Las cosas iban tomando en Pago Chico un giro terrible. La política
enardecía los ánimos y _La Pampa_ y _El Justiciero_ se dirigían los
cumplidos de mayor calibre que hasta ahora haya soportado una hoja
de papel. Estaban cercanas las elecciones municipales, y cívicos y
oficialistas abrían ruda campaña, los unos para conquistar, los otros
para retener el gobierno de la comuna. _La Pampa_ no dejó de aprovechar
el desfalco descubierto en la tesorería municipal, y no dirigió sus
golpes al culpable tesorero, sino que se encaró con el intendente
mismo. Un parrafito:
«Si don Domingo Luna estuviera donde debe estar, que no es seguramente
en la intendencia de Pago Chico, sino cerca de Olavarría, no se hubiese
cometido ese robo escandaloso, que una vez más viene á demostrar cómo
la pobre provincia que sufre la canalla entronizada de un gobierno
que es la cueva de Alí Babá, va á ser esquilmada hasta el último peso
por los secuaces que ese gobierno mantiene en todas partes, ya que no
hay persona decente que quiera servir sus planes ignominiosos, y sí
puramente hombres sin honor ni vergüenza.»
Y el artículo que seguía in crescendo, peor en sintaxis y pésimo en
intenciones, enfureció á don Domingo de tal modo, que se fué como
un cohete á consultar el caso con el escribano Ferreiro, su mentor
en las grandes emergencias. Quería acusar la publicación. Ferreiro,
sudoroso, leyó atentamente el artículo, dejando oir ligeros ¡hum! ¡hum!
intraducibles; luego depositó el diario en las rodillas y sentenció:
--No es acusable.
Don Domingo Luna se exaltó, replicando, pálido de ira:
--¿Quiere decir que porque á un miércoles se le ocurre robarse la plata
de la municipalidad, á mí me puede decir que debo estar en la cárcel de
Sierra Chica ese canalla de Viera?...
--No lo dice, lo da á entender,--repuso tranquilamente Ferreiro.
El más alto funcionario de Pago Chico salió de la escribanía furioso,
gruñendo entre dientes:
--Me las ha de pagar ese insultador sin vergüenza. ¡Ya verá, ya verá!
¡Lo que es esta vez no se libra de una tunda!
Seguramente influía en el tumultuoso furor de don Domingo el estado del
tiempo. Todo aquel día hizo un calor espantoso. El horizonte, al norte
y al oeste, estaba oculto tras de vapores vagos que daban al cielo
tintas sucias, un color borroso de polvareda lejana. Rachas de viento
caliente como si saliera de un horno, barrían las calles calcinadas
por el sol. Nadie salía de casa; todos se sentían invadidos por un
malestar creciente, con el pecho opreso, jadeantes y sudorosos aun en
la inmovilidad. En sus ráfagas el viento traía olor á paja quemada. El
bochorno aumentaba por minutos.
Avanzando la tarde el sol se ocultó entre nubes de fuego; pero el
incendio del ocaso parecía extenderse al norte, donde la extraña niebla
tomaba resplandores rojizos. La noche cayó lentamente, y el viento que
forma montones de arena en las aceras y los pasea triunfante de un lado
á otro de la calle, no disminuyó su furor ni se dignó refrescar algo;
quería achicharrarlo todo.
Cuando obscureció completamente, se notaron en el cielo de azul
profundo, dos grandes parches luminosos, de cálidas tintas,
semejantes--menos en el tono--á la claridad difusa que por la noche y
desde lejos se ve flotar sobre las ciudades bien alumbradas. Tras de
ese velo transparente, de color naranja, titilaban las estrellas en el
cielo sin una nube...
Era el incendio del campo, que había cundido con la violencia de los
grandes desastres como se verá cuando se lea «El diablo en Pago Chico».
La noche era obscura, pintiparada para cualquier combinación política
de ésas que concluyen á garrotazo limpio; y como el señor intendente
había tenido tiempo de prepararse hablando con el juez de paz don
Pedro Machado, para pedirle la aprobación de su plan, y con el
comisario Barraba para que le prestase cuatro vigilantes vestidos de
particular, aguardaba al pobre Viera una que «había de dolerle» según
declaró don Domingo, al anochecer, en el Club del Progreso, delante de
los concejales gubernistas, el comisario del mercado de frutos y el
inspector del riego.
Viera no tuvo aviso esta vez y se retardó en la redacción de _La Pampa_
hasta mucho después de anochecido. Había baile esa noche en casa de
Gancedo--en el patio, por el calor, con faroles chinescos y guirnaldas
de sauce y yedra--iba la novia, no asistiría gubernista alguno, y no
era posible faltar. Se dió una tarea espantosa para _llenar_ el diario,
y á las ocho y media salió para ir á mudarse ropa: estaba de tinta de
imprenta y kerosene, de no poder acercársele. Llevaba su bastón en la
mano y el infaltable Smith-Wesson en el bolsillo de atrás del pantalón.
Paseaban la acera obscura cuatro sombras sospechosas. En frente, cerca
de la talabartería de Tortorano, un bulto se distinguía apenas en el
quicio de la puerta de Troncoso. Era don Domingo, ganoso de presenciar
el castigo de su insultador.
--¡Hum!--se dijo el periodista--¡esto es algo!
Apenas le vieron, los vigilantes--las sombras--se echaron sobre él,
blandiendo unos talas irresistibles; pero en ese momento, interesado
por la escena que iba á desarrollarse, Luna tuvo la mala suerte de
entrar en el radio de luz de la vidriera de Tortorano. Viera le
reconoció, y haciendo una gambeta á los presuntos apaleadores, cruzó la
calle como un rayo, alzó el bastón cuando estuvo cerca del intendente,
le cruzó dos veces la cara con dos soberbios garrotazos, «¡Tomá, tomá,
canalla, traidor!» y se metió de un salto en casa de Troncoso, que
comía con su familia, aprovechó el primer instante de indecisión de los
otros, corrió al fondo, trepó la tapia, bajó á la calle, y amparándose
en la sombra, se fué á su casa...
Luna, ciego de ira y de dolor, hizo violar el domicilio de Troncoso;
pero los agentes y él mismo se entretuvieron en buscar por las
habitaciones, dando á Viera el tiempo de escaparse. Mas el periodista,
incauto, había ido á mudarse ropa en vez de buscar sitio seguro,
y no tardó en ser aprehendido bajo la acusación de «desacato á
la autoridad». El insigne y sapientísimo juez de paz, don Pedro
Machado, había prometido firmar al día siguiente--antedatada, como es
natural--una orden de allanamiento para la casa de Troncoso y para
cualquiera donde pudiese estar ese «chancho». No había, pues, que temer
ulterioridades, y se haría justicia.
Gracias á esta rapidez de procedimiento--excepcional en Pago Chico--el
comisario Barraba, precedido por seis vigilantes de uniforme, invadió
la casa de Viera, que estaba lavándose, en ropas menores y descalzo
para no salpicar los zapatos de charol.
--¡Marche!
--¡Pero hombre, no he de ir desnudo!
--¡Marche, canalla!
Por fin le permitieron ponerse unos pantalones y calzar unas
zapatillas, y en camiseta lo llevaron á empellones, por el medio de la
calle, hasta la comisaría en cuyo calabozo inmundo lo metieron.
--¡Yo t'enseñar!--le gritó Barraba sacudiendo la mano en el aire,
apenas le vió encerrado.
Y allí pasó la noche Viera echando por esa boca cuanto terno figura en
el vocabulario de Pago Chico, que es uno de los completos en la materia.