9 de noviembre de 1805.

Hemos venido a pasar unos días en el castillo de Monceau, propiedad de

mi cuñado. M. de Lamartine, el ángel de la familia, y Mme. de Villars,

nuestra Providencia, están con nosotros. Aquí se reúnen los vecinos más

distinguidos, y entre ellos se encuentran M. Blondel, el abate Bourdon y

el comendador Folin; cada uno de estos ancianos cuenta a porfía

instructivas anécdotas. Llevamos una vida deliciosa; el tiempo es

precioso y paseamos mucho; durante las veladas, se cuentan historias.

Pero no estoy bien de salud: me ha salido como un fuego en la cara, y

voy persuadiéndome de que mi tez se agosta; no he de ocultar que siento

mucho esta fealdad. No obstante, si hay en ello humillación, puede ser

que encierre una gracia que me aparte del mundo alejando de mí sus

miradas. Me someto gustosa, pero no sin molestia, pues hubiera querido

verme dispensada de la ley común, conservando en mi vejez los atractivos

de la juventud. Con frecuencia me olvido de que ya cuento treinta y ocho

años, y todo cuanto me lo recuerda me es desagradable. Dios mío, haced

que acuda siempre a mí el recuerdo de la nada y tened compasión de esta

débil mujer.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 112 / 235 题