CUESTA, DON URBANO, EVARISTA; _después_ ELECTRA.
CUESTA (_recogiendo sus papeles_). ¡Qué felicidad la mía si pudiese
quererla públicamente!
EVARISTA (_vestida para salir_). Perdone usted el plantón, Leonardo. Ya
me ha dicho éste que preparamos una operación extensa.
DON URBANO (_dando a Cuesta un talón_). Toma.
EVARISTA. No me asombraré de verle a usted entrar con otra carga de
dinero... Dios lo manda. Dios lo recibe... (_Asoma Electra por la puerta
de la izquierda. Al ver a su tía, vacila, no se atreve a pasar.
Arráncase al fin, tratando de escabullirse. Evarista la ve y la
detiene._) ¡Ah, pícara! ¿Pero no te has vestido? ¿Dónde estabas?
ELECTRA. En el cuarto de la plancha. Fui a que Patros me planchara un
peto...
EVARISTA. ¡Y te estás con esa calma! (_Observando que en uno de los
bolsillos del delantal de Electra asoma una carta._) ¿Qué tienes aquí?
(_La coge._)
ELECTRA. Una carta.
CUESTA. ¡Cosas de chicos!
EVARISTA. No puede usted figurarse, amigo Cuesta, lo incomodada que me
tiene esta niña con sus chiquilladas, que no son tan inocentes, no. (_Da
la carta a su marido._) Lee tú.
CUESTA. Veamos.
DON URBANO (_lee_). «Señorita: Tengo para mí que en su rostro
hechicero...»
EVARISTA (_burlándose_). ¡Qué bonito! (_Electra contiene difícilmente la
risa._)
DON URBANO. «Que en su rostro hechicero ha escrito el Supremo Artífice
el problema del... del...» (_Sin entender la palabra siguiente._)