muchos rasgos aislados de extraordinaria y sorprendente belleza. Lo
mismo puede decirse del que lleva el título de _El árbol del mejor
fruto_. Cuando Constantino, hijo del emperador Constancio, camina hacia
Grecia para casarse allí con la princesa Irene, muere asesinado por unos
ladrones, que lo reconocen después de perpetrado su delito, y huyen
aterrados. Encuentran en una aldea inmediata á un labrador, llamado
Cloro, vivo retrato del Príncipe asesinado, y le proponen hacerse pasar
por aquél y casarse de este modo con Irene, para cuyo fin le entregan
las cartas, que servían de credenciales al muerto. Cloro, á quien antes
se le ha profetizado que así él como su amigo Licinio habían de ser
emperadores, acepta el proyecto, y es acogido por la princesa Irene con
la mejor voluntad como su esposo prometido. Cuando el falso Constantino
va con su joven esposa á la corte del emperador Constancio, llega
también el cadáver del asesinado, siendo tan grande la semejanza entre
ambos, que hasta su mismo padre duda si su hijo es el muerto ó el vivo;
el engaño se descubre, sin embargo, por la intervención de un campesino,
y en su consecuencia, es condenado Cloro á perder la vida; pero
sobreviene en tan crítico momento Elena, madre del último, y declara que
en su juventud ha sido amada por Constancio, y que el fruto de este amor
ha sido Cloro, cuyo nombre verdadero es también Constantino. Cloro es
entonces proclamado César con este mismo nombre de Constantino. Después
comienzan las hostilidades entre Magencio y Constantino, anunciándose á
éste, ya inclinado á la fe cristiana, que vencerá en la contienda con el
estandarte de la Cruz; cúmplese la profecía, y Constantino, agradecido,
hace voto de ir en peregrinación á Palestina para buscar la Santa Cruz.
Cuando, después de la muerte de Constancio, sube al trono imperial, se
dirige á Jerusalén con Elena, Irene y Licinio, al cual asocia al
imperio por su valor probado. Los judíos de esta ciudad indican el
lugar, consagrado por muchos mártires, en donde debe estar oculta la
Cruz del Salvador; hácense saltar las piedras que la guardan, y en vez
de una sola Cruz se hallan tres iguales: ¿cuál será, pues, la verdadera?
Un milagro resuelve la duda. Licinio ha muerto por mandato de
Constantino, en castigo de una persecución á los cristianos que ha
promovido, y se acuerda poner el cadáver en presencia de las tres
cruces, porque será la verdadera la que lo resucite. Se hace la prueba,
y apenas toca á Licinio el santo símbolo, recobra el muerto la vida, y
las primeras palabras que pronuncia declaran la divinidad de Jesucristo.
Irene y los judíos, testigos de este portento, se convierten al
cristianismo.
Lope de Vega, en la dedicatoria de su comedia _Lo fingido verdadero_ á
Gabriel Téllez, religioso de Nuestra Señora de la Merced (comedias de
Lope de Vega, tomo XVI), celebra con grandes alabanzas las obras
religiosas de este autor; pero, entre las conservadas hasta nosotros,
hay sólo pocas de esta clase. Ya hemos indicado antes cuán difícil es
señalar los caracteres exclusivos de este género literario. Algunas de
las comedias de Tirso, aunque en el asunto que les sirve de fundamento
lo parezcan, por provenir de la Biblia ó de la Historia Sagrada de la
Iglesia Católica, no se diferencian, sin embargo, en lo demás
considerablemente de los sugeridos por la historia profana. _La elección
por la virtud_ (cuyo asunto es la elevación al Solio pontificio de Sixto
V de su estado de campesino), contiene, á la verdad, elementos muy
profanos, juntamente con otros de una gracia inimitable, como, por
ejemplo, la bellísima escena en que una doncella, disfrazada de pastor,
y con el pretexto de cazar aves, se acerca á la torre en donde está
prisionero su amante, y se comunica con él por medio de un canto de
doble sentido, hasta que al fin consigue su libertad. _La mujer que
manda en casa_ representa con vigorosas pinceladas la historia de
Jezabel, del libro primero de los Reyes. _La venganza de Tamar_, la de
Amnón y Tamar, que hoy se sufriría con trabajo en el teatro. Pocos
poetas dramáticos españoles se han elevado tanto en la poesía trágica
como Tirso en este notabilísimo drama. Nada hay más patético que el
carácter del anciano David, y el tierno amor que muestra ante la pasión
culpable de sus mal aconsejados hijos. Amnón, el mayor de ellos, penetra
una noche en los jardines cerrados del palacio, en los cuales, con
arreglo á la usanza oriental, viven retiradas las mujeres. Oye los
cantos de una voz seductora que lo atraen y encadenan, y entabla un
diálogo con la que canta, á consecuencia del cual se enamora de ella
ardientemente. La obscuridad y el velo que la cubre le impiden ver su
rostro; pero acuerdan ambos que se dé á conocer vistiendo un traje de
púrpura en una fiesta próxima, que ha de celebrarse después en palacio.
Las escenas inmediatas describen esta fiesta. Amnón reconoce horrorizado
que la dama del vestido de púrpura es Tamar, su hermana de padre. Cae en
una melancolía profunda, é intenta primero dominar su pasión; pero no
puede lograrlo, y la expresa ante su hermana en sus acciones y palabras.
El rey David deplora amargamente la tristeza de su hijo, que casi raya
en locura. Amnón pide á su padre la gracia de que Tamar sea la elegida
para cuidarlo en su enfermedad, y así se le concede. Entonces ocurre la
escena violenta, de que nos habla la Biblia, en una forma que rechazan
nuestras ideas modernas; pero presentada, no obstante, con
extraordinaria animación dramática. Después que Amnón ha satisfecho su
deseo, por castigo del cielo se trueca su antiguo amor en el odio más
implacable, y atormenta á la deshonrada Tamar y la maltrata sin cesar.
Ésta acusa al culpable ante el Rey, y concierta un plan de venganza con
Absalón, que la ayuda con el mayor celo, porque suspira hace tiempo por
ceñirse la corona, y desea, por consiguiente, que desaparezca Amnón de
su camino. Tamar se retira á una posesión rural de su hermano á
Baalhasor, en donde vive disfrazada de labradora. Absalón, en el período
de la siega, prepara aquí una fiesta en la cual ha de ejecutarse su
proyecto de venganza. Amnón acude á este lugar, y comienza á enamorar á
una campesina, en la cual reconoce á la mujer, odiada por él
mortalmente, porque le recuerda su horrible crimen. Llénase de temor, y
presiente la proximidad de la catástrofe que le amenaza. Los segadores y
segadoras celebran la fiesta de la recolección con alegres cánticos y
danzas; óyense de improviso gritos lastimeros detrás de la escena;
Adonias y Salomón, hermanos de Absalón, se presentan en el teatro
pálidos como la muerte; cesan los cantos, se transforma el lugar de la
escena, y se ve derribar la mesa, en la cual están colocados los
preparativos de la fiesta, y junto á ella, en el suelo, el cadáver de
Amnón, atravesado de puñaladas y chorreando sangre. Delante del muerto
se ve á Tamar, que se regocija de su venganza, y al ambicioso Absalón,
con la espada desnuda, orgulloso de su triunfo. Esta escena es, sin duda
alguna, de lo más trágico que puede existir en cualquier teatro. El
drama termina con las lamentaciones de David acerca de los males que le
preparan sus hijos en su vejez. Algunas escenas de este drama han sido
imitadas por Calderón en su excelente tragedia titulada _Los cabellos de
Absalón_.
El elemento religioso aparece más claro en una obra dramática de Tirso,
en la cual se desenvuelve la historia de Santa Casilda, leyenda española
muy bella[76], arreglada para el teatro; titúlase _Los lagos de San
Vicente_. La heroína es una hija del rey moro de Toledo, presa de una
profunda melancolía, que emprende una peregrinación hacia el lago de San
Vicente, por habérsele profetizado que bañándose en él recobrará su
salud; el baño á que alude esta profecía, es el agua del Bautismo.
Casilda se hace cristiana durante su viaje, y después ermitaña, á
orillas del lago sagrado, sin volver más á la corte de su padre.
El drama, que lleva el nombre de _Quien no cae no se levanta_, en cuyo
primer acto se desarrolla una intriga amorosa algo libre, toma después
carácter religioso. Margarita, hija de un rico florentino, ha llevado
una vida licenciosa, y promovido, entre los muchos amantes á quienes ha
dispensado sus favores, asesinatos y desastres mortales. Oye un día una
voz celestial, acompañada de melodiosa música, que la reconviene por sus
excesos. Síguese á esta exhortación dos apariciones, mostrándole una el
fin horrible que la aguarda si persevera en la senda del pecado, y la
otra la corona inmortal que ha de ceñir las sienes de la pecadora
arrepentida. La emoción de Margarita es extraordinaria, pero no
suficiente para arrancarla de sus antiguos hábitos. Selio, mientras
tanto, uno de sus adoradores, que ha dado muerte á otro, se ha refugiado
en un convento. Sábelo Margarita, y se dirige á la iglesia del mismo
convento para hablar con él; pero allí hace en ella tal impresión el
discurso de un sacerdote, que, arrepentida de sus faltas y comprendiendo
la enormidad de ellas, cae en tierra anonadada, se despoja de sus galas
y vestidos, y con sus gestos y ademanes hace creer al pueblo que ha
perdido la razón. Vístese después de tosco sayal y vive en el más
completo retiro; pero Selio, disfrazándose y sobornando á una criada de
Margarita, consigue entrar en su habitación, y la hace vacilar de tal
modo en su propósito, que se decide á huir con él. Pero en el momento de
ponerlo en práctica cae en tierra como desmayada junto al umbral de la
puerta; aparécesele su ángel de la guardia, y con su belleza celestial y
su divina elocuencia, borra de su corazón todo pensamiento mundano. El
mensajero de Dios la excita á casarse con él, no para esta vida
terrestre, sino para la vida eterna; la pecadora arrepentida accede á
sus ruegos, apoderándose la muerte de su cuerpo, incapaz de resistir á
tan violentas emociones, y llevándose el ángel su alma á la mansión
celestial.
Semejante á éste es el argumento de _La condesa bandolera_. La condesa
Ninfa, enemiga primero de los hombres, es deshonrada después por el
conde de Calabria; se hace salteadora de caminos y comete innumerables
crímenes, hasta que, hallándose en peligro de muerte, se le presenta un
ángel que le enseña el camino de la virtud, se arrepiente de sus delitos
y los expía en un bosque solitario, en donde muere á mano de la duquesa
de Calabria, que la atraviesa con un venablo, tomándola por una bestia
salvaje.
De mérito singular, y quizás el más notable de todos los dramas
religiosos que se han escrito en España, es _El condenado por
desconfiado_, obra que lleva el sello de un sentimiento religioso
singularmente enérgico y peculiar de aquella época, aunque á nosotros
nos parezca extraño y casi inexplicable. Su objeto es exponer el
contraste que hay entre la pusilanimidad y la fe. Un ermitaño, que ha
pasado su vida en ejercicios de piedad y prácticas de virtud, cae en
las garras del demonio por sus dudas de la misericordia de Dios, y al
fin es condenado; al contrario, un criminal cuya existencia ha sido una
serie no interrumpida de sangrientos delitos de todo género, alcanza al
cabo la gracia divina. Esta idea extravagante está desenvuelta en
conceptos, extraños en parte, pero ingeniosos y sublimes, encontrándose
en inexplicable confusión con los rasgos más sombríos de este cuadro
otros muy diversos, llenos de ternura y de sentimiento religioso, que
impresionan vivamente al lector. Pablo el ermitaño vive há largo tiempo
en una ermita solitaria, exclusivamente consagrado á la devoción y
contemplación de la divinidad. La obra comienza con una escena realzada
por la solemnidad y santidad de las fiestas del descanso, á que se
entregaban los antiguos patriarcas. Pablo, después de orar, cae en un
letargo, durante el cual sueña que va á ser condenado en el juicio
final. Este sueño trastorna y conmueve tan violentamente su alma, que
llega á concebir algunas dudas acerca de la misericordia de Dios. A
consecuencia de ellas, el demonio lo tienta de diversas maneras,
autorizado con el permiso de Dios. Revístese, pues, de la forma de un
ángel, y le dice «que vaya á Nápoles para salir de dudas y recelos, y
que en esa ciudad hay un cierto Enrico sabedor de su propio destino,
puesto que Dios ha ordenado que sea idéntico el fin de ambos.» El
ermitaño da crédito á esta visión engañosa y se pone en camino,
esperando que Enrico será un modelo de virtud y de devoción. ¡Cómo se
engaña el desdichado! Lo encuentra en la compañía de amigos criminales y
libertinos y de mujeres perdidas, celebrando todos una orgía, durante la
cual cada uno de estos dignos personajes refiere satisfecho los delitos
que ha cometido, ornando al fin á Enrico, por más culpable, con una
corona de laurel. Fácil es de comprender el asombro de Pablo ante este
espectáculo. ¿Podrá, pues, Enrico, personificación de todo lo malo,
disfrutar de la gracia divina? Si la suerte del ermitaño ha de ser
idéntica, su condenación eterna es entonces segura, decidiéndose por
desesperación (con tanto mayor motivo cuanto que sus méritos para
obtener la gracia son hasta aquel momento superiores á los del criminal)
á lanzarse como él en la senda del delito. Regresa con esta resolución á
la montaña, en donde vivió antes como piadoso solitario, y se pone al
frente de una banda de ladrones, con la cual comete todo linaje de
crímenes. A veces oye la voz de su conciencia, cuando cesa en su vida
culpable, exhortándolo á emprender de nuevo el buen camino; pero al
pensar en Enrico y en la revelación que se le hizo, insiste de nuevo en
sus censurables excesos.
Como representante de la gracia divina se le presenta un ángel, bajo la
forma de un joven pastor, que teje una corona de flores, con la cual
quiere coronar á los pecadores arrepentidos, y que entona cánticos
llenos de gracia, que celebran la generosidad y misericordia de Dios.
Pablo vacila un instante en sus malos propósitos, pero incurre pronto de
nuevo en su falta anterior de confianza en el Supremo Juez. Enrico,
mientras tanto, perseguido por la justicia á causa de sus crímenes, se
arroja á la mar por escapar de sus ministros. Las revueltas olas se lo
llevan milagrosamente y lo depositan en la costa, teatro de las
fechorías de Pablo. Los bandidos lo hacen prisionero, y su capitán
resuelve someterlo á las pruebas más duras, para deducir de su muerte
cuál ha de ser la suya propia. Enrico es atado á un árbol y asaeteado
sin compasión; pero en vez de asustarse, se burla de Dios y se ríe en
sus barbas de la muerte. Pablo se presenta de nuevo vestido de ermitaño,
y lo exhorta al arrepentimiento con tanta mayor insistencia, cuanto que
cree que el término bienaventurado de la vida de Enrico ha de ser
garantía segura del que le aguarda; pero sus esfuerzos son vanos, porque
Enrico no hace caso ninguno de sus palabras, y al fin le concede la
vida, temiendo que, como impenitente, pueda ser condenado. Después de
esta prueba peligrosa es mayor poco á poco el extravío del pusilánime.
Cuenta á Enrico su vida y su destino, y Pablo hace con él lo mismo; pero
Enrico, á pesar de todos sus crímenes, ha conservado siempre una virtud,
la del amor y la ternura filial que siempre ha tenido á su anciano
padre; y á pesar también de todos sus delitos anteriores, siempre ha
creído que la gracia de Dios puede al fin salvarlo. La existencia de
esta empedernida obstinación en el pecado con la firme confianza en la
misericordia divina, repugna, sin duda, á nuestras ideas actuales; pero
hoy mismo no es rara en los pueblos católicos de la Europa meridional.
Los dos criminales unidos prosiguen su sanguinaria carrera, y roban y
asesinan á cuantos caen en sus manos. Al cabo de algún tiempo resuelve
Enrico encaminarse á Nápoles para visitar á su padre. La justicia se
apodera de él en esta ocasión, y lo encierran en una obscura cárcel. Los
horrores de la prisión y la vida desastrosa de los presos, se describen
con una verdad que infunde miedo. El demonio se aparece á Enrico y le
ofrece la libertad si le vende su alma; pero él oye la voz del cielo,
que lo disuade, y rehusa su oferta. Es condenado á muerte y llevado al
suplicio, persistiendo en su obstinación y en su culpa; pero la única
virtud, que ha conservado en su vida, da entrada en su corazón á la
gracia de Dios; lo que no han podido lograr el miedo á la muerte y á las
penas del infierno, lo consiguen las lágrimas y súplicas de su anciano
padre; Enrico se arrepiente, pide á Dios perdón humildemente de sus
faltas y sufre resignado una muerte vergonzosa para alcanzar después la
vida eterna. Pablo, mientras tanto, aumenta cada día el catálogo de sus
delitos, pero la gracia divina no deja de buscarlo. Aparécesele el alma
de Enrico cuando la llevan al cielo los ángeles; pero esta aparición,
que debiera excitar la esperanza en su ánimo, es inútil. Todas las
exhortaciones celestiales no logran desvanecer su desconfianza. Otra vez
el pastor, mensajero del Eterno, pasa junto á él cantando tristes
endechas y destrozando lentamente la corona de flores, que había formado
para él. Esta escena impresiona vivamente por el terror y la compasión
que excita en nosotros. El criminal, perdido ya sin remedio, sucumbe
poco después en un combate, y el drama termina con el espectáculo que
ofrece su alma, cercada de llamas, en su viaje á los infiernos. Si
Tirso de Molina no hubiese escrito otra obra, sólo por lo patético, y el
ingenio que distingue á ésta, no se le podría negar con justicia el
nombre de gran poeta.
Los pocos autos de este autor (como _El colmenero divino_ y _Los
parecidos hermanos_), no merecen ahora de nuestra parte mención
especial; no así el titulado _La madrina del cielo_, por ser un ejemplo
de obra dramática religiosa, á cuya especie no se ha dispensado la
atención necesaria. Se escribió en loor de Nuestra Señora del Rosario: y
como la compuesta con igual objeto por Álvaro Cubillo de Aragón y la de
Antonio Coello, se diferencia de los autos sacramentales y de los
escritos al nacimiento de Nuestro Señor, no sólo por su tendencia, sino
también por los elementos profanos predominantes, comparados con sus
alegorías. Todas sus partes se dirigen á ensalzar el poder maravilloso
del Rosario. Un libertino, llamado Dionisio, viola y deshonra á la joven
Marcela. La víctima pide al cielo el castigo del culpable, y Jesucristo
le declara que sus súplicas serán oídas. Dionisio, más pecador cada día,
comete toda clase de delitos; pero á pesar de ello, conserva siempre
piadosa devoción por el Rosario. Hácese salteador, y asesina á todos los
caminantes que caen en sus manos. Entre los últimos, cuéntase también á
Santo Domingo: Dionisio se propone matarlo como á los demás, pero al ver
su rosario, que el santo lleva consigo, desiste de su propósito y le
deja en libertad. Marcela ruega de nuevo al Salvador que no deje impune
al delincuente que la ha deshonrado, y, según parece, sus ruegos han de
ser cumplidos. Se ven á lo lejos abiertas las puertas del infierno, y á
Jesucristo como juez, con una espada de fuego en la mano, dispuesto á
condenar á Dionisio á la muerte eterna; pero á su lado se hallan Santo
Domingo y la Virgen María, que se esfuerzan en mover su compasión hacia
el pecador, por la devoción que ha demostrado siempre al santo Rosario,
y en efecto, su respeto á ese signo religioso lo salva de la condenación
á que estaba ya destinado. Por la intervención de la Virgen María, como
patrona del Rosario, obtiene un plazo para expiar sus crímenes. La lucha
de su alma es representada alegóricamente por medio de las diversas
virtudes y vicios, que lo atraen y lo rechazan; pero sus constantes
oraciones lo hacen partícipe, al fin, de la gracia divina, transformando
de tal modo todo su sér, que Marcela conviene, á sus ruegos, en borrar
su antigua falta, dándole su mano. En su boda la Virgen los corona de
rosas, mientras un coro de ángeles canta sus alabanzas.
APÉNDICE.
Catálogo de la gran colección de comedias nuevas escogidas de los
mejores ingenios de España.
MADRID (1652-1704).
En la pág. 432 de este tomo III aludimos á esta importante colección.
Algunos volúmenes llevan títulos diversos del general, porque entre los
ejemplares, que me han servido, falta muchas veces la primera hoja, ó se
halla tan estropeada, que sólo puedo afirmar lo siguiente: el IV dice
_Laurel de comedias_; el VII, _Teatro poético_; el X, _Nuevo teatro de
comedias_; el XIII, _De los mejores el mejor_; el XIV, _Pensil de
Apolo_; el XX, _Comedias varias_; el XXXI, _Minerva cómica_; el XLVI,
_Primavera numerosa de muchas harmonías lucientes_. En algunos tomos no
se determina tampoco el año de la fecha.
TOMO I (1652).
1 La Baltasara, de tres ingenios: la primera jornada de Luis Vélez
de Guevara; la segunda, de D. Antonio Coello, y la tercera, de D.
Francisco de Rojas.
2 No siempre lo peor es cierto, de D. Pedro Calderón.
3 Lo que puede el oir misa, del Dr. Mira de Mescua.
4 La exaltación de la cruz, de D. Pedro Calderón.
5 Chico Baturí, y siempre es culpa la desdicha, de D. Antonio de
Huerta, D. Jerónimo Cáncer y D. Pedro Rosete.
6 Mejor está que estaba, de D. Pedro Calderón.
7 San Franco de Sena, de D. Agustín Moreto.
8 El Hamete de Toledo, de Belmonte y D. Antonio Martínez.
9 La renegada de Valladolid, de Luis de Belmonte y de D. Antonio
Bermúdez.
10 Luis Pérez el Gallego, de D. Pedro Calderón.
11 El trato muda costumbres, de D. Antonio Mendoza.
12 Con quien vengo, vengo, de D. Pedro Calderón.
TOMO II (1653).
1 No guardas tú tu secreto, de D. Pedro Calderón.
2 Juan Latino, de D. Diego Jiménez de Enciso.
3 Celos, amor y venganza, de Luis Vélez de Guevara.
4 La firme lealtad, de Diego de Solís.
5 La sentencia sin firma, de Gaspar de Ávila.
6 Fingir lo que puede ser, de D. Ramón Montero de Espinosa.
7 El inobediente ó la ciudad sin Dios, de Claramonte.
8 La rosa alejandrina, de Luis Vélez de Guevara.
9 El fuero de las cien doncellas, de D. Luis de Guzmán.
10 No hay contra el honor poder, de Antonio Enríquez Gómez.
11 La obligación de las mujeres, de Luis Vélez de Guevara.
12 Amor y honor, de Luis Belmonte.
TOMO III (1653).
1 La llave de la honra, de Lope de Vega.
2 Más pueden celos que amor, de Lope de Vega.
3 Engañar con la verdad, de Jerónimo de la Fuente.
4 La discreta enamorada, de Lope de Vega.
5 A un traidor dos alevosos y á los dos el más leal, de Miguel González
de Cañedo.
6 La portuguesa y dicha del forastero, de Lope de Vega.
7 El maestro de danzar, de Lope de Vega.
8 La Fénix de Salamanca, del Dr. Mira de Mescua.
9 Lo que está determinado, de Lope.
10 La dicha por malos medios, de Gaspar de Ávila.
11 San Diego de Alcalá, de Lope.
12 Los tres señores del mundo, de Luis de Belmonte.
TOMO IV (1653).
1 Amigo, amante y leal, de D. Pedro Calderón.
2 Obligar con el agravio, de D. Francisco de Victoria.
3 El lego de Alcalá, de Luis Vélez de Guevara.
4 No hay mal que por bien no venga, de D. Juan Ruiz de Alarcón.
5 Enfermar con el remedio, de D. Pedro Calderón, Luis Vélez de Guevara y
D. Jerónimo Cáncer.
6 Los riesgos que tiene un coche, de D. Antonio de Mendoza.
7 El respeto en el ausencia, de Gaspar de Ávila.
8 El conde Partinuples, de Doña Ana Caro.
9 El rebelde al beneficio, de D. Tomás Ossorio.
10 El español Juan de Urbino, del licenciado Manuel González.
11 Lo que puede una sospecha, del Dr. Mira de Mescua.
12 El negro del mejor amo, del Dr. Mira de Mescua.
TOMO V (1653).
1 Oponerse á las estrellas, de tres ingenios.
2 Amán y Mardocheo, del Dr. Felipe Godínez.
3 Estados mudan costumbres, de D. Juan de Matos.
4 El conde Alarcos, del Dr. Mira de Mescua.
5 Donde hay agravios no hay celos, de D. Francisco de Rojas.
6 El marido de su hermana, de Juan de Villegas.
7 El licenciado Vidriera, de D. Agustín Moreto.
8 Nuestra Señora del Pilar, de Sebastián de Villaviciosa, D. Juan de
Matos y D. Agustín Moreto.
9 El embuste acreditado y el disparate creído, de D. Luis Vélez de
Guevara.
10 Agradecer y no amar, de D. Pedro Calderón.
11 No hay burlas con las mujeres: casarse y vengarse, del Dr. Mira de
Mescua.
12 Los amotinados de Flandes, de Luis Vélez de Guevara.
TOMO VI (1654).
1 No hay ser padre siendo rey, de D. Francisco de Rojas.
2 Cada cual á su negocio, de D. Jerónimo de Cuéllar.
3 El burlador de Sevilla, del maestro Tirso de Molina.
4 Progne y Filomena, de D. Francisco de Rojas.
5 Los trabajos de Job, del Dr. Felipe Godínez.
6 Obligados y ofendidos, de D. Francisco de Rojas.
7 El esclavo del demonio, del Dr. Mira de Mescua.
8 El mártir de Portugal, de D. Francisco de Rojas.
9 La banda y la flor, de D. Pedro Calderón.
10 A un tiempo rey y vasallo, de tres ingenios.
11 El pleito del demonio con la Virgen, de tres ingenios.
12 El gran duque de Florencia, de D. Diego Jiménez de Enciso.
TOMO VII (1654).
1 Para vencer á Amor querer vencerle, de D. Pedro Calderón.
2 La mujer contra el consejo. La primera jornada de D. Juan de Matos; la
segunda, de D. Antonio Martínez; la tercera, de D. Juan de Zavaleta.
3 El buen caballero maestre de Calatrava, de Don Bautista de Villegas.
4 A su tiempo el desengaño, de D. Juan de Matos.
5 El sol á media noche y estrellas á medio día, de Juan Bautista de
Villegas.
6 El poder de la amistad, de D. Agustín Moreto.
7 Don Diego de Noche, de D. Francisco de Rojas.
8 La morica Garrida, de Juan Bautista de Villegas.
9 Cumplir dos obligaciones, de Luis Vélez de Guevara.
10 La misma conciencia acusa, de D. Agustín Moreto.
11 El monstruo de la fortuna, de tres ingenios.
12 La fuerza de la ley, de D. Agustín Moreto.
TOMO VIII.
1 Darlo todo y no dar nada, de D. Pedro Calderón.
2 Los empeños de seis horas, de D. Pedro Calderón.
3 La gran comedia de travesuras son valor.
4 Gustos y disgustos son no más que imaginación, de D. Pedro Calderón.
5 Reinar por obedecer, de tres ingenios.
6 El Pastorfido, de tres ingenios.