5 de febrero de 1805.

Hoy he asistido a una toma de hábito de religiosas hospitalarias, en el

hospital de Mâcón. En el discurso que en semejantes casos se acostumbra

a hacer, se ha dicho que las que acogía la religión, abrazaban para

toda la vida un estado de mortificación y penitencia, y ceñían una

corona de espinas a su cabeza. Yo he admirado mucho tanta devoción; pero

he reflexionado sobre la de las madres de familia, que cumplen sus

deberes, y creo que también se aproximan a Dios sin tomar el hábito

religioso. Y debe calcularse que, cuando se casa una mujer, hace voto de

pobreza, puesto que pone toda su fortuna en manos de su marido, de la

cual no puede disponer sin su permiso. Hace también voto de obediencia a

su propio marido y de castidad, puesto que tampoco le es permitido dar

oídos a la menor palabra amorosa de otros hombres.

Se consagra igualmente a la caridad, que ejerce a la par con su marido,

sus hijos y sus criados, a quienes tiene obligación de cuidar en sus

enfermedades, e instruirles, dándoles buenos consejos. No tengo, pues,

nada que envidiar a las hermanas hospitalarias: yo también cuidaré de

cumplir fielmente mis deberes, tan difíciles como los suyos y quién sabe

si algo más. Estas reflexiones han endulzado mucho mi espíritu, y he

vuelto a renovar ante Dios los juramentos que hice al contraer

matrimonio, rogándole me conceda la gracia y fuerzas indispensables para

cumplirlos exactamente.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 104 / 235 题