Nuevamente sonríe a mi madre la dicha, y sólo satisfacción y contento
rebosan sus escritos. El día 13 de octubre de 1815 se publicaron los
esponsales de su segunda hija Eugenia, con M. Coppens de Hondschoote,
joven oficial, teniente coronel del regimiento que guarnece Mâcón, hijo
del antiguo señor de la villa de Hondschoote en Flandes. Una simpatía
mutua condujo el asunto rápidamente a su desenlace. Celebrose la boda en
Mâcón en el mismo día en que se inauguró una iglesia nueva. En la
descripción de esta ceremonia de familia se adivina una alegría maternal
inexplicable.
* * * * *
Acordose que la boda se celebraría en la iglesia nueva que debía
bendecirse en igual día; pertenecíamos a esta parroquia y estaba muy
cerca de nuestra casa. Luego, después de la bendición nupcial, que
atrajo mucha gente a la iglesia, nos retiramos. Todos mis hijos venían
junto a mí; Cecilia y Alfonso habían llegado hacía poco; mi pequeñita
Alicia estaba también; el tiempo era precioso: nos acompañaba toda la
oficialidad con su música tocando alegres aires. Eugenia estaba
encantadora: llevaba un vestido de tul bordado, un velo de raso blanco,
una guirnalda de lirios y rosas blancas y un ramo de las mismas flores;
estaba verdaderamente hermosa. Su marido, que tiene una arrogante
figura, iba radiante de satisfacción. Las calles estaban atestadas de
gente, así como la iglesia y sus alrededores; al volver, tuve muchísimo
miedo de que hubiese alguna desgracia, pero se tomaron muchas
precauciones para evitar los accidentes que la aglomeración de gentes
pudiera ocasionar.
Casi todo el pueblo estaba invitado a pasar la velada en nuestra casa.
Como es natural, hube de trabajar mucho para preparar el recibimiento a
tan numerosa concurrencia. Había dispuesto la sala comedor, que es muy
grande, para salón de baile; la hice tapizar de un tejido verde, e
iluminar muy bien. El coronel nos mandó la música del regimiento, que
fue colocada en una habitación contigua, produciendo muy buen efecto,
combinada con el salón; mandé quitar la cama de mi cuarto que es muy
espacioso, e hice colocar una mesa para setenta cubiertos
aproximadamente, y otras dos en las que podían acomodarse otros tantos
entre una y otra. En un gran gabinete situado junto a mi dormitorio,
había igualmente otra mesa para que los caballeros pudieran cenar a
media noche con toda libertad. Todo esto me dio mucho trabajo
ciertamente, pero yo lo hice con mucho gusto y todo salió perfectamente.
Todo el mundo se retiró a la hora conveniente; estuve bastante agitada y
no fui yo seguramente la única. Cesó la algazara, acompañamos a los
novios al dormitorio y yo me retiré igualmente, después de rogar a Dios
por mis hijos y por mí.
Al día siguiente, asistí a la misa mayor, en que oí un buen sermón
pronunciado con motivo de la inauguración de la nueva iglesia.