Milly, sábado 17 de junio.
Sólo en este pueblo me parece que gozo de paz y encuentro libre mi
espíritu. Aquí solamente puedo darme cuenta de todo lo que pasa por mi
alma, sobre todo durante las excursiones solitarias que acostumbro a
hacer por la campiña. He estado aquí dos días, y vuelvo a partir esta
noche a pesar mío. El campo es delicioso en este tiempo; yo estoy
siempre alegre en la época que atravesamos; alegre he dicho, ¡quién sabe
si algún grave pesar moral mata mi dicha! A bien que existen pocos
pesares y sufrimientos que los deliciosos hechizos de la Naturaleza no
consigan hacer olvidar.
Dice Mme. Stäel en un libro que ayer leí, que para compenetrarse con la
Naturaleza es preciso amar a la religión. ¡Oh! ¡sí! es indispensable la
religión para disfrutar de los beneficios que Dios proporciona. Por otra
parte, ¿no llena nuestros corazones por entero? ¿No es todo amor? ¡Oh!
¡cuánto compadezco a las almas heladas y secas, que no han sido
calentadas jamás por su divino entusiasmo! Los que poseen estas almas
carecen de sentidos. Algunas veces he reflexionado sobre esta idea que
tengo: ya no sé si estoy en un error, porque puede ser que haya, tal vez
para ellas, en la eternidad otro género de felicidades más tranquilas y
menos inefables que las que serán otorgadas a las almas ardientes y
sensibles, que parecen haber recibido mayor cantidad de espíritu de vida
y de amor; pero así tampoco serán ellas más reprensibles, si desprecian
sus tesoros o si los prodigan tontamente a viles criaturas que no pueden
dar en cambio otra cosa que la muerte y la nada! ¡Oh, Dios mío! ¡Dios
mío! yo he probado frecuentemente y con grande amargura este error cruel
que se encuentra siempre adherido a todo lo que no sois Vos. Haced que
yo renuncie a semejante error, que yo sea vuestra en todo tiempo y
lugar. Semejante dicha la he reconocido yo y no ha faltado jamás,
siempre que la he buscado en su único origen: en Vos mismo.
Todos los jóvenes de la nobleza y de la clase media realista se han
afiliado en la guardia de Corps. Mi hijo Alfonso también pertenece a
este distinguido cuerpo, y está muy satisfecho de haber ingresado en el
ejército; yo también estoy muy contenta: al menos está ocupado en algo.
Cuando no presta servicio en las Tullerías, permanece en Beauvais, y
dice que pronto vendrá a pasar con nosotros el correspondiente semestre
de licencia. No creo que permanezca mucho tiempo en el cuerpo, a pesar
de su ardor de militar, porque tiene la imaginación demasiado viva y el
espíritu demasiado inquieto para amoldarse a la disciplina de los
tiempos de paz. Su padre, sus tíos y yo estamos muy contentos de que
haya dado, como todos, pruebas de fidelidad a los Borbones; siempre será
ello pasar algunos años, después... quién sabe lo que ocurrirá. El
príncipe de Foix, su jefe, está, según dicen, encantado de su figura. Le
han nombrado inmediatamente instructor del picadero; estará en su
elemento, porque, después de los libros, lo que más ama son los
caballos. Su entusiasmo por la equitación es delirante.
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Por espacio de algunos días se interrumpe la relación del _diario_.