EL HOMBRE PROVIDENCIAL

Un suceso criminal que después relataré y que forma uno de los capítulos

más importantes de mi vida, me proporcionó ocasión de distinguirme, y

fui ascendido a sargento y nombrado en reemplazo del viejo Gómez, que

fue jubilado.

La noche del día en que recibí mi nombramiento, me retiraba a mi modesto

cuarto de conventillo--pues tiempo hacía que había dejado el que por

meses ocupara en casa del comisario--e iba con el corazón lleno de

ilusiones, y cantándome en el alma un coro de alegría, cuando de

repente, al volver la esquina de Piedad 88 y Suipacha, me topé de manos

a boca con un hombre que pretendió ocultarse en el hueco de una puerta.

Era un individuo correctamente vestido de negro, de levita perfectamente

abrochada y sombrero de copa, y llevaba bajo el brazo un bastón, cuya

contera reluciente brillaba con los primeros rayos de luna que comenzaba

a alzarse sobre el atrio de San Miguel.

En el suelo y ante él, estaba un pequeño paquete y al lado el cajón de

la basura, perteneciente a la casa en cuyo umbral se había detenido.

Cuando se irguió, le conocí, a pesar de hacer seis meses que no le veía:

era el concurrente a las antesalas del Ministerio del Interior, el

visitante del mayordomo, don Tomás Regnier, aquel hombre cuya miseria

tanto me había llamado la atención en mis horas de guardia, frente a la

puerta de la sala de espera y cuya silueta he presentado al comenzar

estas Memorias.

--¡Hola amigo!, ¿qué hace?

--¡Qué quiere que haga, señor vigilante! Disputaba a aquel atorrante--y

alzando el brazo me mostró un perro de esos callejeros, flaco y sucio,

que parado sobre tres de sus cuatro patas por tener una enferma, nos

miraba desde el atrio--¡esos restos de pescado y de puchero que he

envuelto en ese diario!

--¿Para qué?

--¡La pregunta!... ¡Para cenar!... ¡La vida hay que hacerla a pesar de

todo, señor vigilante!

--Dígame, ¿no es usted aquel hombre que concurría todas las tardes al

Ministerio del Interior, y que se iba a curar en la Convalecencia?

--¡El mismo, sí, el mismo!... ¿Y Vd. quien es?

--¿No se acuerda de mí?... Aquel agente que le dio cinco pesos para que

fuera...

--¡Oh! ¡Oh!... ¡Sí! ¡Sí!... ¡Oh! ¡Me acuerdo bien, sí!... ¡Después no lo

he visto más!... ¡Y eso que voy al Ministerio como siempre!...

--¿Y se curó?

--¡Muy bien, gracias, muy bien!... Hoy ya estoy sano de los vahidos

(perfectamente sano), pero la posición ¿sabe usted?... ¡la posición

social..., eso sigue mal, muy mal!... ¡La suerte es caballa!

Me dio lástima aquel pobre ser enclenque y miserable, que disputaba a

los perros callejeros su alimento y, diciéndole que me siguiera, lo

conduje hasta "La Croce di Malta", en la calle cortada del Mercado del

Plata, donde a todas horas de la noche se encontraba un pan, una botella

de vino y un plato de _busecca_.

Allí, en una mesa, cerca de otra, donde un grupo de trasnochadores hacía

su colación alegremente, nos sentamos los dos, y luego que él saludó con

complacencia y gran dignidad a los turbulentos vecinos, diciéndome,

mientras movía la cabeza y sonreía: "son los muchachos de los diarios,

¿sabe?, los noticieros de la Patria Argentina[95], La Nación, La Prensa,

que vienen a conspirar contra los directores porque no les aumentan el

sueldo", nos pusimos a comer.

De esa noche data mi amistad con el hombre extraordinario, cuyas

aventuras forman por sí solas el volumen más curioso de la vida porteña

que pueda imaginarse, y data también mi engrandecimiento moral, pues, si

bien yo le proporcioné los medios de regenerarse físicamente, él, en

cambio, me dio alas, me arrebató consigo y me puso en aptitud no sólo de

hacer con brillo mi camino, sino también de escribir estas Memorias,

cuya primera parte termina por haber llegado el momento en que el vago

de las cuchillas, el humilde soldado del 6º, alcanzando al puesto de

sargento en la policía de Buenos Aires, pudo ensanchar la esfera de su

acción y dejar a la espalda los días oscuros en que el anónimo mataba

todas sus iniciativas e invalidaba sus penosos esfuerzos!

Memorias de un vigilante · 第 55 / 56 题