Hemos venido a pasar unos días en el castillo de Monceau, propiedad de
mi cuñado. M. de Lamartine, el ángel de la familia, y Mme. de Villars,
nuestra Providencia, están con nosotros. Aquí se reúnen los vecinos más
distinguidos, y entre ellos se encuentran M. Blondel, el abate Bourdon y
el comendador Folin; cada uno de estos ancianos cuenta a porfía
instructivas anécdotas. Llevamos una vida deliciosa; el tiempo es
precioso y paseamos mucho; durante las veladas, se cuentan historias.
Pero no estoy bien de salud: me ha salido como un fuego en la cara, y
voy persuadiéndome de que mi tez se agosta; no he de ocultar que siento
mucho esta fealdad. No obstante, si hay en ello humillación, puede ser
que encierre una gracia que me aparte del mundo alejando de mí sus
miradas. Me someto gustosa, pero no sin molestia, pues hubiera querido
verme dispensada de la ley común, conservando en mi vejez los atractivos
de la juventud. Con frecuencia me olvido de que ya cuento treinta y ocho
años, y todo cuanto me lo recuerda me es desagradable. Dios mío, haced
que acuda siempre a mí el recuerdo de la nada y tened compasión de esta
débil mujer.