MÁXIMO. No mando todavía: suplico. (_Coge un frasco que contiene un
metal en limaduras o virutas._) Pues la juguetona Electra quiere
trabajar a mi lado, me hará el favor de pesarme treinta gramos de este
metal.
ELECTRA. ¡Oh, sí...!
MÁXIMO. Ayer aprendiste a pesar en la balanza de precisión.
ELECTRA (_gozosa, preparándose_). Sí, sí... dame, déjame. (_Al verter el
metal en la cápsula, admira su belleza._) ¡Qué bonito! ¿Qué es esto?
MÁXIMO. Aluminio. Se parece a ti. Pesa poco...
ELECTRA. ¿Que peso poco?
MÁXIMO. Pero es muy tenaz. (_Mirándole al rostro._) ¿Eres tú muy tenaz?
ELECTRA. En algunas cosas, que me reservo, soy tenaz hasta la barbarie,
y creo que, llegado el caso, lo sería hasta el martirio. (_Sigue pesando
sin interrumpir la operación._)
MÁXIMO. ¿Qué cosas son esas?
ELECTRA. A ti no te importan.
MÁXIMO (_atendiendo al trabajo_). Mejor... En seguidita me pesas setenta
gramos de cobre. (_Presentándole otro frasco._)
ELECTRA. El cobre serás tú... No, no, que es muy feo.
MÁXIMO. Pero muy útil.
ELECTRA. No, no: compárate con el oro, que es el que vale más.
MÁXIMO. Vaya, vaya, no juguemos. Me contagias, Electra; me
desmoralizas...
ELECTRA. Déjame que me recree con las cualidades de este metal bonito,
que es mi semejante. ¡Soy tenaz... no me rompo...! Pues bien puedes
decírselo a Evarista y a Urbano, que en el sermón que me echaron hoy
dijéronme como unas cuarenta veces que soy... frágil... ¡Frágil, chico!
MÁXIMO. No saben lo que dicen.
ELECTRA. Claro: ¡qué saben ellos...!
MÁXIMO. Cuidado, Electra: con la conversación no te me equivoques en el
peso.
ELECTRA. ¡Equivocarme yo! ¡Qué tonto! Tengo yo mucho tino, más de lo que
tú crees.
MÁXIMO. Ya, ya lo voy viendo. (_Dirígese a uno de los estantes en busca
de un crisol._) Pues tu tía se enojará de veras, y nos costará mucho
trabajo convencerla de tu inocencia.
ELECTRA. Dios, que ve los corazones, sabe que en esto no hay ningún mal.
¿Por qué no han de permitirme que esté aquí todo el día, cuidándote,
ayudándote...?
MÁXIMO (_volviendo con el crisol que ha elegido_). Porque eres una
señorita, y las señoritas no pueden permanecer solas en la casa de un
hombre, por muy decente y honrado que éste sea.
ELECTRA. ¡Pues estamos divertidas, como hay Dios, las pobres señoritas!
(_Terminado el peso, presenta las dos porciones de metal en cápsulas de
porcelana._) Ea, ya está.
MÁXIMO (_coge las cápsulas_). ¡Y qué bien! ¡Qué primor, qué limpieza de
manos...! ¡Qué pulso, chiquilla, y qué serenidad en la atención para no
embarullar el trabajo! Estás atinadísima.
ELECTRA. Y sobre todo, contenta. Cuando hay alegría todo se hace bien.
MÁXIMO. Verdad, clarísima verdad. (_Vierte los dos cuerpos en el
crisol._)
ELECTRA. ¿Eso es un crisol?
MÁXIMO. Sí, para fundir estos dos metales.
ELECTRA. Nos fundimos tú y yo... Nos pelearemos en medio del fuego, y...
(_Tararea la sonata._)
MÁXIMO. Hazme el favor de llamar a Mariano.
ELECTRA (_corriendo a la puerta de la izquierda_). ¡Mariano!
MÁXIMO. Que venga también Gil.
ELECTRA. Gil... pronto... Que os llama el maestro. (_Dándoles prisa._)
Vamos...