MÁXIMO. Es maravilloso que en tan poco tiempo conozcas mis libros y el
lugar que ocupan.
ELECTRA. No dirás que no lo he puesto todo muy arregladito.
MÁXIMO. ¡Gracias a Dios que veo en mi estudio la limpieza y el orden!
ELECTRA (_muy satisfecha_). ¿Verdad, Máximo, que no soy absolutamente,
absolutamente inútil?
MÁXIMO (_mirándola fijamente_). Nada existe en la creación que no sirva
para algo. ¿Quién te dice a ti que no te crió Dios para grandes fines?
¿Quién te dice que no eres tú...?
ELECTRA (_ansiosa_). ¿Qué?
MÁXIMO. ¿Un alma grande, hermosa, nobilísima, que aún está medio
ahogada... entre el serrín y la estopa de una muñeca?
ELECTRA (_muy gozosa_). ¡Ay, Dios mío, si yo fuera eso...! (_Máximo se
levanta, y en el estante de la izquierda coge unas barras de metal y las
examina._) No me lo digas, que me vuelvo loca de alegría... ¿Puedo
cantar ahora?
MÁXIMO. Sí, chiquilla, sí. (_Tarareando, Electra repite el andante de
una sonata._) La buena música es como espuela de las ideas perezosas que
no afluyen fácilmente; es también como el gancho que saca las que están
muy agarradas al fondo del magín... Canta, hija, canta. (_Continúa
atento a su ocupación._)
ELECTRA (_en el estante del foro_). Sigo arreglando esto. Los metaloides
van a este lado. Bien los conozco por el color de las etiquetas... ¡Cómo
me entretiene este trabajito! Aquí me estaría todo el santo día...
MÁXIMO (_jovial_). ¡Eh, compañera!