Trajo el siguiente día la novedad de que la expedición del conde de
Negri había entrado en tierra de Burgos, lo que puso en inquietud a
Calpena, por si la guerra turbaba el sosiego de su madre en el apacible
retiro de Medina. Mas O’Donnell le tranquilizó, asegurándole que las
operaciones contra Negri eran hacia la parte de Belorado y límite de
Soria. Desayunándose con su gente en una estancia baja, que solo porque
comían en ella tenía derecho al nombre de comedor, le dijo Iturbide:
—A ese bruto de Zoilo hay que dejarle con sus manías, y no pretender
meter una razón dentro de aquella cabeza, que es un sillar redondo,
señor, un verdadero sillar que no tendría precio para rueda de
molino... Ahora está con la tema de que el agradecer es carga muy
pesada. Para mí no es carga, señor, sino más bien alas con que uno
vuela.
—¿Y qué tal? ¿Ha comido?
—Todo el cordero que allí había, y otro tanto que le llevé yo después.
Come que come, pues una vez en ello no sabe acabar, me decía: «Veré
si con el alimento voy entrando en caja y me sale la gratitud. Es un
compromiso, Pepe, deberle uno la libertad a ese don Fernando... Nunca
creí que yo pudiera ser esclavo de nadie, y ahora lo soy, pues para
mayor pena, hasta nos da de comer. Tengo que ser su amigo, y él podrá
despreciarme si quiere, y hacerme más infeliz de lo que soy».
Creyendo ver Fernando en la franqueza de Iturbide buena ocasión para
adquirir los anhelados informes de la familia de Arratia, se le llevó
de paseo, y no fue necesario ningún estímulo para que el bilbaíno,
siempre locuaz, en aquel caso agradecido, desembuchase cuanto sabía.
—Puedo asegurarle, señor, que Zoilo casó el mismo día o noche de
Luchana, y que sin esperar a la entrada de Espartero, se largó a Bermeo
toda la familia, con los recién casados... ¿Qué dice? ¿Que ya esto
lo sabe? ¿Sabe también que Aura, por soplos de gentuza, se enteró de
que usted vivía y de que fue a Bilbao, trastornándose con la noticia
y poniéndose tan perdida de la cabeza que tuvieron que encerrarla?
¿Sabe también que se escapó, y que más de un mes estuvieron sin poder
encontrarla, y la dieron por muerta, y hasta le cantaron el funeral?
—Lo del funeral no lo sabía. Sigue.
—¿Sabe que una vez encontrada, y conducida en coche a Bilbao, ha
sufrido unos rarísimos cambios de humor, un quita y pon de razón y
locura, pues semanas tenía de querer a su marido y hacerle fiestas,
semanas de odiarle y recibirle con las uñas cuando a ella se acercaba?
—De ese tejemaneje de sinrazón y cordura no tenía noticia. Adelante.
—Todas las mujeres son de muy extraña condición; pero esa más que
ninguna. ¿Sabe usted que Zoilo estaba dado a los demonios y no vivía
y se tiraba de los pelos, y que no quedó médico en Bilbao que a la
niña no visitara? ¿Sabe que Zoilo encontró una carta escrita por usted
a doña Aura, y llevada por _Churi_..., y que cuando la leyó se puso
más loco que su mujer, y quiso pegar a su padre y a su tío y a todo
el género humano? Pues fue un paso terrible, del cual se enteró todo
Bilbao. El motivo de venir _Luchu_ a estas tierras fue como le voy a
contar. Quería buscarle a usted y proponerle, por buena composición,
que se hiciera otra vez el muerto, para que, con el convencimiento de
que el don Fernando no existía, entrase en razón doña Aura y pudiese
el matrimonio vivir en paz. Si usted a esta figuración de muerte se
prestaba, de acuerdo con la familia, serían los dos amigos, Arratia
y don Fernando; si a la farsa saludable no se avenía, no quedaba más
remedio que quitarse de en medio uno de los dos, desafiándose a
muerte. Esta era su idea; pero la familia no quería verle en tales
trapisondas, y le estorbaba la salida. Muy terco es él, como usted
sabe, y cuando se le mete una idea en la cabeza, antes muere que
dejársela quitar. Su tío Valentín era el único en la familia que
apoyaba el viaje de Zoilo a Castilla, para que recogiese a _Churi_
y le llevase atado codo con codo. Esto y el aquel de acompañarme a
mí, cuando mi padre me mandó a sacar a mi hermano del Provincial
de Segovia, sirvieron de pretexto al amigo Arratia para ponerse en
camino... Y solo me falta decirle que más allá de Valmaseda nos
encontramos a Eustaquio de la Pertusa, con quien habíamos hecho
amistad en Bilbao, estimándole por su agudeza y buena conformidad.
Juntos los tres, el _Epístola_, nos sirvió de mucho para franquear los
pasos ocupados por facciosos, pues con ellos hace buenas migas. Entre
paréntesis, diré a usted que Pertusa reparte papeles impresos con la
cantinela de _Paz y fueros netos_, que es la bandera que sacan ahora
los que ya están hartos de guerra y de pretendiente absoluto... Pues
sigo: andando los tres, cada cual con su objeto, llegamos a Miranda,
donde nos pasó lo que usted sabe; que, a mi cuenta, nuestra prisión
y desgracia no tuvieron otro motivo que el haber venido con Pertusa,
hombre muy travieso y fino, que se mete por el ojo de una aguja, por
lo que le anda siempre buscando las vueltas la policía del general
Espartero... Ya conoce el señor el milagro a que debió mi hermanillo
la vida en el fusilamiento del 30 de octubre, y la conmutación de
su pena... De los cinco meses de martirio en la cárcel nada tengo
que decirle, pues anoche le conté cuánto padecimos hasta que se nos
apareció el ángel en forma de don Fernando, que nos dio la libertad y
la vida. Bendito sea mil veces, y Dios le prospere y haga dichoso en
premio de su grande caridad.
—Ignoraba yo —le dijo Calpena gozoso— mucho de lo que me has contado,
y con ello se disipan las dudas que me atormentaban. Ya empiezo a
cobrar tu parte de deuda conmigo por la libertad que te di. Si quieres
completar el pago, habla con ese bruto, persuádele a que sea explícito
y franco conmigo, declarándome sin ningún rebozo todo lo que piense y
cuantos propósitos respecto a mí le inspire su terquedad. Los tercos en
ese grado me hacen gracia; digo mal, me cautivan, me entusiasman; creo
que de los tercos indómitos es el reino de la tierra.
Toda aquella tarde estuvo Iturbide trasteando a su amigo y amansándole
el genio, para lo cual, en vista del reparador apetito que se
le había despertado, empleó argumentos de comida exquisita y de
vinos superiores, y la cabeza de _Luchu_ recobraba lentamente su
facultad pensante, sin perder nada de su dureza de pedernal. Toda
la mañana siguiente estuvo Calpena en la comandancia recogiendo
noticias de la guerra, sin desechar las que de política corrían, las
unas verosímiles, absurdas las otras. Véase la muestra: se había
descubierto una conspiración civil y militar para quitar la Regencia
a doña María Cristina y darla..., ¿a quién, Señor?, al infante don
Francisco de Paula. Por lo disparatado y extravagante, encontró este
notición fácil acceso en la mayoría de las cabezas. Ello debía de ser,
en opinión de muchos, un nuevo delirio masónico. Por otra parte, el
moderantismo triunfante, o _retroceso_, desataba vientos de discordia.
En casi toda la Península se había declarado el estado de sitio, sin
más objeto que perseguir y encarcelar a los _libres_; la imprenta
era toda mordazas; el ministerio marchaba francamente por la senda
del absolutismo, emulando al príncipe rebelde en la estolidez de sus
disposiciones tiránicas, y, para colmo de locura, se arrastraba a
los pies de Luis Felipe, pidiéndole una intervención humillante para
terminar la guerra, sin obtener más que los _desdenes de las Tullerías_
(así hablaban los que querían distinguirse por un fino lenguaje). Y en
tanto, las dos hermanitas napolitanas habían reñido, y la gobernadora,
que hasta entonces fiara en la espada de Espartero como garantía de
su causa, comenzaba a recelar del de Luchana, volviendo sus ojos a
Ramón Narváez como amparador más seguro y arriscado. Para darle la
fuerza material de que carecía, se le mandó organizar un ejército
llamado de reserva, con cifra de cuarenta mil hombres, y el aparente
objeto de perseguir bandidos y facciosos en las provincias manchegas
y andaluzas. De todo esto, que a Miranda llegaba desfigurado y con
más bulto del que realmente tenía, sacaban los oficiales comidilla y
distracción en la tediosa vida del campamento.
De vuelta Fernando en la casona que habitaba, hallose a Iturbide de
gran parola con Arratia en el comedor, frente a un jarro de vino, y
con el pasatiempo de una barajilla sebosa. Soltó Zoilo con desdén las
cartas al ver a su libertador, y brindándole el asiento más próximo,
se arrancó al instante con lo que tenía que decirle, ya muy pensado y
medido desde por la mañana:
—Señor, dice Pepe que sea yo franco con usted, y yo digo a Pepe que
más claro he de ser que el agua, pues la claridad está en mi natural.
Con lo que he comido se me ha vuelto a meter la razón en esta parte de
la cabeza donde tiene su hueco, y con la razón y la claridad en mí,
por muy bruto que yo sea no puedo desconocer que al señor le debo la
libertad y la vida, contra lo que yo deseaba. Pero ante lo que es, no
valen suposiciones ni falsos quereres... Hasta hace poco tiempo era mi
voluntad que usted se muriera, y créame que la noticia de su verídica
muerte habría sido mi mayor alegría. Hoy, ya que no puedo desearle
la muerte de verdad, si quiero que lo sea de figuración, para que mi
esposa se cure de su mal de recuerdo, y perdida la esperanza, se acaben
en ella los arrechuchos lunáticos que son mi desesperación, mi rabia y
la mayor desdicha que puede padecer un marido enamorado.
—Pero, hombre —le dijo Calpena con jovialidad—, ¿cómo quieres que yo me
haga el muerto? Dile a tu mujer que no existo, a ver si te cree. Corres
el peligro de que habiéndola engañado la primera vez, no te crea en la
segunda... Pero, en fin, ¿cómo hemos de componer esa falsa opinión de
mi muerte? Explícalo tú.
—Pues, señor..., o muriéndose de verdad... o fingiéndolo, como en
una comedia que vi yo en Bilbao, en la cual uno, que no me acuerdo
cómo se llamaba, salía en el ataúd, y en el propio panteón le metían,
resultando que no estaba sino dormido por la virtud de un brebaje...
—¿Y esas paparruchas de comedia quieres tú que las llevemos a la vida
real? La curación de tu mujer podría costarme cara, y no estoy yo en
disposición de prestarme a esos fingimientos ridículos y peligrosos,
después de lo que padecí con su deslealtad y tu atrevimiento, pues tú
no ignorabas que Aura era mía, y con tu obstinación, ayudada de malas
artes, la engañaste y la hiciste tuya. Ya no te la disputo: puedes
estar tranquilo; pero no he de ayudarte a devolverle la razón, pues no
fui yo quien se la quitó, sino tú.
—Señor —dijo Zoilo levantándose con movimientos difíciles, como quien
sufre desazón y mal gobierno de todos los músculos de un lado—, si me
riñe lo aguanto, porque es mi deber aguantarlo... Pero yo no callo nada
de lo que siento, y con toda la verdad de mi corazón declaro que no
hay más que dos caminos para mí: o que usted se muera o que yo me mate,
pues así, créamelo, Zoilo Arratia no puede vivir.
—Yo he cumplido contigo un deber de conciencia, y nada más tengo que
hacer. No quiero yo la vida para jugar con ella imitando lances de
teatro, y mientras estés en mi compañía no he de consentir que te mates.
—Señor, si mi mujer no cura, yo no vivo.
—Tu mujer curará.
—¿Cuándo? Veinte médicos han dicho que no curará mientras sepa que vive
el que me escucha.
—Pues hay otro médico que dirá lo contrario, si le consultas.
—¿Cuál? ¿Dónde está?
—Es el tiempo, bruto.
—¡El tiempo...! Eso dice mi padre. Claro, si viviéramos quinientos
años, puede que para entonces...
—El tiempo corre y pasa, y por tanto, cura, más pronto de lo que tú
crees... ¿Qué dices, qué piensas?
—Señor —replicó Zoilo tras larga pausa, en la cual parecía querer
horadar su frente con el dedo índice—, estoy pensando una cosa... Se
me ha ocurrido una idea, una gran idea... ¿Quiere que se la diga? Pues
pienso que para el caso nuestro, ya que usted no se muera, al menos, al
menos..., debía casarse. Todo es matar la esperanza.
—¡Casarme! ¿Y es esa la defunción fingida que me propones?... No te
digo que no me case algún día... ¿Qué estás remusgando ahí? ¿Que ha de
ser pronto? ¡Pues, hombre, no pretendes poco!... Todo se ha de arreglar
a tu satisfacción.
—Siempre quiero las cosas con fuerza, con toda mi alma, y por eso lo
que yo quiero es.
—También yo he querido con fuerza, y... nada.
—Porque no quiere como es debido... Porque usted duda, y sabe cosas que
le hacen dudar más; porque usted no es un bruto del querer.
—Pues ahora quiero una cosa... Verdad que es fácil. Pero aunque fuera
difícil se haría. Mañana nos vamos. ¡Oído! Que todo el mundo se
prepare. Os llevaré a Vitoria, donde me has dicho que está tu padre.
Aseguró Iturbide que, por unos alaveses llegados aquella mañana, se
sabía que el señor don Sabino había salido de Vitoria en busca de
su grande amigo el general carlista Guergué. Mandó don Fernando a
Sabas a la comandancia para que se informase del paradero del tal
cabecilla, pues el bien montado espionaje daba diariamente noticia de
los movimientos del enemigo, y la respuesta no tardó en venir: Guergué
estaba en Peñacerrada. Al pronto no se hizo cargo don Fernando de
la situación de esta villa, cuyo nombre hirió sus oídos como lugar
conocido; pero Sabas le sacó de dudas diciendo:
—Está entre Laguardia y el condado de Treviño.
—Pues por esa parte —dijo don Fernando con nervioso susto, más bien
desgana, que no pudo disimular— irán ustedes, yo no.
—¿Lo ve, lo ve? —gritó prontamente Zoilo, gesticulando con ardor—. No
sabe querer... ¡A Laguardia, señor!... lo quiero con toda mi alma. Lo
quiero, lo quiero, y como no vayamos todos allí, me estrello la cabeza
contra la pared.
—Eres un bárbaro... ¿Y qué fundamento, dímelo, qué razón tienes para
ese querer tan vivo...?
—¡A Peñacerrada y Laguardia!
—¿Crees que encontrarás a tu padre...? ¿Y si antes de dar con él, dan
con nosotros los carlistas, y nos prenden o nos matan?
—Usted teme, usted no sabe querer.
—Hombre, es que...
—El que quiere con fuerza no teme.
—Está bien. Pero supongamos...
—El que quiere con fuerza no supone nada: va derecho a su fin... A
Laguardia, señor...
—¿Por qué ese empeño en que vayamos a Laguardia?
—Señor, porque allí está su novia.