Mate el conde á la condesa,
Que nadie no lo sabría,
Y eche fama que ella es muerta
De un cierto mal que tenía.
_Rom. del conde Alarcos_
Cuando Fernán Pérez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del
montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma
comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podría haber sido la
serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de
las rejas de doña María de Albornoz; ¿rondaba empero á la condesa, ó
á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de
tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de
su esposa las ponían en cierto modo á cubierto de cualquier juicio
temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no extrañarán que el
celoso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos hasta la
completa aclaración por lo menos de sus terribles dudas.
El taimado pajecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su
hermosa prima, se había levantado, y había conseguido hacer que ella
volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y
preguntándola si necesitaba algún auxilio, y cuál era la causa de aquel
¡ay! doloroso y del extraordinario ruido que acababa de oir.
Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al paje, mandóle
que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y de curioso
impertinente. Á lo de curioso nada tenía el pobre Jaime que responder,
pero en cuanto á lo de visionario, él sabía muy bien que no había
soñado lo que realmente había oído, y si obedeció por entonces, no fué
sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso en amaneciendo.
Elvira, satisfecha con el silencio del paje, tornó á escuchar, pero
no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino de dar con la
verdad de lo sucedido, volvióse al lecho también; de suerte que á la
venida inesperada del celoso escudero pudo disimular convenientemente
la reciente turbación. Después de las primeras preguntas que entre los
dos pasaron acerca de aquella imprevista llegada, en balde trató Fernán
Pérez de sondear mañosamente el alma de su avisada esposa. Nada había
oído, nada sabía de cuanto á Vadillo traía inquieto. Hubo este, pues,
de conformarse y remitir á otra ocasión más favorable la satisfacción
de sus deseos. Concilió el sueño de que tanta falta tenía, y cuando se
despertó se vistió apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa
se dirigió á la cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado.
No deseaba Elvira otra cosa: cada vez más inquieta acerca del oscuro
sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya mil próximas
desventuras. Determinó dar aviso á la condesa, quien había oído muy
confusamente los sucesos referidos. Antes empero de dar este importante
paso, llamó al paje y le dijo cómo era inútil que guardase por más
tiempo el secreto de la venida del caballero de Calatrava, puesto que
ella lo había reconocido: añadióle que importaba mucho á la seguridad
de su señora la condesa saber cuál había sido el desventurado lance
de la noche, y hablar al caballero, si había quedado de él con vida y
libertad, para que le aclarase sus misteriosos avisos; prometió el paje
indagar cuanto hubiese en el asunto tanto por dar contento á su querida
prima, como por el interés que en las cosas del caballero trovador se
tomaba Salió, pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no
diese con él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle
su fina amistad, é implorar al mismo tiempo su protección y amparo, si
algo sabía que fuese en contra de ella ó de los suyos.
Más tranquila después de esta primera diligencia, acudió la triste
Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero
no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á
aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron
vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen
alguna relación con los proyectos que el irritado conde había dejado
traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su
inocente esposa.
Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas trovas
encerraban, y aún más quisiera traslucir quién podía ser el caballero
generoso que tan bien informado se hallaba de las asechanzas que contra
ella se prevenían, y que tan singular interés por su seguridad tomaba.
No eran pequeñas por otra parte las zozobras y la duda que á entrambas
nuestras heroínas agitaban acerca de los resultados de la desgracia que
al caballero le había acarreado su generosidad.
Era para Elvira evidente que poco después de haber callado el
desventurado cantor, le había sobrevenido un trance de armas: la caída
de un cuerpo había resonado luego funestamente en sus oídos y en su
corazón, y el silencio y la duda habían sucedido á la catástrofe. Era
de presumir que el muerto ó herido fuese el músico; pero era imposible
saber nada á punto fijo antes de la vuelta del paje; corría entre tanto
el tiempo, si bien no tan aprisa como al desgraciado que espera le
suele comúnmente convenir, y el paje no daba noticias de su persona.
Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea
aproximada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque idea
exacta de ninguna manera la podrán concebir.
--¿Has oído? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.
--¡Es Jaime! respondía Elvira; mas no, no suena nada, añadía después de
un momento de inútil expectación.
--Ahora... ahora sí, exclamaba de allí á un rato la condesa.
--Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...
--De muchacho.
--Jaime, Jaime es... ahora sí... repetía Elvira atenta á la puerta,
los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno
aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa;
veíala abrirse ya, se medio incorporaba en su asiento, entreabría los
labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija,
inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada ya.
--Sería algún criado que pasaba.
Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los
pasos; todavía no se podía ver al que iba á entrar: parecía sacudirse
por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso al
paje, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira,
unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento,
tan comunes é irreprimibles como inexplicables en las mujeres, habían
gritado:--¡Jaime! entra, Jaime.
Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de Villena.
Hay una inclinación natural en el que espera á creer que nadie puede
venir sino el esperado; nada tienen pues, de particular el asombro y
la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver echado por
tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus fantásticas
esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento de estupor; el
lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad de ideas que
bullían en sus imaginaciones, y que por la vista se cruzaban, se
comunicaban, se hablaban, se refundían en un solo objeto de entrambas
comprendido sin más verbal explicación.
Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías de
la señora y su camarera.
--Bien veo, dijo pausadamente después de un momento, bien veo, doña
María, que no esperáis á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra
confianza hasta el punto de saber cuál interés os liga al imprudente
paje que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado
servicio? ¿Calláis? ¿me conserváis rencor aún por la escena de anoche?
Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de
reconvención, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á las
claras en su semblante su singular asombro. Tenía efectivamente el de
Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines mejor
convenía. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al tirano
esposo de la víspera.
--¿No queréis, señor, que extrañe tan singular mudanza en vuestras
acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra?...
--Basta, doña María: ¿es posible que no acabéis de conocer los
sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar
justamente ofendida; pero vengo á reclamar mi perdón. He pensado mejor
mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras virtudes me
han hecho abrir los ojos; si sois la misma que habéis sido siempre,
Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliación.
--¡Don Enrique! exclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo
á Elvira como para preguntarla con los ojos si podría creer en la
sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó sin
respuesta la muda interrogación de su señora.
--Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de
mi afecto. Espero que esta noche os presentaréis brillante de galas
y preseas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en
esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos
dado harto motivo de murmuración con nuestras anteriores contiendas,
presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudáis aún?
--Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del
deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algún día. ¡Ah!
si vuestro amor, si esta reconciliación fuesen una nueva artería, si
fuesen un lazo...
--¡María!
--Perdonadme: vos habéis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz
aparente fuese sólo la calma precursora de nuevas borrascas, seríais
bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podría prestarle al
león el jugar con la inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo os
perdono, don Enrique; perdonémonos entrambos. Oíd empero. Si sólo
intentáis divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda
al malsín, abandone la Virgen Madre al engañador de las damas, y el
buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma
del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los
condenados al fuego eterno. He aquí mi mano y mi amor, don Enrique.
Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz había pronunciado con
toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiración, habían
hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un estremecimiento
involuntario le había cogido desprevenido, y estrechó la mano de la de
Albornoz diciendo balbuciente y confuso:
--Ved aquí la mía; el cielo sabe la verdad de mis palabras.
Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien,
acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacía sino examinar su
semblante como buscando en sus facciones y en el más insignificante de
sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz, deslumbrada
por su mismo deseo y su amor al conde, se entregaba más fácilmente á
la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era por otra parte
muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente en don Enrique
el efecto que éste acababa de suponer? Nada hay más fácil que hacernos
creer lo que con vehemencia deseamos. La de Albornoz tragó, pues, el
cebo y el anzuelo.
Repuesto don Enrique de su primera turbación, no perdonó medio alguno
de inspirar confianza á su esposa: las palabras más tiernas fueron por
él prodigadas, y las más vivas protestas de amor y fidelidad. Un amante
no hubiera dicho más que el hipócrita marido.
Poco tiempo podía hacer que esta escena duraba en la cámara de doña
María de Albornoz, cuando la puerta misma que el día antes había
proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiración de los
circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un hombre
del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venían armados al
parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que sobre la
armadura traían, y cuya capucha cubría su cabeza y rostro, á manera de
los que usaban los almogávares, no permitían ver quiénes ni qué especie
de hombres fuesen.
Suspensas quedaron á tan extraña aparición doña María y su camarera;
mirábanse alternativamente, y miraban luego con atención exploradora
á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si se presentaban
los intrusos allí por su orden, ó si tendrían ellas motivo para temer
algún nuevo peligro.
--¡Vive Dios! exclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que
os envía? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las
conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...
No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecía ser
jefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los
demás con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una
palabra.
--¡Don Enrique! exclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y
estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de la
vaina, parecía protegerla de todo extraño acometimiento.
--Traición, señora, gritó Elvira, traición: ¡nos han vendido! y quiso
arrojarse hacia la puerta para demandar socorro. No se lo consintieron
dos de los fantasmas, que arrojándose á su paso la sujetaron
fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo su boca con su
fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á una de las columnas
de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y maldecía.
--¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y ningún
criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadía al jefe de los
invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.
En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que
le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del
desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la
casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en
cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas de
su casa y la de Aragón; cubriéronla toda con un largo manto negro, que
de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la cámara
por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia alguna la
consternada y ya enteramente enajenada víctima.
Combatía entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto
lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza.
Miraba Elvira con atención el semblante de don Enrique, por ver si
descubría en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con los
traidores. Ofendía y se defendía éste, empero, con bizarría; voceaba
llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte caballero
que protegía la retirada de los suyos con su presa, mas sin poder
herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo un último
esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, y tirándole un
furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el al parecer irritado
Villena de recoger su acero en cuanto vió que el encubierto no se
había aprovechado de su ventaja para rematarle, pero la acción de don
Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la escalera cerrando tras sí
la puerta con el oculto cerrojo, de modo que cuando el conde, apoderado
ya de su arma, volvió á la carga, no halló más que una pared tersa é
insuperable delante de sí, procurando en vano tocar el resorte que la
solía abrir.
Volvióse atrás entonces el conde, y no parando mientes en Elvira,
que atada y amordazada permanecía, salió por la puerta principal de
la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los
llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de
entre sus mismos brazos, allanando su propia habitación por arte sin
duda de Luzbel, y con auxilio de todas las potestades del abismo,
contra su robusto y valeroso brazo.
--Á la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del Moro, al
Manzanares: allí los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra
salida.
No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del
extraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa
de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudían todos á la voz
del conde, y en menos de media hora estuvo éste en disposición de
traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quién enlazaba este
acontecimiento con la música oída la noche antes bajo la ventana de
la condesa, quién suponía que el hecho era imposible, en vista de que
sólo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban aquella
salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie veía clara
la verdad.
No era sin embargo menos cierto que los robadores habían hallado el
secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta
que la unía con la del conde, y que tenía salida á la escalera, y de
allí á la larga mina no conocida de todos. Nada más frecuente en los
alcázares antiguos y de construcción morisca sobre todo que estas minas
secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva y secreto, y
solían parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á que pertenecían.
Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas y puestas á trechos,
impedían la entrada en ellas á los enemigos, aun en el caso de ser
su boca descubierta, cosa de suyo poco menos que imposible, y podían
ser de mucha utilidad á los poseedores del alcázar, tanto para hacer
una salida imprevista como para introducir víveres, como también para
salvarse por ellas en una noche la guarnición del castillo, en el
caso de verse reducida al último extremo por un ejército aguerrido y
numeroso. Por una de estas minas, pues, escaparon los encubiertos; de
suerte que ya se hallaban muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar
sus perseguidores á la boca de la mina, habiéndoles sido preciso
reunirse, armarse, salir del alcázar, y dar un gran rodeo para su
objeto, pues perseguirlos por la misma mina era caso imposible, puesto
que habiendo sustraído y llevado las llaves de las diversas puertas los
encubiertos, era claro que habrían ido cerrándolas todas sucesivamente
tras sí, como con la primera de la cámara había hecho el jefe de ellos,
con el prudente objeto de asegurarse las espaldas.
Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa corriendo
el campo del Moro en busca de su robada Elena, y pidamos al lector
un ligero descanso, que después de la pasada refriega y aventura
extraordinaria referida habemos en gran manera menester.
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