Ese caballero, amigo,
Díme tú qué señas trae.
_Canción de Rom._
La hora del alba sería cuando el famoso caballero don Enrique de
Villena, cansado de esperar inútilmente á su juglar, á quien había
comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y nocturno
acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas confusas,
había entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni el miedoso
juglar había vuelto, ni él, desde el punto en que le enviara á explorar
quién fuese el músico, había tornado á oir más que el confuso ruido
de las armas de los desconocidos combatientes. No habiendo querido
dar sospechas á nadie en el alcázar de que pudiera tener la menor
parte en los sucesos que él se figuraba haber ocurrido, no se había
determinado, ni á salir en persona á reconocer el estado de las cosas,
ni á despertar á ninguno de sus pacíficos sirvientes. Habíale entre
tanto sorprendido el sueño en medio de la encontrada lucha de sus
opuestos pensamientos, y vestido como estaba se había reclinado en su
rico lecho, determinado á esperar el día y con él la aclaración de los
acontecimientos de la noche. El sol, sin embargo, que á más andar se
venía, amaneciendo por las doradas puertas del oriente, daba la señal
á caballeros y escuderos de tornar á las obligaciones diarias, porque
en la época de nuestra narración no se había introducido aún la moda
regalona de perder las gentes principales las horas más hermosas del
día en el mullido y caliente lecho.
La cámara principal del señor de Cangas y Tineo, inmediata á su
gabinete alquimístico (cuya entrada no era á todos permitida),
presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y afectación con
que se hallaba alhajada, como por las diversas personas que en ella
se veían reunidas esperando á que se dignase recibir su acostumbrado
homenaje el ilustre pariente de Enrique III. Gentileshombres,
caballeros y escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles
y pajes conversaban en diversos grupos, pendientes del menor ruido que
pudiera anunciarles la deseada presencia de su señor. Notábase sólo
la falta de dos personas, y no se oían más que preguntas misteriosas
sobre su extraña ausencia.
--¿Qué era del primer escudero? ¿Qué del juglar?
--¿Qué puede causar la tardanza de Fernán Pérez?
--Por el señor Santiago que es cosa difícil de comprender. Cuando
volvíamos anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y se
separó de nosotros. Desde entonces no le volvimos á ver.
--Sí, reponía otro: apostara la mejor pieza de mi arnés á que fué á ver
bajo las ventanas de su amada esposa si andaban Moros en la costa.
--Bravo modo de decirnos que el escudero es celoso.
--¡Dios me perdone! como un Moro.
--¡Oh! entonces, decía un tercero, ya se explica su ausencia Habrá
tardado en conciliar el sueño... al lado de su dama...
--¡Chitón! la puerta de la cámara se ha abierto.
--Es el camarero.
--El camarero, el camarero, repitieron varias voces por lo bajo.
Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor
inquietud preguntó:
--¿No ha venido aún Ferrus? Su señoría pregunta por su juglar.
--Estará haciendo alguna trova, ó pensando algún donaire, dijo el más
atrevido de los caballeretes.
--Cierto que comienza su tardanza á inquietarme, dijo Rui Pero. Y
acercándose á los principales personajes de aquella pequeña corte:--Su
señoría no se ha desnudado esta noche; Fernán Pérez no parece; Ferrus
tarda, les dijo misteriosamente: temo grandes novedades. Voy á prevenir
á su señoría, añadió en voz alta, y se entró.
Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; pero no
tardó mucho en venir á interrumpirlas la presencia del primer escudero.
--Dios nos dé su bendición, dijo en entrando, al comenzar este día, y
se santiguó devotamente.
--Dios nos la dé, repitieron los circunstantes, é imitaron, como en las
cortes se usa, la acción del valido. Bien venido sea el escudero de su
señoría, exclamaron después.
--Bien venido, sí, y bien despierto: la trasnochada me ha hecho ser
indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre á tomar las
órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar á su lado.
No le dió lugar sin embargo á entrar la salida del conde en persona,
á quien acompañaba su fiel camarero. Hízose como los demás á un lado
respetuosamente Fernán Pérez, y el conde, que le había visto antes
que á otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para castigarle
de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra á sus principales
cortesanos, después de las ceremonias y fórmulas de uso.
--Caballeros, dijo el conde, asuntos de alguna importancia me obligan á
separarme de vuestras mercedes. Podréis esperarme en la antecámara de
su alteza, adonde no tardaré en seguiros. Fernán Pérez, quedaos.
Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por lo
bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frío
recibimiento del distraído conde de Cangas y Tineo.
--Y bien, Fernán Pérez, dijo éste luego que quedaron solos, supongo que
habéis encontrado en completa salud á la hermosa Elvira.
--Esa pregunta, señor...
--¡Oh! no, hacéis bien: no se puede vacilar entre el servicio de una
hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar pronto
caballero, porque ya sin serlo cumplís perfectamente con la orden de
caballería. ¿Á qué hora habéis entrado en Madrid? Rui Pero, dispondréis
que se busque dentro y fuera del alcázar á Ferrus. Su ausencia me
inquieta.--Ya estamos solos, Vadillo. ¿Á qué hora habéis entrado?
--Podrían ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas.
--¿Las cuatro? Á esa hora... ¿no habéis visto á la entrada á Ferrus?
--Ojalá, señor, que hubiera visto á Ferrus: algo peor es lo que he
visto.
--¿Peor? explicaos presto.
--Y peor lo que he oído.
--¿Habéis oído?
--Volvía, señor, de la batida, como me dejaste mandado, á la cabeza de
los caballeros y monteros de tu casa: al llegar al alcázar, habíame
adelantado algún tanto para hacer la señal de que nos echaran el
rastrillo, cuando creí oir hacia cierto punto del alcázar, pero de la
otra parte del foso, un laúd asaz bien templado.
--Seguid, Vadillo.
--Parecióme mal que á tales horas se diesen serenatas hacia la parte
precisamente del alcázar que habita...
--Seguid.
--Apreté los ijares al caballo: cuando llegué la música había cesado;
pero un hombre que rodeaba el muro exterior, y que á la sazón se
hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa...
--¡Vadillo!
--De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha! ahora
caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le acometí.
--Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿Era el músico?
--Sin duda, puesto que por allí otro alguno no se veía.
--¿Se defendió?
--Trató de defenderse, y trató de hablar; pero mi venablo no le dió
todo el espacio que él quisiera. Le disparé y cayó.
--¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio.
--Apeéme del caballo para reconocerle, pero fué imposible: había
llovido, y él cayó en el fango; mi venablo le había pasado por la
frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre: la oscuridad además
y mi turbación no me permitieron conocerle. Figuréme sin embargo que no
debía de estar muerto aún, pues latía su corazón y se quejaba. Deseoso
de saber quién fuese el músico que á aquellas horas osaba comprometer
el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en mi caballo: sin
embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del montero que se
había adelantado conmigo: respondióme de su seguridad. Fuí á dar
órdenes para hospedar á la gente de la batida, y ahora solo espero las
tuyas, gran señor, para reconocer al insolente trovador.
--¡Ah! ¿No sabéis aún quién sea?
-Sólo sé que no está herido de muerte; pero el montero al anunciármelo
añadió que el maestro á quien había recurrido, al hacerle la cura,
había encargado que no se le viese ni hablase. Creí, pues, del caso
esperar á la mañana. Parecióme sin embargo joven y gallardo mancebo.
--Él es, no hay duda. Te tengo en mi poder, mal caballero. Vadillo, es
preciso tenerle á buen recaudo.
--¿Conócesle tú entonces, gran señor?
--Sí, le conozco; tú le conocerás también. Necesito sin embargo á
Ferrus. Á esa misma hora de las cuatro le envié á reconocer al músico;
de entonces acá ha desaparecido. El villano cobarde ha tenido miedo sin
duda; acaso luego se aparecerá y creerá desarmar mi enojo con alguna
juglería. Entre tanto Rui Pero está en el encargo de encontrármele
muerto ó vivo. Sus orejas servirán de pasto á mis lebreles si ha
cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es preciso no perder
tiempo: supuesto que está en nuestro poder quien pudiera únicamente
desbaratar mis planes, dentro de una hora he de quedar servido. Hernán
Pérez, ¿tenéis valor y resolución?
--Dispón, señor, de mi vida.
--Venid conmigo; prontitud y secreto.
Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y atravesando
apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron á las
caballerizas del conde: dieron allí varias órdenes, al parecer de la
mayor importancia; separáronse en seguida. El primer escudero buscó y
habló misteriosamente á algunos escuderos de la casa de su señoría.
El movimiento y el sigilo con que ciertos preparativos se hacían
pronosticaban algún proyecto de la mayor importancia. Reuniéronse de
nuevo el conde y su primer escudero, y en otra secreta conferencia
aquél pareció dar á éste instrucciones de grave peso, después de las
cuales se dirigieron entrambos seguidos de los escuderos y armados que
para su plan habían escogido, y desaparecieron entrándose por la cámara
de don Enrique. Nada se trasluce en las crónicas del objeto de aquellas
ignoradas conferencias. El lector sin embargo, si presta un poco de
paciencia, podrá tal vez adivinarle por sus prontos resultados.
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