Fortín en tiempo de la guerra de indios, Pago Chico había ido
cristalizando á su alrededor una población heterogénea y curiosa,
compuesta de mujeres de soldados,--chinas,--acopiadores de quillangos
y pluma de avestruz, compradores de sueldos, mercachifles, pulperos,
indios mansos, indiecitos cautivos,--presa preferida de cuanta
enfermedad endémica ó epidémica vagase por allí.
El fortín y su arrabal, análogo al de los castillos feudales,
permanecieron largos años estacionarios, sin otro aumento de población
que el vegetativo,--casi nulo porque la mortalidad infantil equilibraba
casi los nacimientos, pero cuyos claros venían á llenar los nuevos
contingentes de tropas enviados por el gobierno.
Mas, cuando los indios quedaron reducidos á su mínima
expresión,--«civilizados á balazos»,--la comarca comenzó á poblarse de
«puestos» y «estancias» que muy luego crecieron y se desarrollaron,
fomentando de rechazo la población y el comercio de Pago Chico, núcleo
de toda aquella vida incipiente y vigorosa.
Cuando ese núcleo adquirió cierta importancia, el gobierno provincial
de Buenos Aires, que contaba para sus manejos políticos y de otra
especie con la fidelidad incondicional de los habitantes, erigió en
«partido» el pequeño territorio, dándole por cabecera el antiguo
fuerte, á punto ya de convertirse en pueblo. El gobierno adquiría con
esto una nueva unidad electoral que oponer á los partidos centrales,
más poblados, más poderosos y más capaces de ponérsele frente á frente
para fiscalizarlo y encarrilarlo.
Como por entonces no existían ni en embrión las autonomías comunales,
el gobierno de la provincia nombraba miembros de la municipalidad,
comandantes militares, jueces de paz y comisarios de policía,
encargados de suministrarle los legisladores á su imagen y semejanza
que habían de mantenerlo en el poder.
La vida política de Pago Chico sólo se manifestó, pues, durante muchos
años, por la ciega obediencia al gobierno, del que era uno de los
inconmovibles _bourgs pourris_, baluartes en que se estrellaba todo
conato de oposición. Los «partidos» incondicionalmente oficiales, eran
el gran cimiento de la situación, y entre ellos Pago Chico aparecía
como una de las herramientas más dóciles y eficaces. Recibía en cambio
algunos subsidios para el sostenimiento de sus autoridades, y de vez
en cuando gruesas sumas destinadas á obras públicas y de fomento,
que las mismas autoridades se repartían en santa paz, cubriendo las
apariencias con algún conato de construcción, v. g. la del puente sobre
el río Chico, que aún está en veremos, el ensanche de la iglesia,
siempre en las mismas, la terminación de la Municipalidad, ó la mejora
de los caminos, las acequias ó los mataderos...
Oposición no existía sino tan embrionaria que su exteriorización
más grande eran los chismes y las hablillas, las protestas de algún
desdeñado ó perseguido y los anónimos al gobernador de la provincia ó
los periódicos de la capital, ora reveladores de verdaderos abusos, ora
simples especies calumniosas y envenenadas.
El programa político de los descontentos era el rudimentario «quítate
para que yo me ponga», de manera que la oposición no salía nunca de
su estado de nebulosa, por poco que, cuando amenazaba consolidarse,
los más ardientes recibieran un mendrugo inspirador del quietismo y la
tolerancia.
Bermúdez, por ejemplo, indignado ante la negativa de una concesión
que pidiera á la Municipalidad, proclamó _urbi et orbe_ que iba á
revelar los latrocinios del puente sobre el Chico, denunciando á la
prensa bonaerense la verdadera inversión de los fondos, robados por
los municipales como en una carretera. Hizo, en efecto, una exposición
circunstanciada de las defraudaciones, á la que agregó cálculos de
precio de materiales, la descripción de lo hecho y un cúmulo de
comprobantes... Firmó el terrible documento, consiguió que otros
vecinos espectables lo refrendaran, robusteciendo la denuncia, leyó el
_factum_ ante un grupo numeroso en el café y confitería de Cármine,
agitó los ánimos, despertó el patriotismo pagochiquense, convulsionó el
pueblo pronto ya á la revolución y el sacrificio...
--Vd. es un sonso, amigo Bermúdez,--le dijo en esta emergencia el
escribano Ferreiro, deteniéndolo en la calle.
--¿Por qué?--preguntó el prohombre opositor muy sorprendido.
--Porque ha obligado al intendente á romper el contrato por diez años
del peaje del puente.
--¿Y á mí qué?
--Que la Municipalidad se lo concedía á usted por una bicoca... ¡Un
regalito de tres á cuatro mil pesos al año!...
Bermúdez se puso verde, luego amarillo, después rojo como un tomate, en
seguida pálido otra vez, y tomando el brazo del ladino Ferreiro con la
mano trémula de emoción y avaricia:
--¿Y eso no se podría arreglar?--preguntó.
Se arregló, y admirablemente. Bermúdez dió vuelta el poncho. Los
parroquianos del café de Cármine le sacaron el cuero; pero nuestro
hombre, desollado y todo, siguió tan campante, enriqueciéndose y
figurando cada vez más...
Ese café de Cármine y otros puntos de cita no podían, entre tanto,
dejar de convertirse en centros de difamación, y lo fueron con tal
eficacia que al cabo de pocos años el pueblo se halló dividido en
varios bandos que se odiaban á muerte, y cuya lucha iba á dar origen á
una oposición organizada.
Entre estos bandos destacábase el de D. Ignacio Peña (don Inacio allí)
y su acólito el boticario Silvestre Espíndola, enemigo personal este
último del intendente y su camarilla, porque el médico municipal,
doctor Carbonero, habilitó á un italiano para que abriese otra farmacia
contando con la clientela obligatoria de sus enfermos, los pedidos
de la municipalidad para el hospital, y los de la comisaría para su
botiquín, pues Carbonero acumulaba también las funciones de médico de
policía y director del hospital.
Esto ahondaba la división, porque los otros dos facultativos, el doctor
Fillipini, italiano, y el doctor don Francisco de Pérez y Cueto,
español, sin cargo ni prebenda alguna, eran naturalmente opositores á
todo trance.
Añádase á esto la competencia comercial, creadora de enconos por sí
misma, y exacerbada aún por el favoritismo de las autoridades, que para
algunos llegaba á extremos inconcebibles; los celos de las mujeres; las
envidias de los hombres; la sempiterna vida en común; la falta casi
total de horizontes, y se tendrá idea de aquel terreno preparado ya
para convertirse en teatro de una lucha homérica.
El primer síntoma de guerra fué una disputa ocurrida en el Club del
Progreso entre el intendente municipal don Domingo Luna y el juez de
paz don Pedro Machado, á raíz de un envite en que el juez cantó treinta
y dos y se fué á baraja sin mostrarlas, apuntándose los tantos después
de no querer el rabón. Casi hubo cachetadas, y quizá hubiera sido
mejor, porque la venganza de Machado, á quien el intendente llamara
«tramposo» con todas sus letras, fué terrible: fundó un periódico, _El
Justiciero_, para atacar á su enemigo y sacarle los cueritos al sol.
«Los cueritos al sol» dicen en la campaña, porque allí se acostumbra
que los niños duerman sobre pieles de cordero, y cuando éstas se sacan
á la luz... ya se adivina el resto!
Hizo Machado llevar una imprentita de Buenos Aires, y como era
completamente analfabeto, la puso en manos de Fernández, que ya había
dragoneado de periodista en otro pueblo, encargándole que pusiese
«overo» al intendente, sin asco y sin lástima.
_El Justiciero_ debía aparecer dos veces por semana: jueves y domingos.
Apareció, sin embargo, un solo jueves, pues el _deus ex machina_
pagochiquense, el escribano Ferreiro, se encargó de poner paz entre los
príncipes cristianos.
--Mire, don Pedro--declaró al belicoso juez de paz;--esto va á ser como
pelea de comadres de barrio: «¡Usté es esto!» «¡Y usté es más!» Cuanto
pueda decirle á Luna, él se lo puede repetir á usté, porque todos hemos
hecho y estamos haciendo lo mismo. Tráguese la rabia y cállese la boca,
porque lo más que sacará será lo que el negro del sermón: los pies
fríos y la cabeza caliente. Sigamos como hasta ahora, que así va lindo
no más. Sino, vamos á tener que enojarnos con usté, se va á enojar el
gobierno, ya no le caerá ni un negocito para hacer boca, y en cambio
Luna se encargará de decirle cuántas son cinco, y él y usté, usté y él
serán la risa de todo el mundo.
Como don Pedro no cediera á las primeras de cambio, Ferreiro se
entretuvo en enumerarle todos los negocios dudosos y hasta escandalosos
en que había tenido participación, las arbitrariedades por él cometidas
en el desempeño de su cargo...
--¡Piór ha hecho él!--gritaba Machado, como lo pronosticara el
escribano, que le tapó la boca con esto:
--Habrá hecho peor, no digo que no. Pero él no está en posesión de un
campo sin título de propiedad, ni de seis ó siete lotes urbanos, que la
Intendencia puede reivindicar de un momento á otro...
_El Justiciero_ no reapareció hasta meses más tarde, cuando _La Pampa_
de Viera arrojó en aquel terreno abonado la semilla de la oposición,
provocando por parte del oficialismo una defensa desesperada que tuvo
la virtud de acabar con las rencillas de Machado, Luna y demás «dueños
del pueblo».
Este Viera, hijo de Pago Chico,--joven de veintidós años que había
vivido algún tiempo en Buenos Aires, codeándose, gracias á su pequeña
fortuna, con la juventud frecuentadora de cervecerías, teatros y
comités,--era un bien intencionado y un cándido, con escasa ilustración
y más escasa experiencia, á quien el surgimiento de la Unión Cívica
infundió ideas redentoras. Á raíz de aquel vasto movimiento de opinión
volvió al Pago resuelto á reformar el mundo, y para hacerlo compró
también una imprentita, gastándose la mitad de su capital, y fundó _La
Pampa_, dispuesto á sostenerla con la otra mitad.
Ya lo veremos en la acción. Entre tanto pasemos á otra cosa, para dar
una idea general de aquel pueblo privilegiado.
Las reuniones más chic y mejor concurridas eran las que Gancedo
celebraba frecuentemente en su casa, para ir creándose una popularidad
que pudiera llevarlo á la diputación,--sin darse cuenta de que en
Ferreiro tenía un rival tanto más peligroso cuanto más discreto y
solapado.
Las tertulias de Gancedo eran todo lo amenas y agradables que podían
serlo en Pago Chico. Precedíalas siempre «una comida íntima» según
el dueño de casa, «un banquete» según los invitados no venenosos.
Llenábase de gente el vasto comedor, y como la ciencia culinaria
pagochiquense estaba todavía en pañales, el menú se componía
generalmente de jamón, pavo fiambre, conservas de toda especie y
empanadas criollas, de tal modo que la mesa parecía la de un lunch de
viajeros en una parada del camino.
Terminada la comida y apuradas las últimas botellas de buen vino de
postre, comenzaba á llegar el resto de los invitados, las niñas con sus
mamás, los jóvenes solteros; el pianista Mussio aporreaba el teclado
sin darse tregua, y los valses, las polkas y los lanceros se sucedían
hasta muy cerca del amanecer.
Las demás reuniones eran muy parciales y escasas, excepto las
masculinas del Club del Progreso y la confitería de Cármine,--los
dos puntos de reunión que se disputaban opositores y oficialistas,
quedando el uno y el otro tan pronto en manos de éstos, tan pronto en
manos de aquéllos, como en las figuras de una contradanza.
Pero, eso sí, sólo tratándose de un caso de enemistad declarada y
odio manifiesto, ningún pagochiquense distinguido faltaba al bautizo,
la boda, el velorio y el entierro de otro distinguido pagochiquense.
Era de regla olvidar aparentemente las pequeñas rencillas en estas
solemnidades.
Pero si escaseaban las fiestas y las tertulias de música y de baile,
abundaban en cambio las «tenidas» de murmuración y desollamiento. Los
hombres las celebraban en el club y el café; las mujeres en sus casas y
las ajenas. Como hormigas iban y venían de sala en sala, despellejando
aquí á las que acababan de dejar allá, mientras eran despellejadas á
su vez por aquéllas y por otras, en una madeja de chismes, embustes,
habladurías y calumnias que no hubiera desenredado el mismo Job con
toda la paciencia que se le atribuye aun, pese á las protestas,
clamores y vociferaciones que llenan su libro del viejo testamento.
Tales misteriosos cuchicheos empañaron más de una fama limpia y pura,
y pronto no quedó en Pago Chico, sino para los interesados, ni hombre
decente ni mujer honrada.
--Si uno fuera á creer tanta inmundicia--decía Silvestre,--tendría
vergüenza hasta de mirarse al espejo sin testigos.
Y lo más curioso es que Silvestre solía ser el vehículo por excelencia
de la difamación...
_La Pampa_ atacó el mal en varios artículos violentos contra los
calumniadores. Todo el mundo los leyó, comentó, aprobó, aplaudió,
ensalzó; pero todo el mundo siguió impertérrito haciendo lo mismo,
y hasta puede que exagerando la nota. De aquella célebre campaña
periodística sólo quedó el dicho de «Pago Chico, infierno grande»,
epígrafe de uno de los artículos de Viera, y el buen efecto causado por
este párrafo, glosa de la frase silvestrina:
«Si cuanto se dice fuera cierto, habría que cercar de murallas el
pueblo y convertirlo en una cárcel que fuera al propio tiempo manicomio
y reclusión de mujeres perdidas.»
El comercio tenía bastante importancia, sobre todo desde que llegó el
ferrocarril, pues entonces comenzaron á establecerse «barracas» para el
acopio de frutos del país,--lana, cueros, etc. Estos establecimientos
fueron pronto los más importantes y prósperos, llegando á efectuar
ciertas operaciones bancarias,--depósitos en cuenta corriente y á plazo
fijo, descuentos, giros--que antes hacían difícilmente las principales
casas de comercio.
Entre estas últimas, la más notable era la de Gorordo, que reunía en un
inmenso edificio de un solo piso con techo de hierro galvanizado, los
ramos de tienda, mercería, almacén, despacho de bebidas, corralón de
madera, hierro y tejas, mueblería, armería, hojalatería, ferretería,
pinturería, ropería, librería, papelería y droguería, amén de otras
especialidades.
Aún quedaban otros establecimientos análogos, restos de la época
en que era necesario acapararlo todo para realizar alguna ganancia,
y en que todos estos comercios se complementaban todavía con la
compra-venta de frutos del país. Pero iban perdiendo terreno ante la
especialización, pues año tras año surgieron tiendas y mercerías,
almacenes de comestibles, boticas, mueblerías, platerías, sastrerías,
zapaterías de diverso orden, hoteles, fondas y bodegones, hasta un
conato de librería y una cigarrería pequeña,--casas entre las que
sobresalía como una perla de incomparable oriente la
SAPATERIA E SPACIO DI BEVIDA
DI ROMOLO E REMO
DI GIUSEPPE CARDINALI
Pago Chico tuvo, por consiguiente, sus Bon Marché y sus Printemps antes
que París, ó al mismo tiempo, para perderlos luego y verlos sin duda
reaparecer cuando se complete el ciclo de su evolución progresiva.
La primera industria mecánica que nace en un pueblo de provincia, y la
primera que nació en Pago Chico, es la de fabricación de carros. En
un principio los carros se compran en otra parte, pero inmediatamente
se nota la necesidad de una herrería y carpintería para componerlos.
Establecida ésta, por poco que la población adelante, el taller
prospere y el obrero no sea muy torpe, la simple herrería se convierte
en fábrica y la industria ha nacido sin esfuerzo.
Á la fábrica de rodados había ya que agregar en Pago Chico el
floreciente molino y fidedería de Guerrini, construcción chata y
mezquina emplazada á orillas del arroyo presuntuosamente llamado
Río Chico, cuya escasa corriente bastaba apenas para mover una
pequeña rueda que molía el grano con lentitud y como desganada. Las
tormentas y la humedad, azotando y carcomiendo sus paredes de ladrillo
sin revoque, les habían dado una pátina verdinegra, triste pero
característica.--Había que agregar también, fuera de los hornos de
ladrillos y las licorerías falsificadoras de toda clase de bebidas, la
talabartería de Tortorano, que realizando buenos negocios sin embargo,
debía luchar con la competencia de los trenzadores criollos, que en los
ranchos de las afueras hacían primorosos maneadores, lazos, bozales,
maneas, prendas de gran lujo disputadas por los paisanos y los mismos
«paquetones» del pueblo, y en las que un solo botón llevaba á veces
más de un día de trabajo. Tortorano tenía que limitarse á vender
arreos ordinarios, pero cobrándolos á peso de oro se vengaba del arte
purísimo que convertía los «tientos», el simple cuero sobado, en bridas
moriscas, suaves como la seda, en cabezadas caprichosas y elegantes,
sutiles trabajos en que el gusto y la paciencia realzaban tres y más
veces el valor de la materia prima. Y, á la larga, Tortorano venció:
hizo que los trenzadores trabajaran exclusivamente para él, almacenó
sus obras sin venderlas, imponiendo los artículos de su fabricación,
y cuando logró que se olvidara la moda de los aperos criollos, dejó
sin trabajo á los trenzadores que debieron levantar campamento para no
morirse de hambre.
Como industria, no podemos olvidar tampoco la de Tripudio, que con los
desmirriados racimos de las parras de su quinta y otros ingredientes
menos inofensivos, fabricaba un chacolí con «gusto á olor de ratón»,
que luego expendía con el ingenioso título de «Vino Cható».
Completaban la población trabajadora de Pago Chico, varios ejemplares
de hojalateros, sombrereros, modistas, tipógrafos, pintores,
blanqueadores y empapeladores, planchadoras, panaderos, lavanderas,
cigarreras, carniceros con tienda abierta y verduleros que también
vendían carbón, leña, maíz y afrecho...
...Y como esto basta y sobra para dominar el escenario y tener siquiera
barruntos de algunos pocos actores, pasemos sin más preámbulo á relatar
y puntualizar varios episodios de la sabrosa historia pagochiquense,
preñada de hechos transcendentales, rica en filosófica enseñanza,
espejo de pueblos, regla de gobiernos, pauta de administraciones
progresistas, norma de libertad, faro de filantropía, trasunto ejemplar
de patriotismo...
--¡Flor y truco! y si hay más flor ¡contra flor el resto!--agregaría
Silvestre, afirmando con esta salva de veintiún cañonazos los colores
de Pago Chico.