En el transcurso de breves años, ó por ventura en los mismos días,
lamentábase Ausías March de que era escaso el número de poetas:
En gran desfals es lo mon de poetes
Per embellir los fets dels que be obren[31],
y declaraba Sors sentirse embarazado por tener que hablar ante la corte
poética de Alfonso V,
Car veig m' entorn tan gentil trovador[32].
[31] _Obras morals; Stramps_, pág. 136, ed. de 1540.
[32] Citado por el Sr. Milá, pág. 156.
Si entendía el amante de Teresa hablar de la escasez de los que
consagrasen especialmente su numen á divulgar y poner por encima de
las nubes los hechos gloriosos de los hombres de su tiempo, por todo
extremo justa, mal que nos pese confesarlo, era su queja. Si tan sólo
pretendió afirmar que en comparación de otras épocas era la en que
él floreció pobre en trovadores, en este caso, más que al dictamen
suyo, por de peso que sea, nos inclinamos al del trovador de la corte
del conquistador de Nápoles; y á su ejemplo y cual él nos sentimos
embarazados, puestos en presencia de la muchedumbre de vates que por
aquellos tiempos florecían, para escoger, ya que no sea posible ni
necesario á nuestro propósito hablar de todos, los más granados de
entre ellos y los que mejor caracterizan la escuela poético-catalana
en el que es el segundo y, sin duda alguna, el más fecundo y brillante
período de los tres en que dividíamos hace poco dicha escuela.
Y al llegar á este punto, y antes de hablar de dichos poetas y del que
es sin disputa el primero y más original de los de la XV centuria,
no ya únicamente en nuestro particular Parnaso, sinó hasta en el más
fecundo y rico en ingenios de Castilla, parécenos oportuno y á nuestro
propósito casi necesario, antes de ocuparnos en Ausías March, y de
deducir del estudio y crítica de sus obras el carácter de la escuela
á que pertenece y de la cual es la expresión más genuina y el más
perfecto representante, según más arriba dejamos indicado, apuntar en
breve resumen la naturaleza y principales rasgos de aquella escuela,
más que en ninguno de sus períodos, visibles y hondamente marcados,
en el que va por pocos momentos á ocuparnos. Y como con más acierto
que pudiéramos nosotros lo ha hecho el que es consumado maestro en
literarias disciplinas, y en lo que se refiere á las catalanas letras
sobresaliente, nuestro estimado amigo el autor de la _Breve resenya_,
tantas veces aludida, nos limitaremos á trasladar aquí, vertido al
castellano, el pasaje de ésta que se refiere al sujeto que nos ocupa,
seguros de que nos lo han de agradecer nuestros lectores y que ha de
ganar no poco en ello esta parte de nuestro trabajo.
«Si hubiésemos de dar una respuesta meditada á quien nos preguntase
qué opinamos de la naturaleza y mérito de dicha escuela poética,
deberíamos en primer lugar advertir que no era aquella una poesía
popular ó natural, sinó una poesía verdaderamente artística, es á
saber, que atendía no poco á la habilidad ó maestría de los poetas,
ó sea á los primores y á la dificultad en la ejecución y á evitar
toda falta, fuese grave ó de escasa monta; por manera que los méritos
de las composiciones han de buscarse principalmente en las bellezas
de lenguaje y de versificación. Ni pretendemos decir con esto que
el lenguaje poético de nuestros trovadores tenga aquella delicadeza
del de los provenzales, que le daba muchas veces cierto aire de obra
musical, ya que el de aquéllos era, si cabe decirlo así, más tirante
(perdónesenos el vocablo) y dispuesto de una manera casi mecánica; pero
también es verdad que estaba muy bien ordenado, sujeto á determinado
compás y que sabía expresar lo que el poeta quería.»
«Nuestra poesía era más obra de estudio y de cabeza que de corazón y de
fantasía; lo cual provenía de su propia naturaleza, de la atmósfera en
que vivía, del genio pensativo y poco aficionado á flores de los hijos
de este país. Han de exceptuarse, sin embargo, de esta regla general
muchas composiciones, pues sucedía no pocas veces que la fuerza de los
efectos rompía las trabas con que los sujetaban las prácticas de la
escuela.»
«Y pasando á ocuparnos, continúa diciendo, en la materia ó argumento
de las obras, échase de ver desde luégo, y así en la nuestra como en
otras muchas escuelas, que no pocas veces (sobre todo en las amorosas)
ocupa el lugar de los verdaderos afectos cierta gentileza cortesana.
Y en este punto debemos advertir que si bien doctos escritores han
creido, no sin razón, que era preferible aquella gentileza á la
expresión de groseros apetitos, propia de los antiguos poetas paganos;
y si bien es cierto que los nuestros muéstranse más limpios que los
viejos trovadores provenzales, no hay que figurarse por eso que los
usos cortesanos anduviesen siempre por el más recto camino, sinó que
por el contrario, poco de lo que recogen los historiadores de nuestra
literatura puede ofrecerse como modelo á los jóvenes que desean
adelantar en el estudio de la gaya ciencia. Por lo que respecta á la
parte literaria, no puede negarse que semejante gentileza produjo más
abundancia de obras, y muchas asaz elegantes y primorosas; pero también
es cierto que multiplicó las de escasa importancia, y los que la
ciencia de los retóricos apellida _lugares comunes_.»
* * * * *
«Por lo que hasta aquí llevamos expuesto, termina diciendo después
de haberse ocupado en las especies de poesías más usadas en aquellos
tiempos, no es difícil conocer cuál es nuestra opinión acerca de sus
méritos, y que ahora más paladinamente manifestaremos. Nuestra escuela
tenía los defectos de todas las escuelas de trovadores, y esos defectos
procedían del equivocado concepto que se habían formado de la poesía,
cuyas fuentes buscaban más bien en una mal entendida ciencia, en
ciertas ideas convencionales y en un arte material, que en el peculiar
ingenio de cada poeta y en el amor de la natural belleza. Sin embargo,
la misma escuela nos ofrece en abundante copia en muchas de sus obras
toda clase de primores; juiciosas y graves sentencias; pensamientos con
gran maestría expresados; arranques de vivo afecto, lenguaje gentil y
elegante y bellezas de ejecución que nos traen á la memoria que era
aquella la época del gótico más florido y del comienzo del renacimiento
artístico. Y por más que con exceso abundasen ciertos géneros y
determinadas materias, y que á causa de leerse juntas muchas obras
del mismo tiempo se advierta á veces en algunas sobrada uniformidad,
nótase en otras bastante variedad y riqueza. Así es que, tomadas en
cuenta todas las circunstancias, no trocaríamos nuestra escuela por
ninguna otra de trovadores; y si bien no podemos enorgullecernos de
poseer ningún Dante, podemos proclamar algunos nombres, no tan sólo de
diestros é ingeniosos versificadores, como Valmanya, Sors, Romeu Lull,
Gazull y otros, sinó de verdaderos poetas, tales como Pedro March,
maestro en poesía moral, Jordi, autor de algún canto de no escaso
precio, Corella, que es quien más se aproxima al estilo de la moderna
poesía, y sobre todo Ausías March y Jaime Roig, que nos exigen más
detenido estudio[33].»
[33] Pág. 135 y siguientes.
Que además de los caracteres especiales y de los rasgos fisonómicos
que dan determinada y propia vida á la poesía catalana en aquel su
segundo período, se revela también en ella, al igual que en el período
anterior, la influencia de extrañas literaturas, en especial de la
italiana y de la clásica, una y otra más conocidas y estudiadas desde
que, á consecuencia de la conquista del reino de Nápoles por Alfonso
V, se hicieron más frecuentes las relaciones políticas y literarias
entre las comarcas orientales del reino aragonés y la Italia, no hay
necesidad de apuntarlo. Y si bien va disminuyendo la influencia de la
literatura provenzal y no es tan visible cual en la anterior centuria
la de la literatura francesa, en cambio adviértese, sobre todo después
de la muerte de Ausías March, ó sea desde la segunda mitad de su siglo,
la de la poesía castellana, resultado natural del advenimiento al trono
de Aragón de la dinastía de Trastamara y del frecuente trato, en la
corte de aquel soberano, de los trovadores de Castilla y catalanes, á
quienes por igual prodigaba sus favores, y más adelante de la unión de
las dos coronas, aragonesa y castellana, al heredar los estados de su
padre D. Juan, Fernando II.
Indicábamos hace un momento lo embarazados que debíamos hallarnos para
escoger entre la muchedumbre de poetas de aquel tiempo, de que se
conservan obras en los antiguos cancioneros de Paris y Zaragoza, los
más notables y que mejor y más claramente caracterizan nuestra escuela
poética en el mencionado período. ¿Á quiénes, en efecto, conceder los
primeros asientos alrededor de Ausías en el coro de poetas que éste
preside y por encima de los cuales tan alto brilla, entre el fecundo
Torrella, el grande admirador del amante de Teresa; Leonardo de Sors,
en una de cuyas más importantes obras no puede menos de reconocerse
la influencia del Dante; los dos Masdovellas; el laureado Antonio
Valmanya, en alguna de cuyas rimas se revela no menos conocimiento de
las producciones de los grandes maestros de las letras italianas, que
de los más señalados poetas de la literatura latina; Johan Fogassot,
apasionado admirador del desgraciado príncipe de Viana, en cuya muerte
escribió una sentidísima elegía; Fr. Rocaberti, que fué de los poetas
de su tiempo el que en su _Gloria de amor_ más de cerca siguió las
huellas del autor de la _Divina Comedia_, imitándole, no ya tan sólo
en el carácter alegórico que imprimió á aquella obra, sinó hasta en la
forma de sus versos; el fecundísimo Romeu Lull, en quien se ve patente
la influencia de Ausías March; Mossen Juan Roig de Corella; Mossen
Bernardo Fenollar, Miguel Estela, y otros menos conocidos, y quizás
más dignos de serlo, pero cuyas rimas dejaron perderse en el olvido
la excesiva modestia de sus autores, ó la ninguna diligencia de sus
contemporáneos en recogerlas y trasladarlas á la posteridad?
Aun á riesgo, sin embargo, de que desde el fondo de las ignoradas
sepulturas donde yacen, al dispensar, sin quererlo, más honra á unos
que á otros y á las obras de aquéllos mayor estima que á la de éstos,
nos den voces los agraviados, protestando de la ligereza ó injusticia
de nuestros fallos, hemos de hacer especial mención de los que, á
nuestro juicio, sean dignos, no ya de compartir con Ausías su fama, ya
que á este punto no llegó ninguno de ellos, sinó de que se les saque de
la oscuridad ú olvido á que se les ha tenido por los extraños y hasta
por los propios, vergüenza causa tener que confesarlo, condenados.
Y empezando por Romeu Lull, sin que se entienda que respecto de él y
de los que vayamos sucesivamente citando nos propongamos someternos al
orden cronológico, ni menos aún al de su respectivo mérito, imposible
aquél hoy por la falta de datos biográficos, y éste, por lo poco que de
sus obras sabemos, dificilísimo de fijar; y empezando, repetimos, por
Romeu Lull, apenas conocido hasta que el Sr. Milá divulgó los títulos
de sus composiciones en su _Resenya_ y que dió á la estampa el Sr. Briz
algunas de ellas, religiosas y de amor[34], desde luégo podemos decir
en su elogio, que le tenemos, á juzgar por las que de él nos quedan,
por uno de los más abundantes poetas y diestros rimadores de su tiempo;
y si bien en las poesías de aquel primer género nos parece que se le
puede poner por debajo de Corella y de otros poetas de menos renombre,
le tenemos por uno de los más afortunados y discretos imitadores de
Ausías en las eróticas, y en especial en la que llora la muerte de
su amada, á quien apellida alguna vez _Arxiu de seny_ y casi siempre
_Par e sens par_, á la manera que aquél _Lir entre carts_ á la suya:
en lo cual y en la afición que muestra á versificar en _estramps_ es
imposible no ver claros indicios de haber tomado por modelo al trovador
amante de Teresa. Hé aquí como muestra de ello la siguiente estancia:
Vingut es temps que 'n amor daré terme
E mon parlar mudará novell lay
Puys que l'a mort ab s' aspasa tan ferma
Ha convertit tot mon delit en guay.
Mon cant será per tot temps cridar ay
Fins aurá fi ma dolorosa vida;
Ja tarda molt la dolça departida
Que desig tant que no-m par vinga may.
[34] Al publicar en 1868 en esta ciudad varios fragmentos de la
ya citada ontología, hasta entonces de pocos leida, rotulada con
el extraño título de _Jardinet d' Orats_.
Una composición suya en la cual, desmintiendo que hubiese hablado mal
de su querida, pide que caigan sobre él, si no es verdad lo que dice,
todo linaje de males, es, según el Sr. Milá, después de otras iguales ó
parecidas de Bertran de Born, Petrarca y Mallol, la cuarta y última de
su género. Véase su principio:
Si us he mal dit en pensar ni per obre
No 'm do Deu be ni lo que li deman;
Si us he mal dit la casa 'm caigue á sobre;
Si us he mal dit muyra com á dampnat;
Si us he mal dit veurem puga orat
En l' ospital que ja mes lo seny cobre[35].
[35] _Jardinet d' Orats_, pág. 49.
Bien que separándose á veces del género y del estilo de las obras
del príncipe de nuestros poetas, de quien debió ser, sin embargo,
grande admirador, dado caso que tiene una llamada _Complanta de amor_
compuesta de trozos suyos, merece citarse entre los que más fama
hubieron de lograr en su tiempo, no menos por sus versos que por ser
de la servidumbre del príncipe de Viana, á Pedro Torroella, de quien
existen varias composiciones en el _Cancionero_ de Paris y hasta
veinte y dos en el de Zaragoza. Su obra más notable, y que no carece
de importancia literaria, es su _Codolada_, según la llama Milá, que
empieza:
Tant mon voler se 's dat (a) amors,
bastante parecida en su forma al _Conhort_ de F.R. Ferrer, y en la cual
introduce como interlocutores hasta veinte y ocho poetas provenzales,
castellanos y catalanes. Reservándonos para cuando hablemos de Jaime
Roig ocuparnos en este linaje de composiciones, debidas á la influencia
de la poesía occitánica, nos limitaremos á advertir aquí que por esta
composición, bastante extensa[36], por la obra satírica que empieza:
Doleuvos enamorats
E vestius tots vos de negre
Car jo pens que us pendra febre
Escoltant mes veritats, etc.
y por su poesía castellana, titulada _Condició de las donas_:
Quien bien amando persigue
Dueny así mesmo destruye, etc.,
es por lo que dejamos de colocarle entre los poetas de la escuela de
Ausías, aunque le tengamos por uno de los más notables de su época.
[36] Lo publicó por vez primera, que sepamos, copiado del
_Cancionero_ de Zaragoza, el Sr. Balaguer en su _Historia de
Cataluña_, tomo III, pág. 722 y siguientes.
Entre los que de más alto renombre en ella disfrutaron, y á quien uno
de sus contemporáneos se adelantó á comparar no menos que á Virgilio,
ocupa por ventura el primer lugar el valenciano Mossen Juan Roig de
Corella. Si es cierto, como afirma el Sr. Ferrer y Bigué, que sostuvo
amistosa correspondencia con el desafortunado príncipe de Viana, quien
sobrevivió dos años al que lo fué de nuestros trovadores, bien puede
colocársele entre los contemporáneos de éste, por más que alcanzase
á ver los albores de la XVI centuria. Maestro en sagrada teología,
aunque se revela su afición á las letras clásicas en las obras en
prosa, por demás culta y limada, en que trató asuntos mitológicos[37],
y que alguna vez como poeta empleara su lira en sujetos profanos, como
lo prueban, entre otros, los versos en _estramps_ con que termina
la llamada _Tragedia de Caldesa_[38], no indignos algunos de ellos
de figurar al lado de los mejores de Ausías March, fué sin embargo
la poesía religiosa la de su especial predilección y en la que dejó
la mejor muestra de su ingenio, al par que la más acabada y tierna
composición que en dicho género nos ha legado la escuela poética
catalana del siglo XV. Nos referimos á la intitulada: _Oració á la
Senyora Nostra tenint son fill Jesus á la falda devallat de la creu_, y
de la cual ponemos como muestra su primera estancia:
Ab dolor gran que nostres pits abeura,
E greu dolor qu' el nostre cor esquinsa
Venim á Vos, filla de Deu é mare,
Que nostra carn dels ossos se arranca,
Hi 'l sperit desija l' esser perdre,
Pensant que, mort per nostres grans delictes,
Ver Deu é hom lo fill de Deu é vostre,
Jau tot estés en vostres castes faldes.
[37] Tales como las producciones tituladas: _Lo Rahonament de
Telamó é de Ulises sobre las armes de Achiles; Lo plant dolorós
de la reine Hecuba sobre la mort de Priam; La Istoria de Leander;
La lamentació de Mirra filia de Sinara_, etc.—_Jardinet d'
Orats_, pág. 93 y siguientes.
[38] Mourás corrent la tremuntana ferma
E tots ensemp los cels caurán en trossos[C], etc.
[C] Jardinet d' Orats, pág. 119 y 120.
No conocemos, fuera de los versos ya citados, ni los demás de que
hace mención en su artículo sobre este poeta el señor Ferrer, ni la
traducción de la _Vida de Jesús_, escrita por el Cartujano, ni la de
los Salmos, titulada _Epsalteri trelladat del llatí en romanç_, de que
hace mención dicho crítico. Sin embargo, aunque no hubiese escrito más
que aquella tan tierna como inspirada oración, que está muy por encima
de las muchas poesías que de asunto religioso se escribieron en aquel
siglo, nos asociaríamos al parecer de aquel escritor de que «no debe
confundirse á Corella con la generalidad de los versificadores, sinó
que merece especial mención entre los poetas del siglo de oro de la
literatura valenciana.»
Otros varios poetas pudiéramos citar, como Fogassot, Valmanya, que
siguieron con más ó menos fortuna el camino trazado por Ausías March,
en particular en sus poesías amorosas,—no en su espíritu, que en esto
no tuvo quien se le pareciese—sinó en la forma y giro especiales que
dió á sus _esparsas_, y que por lo tanto contribuyeron con su ingenio
algunos de ellos, con su numen todos, á dar esplendor y más marcada
fisonomía á la escuela poética catalana. Sin embargo, como ni ésta se
ofrece bajo un solo aspecto, ni es únicamente la influencia de March
la que en ella domina, ya que, según dejamos indicado, muéstrase en la
misma la de otras literaturas y la de otros géneros, dejaríamos sin
terminar y sólo en una de sus partes bosquejado el cuadro que de aquel
período literario estamos con mejor buen deseo que fortuna reseñando,
si en otros de sus especiales y también característicos aspectos no
nos ocupáramos. Pero como los poetas que más contribuyeron con sus
producciones á imprimírselo ó que son la más genuina representación
de los mismos, tales como Gazull, Fenollar, y sobre todo Jaime Roig,
aunque alcanzaron los tiempos de Ausías, escribieron casi todos en la
segunda mitad del siglo XV, y por consiguiente después de la muerte de
aquel poeta, hemos creido deber interrumpir aquí por algunos momentos
nuestra tarea, para proseguirla en ocasión que consideraremos más
oportuna, á fin de ocuparnos ya en la vida y en las obras del inmortal
amante y cantor de Teresa.
VIDA Y OBRAS DE AUSÍAS MARCH
Y JUICIO DE ÉSTAS
De pocos ingenios que hayan alcanzado viviendo aún, el renombre del
que es objeto de este nuestro estudio, habrá que lamentar más escasez
de datos biográficos. Ni los contemporáneos suyos, que le tomaron por
guía y modelo como poeta; ni los que después de su muerte le admiraron
y reconocieron como maestro; ni los que más tarde, pero en tiempos en
que vivían todavía en la memoria de las gentes los recuerdos de los
sucesos de su vida, le tradujeron ó le comentaron, nos han dejado más
que escasísimos datos acerca de su persona y de sus actos; ni él mismo,
cual si creyese que, bastando para inmortalizarle sus poesías, no tenía
necesidad para pasar á la posteridad más que de revelar su nombre,
Yo som aquell que 'm dich Ausías March,
se dignó hablar de su persona ni de los hechos de su vida, muy al
contrario de lo que acostumbran hacer en nuestros tiempos muchos de
los que se dan á sí mismos el nombre de poetas, quienes, atentos
en demasía á que las generaciones venideras no ignoren las más
insignificantes circunstancias de su existencia, revelan hasta aquellas
cosas que, que para honra suya y respeto á la moral, hubieran debido
permanecer ocultas. Lo único que en limpio sacamos de la lectura de las
melancólicas estancias de Ausías es que, combatido su corazón por dos
afectos, como el mar por dos encontrados vientos, acabó por elegir
..... per haber d' amor vida,
aquella en quien cifró todos sus deseos:
Si com la mar se plany greument è crida
Com dos forts vents la baten egualment
Hu de levant é l' altre de ponent
E dura tants fins l' un vent l' ha jaquida
Sa forsa grant per lo mes poderos;
Dos grans desitjs han combatut ma pensa,
Mas lo voler vers un seguir dispensa,
Y yo 'l vos publich amar dretament vos;
(_Canto II de amor._—Aixi com cell.)
aquella que, siendo para él cual lirio entre cardos, fué por él amada
como no lo ha sido mujer ninguna por otro hombre, y que habiéndole sido
arrebatada por la muerte, la lloró con lágrimas cuya amargura templaba
á veces la esperanza, no exenta sin embargo de duda, de que en el
cielo, donde esperaba reunirse de nuevo con ella, gozaba más puros y
duraderos amores.
Omitimos por impertinente y ya gastada la cuestión del origen, de
la familia y de la patria de nuestro poeta. Tenemos al abolengo de
los Marchs por de origen catalán; pero opinamos que se estableció,
aunque por ventura no en todas sus ramas, en Valencia, donde logró
heredamientos que le otorgaron don Jaime en tiempo de la conquista,
y más tarde y por especial favor otros condes-reyes de Aragón; y por
natural de aquel reino, por más que no podamos fijar el lugar de su
nacimiento, á Ausías. ¿Cabe, en efecto, disputar la patria que le vió
nacer, á quien por tan evidente manera la revela él mismo en sus obras?
La velletat en valencians mal proba,
E no sé com yo fassa obra nova.
(_Canto VIII de muerte._—Obrir no puch.)
y si hubiese todavía algún catalán que, por exagerado y mal entendido
amor patrio, se empeñara en sostener que lo es de aquel poeta Cataluña,
le recordaríamos que Serra y Postius (1671-1748), á quien pocos de los
que hoy viven podrán igualar en el amor y entusiasmo por las cosas
de su tierra, escribió una disertacioncita encaminada á probar que
Ausías no fué hijo de Cervera, ni de Barcelona, sinó que era, aunque de
abolengo catalán, valenciano de nacimiento.
Declarábamos hace un momento quién fué su padre. Como hijo suyo le
nombra Pedro March en el testamento de que dejamos hecho mérito al
hablar de este trovador insigne. Mas ¿en qué año, poco más ó menos,
vino al mundo? La mayor parte de sus biógrafos[39] fijan su nacimiento
en los primeros años del siglo XV, y á este dictamen parece inclinarse
el Sr. Ferrer y Bigné, que es de entre los que conocemos el que más
noticias ha logrado reunir acerca de nuestro poeta. Sin embargo,
atendida la edad avanzada á que debía haber llegado su progenitor,
Mossen Pedro, al tiempo de su muerte, ó sea en 1413 ó 1414, ya que,
según se desprende del documento que hace poco citamos, debió haber
nacido en el primer tercio del siglo anterior, nos inclinamos á creer
que más bien debe colocarse el nacimiento de Ausías en los últimos años
del siglo XIV que en los principios del XV. Del primer verso de los
dos hace poco citados deducen con razón sus biógrafos que llegó hasta
la vejez. ¿Mas quién les ha dicho que aquellos versos fueron escritos
en los últimos años de su vida, único caso en que, áun exagerando el
significado de aquel vocablo, pudiese Ausías ser tenido como viejo, si
en realidad hubiese abierto los ojos á la luz en los albores de la XV
centuria? Y si aquellos versos fueron escritos en años anteriores, como
cabe suponerlo, encontrándose como se encuentran en uno de sus cantos
de muerte, ¿no nos veríamos obligados en este caso á adelantar algunos
más la fecha de su nacimiento?
[39] Los más antiguos de que tenemos noticia fueron Diego de
Fuentes y Vicente Mariner; pero uno y otro son sumamente pobres
de datos en sus biografías. En uno de los ejemplares, en el de
la edición de Valladolid de 1555, perteneciente á la escogida
biblioteca de D. Manuel de Bofarull, que tenemos á la vista, se
lee manuscrita la siguiente interesante nota: «Francesch Jharoni
Ramo á demanda de serta senyora noble valenciana escrigué molt
difusament la vida del magnífich y strenuo caballer Mossen Ausías
March.» El señor Salvá, que vió dicho ejemplar y que copia
esta nota en el _Catálogo de su biblioteca_, dice que han sido
inútiles cuantas diligencias se han practicado para averiguar el
paradero de esta biografía.
No queda duda que Ausías March siguió la carrera de las armas, y hasta
se sospechaba por sus biógrafos que había tomado parte en las guerras
de Alfonso V para la conquista del reino de Nápoles. De estrenuo
caballero se le califica en el título de sus obras; con Apolo, en sus
versos, y con Marte en el ejercicio de las armas se le iguala por Gil
Polo en su _Canto del Turia_:
Ya veo al gran varón que celebrado
Será con clara fama en toda parte,
Que en verso al rojo Apolo está igualado
Y en armas está al par del fiero Marte.
Ausías March, etc.,
y él mismo en sus rimas hace frecuentes alusiones á la vida del soldado
y al arte de la guerra. De haber peleado bajo las banderas de aquel
insigne monarca tenemos hoy una prueba, á nuestro parecer irrecusable,
en un documento que sale también por vez primera á luz en este nuestro
trabajo (Apéndice 3), y es una carta dirigida á aquel rey por sus
enviados ó embajadores, como á sí mismos se llaman, según parece, á
Valencia, á fin de invitar á los nobles de este reino á tomar parte en
su expedición contra Nápoles, en la cual escriben que, «habiendo estado
en Gandía, no han encontrado quien se haya ofrecido á servirle, más que
Mossen Luís de Aragón y Ausías March.» La carta, como puede verse, no
lleva fecha y por lo tanto no es dado señalar desde luégo y con certeza
en cuál de las expediciones realizadas por aquel monarca tomó nuestro
poeta parte. Sin embargo, el estar firmada en Valencia en 1.º de Julio,
la indicación que en ella se hace de que debían hallarse á últimos
de dicho mes en aquella ciudad los que se comprometiesen á servir en
aquella jornada á su soberano, da lugar á sospechar que la expedición
para la cual se invitaba á los nobles valencianos á tomar las armas era
la que salió en un buen golpe de naves del puerto de Barcelona el 21
de Agosto 1424, cuyas banderas habían sido solemnemente bendecidas en
esta ciudad el 4 de Junio, y en celebridad de cuya expedición tuvieron
lugar en la plaza del Borne de Barcelona unas justas reales en que tomó
parte, como principal mantenedor del campo, el mismo monarca[40].
[40] CAMPMANY. Apéndice al tomo II de las _Memorias históricas_,
página 30 y siguientes.
Mas si tan sólo por congetura, aunque á nuestro entender asaz fundada,
se colige del mencionado documento que Ausías March tomó parte en
aquella hazaña, en cambio puede deducirse de él con fundamento que
debía ser Gandía la residencia habitual de los March, por ventura desde
que el Mossen Pedro fué nombrado para desempeñar el cargo de tesorero
del duque de aquel título. En dicha ciudad otorgó, como recordarán
nuestros lectores, su testamento el citado Mossen Pedro, y ¿quién
sabe si en ella ejercía el hijo, después de la muerte del padre, el
mismo cargo que había desempeñado éste en la casa de aquel magnate?
Ignoramos si los eruditos valencianos han examinado los archivos civil
y eclesiástico de aquella ciudad; pero se nos figura que un paciente
y concienzudo examen de los mismos había de revelarnos no pocos de
los sucesos hasta aquí ignorados de la vida del estrueno caballero y
elegantísimo poeta valenciano.
Plácenos figurarnos á Ausías March asistiendo á las mencionadas justas
de Barcelona, embarcarse aquí en la flota real, pelear en Napóles á la
sombra de las barras aragonesas, acostumbradas entonces á reflejarse
triunfantes y á manera de ondulantes listas de oro y rojo en las
plateadas olas del Mediterráneo, y tomar parte y ganar fama de animoso
en los gloriosos hechos de armas que terminaron con la conquista de
la poderosa ciudad reina del Mediodía de Italia. Mas ¿cuánto tiempo
permaneció el trovador soldado en aquel bello país de las artes y de
las ciencias y en la corte del ilustrado y generoso monarca, donde por
espacio de muchos años hallaron espléndido hospedaje toda clase de
cultura y los hombres doctos en todo linaje de humanas disciplinas, y
que fué uno de los primeros y más brillantes focos del renacimiento;
del monarca egregio y valiente, como ninguno de los de su tiempo y
cual pocos de las edades pasadas loado en vida y llorado en muerte por
la numerosa pleyáde de poetas que á su lado florecieron, y de quien
Ausías, en cuyo pecho no había al parecer lugar sinó para el amor de
Teresa y para el dolor después que la hubo perdido, escribió que no
temía al ensalzarle pecar por exceso en su alabanza:
Pahor no sent que sobre laus me vença
Llohant aquell qui totes lengues llohent,
para celebrar cuyas hazañas le pareció que escaseaban poetas
En gran defals es lo mon de poetes
Per embellir los fets dels que be obren,
y al cual, en suma, consagraba uno de sus cantos, no sabemos si escrito
en la corte misma del rey ó después de su vuelta de Italia?
¿Su amor á Teresa prendió en su corazón, mal guardado contra sus
tiros, por creer que le sería escudo la santidad del día en que fué
herido:
Amor, Amor, lo jorn que l' ignocent
Per be de tots fou posat en lo pal
Vos me ferís, car jo am guardaba mal
Pensant qu' el jorn me fora deffenent,
antes de trocar su lira de trovador por la espada de caballero, ó
después que depuesta ésta tornó á descolgar de los venerados muros del
paterno hogar el viejo instrumento cuyas cuerdas habían vibrado ya
bajo las manos de sus progenitores? Ausías se llevó á su sepulcro, tan
ignorado como lo fué su cuna, este otro secreto de la historia de sus
amores.
Se ha dicho que Ausías fué amigo, en cuanto pueden serlo quienes han
nacido en regio tálamo el uno y de noble alcurnia el otro, de Carlos
de Viana, y que éste fué grande admirador del inspirado trovador
valenciano. Que pudieron existir cordiales relaciones entre el que fué
el rey de los poetas de su siglo y el que, no habiendo logrado ninguna
de las dos coronas que llevó su padre y á las cuales su nacimiento le
daba derecho, mereció ceñir la de cultivador de las letras ó protector
de los ingenios de su tiempo, cosa es por todo extremo creible. Mas si
realmente existieron, en ninguna de las obras suyas que han llegado
hasta nosotros ha tenido á bien revelárnoslo. ¿En dónde y cuándo nació
esa amistad, dado caso, que no negamos ni admitimos como un hecho
cierto, que hubiese existido? Si en Nápoles, como por lo general se
cree, deberíamos suponer un viaje de Ausías, ya anciano, á la corte de
Alfonso el Magnánimo, ó á Sicilia, ó á Mallorca, y en cualquiera de
esos supuestos debió ser brevísimo el tiempo que pudo gozar del trato
personal y de la estimación del docto y desventurado príncipe, pues
éste no pasó á aquel reino hasta 1456, y á las dos islas citadas hasta
el 1458 y 1459, que era el mismo en que cerraba Ausías los ojos á la
luz en su casa de Valencia.
Como la demasiada claridad perjudica al efecto de ciertos cuadros,
cuyo principal mérito consiste en la vaguedad de las líneas y en la
delicadeza y suavidad de las tintas, por idéntica manera ofende á veces
la fama de ciertos personajes históricos, que parecían más bellos y
grandes en medio de las penumbras donde se destacaban y al través de
la neblina en que parecían como envueltos, la luz sobrado viva que
arrojan sobre ellos y sobre sus hechos los documentos históricos.
Tal ha sucedido con nuestro poeta. Mientras no le conocíamos más
que por sus sentidísimas _esparsas_, impregnadas de cierto perfume
de melancolía cual el que se exhala de los cipreses que rodean un
sepulcro, creimos ver al cantor más apasionado, al par que el más
cristiano y casto de los amadores, rodeado, como las figuras de las
tablas de la escuela del Angélico, de un nimbo esplendoroso y místico;
al cantor que había hecho de su corazón una ara y un incensario de su
lira; al trovador que no había visto nunca del amor sinó el espíritu
donde reside, jamás la corteza, más ó menos bella, donde está éste
encerrado; al vate que, salvos tres ó cuatro cantos en que, cediendo
acaso á influencias nada sanas, se había permitido decir mal de las
mujeres, no había visto á éstas sinó transfiguradas, por decirlo
así, en su amada Teresa. Mas hé aquí que una mano escudriñadora saca
de entre el polvo de un archivo documentos hasta ahora ignorados, y
muéstrase por ellos el hombre con todas las debilidades, con todas
las miserias que son patrimonio de nuestra flaca naturaleza, y al
proyectarse la sombra de éste sobre la imagen y el nimbo del poeta, que
tan bellos y tan brillantes mostrábanse antes á nuestra vista, pierden
parte de su hermosura aquélla, parte de su esplendor el segundo.
¿Fué tan casto el amante de Teresa como de sus cantos parece
desprenderse haberlo sido? ¿Las lágrimas de dolor con que riega la
sepultura de su amada fueron siempre ofrenda digna de aquella á quien
las dedicaba? Por el erudito anotador del _Canto del Turia_ sabíamos ya
que Ausías había contraido dos veces matrimonio; la primera con doña
Isabel Martorell, de quien enviudó antes de 1437, y la segunda con doña
Juana Escorna, que murió también antes que él, aunque se ignora en qué
año[41]. De ninguna de las dos logró, según parece, sucesión. ¿En qué
época de su vida tuvieron, pues, lugar sus amores con Teresa, en la
cual, por platónicos que los supongamos, no fuesen ofensa, si no á la
santidad del matrimonio, por lo menos al exclusivo cariño que se deben
mutuamente los esposos, ó en que éste no perjudicase á la sinceridad
de los sentimientos que en sus versos se revela? Sin embargo, no es
esto lo que más daño hace al buen nombre de Ausías como amante y como
poeta, dado caso que aquellos amores, aunque llorados, al parecer,
toda su vida, pudieron ser una pasión de sus juveniles años; sinó sus
relaciones ilícitas con otras mujeres, y entre éstas con una antigua
esclava suya (_olim sclava mia_, dice en su testamento), llamada Marta,
de las cuales tuvo cuatro hijos bastardos, tres varones, Juan, Pedro y
Felipe, y una hembra, Juana[42].
[41] _Notas al Canto del Turia_, pág. 242.
[42] Así los nombra, en calidad de heredero al primero y de
legatarios á los demás, en su testamento y codicilo, existentes
en el Archivo general del reino de Valencia, de cuya lectura no
hemos podido disfrutar, y que únicamente nos son conocidos por
lo que de ellos dice el señor Ferrer y Bigné en su _Reseña_ ya
citada, Apéndice número 1, pág. 93.
Después de las escasas noticias que hemos logrado reunir del príncipe
de nuestros trovadores, nada más sabemos de él, sinó que fué señor de
Benierjó, título que parece haberle sido concedido por Alfonso V; que
debió tener su residencia habitual y por ventura su casa solariega
en Gandía; que figuró en las Cortes de Valencia de 1446, y en suma
que murió en esta ciudad, en la parroquia de Santo Tomás, en la cual
poseía también dos casas, un sábado, 3 de Marzo de 1459. Hubo de ser
enterrado, según ordenó en su testamento, _en lo cimenteri de la Seu
de Valencia en lo vas ó capella dels March, en lo claustre de la Seu
prop lo capítol_; «pero los restos de varón tan insigne, dice el señor
Ferrer y Bigné, difícilmente podrían ser hoy encontrados para ocupar
el lugar que les corresponde en un panteón de hombres célebres.» Para
honra de la bella ciudad que baña el Turia sería de desear que sus
hijos pusiesen el mayor empeño posible en descubrir las cenizas del
gran poeta y de su padre, que deben hallarse confundidas en un mismo
sepulcro, y que les levantaran un monumento en la ciudad donde exhaló
aquél su último suspiro.
Como otros muchos ingenios castellanos y catalanes de su tiempo y
de los siglos siguientes, Ausías supo unir en amistoso maridaje el
ejercicio de las armas y de las letras, y añadir al dictado de «gran
trovador,» con que le honra Santillana, el de «valeroso y estrenuo
caballero» que le ha dado la posteridad. Despréndese de la lectura
de sus obras que debió ser muy versado en filosóficas disciplinas y
en humanas letras; que hubo de tener frecuente trato con los poetas
latinos, y en especial con Ovidio y Virgilio; que le eran familiares
los troveros y los trovadores provenzales y catalanes; que conocía á
fondo á los poetas italianos, y entre ellos al Dante, á quien recuerda
con frecuencia por la severa concisión y adusta rigidez de su frase,
y al Petrarca, á quien, como veremos más adelante, imita en varios
pasajes de sus cantos.
Al igual que Horacio pudo Ausías, al legar á la posteridad el volumen
de sus estancias, exclamar: _Exegi monumentum ære perennius_. Hemos
acompañado hasta su sepulcro á su autor; detengámonos al pié de ese
monumento, que al igual que al erigido por el Venusino ha de vencer en
duración el bronce, no tan sólo para admirarlo como poetas, sinó para
estudiarlo y examinarlo como críticos, en la seguridad de que subirá
de punto nuestro entusiasmo por él, como resaltará más la grandeza
y hermosura del mismo cuanto más adentro en su examen y estudio
penetremos.
* * * * *
En cuatro grupos han distribuido los editores de March, sin duda
acomodando su división á la que hallaron establecida en los más
antiguos códices, sus diferentes esparsas, á saber: en _cantos de
amor_, _morales_, uno _espiritual_ y otros _de muerte_.
Forman los primeros la parte más extensa é importante de sus obras.
No es fácil tarea juzgar las poesías del eximio vate valenciano, ya
que, dominando en ellas por igual manera, y casi podríamos añadir
que en idéntica medida, la pasión y la razón, el ardor arrebatado
del amante y el frío análisis del filósofo, aquél dando calor, éste
adelgazando y como envolviendo en nebulosidades metafísicas sus
conceptos, con dificultad puede el crítico dar su fallo sobre el valor
de sus versos, sin poner su propio corazón en estado de sentir lo que
el autor de éstos sentía, sin preparar su inteligencia para disponerla
á comprender lo que la suya pensaba. De no hacerlo así córrese grave
riesgo de ver en muchos de sus pensamientos, más que las ideas de un
alma que, replegada en sí misma, estudia, escudriña y analiza sus
propios afectos, las exageraciones y excentricidades de una mente
enferma: porque, como dice él mismo de los primores que amor le revela,
son
Tals que 'ls sabents no basten á compendre,
E quan ho dich de mos dits me desmenten
Dant a parer que folles coses parle.
Cant XXL.—_Fantasiant_, etc.