belleza deslumbradora, completamente italiana; muchos
dicen que los rasgos de su fisonomía son los de una creación del pintor
Rafael de Urbino, que se conoce por la _Fornarina_. Yo no sé lo que en
esto habrá de cierto, pero sí sabré decir, que es una hermosa criatura
físicamente considerada, y lo que es algo mejor, muy franca, sencilla, y
altamente simpática a todo el mundo.
Mi cuarta hija, Susana, será más hermosa aún, pero el género de su
belleza será completamente distinto; es la estatua del candor y la
virginidad.
Sofía, menos seductora a primera vista, promete, sin embargo, atesorar
también grandes atractivos y ciertas cualidades de alma por complemento
superiores a todos los hechizos. ¡Oh! ¡qué hijas me ha concedido Dios!
¡Parece que la Providencia y la Naturaleza se hayan puesto de acuerdo
para favorecerme con sus dones! ¡Qué cuentas deberá rendir esta madre al
Señor de cielo y tierra!