Penetrar en la vida de un pícaro, aquí en Buenos Aires, o, mejor dicho,
en lo que en lenguaje de ladrones y gente maleante se llama _mundo
lunfardo_, es tan difícil como escribir en el aire.
Aquí se vive a ciegas, con respecto a todo aquello que pueda servir para
dar luz sobre un hombre: la policía, para desempeñar su misión, tiene
que hacer prodigios, y parece imposible que obtenga los resultados que
obtiene, dada la clase de gente en que las circunstancias la obligan a
reclutar su personal subalterno y el medio en que actúa.
Las policías de Londres, París y Nueva York, dotadas de mil recursos
preciosos, no tiene nada de extraño que puedan encontrar un delincuente
dos horas después de haber cometido el delito: lo admirable sería que
pudiesen hacerlo aquí.
Quisiera ver a esos graves _policemen_ de que nos hablan los libros, en
este escenario, en que no existen registros de vecindad, en que se
ignora el movimiento de la población, en que la entrada y salida de
extranjeros es un secreto para las autoridades, en que uno puede ser
casado diez veces, tener quince domicilios, mil nombres distintos y
quinientas profesiones diferentes, y todo en la mayor reserva, no digo
para la autoridad, sino para los hijos, la esposa, los hermanos y hasta
los vecinos, por más curiosos que sean.
Aquí nos hemos ocupado del adoquinado y rectificación de calles, de
formación de paseos, de obras de higiene convencional y de todo aquello
que luce a primera vista; pero respecto a organización social, a medios
de conocernos y controlar nuestros actos todos los convecinos, vivimos
como en tiempo del coloniaje.
¿Por qué no se ha establecido el registro de vecindad y todos sus
derivados?
¡Que lo diga la Municipalidad, que tiene encarpetadas las notas en que
se lo han pedido todos los jefes de policía habidos hasta hoy!
Viviéndose como se vive aquí, un pillo anda a sus anchas, hasta que un
mal paso, demasiado claro, lo pone bajo los ojos de la policía, que es
andariega y husmeadora, y que si no lo fuera--de lo cual Dios nos libre
y nos guarde--no faltaría quien le robara a uno hasta los pelos de la
nariz sin que sintiese cuándo se los arrancaban.
Y caer bajo los ojos de un empleado de policía es lo mismo que caer bajo
los de toda la repartición, pues unos a los otros se van enseñando el
mal hombre--cuya filiación, nombre y costumbres, si no se inscriben en
un registro, quedan sin embargo grabadas en la memoria de quienes no lo
olvidarán jamás y serán capaces de encontrarlo más tarde, aunque se
transforme en pulga.
Los _lunfardos_ dicen, con ese motivo, cuando dan con algún agente que
aún tiene paciencia para oírles sus disculpas y lamentos:
--¡Vea, señor!... ¡Más vale ser caballo de tramway que pillo conocido!