Fue aquí, en este servicio, donde por primera vez conocí a don Tomás
Regnier, mi compañero desde pocos días después, y mi maestro siempre.
Fue él quien encontrándome perdido en medio de la multitud, sirvió de
guía a mi alma, pudiera decirse infantil; fue mi maestro y fue el foco
de luz que iluminó mi espíritu, proveyéndome de armas--él que era inerme
para emprender con vigor la pesada lucha por la vida.
Todas las tardes, invariablemente, llegaba a las antesalas un hombre al
parecer convaleciente de larga enfermedad, tal era su extrema palidez y
la debilidad de toda su persona, que era desaliñada en grado
superlativo. Vestía de negro, con levita y sombrero de copa, pero todo
en un estado tal de ruindad y falta de higiene, que asombraba cómo las
autoridades permitían la exhibición de miseria semejante. No obstante,
era correcto: las prendas podían ser como eran, viejas y sucias, pero no
le faltaba ninguna de las correspondientes al rango de su traje, que él
llevaba con toda majestad y respeto, contrastando singularmente con su
miseria y la exigüidad de su persona--pues, sobre ser enclenque, era de
una estatura reducida a la expresión más mínima--la suficiencia, y hasta
diría, la importancia que trasudaba.
Todo en él era altisonante, desde el taco torcido de sus viejos botines
deslustrados--que él al caminar tenía la pretensión de hacer sonar con
toda prosopopeya[66] y acompasadamente, pues su andar era cadencioso, y
casi pudiera decirse rítmico--, hasta el lente que colgaba sobre su fina
nariz aguileña, y el cual, no conteniendo sino un vidrio, pues el otro
se había caído, daba a su fisonomía una expresión grotesca, marcadamente
satírica.
Yo lo veía llegar, avanzando despacio, tranquilo, despreocupado, con su
cuello erguido, la cabeza levantada con cierta insolencia de buen tono y
con su levita que se caía a pedazos, sus pantalones deshilachados y
grasientos y su galera y la corbata y hasta el bastón que llevaba bajo
el brazo, lo mismo, y trataba de averiguar, aunque fuera por deducción,
el objeto que lo traía diariamente al despacho.
Se sentaba en el rincón más oscuro del salón de espera durante unos
veinte minutos, permanecía quieto y silencioso y luego se retiraba tal
como había venido, si por acaso no encontraba al mayordomo Luis Morel,
persona que hacía el servicio especial del ministro. Si lo encontraba,
la escena tenía una variante, pues el mayordomo lo llevaba al cuarto de
los ordenanzas, le daba una taza de café con galletita,--que él tomaba
en silencio, y muy despacio--y luego se ausentaba con la misma
prosopopeya, y la misma importancia y el mismo pasito cadencioso y
rítmico con que había venido.
Los ordenanzas y porteros no lo conocían, y por lo que pude notar lo
miraban con desprecio, llegando uno, que abrigaba rivalidades
mayordomescas, a decirme con socarronería:
--¡Es un amigo del hombre de confianza del ministro!... ¡Persona muy
bien relacionada, como usted lo ve!
El cabo Pérez no se dignaba bajar la vista hasta él, y cuando le
pregunté quién sería el personaje me echó una mirada fulminante con su
ojo blanquizco que brillaba bajo la visera del kepí, y me dijo:
--¿Cree que yo voy a conocer _eso_?... ¿No ve que es un atorrante de
levita?
La respuesta no me satisfizo y me prometí interrogar al mayordomo en la
primera oportunidad; parecía éste un buen sujeto, contra la opinión de
los murmuradores que se reunían en el cuarto de los sirvientes y
ordenanzas, y, a pesar de la actividad que yo le veía desplegar y del
aspecto de hombre ocupado, que siempre tenía y que sus subordinados
interpretaban como signo visible de servilismo y adulonería, cosa que a
ellos--hombres altivos e independientes,--no les cuadraba.
No tuve necesidad, no obstante, de recurrir a informaciones de nadie;
una tarde, mi hombre se acercó espontáneamente y, con acento francés muy
pronunciado, me dijo confidencialmente, y mirándome a medias, pues lo
hacía con el único ojo que cubría su lente y entrecerrando el otro,
mortificado por la luz:
--¡Diga, vigilante!... ¿No lo ha visto al mayordomo?
--No, señor..., ¡ayer no lo vi tampoco!
--¿Tampoco, eh?... ¡Pues, entonces estará enfermo!... Y luego de
quedarse un rato pensativo, me dijo con una dulzura infinita:
--¡Es lástima!... Mañana tengo que ir a la Con valecencia...[67]
¿sabe?... porque me va a dar el ata que, y... ¡Caramba!... el mayordomo
me dijo que me pagaría el tramway porque está lejos y no puedo caminar.
--Si quiere... ¡tome!
Y metiendo la mano en el bolsillo saqué cinco pesos de la antigua moneda
y le di.
Me miró como asustado, parpadeó el ojo que quedaba sin vidrio y me dijo,
como alelado:
--¡Vaya, gracias... amigo vigilante!... ¡Voy a traerle el vuelto...
porque, como comprenderá, no tengo cambio y, después, el enano ese que
me persigue, ¿sabe?, puede ser que sople en su caracol, y entonces,
aunque haya baile me va a comenzar la picazón de la nariz, y no voy a
poder ir al Banco, porque lo cierran de miedo al enjambre de hormigas
que acompañan al maldito enano ese!...
Comprendí que el hombre era un enfermo y que la alegría que acababa de
recibir le había quitado el poco seso que solía tener, y dije para
distraerlo:
--Deje el vuelto no más, no se preocupe: otro día me lo da.
--¡Ah!... ¡Sí!... ¡Bueno!...
Y luego, pasándose la mano por la frente, exclamó, como quien vuelve de
un sueño:
--¿Ve?... ¡Ya se me iba la cabeza!... ¡Amigo, qué cosa!... ¡No puedo
pensar en nada!
Y me contó con toda lentitud y en voz baja, su enfermedad y cómo cada
tantos días tenía que ir a recluirse en el Hospicio de Dementes, donde
lo asistían con mucho éxito, pues, momento a momento, se iba sintiendo
en salud.
¡Pobre Regnier!
¿Quién me hubiera dicho que él, el pobre enfermo que en esos momentos
tenía ante mis ojos, y a quien miraba compasivo, llegaría en día no
lejano--cuando por segunda vez nos halláramos en la vida--a tener una
influencia tan decisiva en mi destino, como en realidad la tuvo?
Fue él quien me puso en el sendero de la dicha, quien abrió mi espíritu
a la luz vivificante del saber y quien despertó en mi alma los anhelos y
las esperanzas que fortificaron y alentaron mis ambiciones, formándome
con la experiencia de su vida asendereada[68] de bohemio y de vagabundo,
una sólida plataforma que me permitiera elevarme sobre el nivel vulgar a
que me condenaban mis condiciones personales y el medio en que me
agitaba.
¿Qué maestro más amoroso pude tener?
¡Con qué pasión de enfermo, con qué persistencia de maniático emprendió
la tarea de ilustrarme y de educarme!
¡En las horas de descanso del día presente--cuando en el jardín de la
casita en que vivimos lo veo rodeado de mis hijos, que le llaman abuelo,
pulcramente vestido de negro, aunque conservando el mismo paso
cadencioso y rítmico de los primeros días en que le conocí--suelo evocar
los viejos recuerdos, y comparando mi existencia de los días oscuros con
los que después alcancé, comprendo cuánto le debo y cuál fue mi suerte
al encontrarlo en el camino de la vida!