He llegado ayer a Rieux, después de un viaje muy penoso y de haberme
detenido en París algunos días. Desde Coulomiers a Rieux he tenido
necesidad de hacer el viaje montada en un caballo de alquiler, conducido
por un muchacho. Hacía un viento norte muy frío, y no creo que en
Siberia pueda sufrirse tanto como yo he sufrido al atravesar aquellos
montes nevados.
¡Qué alegría ha tenido mi pobre madre al verme!
Ya estoy instalada en mi querida casita de Rieux, donde he pasado tantos
veranos durante mi infancia, pero en estos lugares no se encuentra
aquello que en otros tiempos los vivificaba. Al lado de mi madre olvido
todas las penas. La pobre está muy desfigurada, efecto sin duda de los
disgustos que ha sufrido en viajes y destierros. Ella disfruta
contándome muchas veces cosas interesantes que se refieren a nuestra
familia y a los viajes que ha hecho acompañando a las princesas. Me
admira su resolución, su prudencia ante los grandes peligros y su
cautela y firmeza en los actos que realiza. Está muy vieja ciertamente,
pero conserva en su espíritu la juvenil frescura de otros tiempos. Es
muy sensible encontrarse a su edad en la precaria situación que ella se
encuentra. Yo quisiera ser bastante rica para restablecer su fortuna;
pero es muy poco lo que puedo distraer de las atenciones de mis hijos.
Deseo consignar en este _diario_ cuanto ella me cuente de notable.
Ayer me dijo que nuestra familia desciende de Vivarais, y que una joven
de Roys tiene aún como heredera de la rama principal de la casa el feudo
de Rubec, en Montfaucon. Después de la actual poseedora, este feudo debe
pasar a mi madre: acaso entonces pueda vivir con más desahogo. Por falta
de recursos se ha visto obligada a suprimir la camarera, y a su edad
esto es muy penoso. Siempre me acuerdo de sus privaciones cuando
pretendo quejarme de mi suerte.
¡Que Dios auxilie a esta pobre anciana!
* * * * *
Mi madre me ha contado esta noche muchas cosas referentes a Mme. de
Reyniere, viuda de su arrendador y algo parienta nuestra.
M. de Orsay, también pariente nuestro, contrajo matrimonio con una
princesa alemana, parienta del rey de Prusia: un hijo de este matrimonio
se ha casado con una princesa italiana.
Durante estas conversaciones sostenidas junto al hogar, recuerdo las
personas con quienes he vivido durante mi infancia, y de las cuales
quedan muy pocas, después de la terrible sacudida revolucionaria.
Quiero dejar aquí consignada una anécdota muy original, relacionada con
Juan Jacobo Rousseau y la mariscala de Luxemburgo, con la cual mi madre
estaba unida muy íntimamente.
Era la mariscala de Luxemburgo amiga de Rousseau: por casualidad supo
aquélla que la mujer con quien éste vivía estaba en cinta; sin duda,
creyendo que Rousseau quería mandar este nuevo hijo a la Inclusa, como
había hecho con otros, dirigiose a M. Trouchin, de Génova, amigo de
Rousseau, y le encargó que tan pronto la criatura viniera al mundo,
hiciera los posibles por mandársela, para ella encargarse de su cuidado.
M. Trouchin habló de este asunto con su amigo Rousseau, quien al parecer
consintió en que la mariscala fuera satisfecha en sus deseos, los cuales
fueron muy del agrado de la madre de la futura criatura. Tan luego esta
buena mujer dio a luz, avisó a M. Trouchin, el cual presentose en
seguida en la casa, donde le mostraron un hermoso niño. Quedaron
convenidos para el día siguiente en hacerse cargo de la criatura, pero
tan pronto hubo salido M. Trouchin, su amigo Rousseau, embozado en un
capote de paño oscuro, se aproximó al lecho de la recién parida, y a
pesar de sus lágrimas, cogió él mismo a su hijo y se lo llevó al
Hospicio, perdiéndolo para siempre, pues ni siquiera le puso al
entregarlo marca de reconocimiento.
Aquí tienes, hija mía--dijo mi madre,--el hombre sensible como dicen las
gentes.
¡Insensato, le llamo yo, cuya enfermedad cerebral le ha destrozado el
corazón!
Si el genio no es acompañado del buen sentido, no es genio, es locura;
buena prueba de ello son el Tasso y Rousseau.
Si Dios nos envía el genio, bien venido sea, pero una madre solamente
debe desear para sus hijos el buen sentido.
* * * * *
Está nevando copiosamente y hace un frío intensísimo. La campiña se
halla cubierta de nieve. Paso el rato leyendo a Tácito y otros
historiadores de la antigüedad que tanto gustan a mi madre.
Seguramente, que estas aficiones de mi madre debieron nacer a
consecuencia de su trato con los filósofos y literatos que, en otro
tiempo, frecuentaban sus salones.
Mi madre tiene en compañía un sacerdote; llámase este venerable abate
Chauveau y es hombre de mucho mérito. Esta mañana nos ha dicho misa. En
el templo había un bautizo y esto me ha recordado a mis pobres hijos:
los bautizos me enternecen siempre.
He visitado hoy a una pobre mujer recién parida, enferma y sin recursos.
Al reflexionar sobre su miseria y las atenciones de que yo me hallaba
rodeada, he tomado la resolución de no regatear nada, alimentos, ropas,
leñas, dinero, todo, en fin, cuanto pueda facilitar con mis economías a
esta pobre mujer.
¡Cuánto se sienten los ajenos sufrimientos cuando uno los ha probado! Es
muy buena la caridad que se ejerce indirectamente, pero resulta más
eficaz aquella que se hace frente a frente, de corazón a corazón. ¡Que
Dios me inspire con frecuencia en estas resoluciones, y no permita que
olvide el cumplimiento de mis deberes!
La noche pasada he leído a Tácito. Este historiador me entretiene y
casi edifica con sus narraciones; los otros solamente me instruyen.
Tiene mi padre una biblioteca rica en libros de historia; por fortuna no
hay ni siquiera una novela.
Mi madre ha escrito hoy una carta a la señorita de Orleans, que se
encuentra en España, y ha querido que yo también le escriba dos
renglones. Después de esto, hemos salido a paseo y llegado hasta
Mont-Mirail, visitando al mismo tiempo los amigos de la familia. En este
pueblo nos han hablado muy bien de los señores de
Larochefoucauld-Dondeau, que tienen aquí un castillo en el cual reparten
abundantes limosnas a los pobres de la comarca. No hace muchos días que
estos señores han perdido la única hija que tenían; solamente les queda
un hijo que, según dicen, es un guapo mozo de dieciocho años (hoy duque
de Larochefoucauld), del cual se cuentan rasgos de bondad con los
aldeanos de estas cercanías.
Ha llegado ayer mi desgraciado hermano y hecho las paces con mi madre.
Todo le ha sido perdonado y parece en su aire muy formal. Nos ha dicho
que desea marchar a Inglaterra, donde mi madre lo recomendará a los
príncipes de Orleans, que estoy segura harán por él cuanto puedan.
L
Vuelve mi madre a Milly durante la primavera y expresa en su _diario_ la
alegría que experimentó al ver de nuevo a su marido y sus hijos. Después
pasa a Lyón para informarse de los motivos que tuvo su hijo para
escaparse del colegio, tomando después de esto la resolución de que
termine sus estudios en otra casa algo más religiosa y paternal que la
que en la actualidad se encontraba.
* * * * *
Sigue el _diario_:
Ayer hice en Lyón algunas compras de telas para arreglar mi cama; he
gastado poco, pues no quiero gastar lo superfluo mientras hay quien
carece de lo necesario.
Estos días se habla mucho de la guerra con Inglaterra: mi hermano me ha
escrito desde allí diciéndome que está muy bien colocado; pero si la
guerra se declara, ¡quién sabe cuál será su suerte!
* * * * *
Hoy he comprado un libro nuevo que he leído esta noche; se titula _Genio
del Cristianismo_; está escrito por M. de Chateaubriand. Yo no sé si
seré competente para juzgar esta nueva obra, pero me encanta su lectura.
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Siguen tres meses cuyas fechas llenan el _diario_ con detalles
domésticos y exámenes de sus faltas.