Hoy he asistido a una toma de hábito de religiosas hospitalarias, en el
hospital de Mâcón. En el discurso que en semejantes casos se acostumbra
a hacer, se ha dicho que las que acogía la religión, abrazaban para
toda la vida un estado de mortificación y penitencia, y ceñían una
corona de espinas a su cabeza. Yo he admirado mucho tanta devoción; pero
he reflexionado sobre la de las madres de familia, que cumplen sus
deberes, y creo que también se aproximan a Dios sin tomar el hábito
religioso. Y debe calcularse que, cuando se casa una mujer, hace voto de
pobreza, puesto que pone toda su fortuna en manos de su marido, de la
cual no puede disponer sin su permiso. Hace también voto de obediencia a
su propio marido y de castidad, puesto que tampoco le es permitido dar
oídos a la menor palabra amorosa de otros hombres.
Se consagra igualmente a la caridad, que ejerce a la par con su marido,
sus hijos y sus criados, a quienes tiene obligación de cuidar en sus
enfermedades, e instruirles, dándoles buenos consejos. No tengo, pues,
nada que envidiar a las hermanas hospitalarias: yo también cuidaré de
cumplir fielmente mis deberes, tan difíciles como los suyos y quién sabe
si algo más. Estas reflexiones han endulzado mucho mi espíritu, y he
vuelto a renovar ante Dios los juramentos que hice al contraer
matrimonio, rogándole me conceda la gracia y fuerzas indispensables para
cumplirlos exactamente.