NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española, excepto
cuando quedaba afectada la métrica del verso o el arcaísmo de la
expresión.
* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
del libro.
* Nueve páginas en blanco han sido eliminadas.
Garcilaso
CLÁSICOS CASTELLANOS
GARCILASO
OBRAS
MADRID
EDICIONES DE «LA LECTURA»
1911
IMPRENTA DE «CLÁSICOS CASTELLANOS»
INTRODUCCIÓN
Garcilaso de la Vega nació en Toledo, año de 1503; fue hijo segundo de
D. García[1], notable político de la Corte católica, y de D.ª Sancha
de Guzmán, señora de Batres; hubo en su estirpe escritores, artistas,
santos y guerreros, desde D. Pedro Laso, almirante del Rey Alfonso
_el Sabio_, hasta su hermano el mayorazgo, llamado también D. Pedro
Laso, corregidor de Toledo y capitán del partido rebelde al comienzo
de las Comunidades, cuando estas defendían sinceramente los fueros
castellanos[2].
Siendo Garcilaso mozo de pocos años quedó huérfano de padre; pasó en
Toledo su primera juventud[3], y cuando fue de edad para servir al
César, recibiole este en la noble guardia de su persona.
«En el hábito del cuerpo tuvo justa proporción, porque fue más grande
que mediano, respondiendo los lineamentos y compostura a la grandeza;
la trabazón de los miembros igual, el rostro apacible con gravedad, la
frente dilatada con majestad, los ojos vivísimos con sosiego, y todo
el talle tal, que aun los que no le conocían, viéndole le juzgaran por
hombre principal y esforzado, porque resultaba de él una hermosura
verdaderamente viril[4].»
Fue un perfecto cortesano; hablaba el griego, el latín, el toscano y el
francés; manejaba las armas con gentileza; tañía el arpa y la vihuela
con rara habilidad, y en las fiestas galantes, con Boscán, Acuña,
Mendoza y Villalobos, triunfaba por su ingenio y su donaire; llevole
a la corte de Francisco I una airosa embajada de la Emperatriz; en la
deleitosa Nápoles, predilecto del virrey D. Pedro de Toledo, sirvió al
Estado en cargos de privanza; y en cortejos y amoríos, como poeta y
caballero, rindió su tributo a las costumbres de su tiempo; dos amores,
en distintas fechas, pasaron por sus versos con singular fragancia
de sinceridad: el de _Galatea_ o _Elisa_, la musa campesina de sus
églogas, muerta en la juventud[5], y el de cierta dama napolitana,
sirena misteriosa, musa gentil de sus sonetos[6]; en 1526, acaso
demasiado joven, fue desposado con doña Elena de Zúñiga, señora muy
principal, hija de D. Íñigo, el maestresala de la Reina D.ª Isabel; en
1532, por su complicidad en el desposorio de un sobrino suyo con D.ª
Isabel de la Cueva, sobrina del Duque de Alburquerque, desobedeciendo
la voluntad de los Reyes, estuvo algunos meses desterrado en una isla
del Danubio[7].
Garcilaso, soldado, fue espejo de valientes; afecto al César por
educación y gratitud, se batió contra los comuneros en Olías[8];
formó en la expedición de los sanjuanistas en defensa de la malograda
isla de Rodas, 1522[9]; peleó contra los franceses en Fuenterrabía,
1523, y contra los florentinos en Italia, 1530; tomó parte, acaso,
en el socorro de Viena, amenazada por Solimán el Magnífico, 1532, y
luchó contra Barbarroja en la caballeresca empresa de Túnez; varias
veces fue herido, y las más de ellas en el rostro; osado hasta la
temeridad, se halló en trances de muerte, y en un siglo de héroes, la
fama de su valor sobresalió hasta lo legendario[10]. En 1536, día 23
de setiembre, pasando las tropas imperiales frente a la torre de Muey,
a cuatro millas de Frejus, en la Provenza, unos cuantos arcabuceros,
con piedras y venablos, molestaron a los soldados desde los muros; en
ellos abrió brecha la artillería, y como el Emperador se extrañase de
que sus peones retardaran el asalto, picose más que nadie Garcilaso,
maestre de campo de la gente que al caso estaba más obligada, y sin
casco ni coraza, solo con rodela y espada, arremetió escala arriba
temerariamente; despeñaron de lo alto una gran piedra que, alcanzándole
en la cabeza, le hizo caer de espaldas en el foso con herida mortal;
irritados sus soldados, escalaron la torre, y el Emperador, sañoso,
mandó demolerla hasta los cimientos y ahorcar a sus defensores, «rigor
desacostumbrado en el ánimo benigno de tan gran Príncipe, que nos
muestra bien el exceso de dolor y rabia con que destrozó su alma tan
trágico suceso»[11]; llevado el herido a los reales de Niza, acabó sus
días en 14 de octubre, a los treinta y tres años de edad[12].
* * * * *
Perdiose el poeta Garcilaso antes de manifestar plenamente el fruto
de su virtud; la guerra y la política ocuparon su actividad; gastó su
vagar en ejercicios cortesanos, y solo por deleite, por homenaje de
amistad, por discreteo galante o por desahogo de su corazón dio a las
letras, en cortas ocasiones, el regalo de sus versos. Era en su tiempo
el humanismo gala de la nobleza, privaban los poetas entre las gentes
de calidad, y los príncipes y los magnates estudiaban las obras de los
clásicos.
No publicó él sus versos ni acaso se cuidó de conservarlos; olvidados
quedaron los que escribió en toscano y en latín[13], y de los
castellanos, solo han llegado hasta nosotros los que la diligencia
de Boscán, su entrañable amigo, logró reunir; estos fueron tres
_églogas_, dos _elegías_, una _epístola_, cinco _canciones_ y varios
_sonetos_[14], los cuales, dados a la imprenta en 1543 por D.ª
Ana Girón de Rebolledo, viuda de Boscán, juntamente con los de su
marido[15], fueron reeditados en aquel mismo siglo hasta veinticuatro o
veinticinco veces.
La métrica italiana, apenas importada por Boscán, halló en Garcilaso un
feliz defensor; si erró su gusto en la _rima al mezzo_, acertó en el
_terceto_ y en la _octava rima_; del _verso suelto_ solo dejó un breve
ensayo; dio del _soneto_ y de la _estancia lírica_ ejemplos acabados,
y de su dulce _lira_ tanto supo pulir la perfección, que el mismo
fray Luis no pudo aventajarle; por su destreza técnica y su intuición
poética, aventajando extraordinariamente a sus compañeros Acuña,
Mendoza y Boscán, primeros adalides del verso endecasílabo, aseguró en
España, con triunfo prodigioso, el estilo toscano[16].
Con las nuevas formas métricas recibimos de Italia abundantes
materiales de su Parnaso; «nuestros poetas se apropiaron, como bienes
mostrencos las ideas que --en aquellas formas-- habían vertido
los italianos, y estos y los clásicos antiguos de Grecia y Roma
abastecieron a la Musa ibérica, de tal modo, que en los unos y en
los otros pueden buscarse, casi siempre con fruto, durante los dos
últimos tercios del siglo XVI y una buena parte del XVII, las fuentes
de nuestro vasto caudal de asuntos y pensamientos poéticos. Todos
imitaban, todos traducían; trajímonos con los moldes la masa echada en
ellos, y nuestro Parnaso perdió en originalidad genuínamente española
cuanto ganó en brillantes atavíos, en amplitud de formas y en riqueza y
variedad de modos de expresión[17].»
Los modelos preferentemente seguidos por Garcilaso fueron Sannazaro
en las _églogas_, y en las _canciones y sonetos_, el Petrarca; el
Brocense y Herrera, grandes eruditos, pusieron tal cuidado en descubrir
sus imitaciones, que apenas le dejaron idea original; fueron en gran
parte justificadas las protestas que esto ocasionó. Hallose Garcilaso
en el principio de una edad naciente, rota la vieja tradición poética,
transformada la vida nacional y encendido el espíritu en nuevas ideas
con el hervor de las humanidades; no fue pequeña empresa en tales
circunstancias adaptar su sentir al gusto clásico, sacar de la Edad
Media al habla castellana dándole la dulzura y flexibilidad que faltaba
a su bizarría, y sin hacer de las letras profesión --entre las armas
del sangriento Marte--, tomando ora la espada, ora la pluma[18], echar
los fundamentos de la lírica moderna. Media en la historia de nuestra
poesía, un paso de gigante entre Garcilaso y el más moderno de sus
predecesores.
Si en sus obras falta, realmente, originalidad, castellanía, espíritu
de raza, en fin, alma española, las andanzas de su vida, el provecho
de sus pocos años, su obra mal conservada y su temprana muerte le
disculpan.
Es su estilo suave y armonioso, dotado de elegancia y humildad en
admirable ligamento; «las sentencias son agudas, deleitosas y graves;
las palabras, propias y bien sonantes; los modos de decir, escogidos
y cortesanos; los números, aunque generosos y llenos, son blandos y
regalados; el arreo de toda la oración está retocado de lumbres y
matices que despiden un resplandor antes nunca visto; los versos son
tersos y fáciles, todos ilustrados de claridad y ternura, virtudes muy
loadas en los poetas de su género»[19]; el castellano ha conservado
fielmente todos sus giros y modismos; después de cuatro siglos de
existencia, su lenguaje aún mantiene lozanía y juventud.
Por natural predilección de su temperamento fue más afortunado en la
llaneza de las _églogas_ que en el petrarquismo de los _sonetos_.
Admiraban las gentes la bondad de su trato, el agrado de sus palabras
y la singular simpatía con que ganaba los corazones; enemigo de
vituperio, detúvose de sí mismo sorprendido, si alguna vez a sátira
se fue su paso a paso[20]; sentía la paz del campo, la majestad de la
naturaleza, el encanto del agua y de los árboles, del cielo y de la
luz; envidiaba a Boscán en su vida burguesa y sosegada[21], y en más de
una ocasión, deseando, sin duda, apartarse de la milicia y de la Corte,
solicitó servicios provincianos; soldado del gran César, no se inspiró
su musa, al parecer, ni en los triunfos de las armas ni en el esplendor
imperial.
Nótase en el fondo de sus versos cierto amargor de vida malograda,
cierta inquietud y descontentamiento de una no realizada aspiración;
sentíase corrido y salteado de generosa vergüenza ante la flaqueza de
su voluntad (_Canción IV_, 53); lamentaba el errado proceso de sus años
(_Soneto VI_), y maldecía las horas y momentos --gastados mal en libres
pensamientos-- (_Canción IV_, 119). Diez años fue casado, y de ellos
más de seis anduvo lejos de su hogar; pródigo de su pluma con amigos y
parientes[22], el nombre de su esposa D.ª Elena, en el desconsuelo de
su soledad, no tuvo entre sus versos, que se sepa, ni una dedicatoria
ni un recuerdo; y en tanto _Elisa_ --D.ª Isabel Freyre--, cuyos
cabellos de oro tejieron la red en que el poeta vio enredada y revuelta
su razón (_Canción IV_, 101), fue númen inspirador de sus composiciones
más sentidas; _Elisa_, _Galatea_ y acaso _Camila_, fueron D.ª Isabel,
como _Salicio_ y _Nemoroso_, y acaso _Albanio_, fueron, en suma,
Garcilaso[23]; lícitas eran, ciertamente, en aquellos tiempos del
_amor perfecto_, galanterías que hoy condenan nuestras costumbres, pero
ello no fue obstáculo para que el mismo traductor de _El Cortesano_, el
buen Boscán, cantara las delicias de la vida doméstica y las bondades
de su propia mujer[24]. Si drama hubo secreto en la conciencia del
poeta, y hay medio de poderlo descubrir, no faltará quien pronto
nos lo diga; sea, entre tanto, permitida la indiscreción de estos
aventurados pormenores, contra la injusticia de los que han culpado a
Garcilaso de vano, artificioso y falto de interés en la expresión de
sus sentimientos.
Llamáronle sus contemporáneos _príncipe_ de los poetas castellanos;
cien ingenios lamentaron su muerte en canciones de duelo; sus
imitadores y partidarios fueron denominados _garcilasistas_ por
Cervantes; Lope, en muchos pasajes, le tuvo en la memoria; Sebastián de
Córdoba, viendo cuán común y manual andaba su libro entre las gentes,
pretendió mejorar su doctrina vertiéndolo _a lo divino_[25]; por el
mismo camino, D. Juan de Andosilla Larramendi salió con su _Cristo
Nuestro Señor en la Cruz, hallado en los versos de Garcilaso_, y el
sabio Sánchez de las Brozas, el divino Herrera y el culto Tamayo de
Vargas pusiéronle con sus comentarios en la consideración de un autor
clásico; estas son pruebas fehacientes de la popularidad que en todos
tiempos disfrutó Garcilaso.
* * * * *
El texto de la presente edición se ajusta exactamente al que Fernando
de Herrera dio en sus _Anotaciones_; CLÁSICOS CASTELLANOS prefieren
reproducir este texto famoso, indiscutiblemente útil para el estudio
de las letras, en vez de lanzarse a una edición _nueva_, semi-erudita,
que, sin responder de lleno a las exigencias de la crítica filológica,
pudiera resultar indigesta e ineficaz en su misión vulgarizadora.
Herrera usó en su libro aquella escrupulosa ortografía, por él ideada,
que apenas tuvo partidarios sino en Sevilla, entre sus familiares[26];
de ella respeta esta edición todo lo que puede tener valor fonético,
como en la Égloga I, _dino_ 34, _vitoria_ 35, _entristesco_ 254,
_mesquina_ 368, _inesorable_ 377, _comovida_ 383, en la Égloga II,
_acidente_ 131, _eleción_ 166, _mesclado_ 252, _noturna_ 297, _nétar_
1298, etc.; pero se ha modernizado aquello que solo afecta a la
escritura, como en la Égloga I _apressura_ 18, _iedra_ 38, _avezina_
83, _immortales_ 395, y se ha repuesto la vocal, prescindiendo del
apóstrofo, en formas como _nombre ’n todo_ (Égloga I, 8); _qu’
apressura_ 18, _qu’ en vano_ 20, _al’ otra_ (Elegía II, 20), etc.
Entre nuestras notas ha sido recogido de los libros del Brocense,
Herrera, Tamayo y Azara todo cuanto ha parecido adaptable al carácter
de CLÁSICOS CASTELLANOS, omitiendo, por tanto, muchas citas sobre
concordancias e imitaciones, que son asunto para tratarlo detenidamente
en un trabajo de pura erudición.
TOMÁS NAVARRO TOMÁS.
DATOS BIBLIOGRÁFICOS
Las obras de Garcilaso, a partir de la primera edición, hecha, como se
ha dicho, en Barcelona en 1543, se publicaron muchas veces con las de
Boscán, ocupando el cuarto libro de _Las obras de Boscán y algunas de
Garci Lasso de la Vega, repartidas en cuatro libros_; pero el gusto del
público, demostrando de día en día creciente predilección por las de
Garcilaso, movió a los impresores a editarlas separadamente, quedando,
desde este punto, casi olvidadas las del amigo que hasta entonces, en
su compañía, había participado de su triunfo. En 1570 tuvo ya Garcilaso
por sí solo una edición: «_Las obras del Excellente Poeta Garci-Lasso
de la Vega, en esta postrera imprission corregidas de muchos errores
que en todas las passadas auia_ -- Madrid, Alonso Gómez, 1570--; 8.º,
78 hojas foliadas, incluso las preliminares. -- Contiene únicamente
las poesías sin anotaciones»; véase Pérez Pastor, _Bibliografía
madrileña_, Madrid, 1901, núm. 43.
--_Obras del excelente poeta Garci-Lasso de la Vega; con Anotaciones
y Emiendas del Maestro Francisco Sánchez, Catedrático de Retórica en
Salamanca_; conforme a la edición de Salamanca de 1581: Francisci
Sanctii Brocensis, Opera Omnia -- Tomus Quartus seu Opera Poetica --
Genevae -- Apud Fratres de Tournes -- MDCCLXVI. -- La primera edición
de las anotaciones del Brocense es de 1574, en Salamanca, casa de Pedro
Laso, en 16.º, según D. Nicolás Antonio; edición que se repitió en
1577, 1581, 1589, etc.; sus notas tienden principalmente a señalar los
pasajes de autores latinos e italianos que imitó Garcilaso; dan por
hecho que el poeta imitó consciente e intencionadamente, y hubo quien
protestó de esta censura como Jerónimo de los Cobos, poeta gaditano,
con su soneto: _Descubierto se ha un hurto de gran fama -- del ladrón
Garcilaso_... Sánchez defendió su sistema en el prólogo de la edición
de 1581; su trabajo es, sin duda, el más sobrio y erudito entre todos
los comentarios de Garcilaso.
--_Obras de Garci-Lasso de la Vega con anotaciones de Fernando de
Herrera._ En Sevilla, por Alonso de la Barrera. Año de 1580. Precede
un _Discurso a los lectores_ del maestro Francisco de Medina, modelo
de elegancia y clasicismo; el estudio de Herrera es el más completo
y minucioso, pero peca de pesado e indigesto; el anotador debió
proponerse decir todo lo que sabía en toda clase de materias, y a
veces, muy fuera de propósito, cualquier palabra del texto, sirve de
tema a un largo discurso tan erudito como innecesario para el caso; la
severidad de Herrera, preceptista y retórico escrupuloso, condenando
algunos defectos que creyó encontrar, le valió la célebre réplica de
_Prete Jacopin_ -- D. Pedro Fernández de Velasco.
--_Garci-Lasso de la Vega, natural de Toledo -- Príncipe de los poetas
castellanos_ -- De Don Thomas Tamaio de Vargas -- Con licencia; en
Madrid, por Luis Sánchez. Año 1622. -- Tamayo dedicó principalmente su
trabajo a hacer crítica, expurgo y fijación del texto y a dar noticia
de los pasajes imitados.
--_Obras de Garcilaso, ilustradas con notas._ En la Imprenta Real de la
_Gaceta_, Madrid -- 1765; esta fue la edición que compuso el magnífico
caballero aragonés D. José Nicolás de Azara, autor del elocuente
prólogo que la precede, sobre la decadencia del habla castellana, y
de las breves notas que la siguen, referentes en general a la cita de
pasajes imitados, según el Brocense; pecó, a mi juicio, de displicencia
y acritud en ciertas observaciones sobre Garcilaso, así como al decir
--en su prólogo-- respecto a Tamayo, que «hizo de sus notas el mejor
dechado de los despropósitos».
--_Poetas líricos de los siglos XVI y XVII_ -- Colección ordenada por
D. Adolfo de Castro -- Dos tomos -- Colecc. de Autores Españoles --
Rivadeneyra -- Madrid -- 1854. -- Castro debió poner su mayor atención
en hacer crítica del texto; a esto se reducen sus notas casi siempre;
pero se encuentran en cualquiera de las fuentes que él compulsó muchas
variantes de interés, no recogidas ni mencionadas en su estudio.
--_Vida del célebre poeta Garcilaso de la Vega_, escrita por D.
Eustaquio Fernández de Navarrete: Colección de documentos inéditos para
la Historia de España, tomo XVI: Madrid, 1850; razonada monografía,
trabajada con claridad y acierto sobre documentos originales relativos
al poeta; precede el retrato de este, grabado por don Manuel Salvador
Carmona, y el facsímil de una carta autógrafa de Garcilaso.
OBRAS
DE
GARCILASO DE LA VEGA
PRÍNCIPE
DE LOS POETAS CASTELLANOS
ÉGLOGA PRIMERA
El dulce lamentar de dos pastores,[27]
Salicio juntamente y Nemoroso,[28]
he de contar, sus quejas imitando;
cuyas ovejas al cantar sabroso
estaban muy atentas, los amores, 5
de pacer olvidadas, escuchando.
Tú, que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo,
y un grado sin segundo,
agora estés atento, solo y dado 10
al ínclito gobierno del Estado
albano; agora vuelto a la otra parte,[29]
resplandeciente, armado,
representando en tierra el fiero Marte;[30]
agora de cuidados enojosos 15
y de negocios libre, por ventura
andes a caza, el monte fatigando
en ardiente jinete, que apresura
el curso tras los ciervos temerosos,
que en vano su morir van dilatando; 20
espera, que en tornando
a ser restituído
al ocio ya perdido,
luego verás ejercitar mi pluma
por la infinita innumerable suma 25
de tus virtudes y famosas obras;
antes que me consuma,
faltando a ti, que a todo el mundo sobras.[31]
En tanto que este tiempo que adivino
viene a sacarme de la deuda un día, 30
que se debe a tu fama y a tu gloria;
que es deuda general, no solo mía,
mas de cualquier ingenio peregrino
que celebra lo dino de memoria;[32]
el árbol de vitoria[33] 35
que ciñe estrechamente
tu gloriosa frente
dé lugar a la hiedra que se planta[34]
debajo de tu sombra, y se levanta
poco a poco, arrimada a tus loores; 40
y en cuanto esto se canta,
escucha tú el cantar de mis pastores.
Saliendo de las ondas encendido,
rayaba de los montes el altura[35]
el sol, cuando Salicio, recostado 45
al pie de un alta haya, en la verdura,[36]
por donde un agua clara con sonido
atravesaba el fresco y verde prado;
él, con canto acordado
al rumor que sonaba, 50
del agua que pasaba,
se quejaba tan dulce y blandamente
como si no estuviera de allí ausente
la que de su dolor culpa tenía;
y así, como presente, 55
razonando con ella, le decía.
SALICIO
¡Oh más dura que mármol a mis quejas,
y al encendido fuego en que me quemo
más helada que nieve, Galatea![37]
Estoy muriendo, y aún la vida temo; 60
témola con razón, pues tú me dejas;
que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.
Vergüenza he que me vea
ninguno en tal estado,
de ti desamparado, 65
y de mí mismo yo me corro agora.
¿De un alma te desdeñas ser señora,
donde siempre moraste, no pudiendo
della salir un hora?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 70
El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre 75
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va de nuevo al oficio,
y al usado ejercicio
do su natura o menester le inclina: 80
siempre está en llanto esta ánima mesquina,[38]
cuando la sombra el mundo va cubriendo
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
¿Y tú, desta mi vida ya olvidada, 85
sin mostrar un pequeño sentimiento
de que por ti Salicio triste muera,
dejas llevar, desconocida, al viento
el amor y la fe que ser guardada
eternamente solo a mí debiera? 90
¡Oh Dios! ¿Por qué siquiera,
pues ves desde tu altura
esta falsa perjura
causar la muerte de un estrecho amigo,
no recibe del cielo algún castigo? 95
Si en pago del amor yo estoy muriendo,
¿qué hará el enemigo?[39]
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Por ti el silencio de la selva umbrosa,
por ti la esquividad y apartamiento 100
del solitario monte me agradaba;
por ti la verde hierba, el fresco viento,
el blanco lirio y colorada rosa
y dulce primavera deseaba.
¡Ay, cuánto me engañaba! 105
¡Ay, cuán diferente era
y cuán de otra manera[40]
lo que en tu falso pecho se escondía!
Bien claro con su voz me lo decía
la siniestra corneja repitiendo[41] 110
la desventura mía.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,
reputándolo yo por desvarío,
vi mi mal entre sueños desdichado! 115
Soñaba que en el tiempo del estío
llevaba, por pasar allí la siesta,
a beber en el Tajo mi ganado;[42]
y después de llegado,
sin saber de cuál arte, 120
por desusada parte
y por nuevo camino el agua se iba;
ardiendo ya con la calor estiva,
el curso, enajenado, iba siguiendo
del agua fugitiva.[43] 125
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?[44]
Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste? 130
¿Cuál es el cuello que, como en cadena,
de tus hermosos brazos anudaste?
No hay corazón que baste,
aunque fuese de piedra,
viendo mi amada hiedra, 135
de mí arrancada, en otro muro asida,
y mi parra en otro olmo entretejida,[45]
que no se esté con llanto deshaciendo
hasta acabar la vida.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 140
¿Qué no se esperará de aquí adelante,
por difícil que sea y por incierto?
O ¿qué discordia no será juntada?
y juntamente ¿qué tendrá por cierto,
o qué de hoy más no temerá el amante, 145
siendo a todo materia por ti dada?
Cuando tú enajenada
de mí, cuidado fuiste,
notable causa diste
y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo, 150
que el más seguro tema con recelo
perder lo que estuviere poseyendo.
Salid fuera sin duelo,
salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Materia diste al mundo de esperanza 155
de alcanzar lo imposible y no pensado,
y de hacer juntar lo diferente,[46]
dando a quien diste el corazón malvado,
quitándolo de mí con tal mudanza,
que siempre sonará de gente en gente. 160
La cordera paciente
con el lobo hambriento
hará su ayuntamiento,
y con las simples aves sin ruído
harán las bravas sierpes ya su nido; 165
que mayor diferencia comprehendo
de ti al que has escogido.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Siempre de nueva leche en el verano
y en el invierno abundo; en mi majada 170
la manteca y el queso está sobrado;[47]
de mi cantar, pues, yo te vi agradada,
tanto, que no pudiera el mantuano
Títiro ser de ti más alabado.[48]
No soy, pues, bien mirado, 175
tan disforme ni feo;
que aun agora me veo
en esta agua que corre clara y pura,[49]
y cierto no trocara mi figura[50]
con ese que de mí se está riendo;[51] 180
¡trocara mi ventura!
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
¿Cómo te faltó en mí el conocimiento? 185
Si no tuvieras condición terrible,
siempre fuera tenido de ti en precio,
y no viera de ti este apartamiento.
¿No sabes que sin cuento
buscan en el estío 190
mis ovejas el frío
de la sierra de Cuenca, y el gobierno
del abrigado Estremo en el invierno?[52]
Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
me estoy en llanto eterno! 195
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Con mi llorar las piedras enternecen[53]
su natural dureza y la quebrantan,
los árboles parece que se inclinan,
las aves que me escuchan, cuando cantan, 200
con diferente voz se condolecen,
y mi morir cantando me adivinan.
Las fieras que reclinan
su cuerpo fatigado,
dejan el sosegado 205
sueño por escuchar mi llanto triste.
Tú sola contra mí te endureciste,
los ojos aun siquiera no volviendo
a los que tú heciste
salir sin duelo, lágrimas, corriendo.[54] 210
Mas ya que a socorrer aquí no vienes,
no dejes el lugar que tanto amaste,
que bien podrás venir de mí segura.
Yo dejaré el lugar do me dejaste;
ven, si por solo esto te detienes. 215
Ves aquí un prado lleno de verdura,
ves aquí un espesura,[55]
ves aquí un agua clara,
en otro tiempo cara,
a quien de ti con lágrimas me quejo. 220
Quizá aquí hallarás, pues yo me alejo,
al que todo mi bien quitarme puede;[56]
que pues el bien le dejo,
no es mucho que el lugar también le quede.--
Aquí dio fin a su cantar Salicio, 225
y sospirando en el postrero acento,
soltó de llanto una profunda vena.
Queriendo el monte al grave sentimiento
de aquel dolor en algo ser propicio,
con la pasada voz retumba y suena. 230
La blanca Filomena,[57]
casi como dolida
y a compasión movida,
dulcemente responde al son lloroso.
Lo que cantó tras esto Nemoroso[58] 235
decidlo vos, Piérides; que tanto[59]
no puedo yo ni oso,
que siento enflaquecer mi débil canto.
NEMOROSO
Corrientes aguas, puras, cristalinas;
árboles que os estáis mirando en ellas, 240
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno;
yo me vi tan ajeno 245
del grave mal que siento,
que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría 250
por donde no hallaba
sino memorias llenas de alegría;
y en este mismo valle, donde agora
me entristesco y me canso, en el reposo
estuve ya contento y descansado. 255
¡Oh bien caduco, vano y presuroso!
Acuérdome durmiendo aquí algún hora,
que despertando, a Elisa vi a mi lado.[60]
¡Oh miserable hado!
¡Oh tela delicada, 260
antes de tiempo dada
a los agudos filos de la muerte!
Mas convenible suerte[61]
a los cansados años de mi vida,
que es más que el hierro fuerte, 265
pues no la ha quebrantado tu partida.
¿Dó están agora aquellos claros ojos
que llevaban tras sí, como colgada,
mi alma doquier que ellos se volvían?
¿Dó está la blanca mano delicada, 270
llena de vencimientos y despojos
que de mí mis sentidos le ofrecían?
Los cabellos que vían
con gran desprecio el oro,
como a menor tesoro, 275
¿adónde están? ¿Adónde el blando pecho?
¿Dó la coluna que el dorado techo[62]
con presunción graciosa sostenía?
Aquesto todo agora ya se encierra,
por desventura mía, 280
en la fría, desierta y dura tierra.[63]
¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que había de ver con largo apartamiento 285
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis amores?
El cielo en mis dolores
cargó la mano tanto,[64]
que a sempiterno llanto 290
y a triste soledad me ha condenado;
y lo que siento más es verme atado
a la pesada vida y enojosa,
solo, desamparado,
ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa. 295
Después que nos dejaste, nunca pace
en hartura el ganado ya, ni acude
el campo al labrador con mano llena.
No hay bien que en mal no se convierta y mude:
la mala hierba al trigo ahoga, y nace 300
en lugar suyo la infelice avena;
la tierra, que de buena
gana nos producía
flores con que solía
quitar en solo vellas mil enojos, 305
produce agora en cambio estos abrojos,
ya de rigor de espinas intratable;
yo hago con mis ojos
crecer, lloviendo, el fruto miserable.
Como al partir del sol la sombra crece, 310
y en cayendo su rayo se levanta
la negra escuridad que el mundo cubre,
de do viene el temor que nos espanta,
y la medrosa forma en que se ofrece
aquella que la noche nos encubre,[65] 315
hasta que el sol descubre
su luz pura y hermosa;[66]
tal es la tenebrosa
noche de tu partir, en que he quedado
de sombra y de temor atormentado, 320
hasta que muerte el tiempo determine
que a ver el deseado
sol de tu clara vista me encamine.
Cual suele el ruiseñor con triste canto
quejarse, entre las hojas escondido, 325
del duro labrador, que cautamente
le despojó su caro y dulce nido
de los tiernos hijuelos, entre tanto
que del amado ramo estaba ausente,[67]
y aquel dolor que siente 330
con diferencia tanta
por la dulce garganta
despide, y a su canto el aire suena,
y la callada noche no refrena
su lamentable oficio y sus querellas,[68] 335
trayendo de su pena
al cielo por testigo y las estrellas;
desta manera suelto ya la rienda
a mi dolor, y así me quejo en vano
de la dureza de la muerte airada. 340
Ella en mi corazón metió la mano,
y de allí me llevó mi dulce prenda;
que aquel era su nido y su morada.
¡Ay muerte arrebatada!
Por ti me estoy quejando 345
al cielo y enojando
con importuno llanto al mundo todo:
el desigual dolor no sufre modo.[69]
No me podrán quitar el dolorido
sentir, si ya del todo 350
primero no me quitan el sentido.
Tengo una parte aquí de tus cabellos,
Elisa, envueltos en un blanco paño,
que nunca de mi seno se me apartan;
descójolos, y de un dolor tamaño 355
enternecerme siento, que sobre ellos
nunca mis ojos de llorar se hartan.
Sin que de allí se partan,
con suspiros calientes,
más que la llama ardientes,[70] 360
los enjugo del llanto, y de consuno
casi los paso y cuento uno a uno;
juntándolos, con un cordón los ato.
Tras esto el importuno
dolor me deja descansar un rato. 365
Mas luego a la memoria se me ofrece
aquella noche tenebrosa, escura,[71]
que tanto aflige esta ánima mesquina
con la memoria de mi desventura.
Verte presente agora me parece 370
en aquel duro trance de Lucina,[72]
y aquella voz divina,
con cuyo son y acentos
a los airados vientos
pudieras amansar, que agora es muda; 375
me parece que oigo que a la cruda,
inesorable diosa demandabas[73]
en aquel paso ayuda;
y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?[74]
¿Íbate tanto en perseguir las fieras? 380
¿Íbate tanto en un pastor dormido?[75]
¿Cosa pudo bastar a tal crueza,
que, comovida a compasión, oído[76]
a los votos y lágrimas no dieras
por no ver hecha tierra tal belleza, 385
o no ver la tristeza
en que tu Nemoroso
queda, que su reposo
era seguir tu oficio, persiguiendo
las fieras por los montes, y ofreciendo 390
a tus sagradas aras los despojos?
¿Y tú, ingrata, riendo
dejas morir mi bien ante los ojos?
Divina Elisa, pues agora el cielo
con inmortales pies pisas y mides, 395
y su mudanza ves, estando queda,
¿por qué de mí te olvidas, y no pides
que se apresure el tiempo en que este velo
rompa del cuerpo, y verme libre pueda,
y en la tercera rueda[77] 400
contigo mano a mano
busquemos otro llano,
busquemos otros montes y otros ríos,
otros valles floridos y sombríos,
donde descanse y siempre pueda verte 405
ante los ojos míos,
sin miedo y sobresalto de perderte?--
Nunca pusieran fin al triste lloro
los pastores, ni fueran acabadas
las canciones que solo el monte oía, 410
si mirando las nubes coloradas,
al tramontar del sol bordadas de oro,
no vieran que era ya pasado el día.[78]
La sombra se veía
venir corriendo apriesa 415
ya por la falda espesa
del altísimo monte, y recordando[79]
ambos como de sueño, y acabando
el fugitivo sol, de luz escaso,
su ganado llevando, 420
se fueron recogiendo paso a paso.
ÉGLOGA SEGUNDA
ALBANIO
En medio del invierno está templada[80]
el agua dulce desta clara fuente,[81]
y en el verano más que nieve helada.
¡Oh claras ondas, cómo veo presente,
en viéndoos, la memoria de aquel día 5
de que el alma temblar y arder se siente!
En vuestra claridad vi mi alegría
escurecerse toda y enturbiarse;
cuando os cobré perdí mi compañía.
¿A quién pudiera igual tormento darse, 10
que con lo que descansa otro afligido
venga mi corazón a atormentarse?
El dulce murmurar de este ruído,
el mover de los árboles al viento,
el suave olor del prado florecido,[82] 15
podrían tornar, de enfermo y descontento,
cualquier pastor del mundo, alegre y sano;
yo solo en tanto bien morir me siento.
¡Oh hermosura sobre el ser humano!
¡Oh claros ojos! ¡Oh cabellos de oro![83] 20
¡Oh cuello de marfil! ¡Oh blanca mano!
¿Cómo puede ora ser que en triste lloro
se convirtiese tan alegre vida,
y en tal pobreza todo mi tesoro?
Quiero mudar lugar, y a la partida 25
quizá me dejará parte del daño
que tiene el alma casi consumida.
¡Cuán vano imaginar, cuán claro engaño
es darme yo a entender que con partirme,
de mí se ha de partir un mal tamaño! 30
¡Ay miembros fatigados, y cuán firme
es el dolor que os cansa y enflaquece!
¡Oh si pudiese un rato aquí dormirme!
Al que velando el bien nunca se ofrece,
quizá que el sueño le dará durmiendo 35
algún placer, que presto desfallece
en tus manos ¡oh sueño! me encomiendo.[84]
SALICIO
¡Cuán bienaventurado[85]
aquel puede llamarse
que con la dulce soledad se abraza, 40
y vive descuidado,
y lejos de empacharse
en lo que al alma impide y embaraza!
No ve la llena plaza,
ni la soberbia puerta 45
de los grandes señores,
ni los aduladores
a quien la hambre del favor despierta;
no le será forzoso
rogar, fingir, temer y estar quejoso. 50
A la sombra holgando
de un alto pino o robre,
o de alguna robusta y verde encina,
el ganado contando
de su manada pobre; 55
que por la verde selva se avecina,
plata cendrada y fina,
oro luciente y puro,
baja y vil le parece,
y tanto lo aborrece, 60
que aun no piensa que dello está seguro;
y como está en su seso,
rehuye la cerviz del grave peso.
Convida a dulce sueño
aquel manso ruído 65
del agua que la clara fuente envía,
y las aves sin dueño
con canto no aprendido
hinchen el aire de dulce armonía;
háceles compañía, 70
a la sombra volando,
y entre varios olores
gustando tiernas flores,
la solícita abeja susurrando;
los árboles y el viento 75
al sueño ayudan con su movimiento.
¿Quién duerme aquí? ¿Dó está que no le veo?
¡Oh! helo allí. Dichoso tú, que aflojas
la cuerda al pensamiento o al deseo.
¡Oh natura, cuán pocas obras cojas 80
en el mundo son hechas por tu mano!
Creciendo el bien, menguando las congojas,
el sueño diste al corazón humano
para que al despertar más se alegrase
del estado gozoso, alegre y sano; 85
que, como si de nuevo le hallase,
hace aquel intervalo que ha pasado
que el nuevo gusto nunca al bien se pase.[86]
Y al que de pensamiento fatigado
el sueño baña con licor piadoso, 90
curando el corazón despedazado,
aquel breve descanso, aquel reposo
basta para cobrar de nuevo aliento,
con que se pase el curso trabajoso.
Llegarme quiero cerca con buen tiento, 95
y ver, si de mí fuere conocido,
si es del número triste o del contento.
Albanio es este que está aquí dormido,
o yo conozco mal. Albanio es, cierto.
Duerme, garzón cansado y afligido. 100
¡Por cuán mejor librado tengo un muerto
que acaba el curso de la vida humana
y es reducido a más seguro puerto,
que el que, viviendo acá, de vida ufana
y de estado gozoso, noble y alto, 105
es derrocado de fortuna insana!
Dicen que este mancebo dio un gran salto:
que de amorosos bienes fue abundante,
y agora es pobre, miserable y falto.
No sé la historia bien; mas quien delante 110
se halló al duelo me contó algún poco
del grave caso deste pobre amante.
ALBANIO
¿Es esto sueño, o ciertamente toco
la blanca mano? ¡Ah sueño! ¿estás burlando?
Yo estábate creyendo como loco. 115
¡Oh cuitado de mí! Tú vas volando
con prestas alas por la ebúrnea puerta;[87]
yo quédome tendido aquí llorando.
¿No basta el grave mal en que despierta
el alma vive, o por mejor decillo, 120
está muriendo de una vida incierta?
SALICIO
Albanio, deja el llanto, que en oíllo
me aflijo.
ALBANIO
¿Quién presente está a mi duelo?
SALICIO
Aquí está quien te ayudará a sentillo.
ALBANIO
¿Aquí estás tú, Salicio? Gran consuelo 125
me fuera en cualquier mal tu compañía;
mas tengo en esto por contrario al cielo.
SALICIO
Parte de tu trabajo ya me había
contado Galafrón, que fue presente
en aqueste lugar el mismo día; 130
mas no supo decir del acidente
la causa principal; bien que pensaba
que era mal que decir no se consiente;
y a la sazón en la ciudad yo estaba,
como tú sabes bien, aparejando 135
aquel largo camino que esperaba;
y esto que digo me contaron cuando
torné a volver; mas yo te ruego agora,
si esto no es enojoso que demando,
que particularmente el punto y hora, 140
la causa, el daño cuentes y el proceso;
que el mal comunicado se mejora.[88]
ALBANIO
Con un amigo tal verdad es eso,
cuando el mal sufre cura, mi Salicio;
mas este ha penetrado hasta el hueso. 145
Verdad es que la vida y ejercicio
común, y el amistad que a ti me ayunta,
mandan que complacerte sea mi oficio;
mas ¿qué haré? que el alma ya barrunta,
que quiero renovar en la memoria 150
la herida mortal de aguda punta;
y póneme delante aquella gloria
pasada, y la presente desventura,
para espantarme de la horrible historia.
Por otra parte, pienso que es cordura 155
renovar tanto el mal que me atormenta,
que a morir venga de tristeza pura.
Y por esto, Salicio, entera cuenta
te daré de mi mal como pudiere,
aunque el alma rehuya y no consienta. 160
Quise bien, y querré mientras rigiere
aquestos miembros el espirtu mío,
aquella por quien muero, si muriere.[89]
En este amor no entré por desvarío,[90]
ni lo traté, como otros, con engaños, 165
ni fue por eleción de mi albedrío.
Desde mis tiernos y primeros años
a aquella parte me inclinó mi estrella,
y a aquel fiero destino de mis daños.
Tú conociste bien una doncella, 170
de mi sangre y abuelos descendida,[91]
más que la misma hermosura bella.
En su verde niñez, siendo ofrecida
por montes y por selvas a Diana,[92]
ejercitaba allí su edad florida. 175
Yo, que desde la noche a la mañana
y del un sol al otro, sin cansarme,
seguía la caza con estudio y gana,
por deudo y ejercicio a conformarme
vine con ella en tal domestiqueza, 180
que della un punto no sabía apartarme.
Iba de un hora en otra la estrecheza
haciéndose mayor, acompañada
de un amor sano y lleno de pureza.
¿Qué montaña dejó de ser pisada 185
de nuestros pies? ¿Qué bosque o selva umbrosa
no fue de nuestra caza fatigada?
Siempre con mano larga y abundosa
con parte de la caza visitando
el sacro altar de nuestra santa diosa. 190
La colmilluda testa ora llevando
del puerco jabalí cerdoso y fiero,
del peligro pasado razonando;
ora clavando del ciervo ligero
en algún sacro pino los ganchosos 195
cuernos, con puro corazón sincero
tornábamos contentos y gozosos,
y al disponer de lo que nos quedaba,
jamás me acuerdo de quedar quejosos.
Cualquiera caza a entrambos agradaba; 200
pero la de las simples avecillas
menos trabajo y más placer nos daba.
En mostrando el aurora sus mejillas
de rosa, y sus cabellos de oro fino
humedeciendo ya las florecillas, 205
nosotros, yendo fuera de camino,
buscábamos un valle, el más secreto
y de conversación menos vecino;
aquí con una red de muy perfeto
verde tejida, aquel valle atajábamos 210
muy sin rumor, con paso muy quieto.
De dos árboles altos la colgábamos,
y habiéndonos un poco lejos ido,
hacia la red armada nos tornábamos,
y por lo más espeso y escondido, 215
los árboles y matas sacudiendo,
turbábamos el valle con ruído.
Zorzales, tordos, mirlas, que temiendo
delante de nosotros, espantados
del peligro menor, iban huyendo, 220
daban en el mayor, desatinados,
quedando en la sutil red engañosa
confusamente todos enredados.
Y entonces era vellos una cosa
estraña y agradable, dando gritos, 225
y con voz lamentándose quejosa.
Algunos dellos, que eran infinitos,
su libertad buscaban revolando;
otros estaban míseros y aflitos.[93]
Al fin las cuerdas de la red tirando, 230
llevábamosla juntos casi llena,
la caza a cuestas y la red cargando.
Cuando el húmido otoño ya refrena
del seco estío el gran calor ardiente,
y va faltando sombra a Filomena,[94] 235
con otra caza desta diferente,
aunque también de vida ociosa y blanda,
pasábamos el tiempo alegremente.
Entonces siempre, como sabes, anda
de estorninos volando a cada parte 240
de acá y allá la espesa y negra banda.
Y cierto aquesto es cosa de contarte,
cómo con los que andaban por el viento
usábamos también de astucia y arte.
Uno vivo primero de aquel cuento 245
tomábamos, y en esto sin fatiga
era cumplido luego nuestro intento;
al pie del cual un hilo, untado en liga,
atando, le soltábamos al punto
que vía volar aquella banda amiga. 250
Apenas era suelto, cuando junto
estaba con los otros y mesclado,
secutando el efeto de su asunto.[95]
A cuantos era el hilo enmarañado
por alas o por pies o por cabeza, 255
todos venían al suelo mal su grado.
Andaban forcejando una gran pieza
a su pesar y a mucho placer nuestro;
que así de un mal ajeno bien se empieza.[96]
Acuérdaseme agora que el siniestro 260
canto de la corneja y el agüero
para escaparse no le fue maestro.
Cuando una dellas, como es muy ligero,
a nuestras manos viva nos venía,
era ocasión de más de un prisionero. 265
La cual a un llano grande yo traía,
a do muchas cornejas andar juntas
o por el suelo o por el aire vía;
clavándola en la tierra por las puntas
estremas de las alas, sin rompellas, 270
seguíase lo que apenas tú barruntas.
Parecía que mirando a las estrellas,
clavada boca arriba en aquel suelo,
estaba a contemplar el curso dellas.
De allí nos alejábamos, y el cielo 275
rompía con gritos ella, y convocaba
de las cornejas el superno vuelo.[97]
En un solo momento se ayuntaba
una gran muchedumbre presurosa
a socorrer la que en el suelo estaba. 280
Cercábanla, y alguna, más piadosa
del mal ajeno de la compañera
que del suyo avisada y temerosa,
llegábase muy cerca, y la primera
que esto hacía, pagaba su inocencia 285
con prisión o con muerte lastimera.
Con tal fuerza la presa y tal violencia
se engarrafaba de la que venía,
que no se despidiera sin licencia.
Ya puedes ver cuán gran placer sería 290
ver, de una por soltarse y desasirse,
de otra por socorrerse, la porfía.
Al fin la fiera lucha a despartirse
venía por nuestra mano, y la cuitada
del bien hecho empezaba a arrepentirse. 295
¿Qué me dirás si con su mano alzada
haciendo la noturna centinela,
la grúa de nosotros fue engañada?[98]
No aprovechaba al ánsar la cautela,
ni ser siempre sagaz descubridora 300
de noturnos engaños con su vela.[99]
Ni al blanco cisne que en las aguas mora
por no morir como Faetón en fuego,
del cual el triste caso canta y llora.
Y tú, perdiz cuitada, ¿piensas luego 305
que en huyendo del techo estás segura?[100]
En el campo turbamos tu sosiego.
A ningún ave o animal natura[101]
dotó de tanta astucia que no fuese
vencido al fin de nuestra astucia pura. 310
Si por menudo de contarte hubiese
de aquesta vida cada partecilla,
temo que antes del fin anocheciese.
Basta saber que aquesta tan sencilla
y tan pura amistad, quiso mi hado 315
en diferente especie convertilla:
en un amor tan fuerte y tan sobrado,
y en un desasosiego no creíble,
tal, que no me conosco, de trocado.
El placer de miralla, con terrible 320
y fiero desear sentí mesclarse,
que siempre me llevaba a lo imposible.
La pena de su ausencia vi mudarse,
no en pena, no en congoja, en cruda muerte,
y en fuego eterno el alma atormentarse. 325
A aqueste estado en fin mi dura suerte
me trajo poco a poco, y no pensara
que contra mí pudiera ser más fuerte,
si con mi grave daño no probara
que, en comparación de esta, aquella vida 330
cualquiera por descanso la juzgara.
Ser debe aquesta historia aborrecida
de tus orejas ya, que así atormenta
mi lengua y mi memoria entristecida.
Decir ya más no es bien que se consienta; 335
junto todo mi bien perdí en un hora,
y esta es la suma, en fin, de aquesta cuenta.
SALICIO
Albanio, si tu mal comunicaras[102]
con otro, que pensaras que tu pena
juzgaba como ajena, o que este fuego 340
nunca probó, ni el juego peligroso
de que tú estás quejoso, yo confieso
que fuera bueno aqueso que hora haces;
mas si tú me deshaces con tus quejas,
¿por qué agora me dejas como a estraño, 345
sin dar de aqueste daño fin al cuento?
¿Piensas que tu tormento como nuevo
escucho, y que no pruebo, por mi suerte,
aquesta viva muerte en las entrañas?
Si no con todas mañas ni esperiencia 350
esta grave dolencia se desecha,
al menos aprovecha, yo te digo,
para que de un amigo que adolesca
otro se condolesca, que ha llegado
de bien acuchillado a ser maestro.[103] 355
Así que, pues te muestro abiertamente
que no estoy inocente destos males,
que aún traigo las señales de las llagas,
no es bien que tú te hagas tan esquivo;
que mientras estás vivo, ser podría 360
que por alguna vía te avisase,
y contigo llorase; que no es malo
tener al pie del palo quien se duela[104]
del mal, y sin cautela te aconseje.
ALBANIO
Tú quieres que forceje y que contraste[105] 365
con quien al fin no baste a derrocalle.
Amor quiere que calle; yo no puedo
mover el paso un dedo sin gran mengua.
Él tiene de mi lengua el movimiento;
así que no me siento ser bastante. 370
SALICIO
¿Qué te pone delante que te impida
el descubrir tu vida al que aliviarte
del mal alguna parte cierto espera?
ALBANIO
Amor quiere que muera sin reparo;
y conociendo claro que bastaba 375
lo que yo descansaba en este llanto
contigo, a que entre tanto me aliviase,
y aquel tiempo probase a sostenerme;
por más presto perderme, como injusto,
me ha ya quitado el gusto que tenía 380
de echar la pena mía por la boca.
Así que ya no toca nada dello
a ti querer sabello, ni contallo
a quien solo pasallo le conviene,
y muerte solo por alivio tiene. 385
SALICIO
¿Quién es contra su ser tan inhumano,
que al enemigo entrega su despojo,
y pone su poder en otra mano?
¿Cómo, y no tienes ora algún enojo
de ver que amor tu misma lengua ataje, 390
o la desate por su solo antojo?
ALBANIO
Salicio amigo, cese este lenguaje;
cierra tu boca, y más aquí no la abras;
yo siento mi dolor, y tú mi ultraje.
¿Para qué son maníficas palabras?[106] 395
¿Quién te hizo filósofo elocuente,[107]
siendo pastor de ovejas y de cabras?
¡Oh cuitado de mí, cuán fácilmente
con espedida lengua y rigurosa
el sano da consejos al doliente! 400
SALICIO
No te aconsejo yo, ni digo cosa
para que debas tú por ella darme
respuesta tan aceda y tan odiosa.
Ruégote que tu mal quieras contarme,
porque dél pueda tanto entristecerme, 405
cuanto suelo del bien tuyo alegrarme.
ALBANIO
Pues ya de ti no puedo defenderme,
yo tornaré a mi cuento cuando hayas
prometido una gracia concederme;
y es, que en oyendo el fin, luego te vayas 410
y me dejes llorar mi desventura
entre estos pinos solo y estas hayas.
SALICIO
Aunque pedir tú eso no es cordura,
yo seré dulce más que sano amigo,
y daré bien lugar a tu tristura. 415
ALBANIO