Alejandro Dumas hizo inútilmente cuanto pudo para obligar á Virginia
Déjazet, que entonces triunfaba sobre el escenario del «Vaudeville», á
representar «La dama de las camelias».
--Sería un nuevo triunfo para usted--decía el célebre autor adorado de
las mujeres;--¿acaso no le gusta á usted el tipo de Margarita tanto ó
más que el de Frétillon?
--¡No, señor, al contrario!
--¿Cómo? ¿por qué?
--Muy sencillo: porque Frétillon se da, y Margarita Gautier se vende...
Y esta breve contestación, llena de espiritualidad y de delicadeza,
retrata toda el alma de la actriz famosa; alma rebelde, paradójica,
elegante, irónica, cínica y sentimental á la vez, como la de Richelieu ó
la del duque de Lauzun, y que parece una síntesis ó evaporación del
gran espíritu adorable de París.
«Mi vida--escribía la Déjazet á cierto adorador que la invitaba á
publicar sus «Memorias»,--es mucho más sencilla de lo que creen, y no
ofrecería nada de muy interesante, pues ni tengo bastantes vicios para
atraer la curiosidad, ni tampoco las virtudes necesarias para aspirar á
ser admirada».
Así fué, en efecto; aquella mujer indócil, que parecía ingrata porque lo
amaba todo, que se reía malévola de sus adoradores y luego en Lyón
rompía su falda bordada para que envolviesen con ella á un obrero que
sacaron moribundo de un pozo; voluntad amoral, sin más ley ni otro cauce
que su alegre capricho; libertina sin sensualidad y liviana sin codicia,
que llegó á ser citada como modelo de madres amantísimas, sin haber
podido sin embargo, recogerse jamás en la uniforme santidad del
matrimonio.
Nació Virginia Déjazet en París, el día 30 de Agosto de 1798, y á los
cinco años, y bajo la dirección de su hermana Teresa, que pertenecía al
cuerpo coreográfico de la Opera, debutó como bailarina. A los dieciséis
años, Virginia era una criatura llena de seducciones y de gentileza, con
las manos y los pies muy menudos y un cuerpo grácil, que comprendía
todos los ritmos y daba vida á todos los disfraces. El papel de Nabotte,
que creó en «La belle au bois dormant», popularizó el nombre de
Déjazet, quien, después de una larga excursión por provincias, regresó á
París y entró en el teatro del Gimnasio, donde afirmó su popularidad con
los estrenos de «Carolina» y «La hermanita». Por rivalidades con la
Vertpré, entonces omnipotente, trasladóse al teatro de Novedades, y más
tarde al glorioso teatro del Palais-Royal, sobre cuyo escenario había de
merecer aquel prestigio de travesura y de gracia genuinamente francesa,
que había de consagrar su apellido y hacerle inmortal.
--Es la actriz universal--declara su biógrafo Mirecourt,--á cuyo genio
se avienen todos los papeles, como á su cuerpo se acoplan todos los
trajes.
Este rasgo último constituye el mérito capital de su arte.
--Poseía--dicen sus contemporáneos,--una habilidad extraordinaria para
disfrazarse; los trajes varoniles, especialmente, vestíalos á maravilla,
y movíase dentro de ellos con tanto aplomo y desenvoltura, que el sexo
desaparecía por completo en aquella mujer, tan mujer y tan linda. Era
Virginia Déjazet algo más que una actriz; era también una escultora, una
modeladora prodigiosa de sí misma, y sus recursos para transformarse y
dar á su rostro expresiones diversas y á sus ademanes ritmos distintos
parecían inagotables.
Sobre su cuerpo proteico revivieron la silueta pensativa y delicada de
Rousseau, joven; el perfil epigramático de Voltaire, la gracia
conquistadora de Richelieu, la hermosura arrogante de Enrique IV, la
cabeza atormentada de Napoleón, y también la belleza infinitamente
espiritual de Sofía Arnould, la célebre intérprete de Gluck y de Rameau,
y la frivolidad _boulevardier_ de Frétillon, y la hermosura voluptuosa
de Ninon de Lenclos... Para todos estos «elegidos» del talento y de la
gracia, tuvo el genio multiforme de Virginia Déjazet una inflexión
exacta de voz y un gesto feliz.
Además de actriz, fué la Déjazet mujer de fértil y amable conversación.
Tenía el ingenio alerta; la réplica libre y pronta, y «sus frases», á
fuerza de graciosas, solían pecar de crueles.
Alguien, queriendo mortificarla, la dijo, en su cuarto del teatro, que á
Leontina, una belleza pomposa y rosada que gozaba entonces de gran
popularidad, la llamaban «la Déjazet del _boulevard du Temple_». A lo
que, picada Virginia, contestó: «No me extraña; el duque de Orleans
tenía en sus caballerizas un jumento que llevaba su nombre.»
Cierta noche, la Déjazet tomó parte en una representación que la Empresa
del teatro de la Opera había organizado á beneficio de las víctimas de
las inundaciones del Loire. Iba á comenzar la función, y la célebre
actriz atisbaba por una de las mirillas del telón el aspecto de la sala.
En aquel instante, cierto caballero que por su riqueza y noble rango
disfrutaba en aquellos bastidores de gran predicamento y libertad,
llegándose de puntillas á Virginia la cogió por el talle. Ella volvió la
cabeza. «Se equivoca usted, caballero--exclamó,--no soy de la casa.»
Desesperado, uno de sus adoradores llegó á decirla: «Deme usted siquiera
la limosna de un beso». Pero ella, aludiendo con una sonrisa á las
veleidades que la murmuración la atribuía, repuso: «¿Una limosna así?...
Imposible. Tengo mis pobres...»
En sus ratos escasos de soledad y melancolía, la hermana de Frétillon y
de Lisette también era poetisa. Su lirismo tenía un dulzor femenino y
penetrante de poderosa emoción. Claretie cita estos versos que la
Déjazet compuso á propósito del cumpleaños de un amado, que bien pudo
ser el cancionista Federico Bérat:
Ami! Depuis un an, combien de jours de fête
ont fleuri sous tes pas!
Dans le sentier de l'art le bruit de tes conquêtes,
et dans celui du coeur que de palmes discrètes
t'ont salué tout bas!...
Y así continúa la composición, en una fusión delicadísima de triunfos
crepitantes y de intimidad silenciosa.
El éxito más noble de Virginia Déjazet, el más personal, aquel que por
sí solo hubiese bastado á perfumar, con un suave aroma de rosas viejas,
toda su vida, se lo proporcionó «La Lisette de Béranger», canción de
amor, canción sagrada, que todas las bocas jóvenes de París repetían de
memoria.
La compuso Federico Bérat en honor del anciano y glorioso Béranger, y
aquellas notas sencillas, prendidas en no sé qué inexplicable hechizo
romántico, tuvieron la virtud peregrina de hacer latir todas las almas y
de agarrarse á todos los oídos; y Lisette fué un «tipo» que de una
generación á otra ha dejado un rastro de gracia liviana en las
obrerillas sentimentales y alegres de la Ciudad-Sol.
Una mañana, Virginia Déjazet fué á conocer á Béranger á su retiro de
Passy. Allí, cuidando las flores de su jardín, estaba el buen viejo, á
quien el público tornadizo casi había olvidado.
A su alrededor, los árboles, donde susurraba la suave brisa mañanera,
esparcían sombra grata.
--Soy mademoiselle Déjazet--dijo la actriz,--y como usted no puede ir á
verme al teatro, vengo á cantarle la canción de Bérat, esa canción que
usted ha inspirado y que ya conoce todo París.
Acomodáronse los dos sobre un banco, y en el encanto verde y plata del
jardín, la voz de la Déjazet vibró cristalina:
Enfants, c'est moi qui suis Lisette,
la Lisette du chansonnier...
Y mientras cantaba, muy cerca de allí, la señora Judit Frére, la anciana
compañera de Béranger, la verdadera Lisette, oyendo aquella canción que
ella inspiró y que era su juventud, lloraba en silencio.
Cuando la actriz calló, Béranger tenía los dulces ojos arrasados de
lágrimas.
--¡Hija mía!--balbució,--¡hija mía!...
No pudo hablar más, y la besó en la frente. Mucho después, refiriendo
esta escena, la Déjazet llena de admiración, decía:
--¡Me dió un beso! Es la representación que he cobrado mejor.
Y al decir esto, no exageraba aquella mujer, todo corazón, que había
ganado millones...