CONOCIDO VULGARMENTE BAJO EL PSEUDÓNIMO
DE FÍGARO
Muy engañados están los que crean que la vida de don Mariano José de
Larra debe ofrecer grande alimento á la curiosidad y excitar casi el
mismo interés que una novela. Su trágico fin autorizaría para creerlo
así tal vez, si las grandes amarguras que envenenaron su existencia,
y que tanto contribuyeron á aquel, no entrasen en un círculo que al
biógrafo le es imposible traspasar. Los secretos de la familia no
son propiedad de nadie, y esto nos obliga á ser muy circunspectos
tratándose de un hombre cuya carrera pública empezaba apenas en los
momentos en que la muerte le arrebató en la flor de su edad al país á
quien había empezado á dar tan brillantes esperanzas. ¿Qué vicisitudes
podría ofrecer tampoco la vida de un pobre escritor muerto á los
veintiocho años? Su vida literaria es la única que ofrecería algún
interés, y ésta, aunque activa y fecunda sobremanera, está fielmente
reflejada en sus diversas obras. Diremos pues sólo lo preciso para
hacer comprender el carácter de nuestro autor, el espíritu de que
siempre estuvo animado al escribir, y la analogía, el contraste á
veces que uno y otro presentan con sus producciones literarias. Si
su talento tiene puntos de contacto con el genio de Molière y de
Cervantes; si como ellos se consagró á hacer la crítica chistosa, pero
profunda, de la sociedad de su tiempo; si á semejanza de estos grandes
hombres, la sátira fué en sus manos un medio de enseñar tanto como de
divertir, también se les pareció en el triste y fatal destino que pesó
sobre ellos mientras vivieron. ¡Fígaro, aquel Fígaro que aquéllos que
leían sus artículos chispeantes de gracia y festividad se figurarían
probablemente en perpetua risa, no gozó un instante de felicidad y puso
término á sus días con un suicidio! Su persona nos ofrece un ejemplo de
la constante unión, de la íntima alianza, íbamos á decir, que tienen
entre sí el placer y el dolor, la alegría y la tristeza, el bien y el
mal que forman el lote del hombre sobre la tierra.
Don Mariano José de Larra nació en Madrid el 24 de marzo de 1809. Esta
fecha es notable. La invasión francesa, que ha sido sin duda alguna la
primera causa de los trastornos que así en el orden social y político,
como en el orden literario y artístico se han hecho sentir en nuestro
país, estaba entonces en toda su fuerza, y con esta invasión debían
enlazarse de una manera ú otra los destinos de cuantos hombres han
figurado posteriormente en ellos. Mientras una generación ya formada
hacía su aparición en la escena instalando todo un sistema de ideas
nuevas y desconocidas en España, otra que lo había de verificar más
tarde anunciando otros principios que modificasen lo que las primeras
tenían de imperfecto, venía al mundo por primera vez; los hombres de
1812 se encumbraban, y los de 1833 nacían; y Larra, que había de hacer
entre los últimos uno de los más notables papeles, vió la luz durante
esta época. Su infancia no ofreció nada de particular. Crióse en la
casa de la Moneda de esta corte, donde residía su abuelo paterno como
fiel-administrador, y contaba otros parientes entre sus empleados,
en cuyo seno recibió la educación cristiana con que nuestros padres
trataban de suplir la falta de otra más brillante, aunque menos sólida:
la prontitud con que aprendió su catecismo fué el primer indicio que se
tuvo de sus aventajadas disposiciones intelectuales; difícil hubiera
sido sin embargo adivinar el giro que estas debían tomar. Cualquiera
hubiera dicho entonces que el precoz niño sería con el tiempo un gran
teólogo, un eminente jurisconsulto ó un sabio médico, como su padre;
pero nadie hubiese pensado que su gloria consistiría en ser el primer
crítico de nuestra época. ¿Podía concebirse á la sazón que se pudiera
ir más lejos que Moratín?
Luego que sobrevino el año 12, y las tropas francesas abandonaron la
Península, su padre, que era médico de primera clase en el ejército
imperial, hubo de seguirlos á Francia y se llevó á su hijo. Á su
llegada se apresuró á ponerle en un colegio, donde le tuvo hasta el
año de 1817, en que, habiendo vuelto á España, empezó á darle una
educación más seria. Como era un hombre distinguido en su carrera y
de conocimientos más que regulares, le instruyó principalmente en las
ciencias naturales, sin olvidar por esto aquellas lecciones prácticas
de mundo que sólo la experiencia de un padre está en disposición de dar
á su hijo. No se perdió el fruto de esta esmerada enseñanza. El niño
recogía con avidez todas las ideas que le daban; sus progresos eran
rápidos, y su constante aplicación no tenía en ellos menos parte que su
natural talento. El afán que mostraba por el estudio era tan grande,
que odiaba toda clase de juegos; los libros eran su única diversión, y
rara vez dejaba de derramar lágrimas al tener que desprenderse de ellos
para ir á acostarse.
Una circunstancia bien singular obligó sin embargo á su padre á
interrumpir esta educación interior y puramente de familia. Una
circunstancia singular, decimos, porque lo es mucho en efecto que
aquel que más tarde había de manejar con tanta maestría nuestra habla
y burlarse en tono tan festivo de los malos escritores de la misma,
y en especialidad de la nube de traductores que la destrozan sin
piedad alterándola con galicismos no menos opuestos á su espíritu que
á su material estructura: á los nueve años no supiese hablar apenas
el español, ni conociera otro modo mejor de expresarse que la lengua
francesa. Ésta era empero la pura verdad. Habiendo marchado á Francia
desde tan niño y vivido allí encerrado cinco años en uno de sus
colegios, el idioma de este país había llegado á ser nativo para él, y
héchole olvidar casi completamente el castellano. Quiso remediar esta
falta su padre, y al efecto le colocó en el instituto de San Antonio
Abad de esta corte, y en él no sólo se perfeccionó en el conocimiento
de su idioma patrio, sino que estudió la literatura latina y recibió
en todo la excelente educación clásica que han acostumbrado siempre á
dar los padres Escolapios. Excusado es decir que sus adelantos fueron
siempre rápidos; su constante aplicación no se desmintió tampoco, ni
su aborrecimiento á los juegos, por que sus jóvenes compañeros se
desvivían. En lo único que solía entretener sus ratos de ocio, las
veces que no los consagraba á la lectura, era en jugar al ajedrez con
su íntimo amigo el conde de Robles, que simpatizaba con él en gustos
é inclinaciones. Nunca dió motivo para que le castigasen, y en vista
de su poca travesura es seguro que tampoco se hubiera sospechado al
escritor satírico cuyas zumbas habían de hacer una eterna guerra á
todos los vicios y ridículos de la sociedad en el niño que mostraba un
carácter tan pacífico y poco enredador.
Cuando salió del colegio, marchó á Navarra á reunirse con su padre,
que se hallaba á la sazón de médico en la ciudad de Corella. Allá en
el seno de su familia y en la primera época de su juventud, continuó
haciendo la misma vida laboriosa y aplicada que había llevado durante
su niñez. Todas las noches del frío invierno de 1822 á 1823 las pasó
trabajando consagrado al estudio; los ruegos de su madre le obligaban
sólo á retirarse á dormir á una hora muy avanzada; así es que en
aquella temporada tradujo por entero del francés al castellano toda
_la Ilíada_ de Homero y _el Mentor de la juventud_, y escribió además
originalmente una gramática de la lengua española y un cuadro sinóptico
de ella. Tenía sólo trece años de edad cuando compuso estos primeros
trabajos. Pero instándole su padre para que escogiese una carrera, no
tardó en volver á Madrid á perfeccionar su educación, como lo hizo en
efecto estudiando las matemáticas y aprendiendo las lenguas griega,
italiana é inglesa, en lo que invirtió tres años, y pasando en seguida
á la universidad de Valladolid á estudiar filosofía con el objeto de
seguir después la carrera de leyes, á que dió la preferencia.
Matriculóse en efecto nuestro escritor y ganó su primer curso; pero la
suerte había decidido que no llegase á ser nunca jurisconsulto. Cuál
fuése el carácter del acontecimiento que vino á interponerse de repente
en su vida y le apartó de la senda pacífica y normal que había seguido
hasta entonces, es cosa que ignoramos por nuestra parte y nos es así
imposible revelar á nuestros lectores. Este acontecimiento misterioso
parece sin embargo muy cierto, y ejerció una grande influencia sobre
el porvenir de Larra. Su carácter se alteró completamente: de niño
estudioso y amante del saber, pero confiado, vivo y alegre como su
edad requería, se hizo sospechoso, triste y reflexivo como si fuera un
hombre hecho. Una persona muy allegada á nuestro crítico pretende que
sus sentimientos fueron tan profundamente afectados, que ésta fué la
primera vez de su vida que le vió llorar sin consuelo, y aún pretende
que de aquí vienen todas sus desgracias. Lo cierto es que de resultas
se vió obligado, bien á pesar suyo, á abandonar su familia pidiendo
licencia á su padre para continuar sus estudios en la universidad
de Valencia, á la que se trasladó desde Castilla luego que la hubo
obtenido. Á poco de su llegada recibió orden del mismo para venir á
Madrid donde el favor y la influencia de algunos amigos le habían
proporcionado un empleo, y de este modo se vió arrastrado contra su
voluntad á abandonar su carrera.
Un empleo era lo que menos podía convenir á un carácter como el
de nuestro autor. Sentía ya en sí germinar el gran talento que
había de inspirar sus obras posteriores, y no podía resignarse á
enterrarse entre los expedientes de una oficina. Así es que no tardó
en renunciarle; pero entonces nacieron para él otras dificultades.
¿Qué es lo que haría en adelante? ¿Por qué profesión se decidiría?
Habiendo perdido dos años en viajes inútiles, le parecía mal volver
á la universidad; además en este intermedio se había enamorado de la
señorita con quien se casó después, y esta era otra razón para que no
pensase en abandonar la corte. Determinó pues cultivar la profesión más
conforme con su gusto, y se hizo literato.
La literatura, como se sabe, ha sido y es todavía un estado muy poco
lucrativo. En aquel tiempo debía serlo y lo era en efecto mucho menos.
Nuestro escritor se sentía á la verdad con fuerzas para poder vivir
y brillar con él; pero ¿qué es lo que había de escribir en aquella
época? Entonces pesaba el despotismo sobre nuestro país con toda la
estupidez y brutalidad de que dió muestras en sus últimos años. Era
la época en que predicar la ilustración valía tanto como promover un
trastorno revolucionario, y el gobierno miraba ambas cosas con la misma
mala voluntad. Gracias que para entretenimiento y solaz de la gente
ociosa se le permitiese leer los anuncios del _Diario_ y las noticias
de Persia de _la Gaceta_. De todo esto había necesidad sin embargo para
contener á los pícaros liberales que en 1830 habían tenido la osadía
de querer derribar un sistema político impuesto por el extranjero.
Cuando las cosas se encontraban en esta situación, era claro que
poco podía prometerse el escritor cuya ambición literaria tenía que
limitarse á componer una _charada_ en _el Correo_ y que no contaba con
más público que oficiales indefinidos. Tales eran los auspicios con
que Larra entraba en la profesión de las letras, auspicios, ya se echa
de ver, bien poco brillantes y fecundos en esperanzas. Sus primeros
pasos en ella correspondieron en un todo á la nulidad del estado que
acababa de abrazar, y la oda que escribió sobre los terremotos de
Murcia dedicada al comisario general de Cruzada, Varela, _el Duende
satírico_, folleto que don José María Carnerero le hizo suspender,
y otros opúsculos insignificantes, tuvieron tan escaso mérito, que
él mismo no quiso reconocerlos posteriormente por suyos, dejando de
incluirlos en la colección de sus obras. Proporcionáronle sin embargo
estas producciones la ventaja de darle á conocer entre los personajes
más señalados entonces por la protección que daban á las letras y á las
artes. El citado señor Varela le apreciaba sobremanera y le distinguía
en todas las ocasiones. Como amigo particular suyo asistió á la célebre
y suntuosa comida que dió al ilustre Rossini cuando éste vino á Madrid
en compañía del señor Aguado por los años de 1831 á 1832.
Afortunadamente para el porvenir literario de nuestro autor, después de
los memorables acontecimientos de la Granja en setiembre de 1832, la
reina doña María Cristina empuñaba las riendas del gobierno durante la
enfermedad de Fernando VII, é inauguraba su administración con aquella
serie de medidas que hicieron entonces tan popular su administración.
Hacia la misma época (agosto de 1832) empezó á publicar su _Pobrecito
Hablador_ bajo el nombre del bachiller don Juan Pérez de Munguía.
Aprovechándose del cambio que entonces se hizo en la marcha política
del gobierno, desenvolvió en él con cierta libertad la especialidad de
talento que le distinguía. Zahirió sin piedad los abusos introducidos,
las malas costumbres formadas, los funestos hábitos arraigados; la
sociedad, la familia, el individuo, fueron el objeto de su censura
en lo que ofrecían de reprensible y vicioso; hízolo en tono burlesco
y jocoso, pero no perdonó ninguna de las aberraciones más notables
de la vida que se le ofrecían en el camino, ni ninguno de los rasgos
característicos de la miseria terrestre que encontraba al paso. Así es
que su folleto fué acogido del público, siempre dispuesto á simpatizar
con cuantos le hagan reir, con un favor señalado. Preguntábase con
anticipación el día en que saldría uno de los números en que el
bachiller parlanchín acostumbraba reirse con tanta gracia de las cosas
que tenían mal dispuestas contra sí á la mayor parte de las gentes: el
partido liberal, es decir, la masa general de los lectores de aquel
tiempo, empezaba entonces á respirar por primera vez, y no podía menos
de ser muy de su gusto que se hiciese burla de todos los achaques del
mundo, de todas las flaquezas de la naturaleza humana, lo que para
él equivalía á hacerla de todo el sistema político entonces vigente.
Una vez llegada la hora deseada corrían á la librería á arrancarse el
folleto, que se leía y celebraba durante muchos días, y de este modo
iba formándose la popularidad de que más tarde llegó á gozar nuestro
autor. El gobierno supremo no podía ver esto con indiferencia. Á
Calomarde había sucedido Cea en la dirección de los negocios públicos;
pero los antiguos hábitos del absolutismo subsistían en toda su fuerza.
Larra procuraba á la verdad abstenerse de toda expresión de que pudiera
creerse envolvía una censura política; alguna que otra alusión de esta
clase que se encuentra en su obra es tan tímida, tan embozada, que
solo sería capaz de resentirse el poder más desconfiado y sospechoso.
Esto era sin embargo el dominante en aquella época, á pesar de todas
sus pretensiones de ilustración y amor á las luces, y por consiguiente
tardó muy poco en suscitar obstáculos á su publicación por medio de
la censura, especie de guillotina del pensamiento que acababa con las
ideas con la misma celeridad que la guillotina revolucionaria hacía
desaparecer los hombres.
Aquellos á quienes el espectáculo de los excesos (no imposibles de
corregir) á que se ha entregado posteriormente entre nosotros la
imprenta abandonada á sí misma, pudiera haber reconciliado con una
institución tan brutal y tan contraria al espíritu de la civilización
moderna, harían muy bien en leer los diferentes números del _Pobrecito
Hablador_, y decir después si una publicación hasta su punto inocente
debía despertar las iras censorias y ser considerada poco menos que
como subversiva del orden político y social. Ya hemos dicho el cuidado
con que huía nuestro autor de satirizar ninguno de los actos del
gobierno; con igual cautela procedía respecto de las demás críticas
suyas que pudieran creerse dirigidas á persona determinada. Véase un
párrafo en que nuestro autor protesta de no abrigar segunda intención
sobre este punto, y de atender sólo al remedio de los abusos y vicios
que eran objeto de su sátira, sin echar á nadie la culpa de ellos. Este
párrafo está escrito con tanta humildad y sencillez que no podrá menos
de hacer sonreir al pensar en los tiempos en que una salvaguardia de
tal especie era pasaporte indispensable para que los censores dejasen
correr ciertas palabras, de que ni el gobierno ni los particulares
podían darse por ofendidos, gracias á su tono moderado y blando y á
su vago é indeterminado concepto. «No tratamos, decía en una nota del
número 10 del citado folleto, que es uno de los escritos con mayor
libertad, no tratamos de inculpar en modo alguno por los cuadros que
vamos á describir al justo gobierno que tenemos: no hay nación tan bien
gobernada donde no tengan entrada más ó menos abusos, donde el gobierno
más enérgico no pueda ser sorprendido por las arterías y manejos de los
subalternos. Contraria del todo es nuestra idea. Precisamente ahora que
vemos á la cabeza de nuestro gobierno una reina que, de acuerdo con su
augusto esposo, nos conduce rápidamente de mejora en mejora, nosotros,
deseosos de cooperar por todos términos como buenos y sumisos vasallos
á sus benéficas intenciones, nos atrevemos á apuntar en nuestras
habladurías aquellos abusos que desgraciadamente, y por la esencia de
las cosas, han sido siempre en todas partes harto frecuentes, creyendo
que cuando la autoridad protege abiertamente la virtud y el orden,
nunca se la podrá desagradar levantando la voz contra el vicio y el
desorden, y mucho menos si se hacen las críticas generales, embozadas
con la chanza y la ironía, sin aplicaciones de ninguna especie, y
en un folleto, que más tiende á excitar en su lectura alguna ligera
sonrisa, que á gobernar el mundo. Protestamos contra toda alusión, toda
aplicación personal, como en nuestros números anteriores. Sólo hacemos
pinturas de costumbres, no retratos».
Todo esto empero no satisfacía al poder absoluto, según hemos
manifestado, y la especie de reacción política que siguió con Cea
Bermúdez al sistema que proclamó la amnistía y de cuyas resultas el rey
volvió á empuñar las riendas del Estado contribuyó poderosamente á la
intolerancia. Los censores se fueron mostrando cada vez más rigurosos;
las mutilaciones fueron cada día en aumento; á duras penas, y solo
gracias á grandes empeños, pudieron darse á luz los últimos números del
_Pobrecito Hablador_, hasta que con el catorceno se anunció por fin al
público la muerte del bachiller. Larra, cansado de encontrarse, como
decía, con una pared en todas partes, interrumpió su publicación. Esto
pasaba en el mes de marzo de 1833.
Estaba decidido sin embargo que nuestro autor fuera un escritor
satírico de grande influencia, y que no le faltase por lo tanto un
campo bastante vasto para desarrollar su talento. Este campo no
podía ser otro que la política, la ocupación principal de nuestras
generaciones, el tema de nuestros autores más distinguidos, el faro de
nuestras ideas más originales, la enseña en fin tras que marcha todo
nuestro siglo. El absolutismo se lisonjeaba en vano de oponer entonces
barreras en España á la libertad que se adelantaba á la carrera.
Nuestro país debía cambiar completamente de faz. Fernando VII, al cabo
de una agonía de muchos meses, bajaba al sepulcro en setiembre de 1833,
dejándonos legada una guerra civil de ocho años; y cuando el hombre del
despotismo ilustrado se lisonjeaba poder continuar gobernando con los
mismos principios políticos que hasta entonces, si bien aparentando
plegarlos algo más á las necesidades de los pueblos, he aquí que en
Talavera por primera vez, y luego después en Vitoria, Bilbao y otros
puntos, da el bando carlista los primeros gritos de la rebelión que
debía dar en tierra con las ilusiones del ministro. No puede entrar
en nuestro plan hacer una reseña, ni la más leve siquiera, de los
acontecimientos de entonces contando cómo desde el célebre manifiesto
dado el 4 de octubre por Cea Bermúdez hasta la proclamación, un tanto
obligada, del Estatuto, y desde aquí hasta el restablecimiento de la
constitución de 1812, fueron enlazándose de tal manera las cosas,
y ensanchándose en tales términos el problema de la regeneración
del país, que las necesidades políticas se hicieron cada día más
numerosas, y más grandes también las concesiones en el mismo sentido
que de grado ó por fuerza fué preciso otorgar á la opinión pública,
que imperiosamente las reclamaba. Los mencionamos sólo para que se
observe que, al compás de los progresos del sistema constitucional,
se había necesariamente de extender el horizonte literario de nuestro
autor, cuya pluma iba teniendo mayores y más importantes asuntos en
que ejercerse. La misma censura, que sobrevivió á todas las demás
instituciones del absolutismo como para protestar ella sola contra el
espíritu liberal que las iba derrocando una tras otra, perdiendo una
gran parte de su rudeza primitiva, dejó gozar de cierta independencia
á los escritores; en cuya virtud si no podían hablar con entera
libertad, por lo menos no estaban totalmente privados de decir algo.
Nuevo motivo pues para que el genio de Larra tomase un vuelo vigoroso y
brillante.
Lo que llevamos dicho indica que aquella debía ser la época en que
empezasen los periódicos políticos. Nuestro crítico fué llamado á
trabajar desde luego, aun antes de haber terminado la publicación del
_Pobrecito Hablador_, en el diario que don José María Carnerero acababa
de fundar en aquella época, _la Revista Española_. Las circunstancias,
de que nos hemos hecho cargo, hicieron que desde enero de 1833 hasta
la muerte del rey no diera á luz otra cosa que artículos de crítica
literaria y teatral, con alguno que otro de costumbres. Pero apenas
estalló el movimiento de Vitoria, cuando escribió el célebre de
_Nadie pasa sin hablar al portero_, en que, desplegando ya toda la
originalidad de su estilo y toda la gracia de sus chistes, señalaba de
una manera profunda los dos principales rasgos del carlismo, las dos
llagas que anunciaban anticipadamente su muerte, el desorden y el robo
á que se entregaron sus hordas y la influencia monacal que se hizo
sentir en ellas. Á este artículo siguieron _la Planta nueva_ ó _el
Faccioso_, _la Junta de Castel-o-Branco_ y otros, en que pasó revista
á otros hechos característicos del bando rebelde. Desde entonces Larra
no abandonó nunca la política, que fué para él una fuente inagotable
de ingeniosísimos artículos, en que satirizó á su sabor todas las
anomalías é irregularidades que le ofrecía aquella fecunda época.
Conocido es su mérito en este género de producciones literarias. Sábese
que tenía un talento maravilloso para encontrar el lado ridículo de
los hombres y de las cosas; que sobresalía en hacer resaltar los
contrastes de todo género; que no le igualaba nadie en el arte de
decir lo que quería y como quería; que su estilo, fluido y castigado,
era todo lo ligero y agradable que la sátira política requiere; que,
sin dejarse arrastrar de la causticidad natural del escritor de su
clase, sabía contenerse dentro de los límites de la moderación y del
buen tono para hacer una crítica chistosa, pero decente, de todo lo
que le parecía merecerla. Esta última circunstancia, juntamente con
la de no acostumbrar seguir en sus más punzantes censuras por otras
inspiraciones que las de la justicia más estricta y del patriotismo
más acendrado, es la que le distingue principalmente de todos los
escritores que después han marchado por sus huellas. Jamás dictó sus
juicios la pasión ó el espíritu de partido; siempre le impelió á tomar
la pluma el interés de un gran principio violado, ó la defensa de una
gran verdad desconocida, sin que en ninguna ocasión se propusiera
burlarse de nada, llevado sólo del deseo de hacer burla. Supo, en
una palabra, guardar la distancia conveniente entre la sátira y la
diatriba, y de este modo se granjeó una grande y merecida popularidad
entre los hombres de todas las opiniones. He aquí por qué durarán sus
obras; y es muy posible que las de aquellos otros que no han sabido
elevar después la crítica á tan grande altura, no sobrevivan á los
partidos bajo cuyo espíritu han sido escritas. ¿Quién lee ya hoy _el
Zurriago_?
Los tiempos en que Larra escribió la mayor parte de los artículos
que han hecho tan conocido el nombre de _Fígaro_, que adoptó por
primera vez en _la Revista_, eran muy propicios para que un escritor
de su género aprovechase todas sus cualidades literarias. El gobierno
se veía arrastrado por dos tendencias diferentes, acosado por dos
necesidades encontradas, impelido por dos exigencias opuestas. Por
una parte el espíritu liberal quería imperiosamente concesiones más
latas que las que se le hicieron primero en el despotismo ilustrado
y luego en el Estatuto Real; por otra la opinión pública reclamaba
con no menos energía la conclusión de la guerra civil, que devoraba
todos los recursos y era un obstáculo á la realización de las mejoras
materiales que se esperaban del nuevo régimen. Los diversos ministros
que desde fin de 1833 hasta mediados de 1836 se sucedieron no acertaron
á contentar al uno, ni á satisfacer la otra. En punto á concesiones
liberales, parecíales que el código político de 1834 era una dosis más
que suficiente para calmar la fiebre constitucional del país; y en
cuanto á la lucha que sostenía con el carlismo, todos sus esfuerzos
se reducían á buena voluntad. La impotencia del gobierno resaltaba
en todas las cosas. En hora buena que creyese conveniente no llevar
adelante el desarrollo de las instituciones liberales; pero una parte
de la nación lo deseaba así, y solo podía perdonarle que no lo hiciera
bajo la condición de manifestarse activo y eficaz en dar cima á la
lucha de Navarra: esto es lo que no quiso jamás comprender á la par
de una resistencia ciega á las innovaciones políticas, resistencia
obstinada hasta el punto de que el epíteto de _nacional_ dado á la
milicia ciudadana costase una revolución, miró siempre la cuestión
de guerra con una indiferencia tal, sus generales condujeron con tal
desgracia además las operaciones militares, que todo eran obstáculos
para él y malas posiciones. Tanta torpeza, tanta imprevisión, tantos
errores, tantos desvaríos, no podían menos de ofrecer grande asunto á
un satírico, y no le desperdició Larra. Todos sus artículos de este
tiempo vienen cuajados de alusiones á los absurdos del sistema con
que el gobierno traía descontento á todo el mundo y no lograba casi
nunca más que hacer más manifiestas su incapacidad y falta de tino.
Eco de las legítimas pretensiones del liberalismo, no pierde ocasión
de excitar en ellos al gobierno á que se muestre menos enemigo de las
reformas por aquel deseadas, y más cuidadoso de contener los progresos
de la facción carlista cuyas fuerzas iban en constante aumento. Los
artículos, por ejemplo, de la _Ventaja de las cosas á medio hacer_, las
varias _Cartas de Fígaro_, _la Cuestión trasparente_, _la Alabanza_ ó
_Que me prohiban este_, ofrecen una prueba de sus sentimientos en esta
parte. Los censores y la censura, asunto sobre que el poder no quería
ceder absolutamente nada, no dejan sobre todo un momento de ser el
punto de mira de sus ataques. Sus razones tenía para ello.
La política no era lo único que absorbía toda su actividad de escritor,
ni el solo asunto sobre que recaía su sátira ingeniosa y locuaz. La
crítica literaria, la crítica dramática particularmente le daban
motivo para escribir artículos no menos notables, sin contar los de
costumbres propiamente dichos, que escribió en el mismo intervalo y
que no contribuyeron menos á su celebridad, como _la Vida de Madrid_,
_la Diligencia_, _el Duelo_, _los Calaveras_ y otros muchos por el
estilo. Era el caso que la revolución empezaba á inaugurarse así en
las letras como en el gobierno, y que empezaban á darse á luz nuevos
dramas, nuevas poesías, nuevas historias en los momentos mismos en
que se pedían nuevos derechos, nuevas franquicias, nuevas garantías
constitucionales. Por una coincidencia bastante digna de tomarse en
consideración, eran algunos de los mismos hombres que figuraban en
primer término en la restauración política los que daban el primer
impulso á la restauración literaria. Los nombres del señor Martínez
de la Rosa, duque de Rivas, Quintana, eran conocidos en ambos campos.
Fígaro pues no podía dispensarse de tratar con la especialidad de su
talento los asuntos de una y otra especie. Sus principios en materia
de literatura guardaron una analogía completa con los que en política
profesaba: enemigo de las trabas exageradas con que el clasicismo
contenía el vuelo de todos los grandes ingenios, partidario de las
innovaciones que habían de abrir á los poetas y á los escritores en
general fuentes desconocidas de inspiración, fué uno de los primeros
apóstoles del romanticismo, como uno de los promovedores de las
reformas constitucionales. Quería el progreso, quería la novedad en
todo, y ambas cosas estaban para él simbolizadas en la libertad. «Ese
clamor de libertad de imprenta, tan continuo, tan incesante, tan
justo, puede tener dos principios: puede considerarse como un derecho
meramente político reclamado por un pueblo víctima que hace el último
esfuerzo para romper la cadena; y puede mirarse también como un órgano
meramente literario, exigido por un pueblo ansioso de ilustración.
En el primer caso la imprenta es el baluarte de la libertad civil;
en el segundo, el paladión de los conocimientos humanos». No hemos
creído poder citar palabras más oportunas para hacer ver el profundo
enlace que á los ojos de nuestro autor reinaba entre la literatura
y la política, y la marcha liberal y simultáneamente progresiva que
ambas á dos debían seguir. Así que sus artículos críticos sobre la
una se distinguían por las propias cualidades, se recomendaban por
iguales circunstancias que sus artículos satíricos sobre la otra: la
misma originalidad, el mismo sarcasmo severo pero razonado, los mismos
toques de estilo, la misma imparcialidad en sus juicios. Fígaro no se
desmiente nunca á sí mismo, ya tenga que apreciar el carácter de un
político, ó el talento de un poeta ó el genio de un artista: ni la
razón ni el buen gusto le abandonan un momento.
_La Revista Española_, después _Revista Mensajero_, no fué el solo
periódico que en el tiempo á que nos referimos consignó sus trabajos.
Estuvo también asociado durante una parte del año 35 á la redacción del
_Observador_, que por entonces gozó de cierta celebridad. Sus trabajos
literarios no se redujeron tampoco á los artículos de crítica, así
literarios como políticos, que las circunstancias y vicisitudes del
tiempo le sugerían con frecuencia. Aspirando á adquirir una celebridad
fundada en títulos más lisonjeros, ya que no menos reales que los de
un escritor reducido al ingrato oficio de analizar los de los más,
escribió una novela histórica original, _El doncel de don Enrique
el Doliente_, la comedia de costumbres imitada del francés _No más
mostrador_, el drama original el _Macías_, é hizo algunas traducciones
de mérito, como el conocido _Arte de conspirar_ que publicó bajo su
nombre anagramizado en el de Ramón de Arriala, _el Desafío_ ó _Dos
horas de favor_, etc., etc. En todas estas producciones desplegó el
mismo talento, la propia belleza de estilo, igual tacto en sus asuntos
que en sus artículos satíricos, si bien es preciso convenir en que
considerado como novelista y autor dramático, no es, ni con mucho, tan
original ni tan nuevo que como crítico y pintor de costumbres. Á ser un
escritor de esta clase era principalmente llamado, y bajo este punto
de vista hay que juzgarle para apreciar todo el valor de su mérito
literario.
Acabamos de recorrer la época más interesante de la vida de Larra,
porque en ella fué cuando labró principalmente su reputación. La
atención que hemos dado á sus faenas literarias nos ha impedido
ocuparnos nada de su vida doméstica, que no era tan afortunada á
la verdad como su vida de escritor. Aquel Fígaro, que sabía con un
artículo suyo hacer reir á toda España, no encontraba un bálsamo que
suavizase las llagas de su corazón. Larra no era feliz interiormente.
Él mismo lo manifestó así hablando de los escritores satíricos. «El
escritor satírico, decía, es por lo común como la luna, un cuerpo opaco
destinado á dar luz, y es acaso el único de quien con razón puede
decirse que da lo que no tiene. Ese mismo don de la naturaleza de
ver las cosas tales cuales son y de notar antes en ellas el lado feo
que el hermoso, suele ser su tormento. Llámanle la atención en el sol
más sus manchas que su luz, y sus ojos, verdaderos microscopios, le
hacen notar la fealdad de los poros exagerados, y las desigualdades
de la tez en una Venus, donde no ven los demás sino la proporción de
las funciones y la palidez de los contornos: ve detrás de la acción
aparentemente generosa el móvil mezquino que la produce; ¡y eso llaman
sin embargo ser feliz!...». Y citando después los ejemplos de Molière y
de Moratín, añadía: «Y si nos fuera lícito en fin nombrarnos siquiera
al lado de tan altos modelos, si nos fuera lícito siquiera adjudicarnos
el título de escritores satíricos, confesaríamos ingenuamente que sólo
en momentos de tristeza nos es dado aspirar á divertir á los demás».
Nuestros lectores preguntarán qué razón podría tener Fígaro para
considerarse desgraciado, él que en su corta vida se hizo un lugar tan
distinguido en las letras, él cuya celebridad le granjeó, entre otras
amistades ilustres, la del embajador de Inglaterra en aquella sazón,
sir J. Villiers, hoy lord Clarendon, que tenía un gusto particular de
verle á su lado en todas las brillantes funciones que acostumbraba
á dar en su casa; la del distinguido poeta duque de Rivas, que fué
su padrino de boda; la de los señores Martínez de la Rosa, conde de
Toreno, general Castaños, y la de la misma reina Cristina, que deseó
conocerle y le conoció en efecto, habiendo sido presentado á esta
princesa por su mayordomo mayor, el conde de Torrejón. Sus desgracias
provinieron principalmente de su carácter. Aunque Larra era generoso y
buen amigo, sentía por los hombres en general recelo y desconfianza,
cuyos sentimientos sabía disimular sin embargo. En el trato social
afectaba siempre modales muy distinguidos, y podía servir de modelo
de finura y cortesanía; pero en lo interior de su casa desplegaba un
genio duro, desigual y poco sufrido. Era en una palabra un misántropo
en la realidad, si bien amable y complaciente en la apariencia, y esta
amalgama de afectos encontrados, esta lucha entre su corazón y su
cabeza, no era lo más á propósito para tener su espíritu en sosiego. Y
como estaba dotado por otra parte de bastante elevación en su talento
para no recargar sus escritos de toda la hiel que envenenaba sus
sentimientos, la amargura que dejaban de llevar sus críticas, templadas
casi siempre por la risa y el buen humor, refluía sin remedio sobre su
alma y le atormentaba continuamente. Los goces del esposo y del padre,
que eran los únicos que podían haber endulzado su natural condición
y restituídole algún reposo, apenas fueron gustados por él. Habíase
casado á los veinte años sin destino, sin carrera, sin dinero, sin
recursos de ninguna clase, sin el apoyo mismo de su padre, que había
perdido por acontecimientos pasados. Su talento de escritor suplió
en breve esta falta, que es la causa vulgar, aunque harto frecuente
en nuestros tiempos, de la desavenencia de muchos matrimonios y del
desorden de no pocas familias. El casamiento de Larra no resultó á la
verdad feliz, pero los motivos fueron otros. Fué igualmente su carácter
quien originó su desgracia en esta parte, lanzándole con frenesí en el
torbellino del mundo y obligándole á ahogar entre su ruido y confusión
los gérmenes de dolor que llevaba perpetuamente en su seno. Demasiado
joven todavía, fué presa de mil funestas y tormentosas pasiones que
acabaron de acibarar su existencia. El amor culpable que concibió por
una mujer casada amortiguó en él aquel entrañable cariño que en un
principio tuvo á su esposa y á sus hijos, y le lanzó en una senda de
extravíos y de errores que empañaron su reputación y su buen nombre.
Muy severos tendríamos que ser aquí con su memoria, á fuer de biógrafos
imparciales, si su trágica muerte no hubiera sido un castigo más que
suficiente de las faltas de su vida. Nuestros lectores nos permitirán
pues que pasemos adelante.
De resultas de todos los disgustos y sinsabores que sufrió hacia este
tiempo, trató Fígaro de dejar la España y hacer una excursión al
extranjero, tanto por distraer su ánimo como por estudiar los países
sobre cuya civilización se iba modelando la nuestra sucesivamente.
Quiso visitar la Francia y la Inglaterra; es decir las dos naciones
que han contribuido más á dar á nuestra sociedad la fisonomía y el
color modernos que tanto la distinguen de la sociedad de nuestros
abuelos; y como entonces estaban casi interceptadas las comunicaciones
con el lado allá de los Pirineos á causa de la rebelión de las
provincias vascongadas, emprendió su viaje por Portugal, adonde se
trasladó por Extremadura. Este camino le ofreció ocasión de recorrer
las famosas ruinas romanas de Mérida, á que consagró dos artículos,
y de hacer algunas observaciones interesantes sobre las costumbres
de la provincia. Llegado á Lisboa, fué muy bien recibido en todas
partes, y obsequiado por los sabios y literatos que le conocían de
nombre. Lo propio le sucedió en Londres y París, para cuyas capitales
se embarcó en seguida. En la última de estas dos ciudades debió las
mayores distinciones al señor barón Taylor, su amigo particular, y á
quien conocía ya desde España, que le acompañó á las reuniones y á los
establecimientos dignos de ser visitados por todo viajero que llega á
aquella culta capital, y le asoció para que escribiese en una obra que
entonces se publicaba allí, titulada: _Descripción de la Península_.
Al fin, no pudiendo vivir más tiempo fuera de su patria, se decidió
á volver á España á fines de 1835 después de diez meses de ausencia,
verificando esta vez su viaje directamente por el Pirineo.
_El Español_, periódico célebre por su tamaño jamás conocido en España,
y que acababa de crearse, fué quien recogió en esta época los trabajos
de Fígaro. Volvió éste á su chistosa garrulería contra los abusos
de toda clase, á sus punzantes alusiones contra los desbarros del
gobierno, á sus ingeniosas críticas de los teatros, de los actores y de
los libros. El público continuó mostrándole sus simpatías: es verdad
que sus artículos satíricos no perdieron un punto de la ligereza, de la
amenidad y de la gracia que los hacían leer con tanto gusto. Su viaje
había contribuido á madurar su talento y hacerle adquirir una solidez
y un aplomo que tal vez le faltaban antes: sus críticas teatrales
de esta época se distinguen de las anteriores por una superioridad
incontestable, y algunas de ellas son un modelo en su género: testigos
las de los dramas de Dumas _Antony_ y _Catalina Howard_. Un artículo
de costumbres muy notable también los _Barateros_, lleva impreso sobre
sí tal sello de profundidad y de filosofía, que atestigua la impresión
que durante su viaje hicieron sobre el ánimo de Fígaro las ideas de
los penitenciaristas modernos, muchas de las cuales van abandonándose
cada día como puras ilusiones; pero que entonces pasaban por verdades
positivas, y dieron motivo á nuestro autor para que desarrollase su
talento por un lado desconocido hasta entonces.
Echemos ahora una rápida ojeada sobre los acontecimientos políticos
que por este tiempo se sucedían ó estaban preparando, porque ellos
ejercieron una influencia directa sobre las tareas literarias de
nuestro autor, dándoles una fisonomía especial y determinada hasta el
fin de su vida, que estaba ya bien cercano. Los tres años del 34, 35
y 36 habían sido empleados en una lucha constante entre la monarquía
que quería conservar todo lo que le fuese posible del antiguo régimen
político del país, y la opinión pública que reclamaba para este
instituciones francamente constitucionales. El Estatuto Real fué la
primera concesión eficaz hecha á la segunda por la primera; pero
como no fuese seguida de otras que se consideraban como su legítima
y necesaria consecuencia; como, aunque la ley fundamental pudiera
creerse calcada sobre principios más ó menos liberales, el gobierno
supremo no daba pruebas de liberalismo ni en su espíritu, ni en sus
tendencias, resultó de aquí que el partido que con razón ó sin ella
llevaba la voz popular empezó á trabajar en el parlamento y fuera de
él para realizar las cosas á que aquel se negaba con tanto empeño.
Creyóse, no sin razón, que lo primero que había que hacer era ensanchar
las bases mezquinas é insuficientes bajo que el señor Martínez de la
Rosa había constituido políticamente la nación, y se pidió la reforma
del Estatuto. Después de algunas vicisitudes, tras de algunos motines
mal reprimidos, y en medio de los apuros de la guerra cada vez más
apremiantes, prometiólo al fin la corona como medio de sofocar el
levantamiento en 1835. Diferentes circunstancias se opusieron al
cumplimiento de esta promesa, hasta que por último habiéndose formado
el gabinete del ministerio Isturiz en mayo de 1836, se anunció
solemnemente á la nación que sus deseos y esperanzas más ardientes
iban á tener logro mediante la convocación de las cortes revisoras que
debían ocuparse en formar una nueva constitución.
Este paso, que parecía deber reconciliar definitivamente á todos
los amigos de las ideas constitucionales, los dividió sin embargo
para siempre. Hasta entonces el partido liberal no estaba dividido
en fracciones de ninguna clase: sus diversos miembros estaban solo
separados por líneas casi imperceptibles, y si unos mostraban más
impaciencia que otros por llevar adelante la reforma política,
todos convenían á lo menos en que el progreso era necesario. Pero
el advenimiento del gabinete de mayo los fraccionó en dos bandos
absolutamente distintos, opuestos entre sí, bandos que se han ido
separando cada vez más, que cada día se han profesado mayor antipatía,
mayor enemistad, mayor rencor; bandos en fin cuyo destino no ha
terminado todavía, siendo á estas horas un misterio si llegará alguna
vez para ellos el día de la reconciliación, ó si arrastrados antes de
tristes y miserables pasiones que de un amor sincero á su país cuyo
bien invocan ambos, preferirán irse á perder el uno en el despotismo, y
el otro en la anarquía. ¿Cuáles fueron las causas de esta división tan
fatal? Fueron á nuestro modo de ver muy sencillas. Unos se pusieron de
parte de la corona en aquella ocasión y se hicieron conservadores, ya
porque la autoridad del trono les parecía la única que podía asegurar
el éxito de las reformas políticas así en lo interior como en lo
exterior, ya porque los medios legales les parecían más asequibles y
expeditos que los medios revolucionarios, ya en fin porque el carlismo
amenazaba demasiado cerca para no pensar en poner pronto término de
aquel modo á las contiendas pendientes. Otros por el contrario se
pusieron de parte del pueblo ú obraron en nombre suyo, bien porque el
dogma de la soberanía nacional, único que reconocían como legítimo,
les hiciese rechazar toda constitución emanada del poder real, bien
porque solo viesen con desconfianza las promesas y concesiones de este
último, bien porque la marcha del ministerio Isturiz, que empezó su
carrera con un semigolpe de Estado, no les prometiese que había de
acceder bastante á las exigencias del liberalismo. Á cuyos primeros
motivos de disentimiento hay que añadir los odios personales y
profundos que existían entre los jefes de los respectivos partidos,
que contribuyeron á rebajar notablemente la cuestión, y de una de
política, de principios, de gobierno, que era antes, hicieron otra
de poder, de ambiciones y gabinete; más claro, el combate entre dos
grandes principios políticos se convirtió en lucha entre dos personajes
influyentes, el señor Isturiz y el señor Mendizábal, y de aquí nació la
revolución de la Granja.
Fígaro se decidió por el bando conservador; no ciertamente porque sus
ideas liberales no fuesen suficientemente avanzadas y aun estuviesen
embebidas en el espíritu democrático, como lo demuestran muchos pasajes
de sus obras. No podía suceder otra cosa respecto del traductor de las
célebres _Palabras de un creyente_, de M. Lamennais, y del notable
prólogo que le precede, en que nuestro autor vierte doctrinas que no
rechazarían los más ardientes apóstoles de la democracia moderna. Pero
Fígaro no veía la necesidad de exponer el país á nuevos trastornos, ni
las instituciones á nuevas conmociones, cuando las legítimas exigencias
populares iban á ser satisfechas y asentada la libertad bajo firmes
y seguras bases. Preparábase además por su parte á tomar una parte
directa en el movimiento reformador, pues había sido nombrado diputado
por la provincia de Ávila para las cortes que debían llevarle á efecto;
y esta circunstancia tenía que predisponer su ánimo en favor del
sistema legal. Por consiguiente cuando estalló el movimiento de agosto
se encontró sorprendido y sin comprender unos sucesos, en su concepto
tan irregulares, encontrándose de rechazo lanzado en el partido de la
resistencia, no por simpatía alguna hacia él, sino por la fuerza misma
de las cosas.
Hemos entrado en estos pormenores á fin de hacer comprender cómo el
pensamiento de los escritos de Fígaro, el tono general de ellos y hasta
las formas de su estilo sufrieron grandes é importantes modificaciones.
Ya no es el instinto espontáneo del liberalismo lo que le inspira:
son sus excesos y violencias lo que llama su atención; ya no critica
las cosas preocupado su ánimo de las grandes ideas de perfección y
progreso: es la amargura del hombre desengañado lo que le mueve á
escribir; ya no es la gracia, ni la ligereza, ni la amenidad lo que
resalta principalmente en sus artículos, sino la aspereza, el coraje,
la melancolía. Y es que todas sus esperanzas se han disipado; y es que
todas sus ilusiones se han desvanecido; y es que un presente triste y
desconsolador le hace desconfiar de todo porvenir risueño y fecundo;
¡y es, en fin, que el sentimiento íntimo de las cosas se le escapa por
esta vez! La negación es el más estéril de los pensamientos humanos;
y causa dolor ver á un escritor como Larra condenar los desórdenes
de la revolución, las atrocidades de su gobierno y los desvaríos de
sus ministros en nombre de tan pobre principio. Pero su alma se había
gastado ya en la lucha, y querer otra cosa de él era acaso exigir
demasiado. El carro revolucionario anda demasiado aprisa para que todos
puedan seguir su paso.
El artículo de _El día de difuntos_ de 1836 señala esta nueva fase
de la vida literaria de Larra, y la resume toda, por decirlo así.
No seremos nosotros los que neguemos el verdadero mérito de esta
composición; la profundidad con que está concebida, la filosofía
con que está vaciada, la altura del tono con que está escrita; pero
juzgándola bajo un punto de vista más grande que el de un miserable
escepticismo, ¿tenía razón Fígaro en manifestar tanto desconsuelo,
en sentir tanta amargura, en derramar tanta hiel, permítasenos la
expresión, en vista de los hechos que entonces pasaban? Sabido es el
pensamiento del artículo de que se trata. Nuestro autor se imagina al
ver las gentes que se dirigen apresuradamente al cementerio, que este
se encuentra dentro de Madrid, que Madrid es el cementerio, «vasto
cementerio dice, donde cada casa es el nicho de una familia, cada
calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria
de una esperanza ó de un deseo». Inspirado de esta idea, empieza
á recorrer las calles de la capital considerando sus principales
edificios como otros tantos sepulcros cubiertos de epitafios alusivos
á los acontecimientos de que cada cual había sido teatro. Al llegar
al Real Palacio, lee en su frontispicio: «_Aquí yace el trono_; nació
en el reinado de Isabel la Católica, murió en la Granja de un aire
colado». Pasa por delante de la cárcel y exclama: «_¡Aquí reposa la
libertad del pensamiento!_ Dos redactores del _Mundo_, añade, eran las
figuras lacrimatorias de esta grande urna». Al echar de ver el edificio
de Correos: «_¡Aquí yace la subordinación militar!_» lee también su
fantasía... Tal es el espíritu de las ideas de todo este artículo
y de los de todos los demás, poco más ó menos, que Fígaro escribió
hasta su muerte bajo la inspiración de los sentimientos que hemos
manifestado. ¡Tristes y falaces ideas por cierto! Sí; el trono había
muerto, era verdad; pero era el trono absoluto, el trono que esquivaba
ser francamente poder constitucional, el trono que no quería renunciar
á ninguno de sus antiguos hábitos y preocupaciones, y eso cuando no
encontraba un solo defensor contra la soldadesca desenfrenada, ni un
solo palaciego caía atravesado por las bayonetas del sargento García!
Sí, la libertad del pensamiento había perecido, nada más cierto;
pero era la libertad de pensar representada por la censura y de cuya
abolición ofrecían una imagen viva los periodistas entonces presos. Sí,
la subordinación militar estaba destruida, no había duda alguna; pero
era la subordinación ciega y estúpida que quería el despotismo, el cual
no contó sin embargo con fuerza bastante para reprimir una sedición de
tropa hecha en nombre de una idea política, teniendo que resignarse
vergonzoso á dejarla salir con tambor batiente y banderas desplegadas!
¿No habían hecho bien en morir instituciones caducas y que no estaban
ya conformes con el espíritu de los tiempos nuevos? ¿No convenía que
la monarquía aprendiese con la experiencia que no encontraría nadie
que se inmolase por ella á título de absoluta, y que su sola tabla de
salud estaba en aceptar sinceramente el nuevo orden político? ¿No era
un grande ejemplo ver encerrados en la cárcel á escritores acusados
de haber publicado estos ó aquellos pensamientos en uso de un derecho
reconocido, probando así que, si á los hombres podían ponerse grillos,
las ideas estaban ya libres de toda traba? ¿No era providencial ver á
la fuerza armada declararse en insurrección en nombre de un principio
y estrellarse ante ella toda la fuerza de la autoridad pública, á fin
de que los gobiernos no convirtiesen en adelante á los ejércitos en
instrumentos de opresión y tiranía para con los simples ciudadanos,
exponiéndose á que el instinto del patriotismo ahogase en ellos la voz
del deber militar? He aquí lo que debió pensar Fígaro antes de hacer
una crítica tan amarga y desesperada de los acontecimientos. Empero no
podía ser otra cosa y él mismo nos explica por qué. «Quise refugiarme,
dice, en mi propio corazón... ¡Santo cielo! También otro cementerio.
Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha
muerto en él? ¡Espantoso letrero! _¡Aquí yace la esperanza!_...». ¡Oh!
un hombre sin esperanza no podía hablar de otro modo: así es que no es
al mundo á quién debía dirigir su palabra; ¡debía hablar únicamente á
Dios!
No solo son sus artículos políticos los que se resienten del giro
que la revolución de la Granja hizo tomar á sus ideas y opiniones.
La misma negra melancolía, la misma sombría desesperación, reinan en
sus artículos literarios, juntamente con las mismas lamentaciones
por lo pasado, la misma superficialidad al examinar la razón de las
cosas. Larra es, debemos confesarlo, inferior á sí mismo. ¿Trata de
juzgar _el Pilluelo de París_? En vez de apreciar en su justo valor
la filosofía de esta pieza, nos dirá que la desigualdad de las clases
y de las fortunas es un mal necesario, que el continuo alarido de los
muchos contra los pocos es un sofisma, cuando no pereza, que los pobres
no son siempre necesariamente virtuosos ni el noble y el rico unos
bribones, con otras trivialidades que, sin entremeterse á ver hasta qué
punto debe ser limitado el sentido que se les dé, no probarán nunca
que los grandes y los poderosos no abusen alguna vez de su posición
social para oprimir á los débiles y á los pequeños. ¿Va á hacer el
análisis del _Felipe II_? Tampoco se detendrá en examinar el drama en
sí mismo, sino en decirnos que el teatro envejece diariamente, que las
sociedades se desquician y que lo mismo sucede con el drama, que es
su exacta expresión, que nada puede decirse de la pieza en cuestión
sino que es una astilla más arrojada en la hoguera que se apaga. ¿Se
ocupa en hacer la crítica de las _Horas de invierno_, una colección de
novelas traducidas por el señor Ochoa? Nos manifestará que, aunque el
traductor es un escritor de bastante mérito para ocuparse en trabajos
originales, hace muy bien en lanzarse cuerpo y alma en aquel oficio. La
decadencia de nuestra nación, el envejecimiento de nuestra sociedad lo
requiere así: «¿Qué haría, añade, con crear y con inventar? Dos amigos
dirían al verle pasear por el Prado: _¡Tiene chispa!_ Muchos no lo
dirían por no hacer esa triste confesión. Los más no lo sabrían; las
bellas creerían hacerle un gran elogio diciéndole: _romántico_; algunos
exclamarían: ¡Es buen muchacho, pero es _poeta_! ¡Otra parte, y no la
menor, le calumniaría, le llamaría inmoral y mala cabeza, infernaría su
existencia y la llenaría de amargura!». Esto, como se ve, no es formar
un juicio, esto no es presentar un análisis, esto no es hacer una
crítica; es quejarse, es llorar, es hacerse pedazos el corazón. ¡Qué
contraste ofrece este modo de escribir de Fígaro con el que tenía en
sus buenos tiempos! Entonces discurría, entonces meditaba, entonces se
entusiasmaba con las innovaciones, entonces la esperanza era su numen
inspirador; ahora divaga, cierra los ojos, no sabe sino lamentarse de
lo pasado, y el desaliento le domina completamente. El mundo social,
político y religioso, no es para él más que un edificio viejo que se
desmorona por todas partes, á quien en vano se aplican puntales para
contener su ruina; en esto no se equivocaba, pero tenía muy vendados
los ojos cuando al través del polvo de los escombros no veía alzarse
poco á poco un nuevo edificio mucho más brillante, magnífico y duradero.
Seríamos injustos con Larra, si no reconociésemos la influencia que
ejercieron en esta última fase de su vida literaria que estamos
examinando los pesares y los quebrantos domésticos: la funesta pasión
que tuvo la desgracia de concebir, olvidando los más sacrosantos
deberes, se los acarreó grandísimos al fin de su vida. Por lo mismo
que sus convicciones políticas habían sufrido tan rudo golpe, debió
volverse naturalmente á buscar en el seno de la vida interior los
consuelos que el espectáculo del mundo le rehusaba. Desgraciadamente en
vez de refugiarse en los brazos de una esposa querida, se aferró cada
vez más á su malhadado amor, el cual debía costarle la vida. La persona
que se le había inspirado no le guardaba ya una correspondencia,
sin la que se creía completamente desgraciado. La inquietud y
agitación de su alma crecían por momentos. Todos los que le trataron
entonces íntimamente, pudieron observar el desorden de sus ideas,
la incoherencia de sus acciones, el desvarío de sus sentimientos,
indicios de una catástrofe próxima. Sus últimos escritos la hacían
presentir de una manera patente. En el artículo consagrado á la memoria
del malogrado conde de Campo Alange decía quince días antes de su
muerte con un tono melancólico y lúgubre: «Ha muerto el joven noble y
generoso, y ha muerto creyendo: la suerte ha sido injusta con nosotros,
los que le hemos perdido, con nosotros cruel; ¡con él misericordiosa!
¡En la vida le esperaba el desengaño! ¡La fortuna le ha ofrecido
antes la muerte! Eso es morir viviendo todavía; pero ¡ay de los que
le lloran, que entre ellos hay muchos á quienes no es dado elegir, y
que entre la muerte y el desengaño tienen antes que pasar por éste que
por aquélla, que ésos viven muertos y le envidian!». ¿No son éstas las
palabras del moribundo?
Llegó por fin el 13 de febrero de 1837, cuyo día era el destinado para
el término de la breve y tormentosa vida de Fígaro. Su amada, después
de cinco años de amores, quería romper unos lazos doblemente ilegítimos
y criminales, y él lo resistía con todas sus fuerzas. Creyendo poderla
decidir á cambiar de opinión, quiso tener con ella una entrevista donde
invocase los antiguos recuerdos é hiciese valer sus protestas de ahora.
Túvola en efecto en su casa la noche de dicho día, pero nada consiguió.
Todos los esfuerzos del amante se estrellaron ante la impasible
resolución de la mujer. Ésta acabó por exaltarle con su indiferencia,
por enardecerle hasta el último punto con su despego, y apenas habían
pasado unos cuantos minutos después de haberse despedido fríamente y
sin dejarle ninguna especie de consuelo cuando... oyeron los criados
de Larra un ruido que al principio tomaron por la caída de un mueble,
pero que luego que entraron en la habitación después de un larguísimo
rato, ¡conocieron había sido la detonación de una pistola con que se
había quitado la vida! ¡Se había suicidado delante del espejo! ¡¡¡Y fué
una de sus pequeñas hijas la que primero echó de ver la desgracia de su
padre!!!
Tal fué el desgraciado fin que tuvo el primer escritor satírico de
nuestros tiempos, y cuya relación era lo único que nos quedaba que
hacer para dar cima á nuestra tarea ¡El risueño, el ameno, el chistoso
Fígaro murió de esta manera tan trágica, tan lamentable! No, no seremos
nosotros los que disculpemos su acción, y menos todavía los errores
y las faltas que poco á poco le arrojaron en el delirio que se la
hizo cometer; pero permítasenos á lo menos asociarnos al voto unánime
de toda la juventud literaria de España, que inmediatamente olvidó
al suicida para no acordarse sino del escritor, y del escritor que
con tanta gloria marchaba por las mismas huellas que Cervantes, que
Molière, que Juvenal y que todos los grandes satíricos. Algunos años
más de vida, alguna más grandeza en su genio, he aquí lo que le faltó
para haberse colocado á la altura acaso de estos grandes hombres:
los homenajes tributados á su memoria atestiguan bien cuán grande
era el vacío que iba á dejar en las letras españolas contemporáneas.
Sabida es la pompa con que fué acompañado á la sepultura; sabidas
son las sentidas composiciones que se leyeron sobre su cadáver, las
tristes palabras que allí se pronunciaron, el dolor de que estuvieron
penetrados todos los circunstantes. ¡Estas muestras de simpatía hacia
el desgraciado Larra se han renovado después cuando en el mes de marzo
de este año se trasladaron sus cenizas al cementerio en que reposan
las de Calderón y las del nunca bastante llorado Espronceda! Hoy día
comprenden ya todos que á los hombres no les toca más que rendir
homenaje al talento; á Dios solo corresponde pedir cuenta del uso que
se haya hecho de él.
Concluyamos, pues, añadiendo que la circunstancia de haber muerto antes
de sus veintiocho años, dejando una esposa joven con un niño que ahora
tiene doce años, y dos niñas, una de diez y otra de ocho, debe hacernos
más respetuosos todavía con la memoria de Fígaro.