MÁXIMO. Vengo de conferenciar con los bilbaínos. Hoy es para mí un día
de prueba. Trabajo excesivo, diligencias mil, y por añadidura la casa
revuelta.
EVARISTA. ¿Pero qué te pasa? Me ha dicho Balbina que ayer despediste a
tus criadas.
MÁXIMO. Me servían detestablemente, me robaban... Estoy solo con el
ordenanza y la niñera.
EVARISTA. Vente a comer aquí.
MÁXIMO. ¿Y dejo a los chicos allá? Si les traigo, molestan a usted y le
trastornan toda la casa.
EVARISTA. No me los traigas, no. Adoro a las criaturas; pero a mi lado
no las quiero. Todo me lo revuelven, todo me lo ensucian. El alboroto de
sus pataditas, de sus risotadas, de sus berrinches, me enloquece. Luego,
el temor de que se caigan, de que les arañen los gatos, de que se mojen,
de que se descalabren.
MÁXIMO. Yo prefiero que me mande usted una cocinera...
EVARISTA. Irá la Enriquetilla. Encárgate, Urbano; no se nos olvide.