EVARISTA, PANTOJA, _que en actitud de gran cansancio y desaliento se
arroja en el banco de la izquierda, primer término_.
EVARISTA. ¿Pasamos a casa?
PANTOJA. No: déjeme usted que respire a mis anchas. En la iglesia me
ahogaba... El calor, el gentío...
EVARISTA. Haré que le traigan a usted un refresco... Balbina!
PANTOJA. Gracias.
EVARISTA. Una taza de tila...
PANTOJA. Tampoco. (_Sale Balbina. La señora le da la mantilla, que acaba
de quitarse, y el libro de misa, y le manda que se retire._)
EVARISTA. No hay motivo, amigo mío, para tan grande aflicción.
PANTOJA. No es mi orgullo, como dicen, lo que se siente herido: es algo
más delicado y profundo. Se me niega el consuelo, la gloria de dirigir a
esa criatura y de llevarla por el camino del bien. Y me aflige más, que
usted, tan afecta a mis ideas; usted, en quien yo veía una fiel amiga y
una ferviente aliada, me abandone en la hora crítica.
EVARISTA. Perdone usted, señor Don Salvador. Yo no abandono a usted. De
acuerdo estábamos ya para custodiar, no digo encerrar, a esa loquilla en
San José[89] de la Penitencia, mirando a su disciplina y purificación...
Pero ha surgido inopinadamente la increíble ventolera de Máximo, y yo no
puedo, no puedo en modo alguno negar mi consentimiento... Ello será una
locura: allá se les haya...[90] ¿Pero de Máximo, como hombre de
conducta, qué tiene usted que decir?
PANTOJA. Nada. (_Corrigiéndose._) ¡Oh, sí! algo podría decir... Mas por
el momento sólo digo que Electra no está preparada para el matrimonio,
ni en disposición de elegir con acierto... No rechazo yo en absoluto su
casamiento, siempre que sea con un hombre cuyas ideas no puedan serle
dañosas... Pero eso vendrá después. Lo primero es que esa tierna
criatura ingrese en el santo asilo, donde la probaremos, pulsaremos con
exquisito tacto su carácter, sus gustos, sus afectos, y en vista de lo
que observemos se determinará... (_Con altanería._) ¿Qué tiene usted que
decir?
EVARISTA (_acobardada_). Que para ese plan... hermosísimo, lo
reconozco... no puedo ofrecer a usted mi cooperación.
PANTOJA (_con arrogancia, paseándose_). De modo que según usted, mi
señora Doña Evarista, si la niña quiere perderse, que se pierda; si ella
se empeña en condenarse, condénese en buen hora.
EVARISTA (_con mayor timidez, sugestionada_). ¡Su perdición!... ¿Y cómo
evitarla?... ¿Acaso está en mi mano?
PANTOJA (_con energía_). Está.
EVARISTA. ¡Oh! no... Me falta valor para intervenir... ¿Y con qué
derecho?... Imposible, Don Salvador, imposible...
PANTOJA (_afirmándose más en su autoridad_). Sepa usted, amiga mía, que
el acto de apartar a Electra de un mundo en que la cercan y amenazan
innumerables bestias malignas, no es despotismo: es amor en la expresión
más pura del cariño paternal, que comúnmente lastima para curar. ¿Duda
usted de que el fin grande de mi vida, hoy, es el bien de la pobre niña?
EVARISTA (_acobardándose más_). No lo dudo... No puedo dudarlo.
PANTOJA (_con efusión y elocuencia_). Amo a Electra con amor tan
intenso, que no aciertan a declararlo todas las sutilezas de la palabra
humana. Desde que la vieron mis ojos, la voz de la sangre clamó dentro
de mí, diciéndome que esa criatura me pertenece... Quiero y debo tenerla
bajo mi dominio santamente, paternalmente... Que ella me ame como aman
los ángeles... Que sea imagen mía en la conducta, espejo mío en las
ideas. Que se reconozca obligada a padecer por los que le dieron la
vida, y purificándose ella, nos ayude, a los que fuimos malos, a obtener
el perdón... Por Dios, ¿no comprende usted esto?
EVARISTA (_agobiada_). Sí, sí. ¡Cuánto admiro su inteligencia poderosa!
PANTOJA. Menos admiración y más eficacia en favor mío.