¡Con razón decía yo que nuestra paz había sido un sueño solamente! ¡Cuán
cruel ha sido el despertar! Otro sueño de desdichas que ha durado tres
meses; pero volveremos otra vez, así lo espero, a ser dichosos. ¡Quiera
Dios que así sea para todos! La vuelta de Bonaparte nos ha costado
muchísima sangre. La Francia está arruinada. Tenemos todavía en nuestro
suelo muchísimas tropas extranjeras, y temo que el tratado no esté
firmado aún; pero entretanto las condiciones son crueles. Esta es
nuestra situación.
No he de repetir aquí todos los acontecimientos surgidos durante estos
últimos ocho meses; demasiado escritos quedarán en todas partes.
Solamente diré que a los primeros rumores de la vuelta de Bonaparte,
Alfonso corrió a París, adonde le llamaban sus aficiones y su deber; que
acompañó al rey hasta Bethune en medio de las mayores penas y fatigas;
que una vez allí, después de recibir la licencia y las gracias de los
príncipes, volvió a reunírseles, rodeado también de grandes peligros; y
que algún tiempo después, volvió a salir para Suiza. Pero ocurrió la
batalla de Mont-Saint-Jean, regresaron nuestros príncipes y regresó
también Alfonso a la patria, dirigiéndose a París, donde actualmente se
encuentra, haciendo las diligencias necesarias para obtener un empleo
diplomático. Abrigamos muchas esperanzas de conseguirlo.
¡Qué horribles angustias hemos pasado! Basta decir que Mâcón ha sido
tomado a mitad de la noche, que yo desperté a las dos de la madrugada
entre el espantoso estruendo de los cañones, obuses y fusilería,
vivísimo en todas las calles, y los más siniestros gritos de
desesperación y de dolor. Nos creíamos todos perdidos. Me levanté de la
cama e hice levantar a Cesarina, la única de mis hijas que se encontraba
conmigo a la sazón, y una y otra, puestas de rodillas ante un Santo
Cristo, esperábamos el momento del sacrificio ofreciendo nuestras almas
a Dios.
Luego pareció irse calmando todo. Los austriacos quedaron triunfantes,
pero no abusaron de la victoria; hubo algunas casas saqueadas pero
fueron aquellas en que se defendió el enemigo. Nosotros no recibimos el
menor daño personal, gracias a Dios, pero materiales, ¡tenemos ya
sufridos tantos!
He aquí lo que me ocupó después del día 17 de septiembre: Cecilia, hace
como cinco semanas, tuvo una niña que cría ella misma y se llama
Celenia. Todo marcha muy bien. Alfonso sigue en París aún. Tanto como
deseamos las mujeres ser madres, y ¡ay! el serlo en estos tiempos hace
temblar al espíritu más fuerte.