Se acercaba a la ventanilla, tras la cual estaba el empleado encargado
del despacho, una señora seria, pero con una seriedad de esas que llaman
la atención en dondequiera y a cualquier hora y se sucedían los diálogos
y las escenas.
--¡Para servir a usted!... ¿El expediente número cuatrocientos
veinticinco, letra L, de la serie H?
--¡Está en Contaduría, señora!
--¿En Contaduría?... ¡Pero qué escándalo! ¡Es inaudito! ¡Hace seis meses
que está en la misma oficina! ¡Esa Contaduría es una carreta, señor!
¡Seis meses para una simple toma de razón; usted ve que eso habla muy
poco en favor de la administración nacional! A Dios gracias tengo buenas
relaciones en la prensa y ya verá usted la mosquita que le haré
poner[58] al señor contador... ¡Ya verá usted y se reirá!... ¿Y no sabe
cuándo vendrá el tan célebre expediente?
--No, señora..., ¡no puedo decirle nada al respecto!
La señora se sonríe y exclama, por si acaso, como quien tira un anzuelo
por si pica.
--¡Muchas veces en ustedes pende el despacho!... ¡No me diga usted a mí;
conozco muy bien lo que son oficinas!
Y no teniendo respuesta a su jactancia, se retiraba con aire majestuoso
y cedía el puesto a otra dama también de fuste[59], aunque bastante
vivaracha y nerviosa.
--¿El expediente número mil cuatro, letra P, sobre embargo de sueldo al
vigilante Zacarías Machete?..., ¡un guardián que no le gusta pagar casa
y que tiene unas costumbres que da vergüenza!... Figúrese usted que...
--Por orden del señor ministro, señora, esos expedientes dientes están
reservados... Son tantos, que para firmarlos se necesita un mes
entero...
--Es decir que el público es nadie, y que tenemos que aguantar...
--Pero señora, es que...
--¡No me diga usted, no me diga!... ¡Todo es porque el ministro no se
incomode!... ¡Cuidado, no se vaya a mancar firmando!
--Pero señora, si es que...
--¡Yo sé bien, sí, lo que hay en todo esto; lo que se necesita para
mover los asuntos, son recomendaciones, cartitas, empeños[60]... _y
aceite para la máquina!_...[61] ¡Pero, déjese usted estar; yo veré al
ministro y le contaré lo que pasa! ¡Se ponen ustedes a charlar y a tomar
té, y no llevan los asuntos a la firma! ¡Ya verán ustedes el trote[62]
que les voy a meter!
--Pero señora... ¡mire usted que está faltando[63] en la oficina!
--¡Ahora mismo voy a ver al ministro, y ya sabrá usted si estoy
faltando!
El empleado ve que toda reflexión es inútil y se retira de la
ventanilla.
La señora se aleja, vociferando y maldiciendo de los empleados, de su
falta de educación, de su descortesía con las señoras, y jurando que les
hará ajustar las cuentas, aunque tenga que perder un ojo de la cara.
¡Ya verán con su sobrino, noticiero de un diario de oposición y mozo que
tiene una pluma que es un serrucho de reputaciones!
Y aparece tras ella otra señora, pero ésta no es como las anteriores,
sino humilde, inocente, y en su fisonomía no hay rasgo revelador de las
tempestades que rugen en su alma.
--El expediente sobre concesión de bosques en el Chaco, iniciado por don
Palemón Tagliarin... ¿podría usted informarme?
--¿Qué número tenía, señora?
--¡El número no lo sé... pero si usted me hiciera el obsequio de buscar
por la letra!...
--¡Hay una enormidad de expedientes, señora, y me es imposible echarme a
buscar entre ellos el suyo... así... sin dato ninguno!...
--¡Le agradecería, señor, que me lo buscara: es un favor!... Fue
presentado en noviembre...
El empleado, refunfuñando, comienza a remover enormes masas de papel, y
al fin extrae el codiciado expediente.
--¡Vaya... aquí está! ¡Hay una reposición de sellos!
--¿Qué resolución tiene, señor?
--No puedo decírsela hasta que no me traiga usted tres sellos.
--Pero señor, soy una persona...
--Es inútil, señora; yo no quiero que me caiga una multa... ¡Traiga
usted los sellos y sabrá la resolución!
La señora sale y al rato vuelve, habiendo hecho el desembolso necesario
para llenar el deseado requisito.
--¡Aquí está, señor! ¿Podría decírmela?...
--Sí, señora. "Previa reposición de sellos, no ha lugar y archívese."
--¡Pero señor, qué escandaloso! ¿En qué tierra vivimos? ¿Es posible que
haya gastado tantos pesos para tener semejante resolución? ¡¡Esto es una
pillería, un robo, una judería[64]!!
--¡Señora, yo no tengo la culpa!... ¿Qué le vamos a hacer?
--¡Ya verá usted lo que le vamos a hacer! ¡Cómplice! ¡Fariseo[65]!
¡Judas Iscariote! ¡Porque me ve así no crea que soy lo que parezco;
ahora mismo veré al ministro!... ¡No ha lugar y archívese!..., ¿y
entretanto al señor Mengano y al señor Zutano les conceden?... ¡Es
claro, todos son de una camada!... ¡Pero conmigo se han de ver las
caras, no hay cuidado! ¡Yo no tengo pelos en la lengua, y se las he de
cantar!
El empleado se retira con toda cachaza, y va a ocupar su asiento; la
señora sale de la oficina con una rapidez de huracán, gesticulando y
tartamudeando improperios contra el gobierno y los empleados, y,
todavía, al toparse conmigo, me da un encontrón, y como un relámpago
alcanza al cabo Pérez que, siguiendo sus paseos coquetos e inofensivos,
ignora lo sucedido y le azota con esta frase, cuyo final va a perderse
allá en los vericuetos del zaguán que da salida a la escalera, frente al
despacho presidencial:
--¡Ladrones!... ¡Permita Dios que venga el cólera y acabe con todos!
¡Fariseos!... ¡Asesinos!
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