PESOS

Prestado al gordo, que está sin trabajo 5'00

Á Juan para la copa 0'20

Un letrero y una bandera para el comité 15'50

Á la china Dominga para que haga venir

á sus hijas á la inscripción 25'00

Una docena de bombas 6'00

Sumaba cuidadosamente D. Ignacio estas partidas, que en tres años

de oposición á todo trance habían alcanzado á formar una gruesa

suma,--cuatro ó cinco mil pesos--y no examinaba su cuaderno sin lanzar

un suspiro y sumirse en profunda meditación.

--¿Quién pagará estas misas?--se decía.

Ó, conversando con sus tenientes, hablaba de la patria, de los deberes

del ciudadano, de los sacrificios que hay que hacer en pro de la

libertad, de la abnegación que exigen los partidos de principios, para

terminar diciendo:

--Yo soy el pavo de la boda.

Silvestre, el boticario, se encogía de hombros instruido de las

alusiones de D. Ignacio, y considerando que de todos modos su

popularidad le salía barata en estos tiempos en que no se puede ser

popular sin dinero. Alguna vez le insinuó, con frase no muy atildada:

--El que quiera pescao, que se moje... el que le dije.

Acercábanse las elecciones; el gobierno de la provincia, preocupado por

la importancia que iba tomando la oposición, había resuelto darle una

válvula de escape, dejándola introducir algunos de los suyos en las

municipalidades de campaña.

Pero esta resolución no era conocida, y la efervescencia popular

continuaba á más y mejor. En Pago Chico preparábase un miti, un metín,

ó cosa así, que debía tener lugar en el antiguo reñidero de gallos,

único local fuera de la cancha de pelota, apropiado para la solemne

circunstancia, puesto que el teatro--un galpón de zinc--pertenecía

á don Pedro González, gubernista, que no quería ni prestarlo ni

alquilarlo á sus enemigos de causa.

Llegado el día, D. Ignacio,--que había contratado la banda á su costa,

hecho embanderar el reñidero, y comprado unas docenas de bombas de

estruendo--esperó impaciente la hora de su discurso, un discurso ya mil

veces repetido en todos los tonos, palabra más, palabra menos, durante

sus tres años de caudillaje.

Cuando subió á la improvisada tribuna, rodeábalo un pueblo vibrante

y entusiasta que sólo pedía correr al sacrificio, á la lucha, al

atrio, á las urnas. D. Ignacio estaba radioso. Sus palabras hicieron

el acostumbrado efecto arrebatador, especialmente cuando, con grandes

gritos y violentos ademanes, reprodujo la frase:

«Los mandatarios impuros que engordan á costillas del abdomen del

pueblo, no pueden continuar un día más en el poder. El gobierno local

tiene que entregarse á personas honradas que no roben, á hombres sanos

que no se apoderen de las rentas, á ciudadanos que sean capaces de

relamberse junto al plato de caldo gordo sin tocarlo con un dedo.»

Los bravos, los vivas, los palmoteos estallaron como siempre, ó por

mejor decir, más que nunca, cubriendo la voz del orador que al fin

logró dominar el bullicio, gritando:

--¡Conciudadanos! ¡Viva la honradez administrativa!

--¡¡Vivaaa!!

--¡Abajo los espoliadores del pueblo!

--¡Abajo! ¡Mueran! ¡Viva don Inacio! ¡Viva la honradez! ¡Viva el

patriota!

¡Shuitz... pum! y música, grandes golpes de bombo, alaridos de

pistón... y otra bomba y otra. ¡Qué entusiasmo, qué delirio!

¡Pra-ta-ra-trac-pum! ¡un cohete! y vivas y más vivas, una algazara, un

jubileo como nunca se vió en Pago Chico, tanto que el batarás encerrado

en un cajón, encrespó la pluma, golpeó los musculosos flancos con las

alas y lanzó un ronco y estentóreo co-co-ro-co, como diana triunfal del

vencimiento.

--¿Qué le ha parecido el métin, don Inacio?--preguntábale por la noche

Silvestre.

--¡Oh! ¡Magnífico! ¡Me ha costado más de quinientos pesos!

Mentira. Gastó sólo ciento cincuenta, pero con tal habilidad...

Silvestre lo miró de arriba abajo, sardónico, se encogió de hombros,

clavóle la vista entre ceja y ceja, y metiéndose las manos en los

bolsillos del pantalón, exclamó:

--Nuestra Señora del Triunfo nunca ha sido popular.

D. Ignacio se encrespó como el gallo del reñidero, y se puso rojo de

ira.

--¡Vos te crés que lo digo de agarrau! ¿Y á mí qué m'importa la

plata?... ¡Pero lo que es otro no sería tan pavo!... Ya llevo gastada

una porretada de pesos, sin que nadies miagradezca.

Mientras esto decía el caudillo, Silvestre había tomado la

guitarra--estaban en la botica--y cantaba acompañándose con grandes

golpes de uña en las seis cuerdas:

Y ásime... gustáun... tirano

c'abra labocay... ¡no grite!

El jueves llegaron dos delegados gubernistas de la capital para

preparar las elecciones comunales del domingo. Apenas instalados,

trataron de provocar una entrevista con D. Ignacio, para hacerle

proposiciones. Pero Silvestre--la oposición dentro de la

oposición--estaba allí oído alerta, ojo avizor, husmeando como

politiquero de raza la componenda en ciernes, adivinándola antes de que

se hubiera iniciado.

Viera, á todo esto, había visto obscurecerse su estrella, eclipsada por

la triunfante de D. Ignacio. Tampoco él quería «componendas», y así lo

escribió en _La Pampa_. Inútilmente, porque el meeting había dado el

mando á su rival, sostenido por los envidiosos de la popularidad del

periodista, y por los que sólo hacían política opositora buscando una

ubicación, amén de los que D. Ignacio compraba como se ha visto. No

faltaron, pues, las previsiones, los vaticinios, las amenazas de perder

lo hecho sin esperanza de rehacerlo más tarde...

Sin embargo, la entrevista tuvo lugar, D. Ignacio no pudo resistir á

una transacción que lo llevaba de golpe y zumbido á la Municipalidad,

que él creía tan verde aún, y el domingo siguiente resultó

electo concejal, á pesar de los aspavientos de Silvestre, de los

artículos-brulote de Viera, y la agria censura de gran parte de sus

partidarios del día anterior.

Llegado al Concejo, sus colegas gubernistas, dirigidos por los

delegados de la capital--no era la primera zorra que desollaban

éstos--lo designaron para intendente.

--En una semana se habrá desmonetizado,--decían aquellos profundos

políticos.

Pero la mayoría de los oficialistas protestaba irritada contra

lo que consideraba una cruel é inmerecida derrota; en cambio, el

ex-intendente, un cuyano ladino, caudillejo él también, declaraba

divertidísimo que aquella evolución era «de mi flor».

--¿No le parece una barbaridá, Paisano--así le llamaban--que hayan

hecho intendente á don Inacio?

El Paisano sonreía, encendiendo el negro, y luego, sacándoselo de la

boca, contestaba con toda calma, y no sin algo de burla:

--¡Dejenló pastiar qu'engorde!

Y, en efecto, D. Ignacio comenzó á engordar en la Intendencia, haciendo

en ella lo que sus antecesores, y rebañando cuanto pesito encontraba á

su alcance.

Un día tuvo una grave explicación con Silvestre, que le echaba en cara

sus procederes administrativos, muy alejados de la honradez acrisolada

que exigiera en tanto discurso, en tanta proclama, en tanta profesión

de fe á los pueblos en general y al de Pago Chico en particular.

--Mire don Inacio, ¡lo qu'est'haciendo es una vergüenza!

Don Ignacio lo miró de hito en hito:

--¿Y qu'estoy haciendo, vamos á ver?

--¿Quiere que le diga? ¿quiere que le diga? ¡No me busque la lengua,

canejo!

--Decí, decí no más.

--¡Está robando como los otros!

El caudillo estuvo á punto de pegarle, pero se dominó, tragó saliva, y

cuando se creyó bastante dueño de sí mismo, dijo con tono convincente:

--¿Y á mí quién me paga lo qu'hecho? ¿Y la platita que mián comido?...

Y después de una pausa, más insinuante aún, confidencial y tierno,

exclamó como quien esboza un sublime programa:

--¡Dejá que me desquite y verás qué honradez!...

Pago Chico · 第 36 / 60 题