de Utrecht, por donde se habia de acabar la guerra, ó por lo
ménos constreñir al rebelde á reconocer á su Rey y señor natural
reconciliándose, dió ánimo al enemigo de proseguir adelante contra
esta provincia, en que tanto habia trabajado, y tanta gente habia
perdido por señorearse de ella, y así procuró pasar adelante; y á
requisicion de los mal intencionados de Gruninghen y solicitud del
conde Guillermo de Nassao, que ahora es su gobernador, se determinó
de irla á sitiar. El conde Federico y yo estábamos en el fuerte de
Covorden á la mira, por ver la punta que hacia, y él, por saber que
los dos estábamos en aquel fuerte, procuró cerrar la villa ántes que
pudiésemos entrar en ella, y con gente suelta caminó dia y noche para
este efecto, mas no lo pudo hacer tan secretamente que con tiempo
no fuese yo avisado por las espías que tenía en su campo. Resolvíme
tambien de partir para allá, caminando toda la noche, y ordené que
alguna infantería que tenía en Covorden, pensando que el enemigo la
acometeria, me fuese siguiendo. Entramos dentro el Conde y yo con la
gente, á tiempo que ya la avanguardia del enemigo se venía acercando
á la tierra, y los mal intencionados de ella, viéndola tan vecina, se
comenzaron á alterar (que segun los enemigos decian, habian prometido
de hacerlo á su llegada), y de otra parte, el Magistrado no solamente
no queria recibir en la villa la gente de guerra que yo habia traido,
pero ni áun en el burgo. En este tiempo me llegó cierta cantidad de
soldados que habia inviado á sacar de algunos fuertezuelos de poca
importancia, y estando con alguna pena de ver el refuso que me hacian
de recoger la ente en el burgo, y la alteracion de los malos, por no
mostrar flaqueza ordené al conde Federico que con la gente que estaba
ya recogida y algunos caballos trabase la escaramuza y tuviese los
enemigos lo más léxos de la villa que pudiese, sin desarrimarse mucho
del foso y muralla della; y miéntras él peleaba fuera, yo negociaba
dentro, de manera que echando fuera alguna cantidad de malos, me
abrieron el burgo, y así hice retirar al Conde dentro con la gente,
porque no se arrepintiesen. La del enemigo padecia, por haber dexado
bagaje y victuallas atras, principalmente los ingleses y escoceses,
que viniendo á coger lechugas para comer, se llegaban tanto, que desde
las murallas mataban los burgeses muchos de ellos. Llegado todo el
exército, se metieron en escuadron algo léxos de la villa, pero con
todo eso, con un cañon, dos ó tres medios y una culebrina que hacia
tirar, recibian tanto daño que luégo se alexaron, cubriéndose de la
artillería lo más que pudieron, pero no tanto, que por el daño que se
les hacia, el conde Mauricio reculó sus tiendas y parte del exército,
y viendo que los malos que eran de su parte no habian salido con su
intencion ni cumplido lo que habian prometido, se estuvo quedo en aquel
puesto sin hacer mas trinchea ninguna. Yo imaginaba que lo hacia por
esperar la artillería y pertrechos que por la mar venian, como fué así,
pues dentro de tres dias comenzaron á parecer gran cantidad de velas,
en las cuales, segun los avisos que yo tenía, venian sesenta piezas de
batir y las municiones y pertrechos necesarios para un largo y gran
sitio. Despaché luégo á su Alteza avisándole de lo que pasaba, el cual
invió al teniente de caballos de Mons de Assicourt á reconocer, dando
siempre esperanzas de querer dar socorro. Y considerando yo que por
estar los españoles amotinados en Diest, y otras incomodidades que
su Alteza podia tener, no era posible haber tanta gente que pudiese
contrastar con el enemigo, escribí que si su Alteza no tenía doce mil
infantes, y por lo ménos dos mil caballos, que no pasase el Rin,
porque ménos daño era que yo me perdiese, que no que su Alteza se
metiese en este peligro. Estando en la muralla de la villa haciendo
tirar la artillería á los escuadrones que se mostraban, mandé que la
arcabucería cesase y que no tirase sino de cuando en cuando algun
arcabuzazo, lo cual fué causa que los jardines vecinos se hinchiesen
de soldados enemigos, que era lo que yo pretendia. Viendo esto, hice
juntar una cantidad de soldados que estaban en el burgo, que dentro
nunca los dexaron entrar en la villa con saltapantanos ni con espadas,
sino solamente con dagas; y á Mendo, con cuarenta soldados de mi
compañía que habian venido conmigo y estaban en el burgo, que por
hacerme gracia los dexaron entrar. Hice abrir la puerta, y ordené á
Mendo que con los caballos cerrase con el primero cuerpo de guardia
que tenía el enemigo, y que con la asistencia de aquella infantería,
que llevaban saltapantanos, fuese cogiendo y matando á los que andaban
en los jardines; y él lo efectuó puntualmente, y trayendo algunos
presos, los burgeses se los querian matar, y queriéndolos defender los
soldados, les dixe que dexasen hacer á los burgeses por tanto más
empeñarlos. Dió este pequeño efecto tanto ánimo á los burgeses, que ya
tenian al enemigo en poco; no obstante que si él acometiera la villa
por dos partes, como era su intencion, con batería formada, nos pusiera
en trabajo, aunque no dudo que tuviera su parte dél ántes de ganarla.
Mas pareciéndole que no saldría con la empresa fácilmente, se resolvió
de ir á tomar los fuertes que estaban en el territorio de Gruninghen,
y el principal era Delfezijl, sobre el rio Ems, de más importancia
que todos, en el cual habian puesto los de la villa una compañía, de
las dos que ellos tenian á su cargo; y ofreciéndolos yo soldados de
su Majestad para meter dentro, jamas los quisieron, pretendiendo ser
cosa suya, temerosos de que metiendo yo gente en él, no se le volveria
despues. Esta plaza está sobre uno de los dos canales que de la mar
vienen á la villa, y cuando el Conde de Rhimbergh la ganó, le usurparon
ellos, del cual han pretendido siempre ser propietarios, suplicando á
su Majestad les hiciese merced dél dándoles la alta justicia; y sobre
esto escribió su Majestad que le informasen de ello; yo lo resistí
todo cuanto pude, porque era hacer grande agravio á un caballero
llamado Ripperdá, cuyo era el lugar donde estaba el fuerte, y él
residia en Alemania; y si bien no servia al Rey, ménos al enemigo.
El estorbo que yo les hice en esta tan injusta demanda, con otras
ocasiones que adelante diré, fueron causa del ódio que despues han
tomado conmigo, y de que yo muchas veces con tanta eficacia haya pedido
á su Majestad me hiciese merced de sacarme de este gobierno, porque,
como he dicho, así me parecia convenir á su real servicio, pues yo no
podia forzar á esta gente á que se le hiciesen como debian. Al fin,
el enemigo fué sobre el fuerte, y las compañías que estaban dentro se
le rindieron, sin esperar batería. En este tiempo su Alteza invió á
Mons de Huerpen, que ahora es gobernador de Maestricht, para que se
informase de mí, del estado en que estaban las cosas de este gobierno
y las del campo enemigo. Oyó la batería que hacia en los fuertes, é
informado de lo que habia en la tierra, se volvió. Su Alteza viendo al
enemigo ocupado por estas partes, se resolvió de ir á sitiar el fuerte
de Nimega á grande instancia que los de aquella villa le hacian para
ello. El enemigo, habiendo tomado los fuertes que he dicho, se volvió
con su exército hacia Gheldres. Su Alteza me invió á mandar que le
fuese á hablar, y fuimos el conde Herman y yo, y llegamos á Nimega el
mesmo dia que su Alteza se retiraba del fuerte, por tener órden de
su Majestad de ir á Francia. Mandó que el conde Herman se volviese
á este gobierno con los burgomaestres y síndicos de Gruninghen, que
estaban allí proveyendo de algun dinero para el sustento de la gente
de guerra, y á mí, que tomase el exército á mi cargo, lo cual no quise
rehusar por las causas que he dicho. Y ántes de su partida se trató
de la recuperacion de Zutphen y de asegurar la villa de Nimega, que á
mi parecer, segun le propuse, se podia hacer, ya que no queria dexar
guarnicion dentro, pues podia; que atrincheando hacia la puerta que
va á Mozza, en aquel alto se podian poner dos ó tres mil hombres,
ofreciéndome de quedar con ellos. Parecióle bien esto, pero tratándolo
con otros se mudó, y sin dar otra órden, no obstante que los buenos
de aquella villa andaban dando voces por las calles diciendo que
quedaban perdidos y vendidos, se partió para Francia, y á mí me
invió al exército, dexándome ordenado que deshiciese la fortificacion
que Camilo Archini habia hecho en Midelver, y el fuerte que Mons de
Rinavelt guardaba enfrente de la villa de Rees, necesarísimo para el
paso en Frisa. Maravillábame yo de que estando la villa de Nimega en
tanto peligro mandase romper estos fuertes, que en parte la tenian
sujeta, y así no obedecí al primero mandato, ni ménos al segundo,
pero con el tercero y el cuarto fué fuerza hacerlo. Y así no hubo
su Alteza partido, cuando los de aquella villa comenzaron á tratar
con el enemigo, y él á marchar con alguna gente hacia ella el rio
arriba. Entendiendo esto, me partí para allá con alguna caballería é
infantería. La gente del enemigo hizo alto hácia Til, y yo en Mozza, y
aquí me resolví de ir con alguna parte de mi gente á la villa, y contra
la opinion de Nicoló Basta y de otros capitanes que iban conmigo,
entré dentro con dos compañías de caballos, dexando los demas fuera;
hice convocar al Magistrado en casa de Mons de Guilein, gobernador de
la tierra, proponiéndoles que, si la querian asegurar, recibiesen más
gente de guerra dentro, que allí la tenía para dársela tal como ellos
la quisiesen, lo cual les ofrecí tres veces y todas me lo negaron. Y
así, vista su resolucion, me volví á salir y fuí á Midelvert, adonde
junté gran cantidad de villanos de alrededor para desmantelarle, como
su Alteza me habia mandado, y á Mons de Rinavelt avisé que hiciese lo
mesmo del de Rees, llevando la artillería y municiones el rio arriba,
á Rhymbergh, donde hoy está. Yo andaba con el exército buscando de
comer donde lo podia hallar, por padecer necesidad así la caballería
como la infantería, que con esta comodidad me han dado siempre los
cargos, y estando entre Mastricht y Riuermunde, tuve aviso que el conde
Mauricio marchaba con su exército hacia Nimega. Y por hacer lo que
pudiese y que no se me diese culpa, escogí de todo el exército de dos
á tres mil hombres sueltos, y aunque los dos regimientos de alemanes,
de los condes de Barlaymont y Arembergh, andaban descontentos dias
habia, jurando de no tornar á pasar la Mosa hacia Bravante sin ser
pagados, todavía con promesa que les hice de que los volveria al mesmo
puesto, la pasaron á Venló, por donde caminé por más seguridad mia,
que tomando el camino de Mozza iba en gran peligro de perderme, por
estar ya el conde Mauricio al rededor de la villa de Nimega. Consideré
que ya que aquella villa se hubiese perdido, ó no me quisiesen admitir
dentro con la gente que llevaba, por lo ménos aseguraria la de Grave,
que es de tanta importancia, y estaba tambien en peligro por estar
ausente Mateo de Castelo, gobernador de ella, y haber poca guarnicion
dentro; y así me fuí allá, avisando por todas las vias posibles al
Gobernador de Nimega que yo estaba allí para meterme con él, y que
con la gente de guerra que tenía tomase una puerta, y que avisándome
haberlo hecho, á la hora yo caminaria con la gente rio arriba, por
ser camino secreto y cubierto. Mas los de la villa, como superiores
de la gente del Rey que estaba dentro se apoderaron de las puertas, y
dixeron al Gobernador que ni él ni ningun soldado del Rey se llegase
á ellas, porque le harian pedazos; y en esto iban tratando con el
enemigo. Como supe lo que pasaba, tuve la villa por perdida, y así me
resolví de asegurar la de Grave; y habiendo tenido aviso de la gente
de guerra que estaba dentro, de que los burgeses no andaban bien, y
que eran superiores de ellos, hice caminar á la infantetía que habia
traido conmigo hacia allá, y adelantándome un poco, hice venir los
burgomaestres á la puerta, á los cuales propuse que valdría mas meter
aquella infantería dentro, que no que anduviese por aquella campaña
haciendo daño, prometiéndolos de entretenerla sin daño de la tierra.
Respondiéronme que lo tratarian con sus burgeses, pero que temian que
no lo podrian alcanzar, por haberles prometido otros lo mesmo y no
cumplido. Entraron dentro y volvieron con resolucion de que en ninguna
manera los burgeses querian que entrasen, y que si yo lo intentaba se
alterarian y tomarian las armas. Y estando ya asegurado de los soldados
que estaban de guardia á la puerta, hice que detuviesen fuera á los
burgomaestres; púseme delante de los soldados, y ordené que sin tocar
atambor me siguiesen todos, y así entré dentro sin estorbo ninguno
hasta el castillo, donde puse los alemanes, y las demas naciones, como
italianos, irlandeses y valones, repartí en los hospitales, cuerpos de
guardia y en algunas casas vacías, sin permitir que soldado entrase
donde hubiese burges. Ayudóme á dar á esta gente victuallas de pan,
queso y cerveza un comisario de victuallas llamado Romade Robertin, en
lo cual se empleó como bueno y fiel servidor que es de su Majestad.
Supe despues de algunos enemigos que he tenido en prision, hombres
que podian saber el secreto de su exército, que si yo no entrára, la
villa estaba ya concertada con el enemigo; á lo ménos puedo asegurar
que si no era así, estaba en este peligro. Pocos dias despues llegó
de la otra parte del rio Mons de Guilein, con toda la gente de guerra
que estaba en Nimega, la cual se habia rendido al enemigo sin su
voluntad, de que el pobre caballero, como muy fiel á su Majestad, venía
con tanta angustia y pena, que temí muriera allí, de que le dió una
enfermedad que le duró muchos meses. Al fin los inconvenientes vienen
las más veces por negligencia y descuido de otros, y los semejantes
lo vienen á lastar y padecer. Alojé aquella gente tambien dentro,
por no perderla fuera, dándola la misma comodidad que á la demas, y
pocos dias despues llegó Mateo de Castelo, que venía de Tornay, donde
tenía su mujer. Habiendo el conde Mauricio dado órden en la villa de
Nimega, se retiró; y queriendo yo hacer lo mesmo, dixe al Gobernador
que pidiese la gente de guerra de que tenía necesidad, que yo se la
dexaria, y que me espantaba de que habiendo tanta artillería dentro de
la tierra, tenía tan poca pólvora; y era tal, que me habia sido fuerza
refinarla á mi costa miéntras estuve allí; advirtiéndole de los medios
por donde se podia proveer de ella suficientemente. Dexéle algunas
compañías de italianos, que me pidió y nombró, y volvíme adonde habia
dexado el exército. Y su Alteza, para el viaje de Francia, que áun no
era partido, invió por la mayor parte de la gente de él, y la llevó el
Maestre de Campo D. Gaston Espinola, si bien los dos regimientos de
alemanes altos se alteraron del todo, y se alojaron á su gusto entre
Mastricht y Liexa. Y en esta sazon mandó su Alteza al duque Mauricio
de Saxa levantar un regimiento de infantería alemana en esta provincia
de Linghen, y él juntó la gente suficientemente; destruyó el país, y
los de él llevaron el regimiento hacia Colonia, haciendo mucho mal por
donde pasaba, y así se deshizo de sí mesmo. El Duque, los capitanes
y reliquias de él, sabiendo que yo estaba en Mastricht, me fueron á
hablar, y en virtud de una carta que su Alteza habia escrito al Duque,
me pidieron alojamiento y entretenimiento. Respondíle que su Alteza
entendia que habiendo pasado muestra se juntase con el exército que
yo gobernaba, y que él no la habia pasado, que el exército era ido á
Bravante, y así yo no podia cumplir lo que me pedia; que haria bien
en ir á hablar á su Alteza, pues yo no podia mandar en aquel país, y
así lo hizo. Sabe Dios las causas por que este regimiento se deshizo
y no pasó muestra, y lo mesmo el del duque Francisco, su hermano, que
asimesmo se levantó en este país, y en él tambien se deshizo, siendo
ambos muy necesarios para el servicio de su Majestad. En el tiempo
que se levantaron se perdió el dinero del Rey, destruyóse el país,
perdióse el teniente coronel Teseling, y no hicieron otro efecto.
Partido su Alteza para Francia, escribí al Conde de Mansfelt, que en
su lugar gobernaba, suplicándole que fuese servido de proveerme algun
dinero para la gente de guerra de mi gobierno, porque me queria volver
á él. Mandóme venir por el dinero á Brusélas, y así fuí, donde estuve
algunos meses solicitándolo sin poderlo alcanzar. En este tiempo
sucedió la muerte del Duque de Cleves, y siendo necesario inviar de
parte de su Majestad á su enterramiento, y á poner una persona en el
gobierno de Gheldres, aunque para ambas cosas yo era poco suficiente,
me mandó su Excelencia que lo hiciese, sin darme ninguna comodidad
para mi gobierno, ni áun para el ajeno, y la que me dió para mi viaje
apénas bastaba para pagar la escolta de Brusélas á Namur, que entónces
este camino estaba muy peligroso. Tambien me ordenó que acabado aquel
servicio me volviese á la villa de Mastricht, que por ser de tanta
importancia convenia que una persona de recaudo estuviese en ella, por
haber llevado su Alteza consigo á Francia al Gobernador. Pasando por
esta villa para el viaje que he dicho, avisé al capitan Limburg, que
la gobernaba, que estuviese con cuidado, porque sabía que el enemigo
queria dar una escalada á aquella tierra, ordenándole que en sabiendo
que el enemigo estaba en campaña, estuviese él con toda la gente de
guerra á las murallas todas las noches, y que de dia doblase las
guardias á las puertas. El conde Mauricio vino y dió la escalada,
y fué ventura no ganarla. El capitan, descuidado demasiado, por más
que fué avisado del Gobernador de Wert que el enemigo marchaba, y
por no haber dado parte al magistrado de este aviso, vino en ódio de
aquel pueblo, el cual, á mi vuelta allí, me solicitaba mucho que le
castigase por algunos indicios que tenian de no ser fiel, á mi parecer
no bastantes para quitar la vida y la honra á un soldado que, desde
el principio de esta guerra, habia yo visto servir á su Majestad bien
y fielmente. Poco despues de esto vino de Francia el Gobernador, y yo
me volví á Gheldres. Los de la villa de Mastricht procedieron contra
el Limburg para echarle de ella, y así vino aquí con el regimiento del
Príncipe de Simay y sirvió como muy honrado soldado hasta la muerte.
Con todo esto, fuí caminando dia y noche por ser el tiempo corto, y
con gran peligro llegué á tiempo. Hice lo que se me mandó, asistiendo
al entierro y exequias del Duque, de que puntualmente advertí á su
Excelencia, y embarcándome el rio abaxo, me fuí al país de Gheldres,
adonde gasté mucho más de lo que tenía.
* * * * *
Venida la primavera, el enemigo formaba su exército, y avisé de ello, y
de que sin ninguna duda daria sobre mi gobierno; y con todos los avisos
que dí y la solicitud grande que hice, jamas pude alcanzar asistencia
con efecto, sino en promesas. Ya era vuelto su Alteza de Francia, y
mandándome volver de Gheldres á mi gobierno, lo hice luégo con la mesma
ayuda y provision que ántes me habia dado. Y no hube llegado, cuando
entendiendo que el enemigo queria acometer la villa de Steenvick ó
Covorden, donde me puse por estar en medio de todo el gobierno, aunque
no estaba tan bien proveida como la de Steenvick, que tenía á cargo el
teniente coronel de Mons de la Mota con más de mil soldados, la flor
de la gente de guerra que el Rey tenía en esta provincia; y él, por
su valor y prudencia suficiente para aquello y para mucho más, y con
su diligencia y ayuda de los vecinos y soldados de dentro, la habia
reparado lo mejor que se pudo; que fortificarla como era menester no se
podia hacer por causa del sitio, en mucho tiempo. Acertó á estar en
aquella villa Mons de Guaterdich, gobernador de Santa Gertruidemberg,
que habia venido allí para cierta empresa que el Rey nuestro señor
mandó que se hiciese por Pedro Rans, criado suyo; y aunque se conoció
ser engaño y trato doble, este caballero, por tener valor y deseo de
servir á su Majestad, sabiendo que el campo enemigo marchaba hácia
allí, se quedó dentro queriendo hallarse en aquel sitio. Llegó el
enemigo con exército y aparato real, y cuando yo supe que caminaba,
importunaba con grande diligencia á su Alteza, que estaba en Aspá
tomando la agua, y al Conde á Brusélas, por el socorro; y viendo que se
tardaba, procuré, con la poca gente que tenía, aumentar la guarnicion
de la tierra, é invié al capitan Sante con alguna gente y el dinero
con que me hallaba; el cual hizo tan buena diligencia, y se gobernó
de manera que por mucho cuidado que el enemigo tenía y más hacia para
estorbar el socorro, entró dentro sin ninguna pérdida.
El enemigo, despues de haber hecho sus trincheas, las cuales no pudo
hacer sin que las salidas que hizo Mons de la Cocquela le hiciesen
daño, hasta tomarle banderas que tenía en ellas, y plantó su artillería
en dos partes, en cada una puso treinta piezas, y otras dos en otra
parte, que batian un molino que se habia hecho para meter agua en el
foso. Comenzó su batería desde las cinco de la mañana hasta las de la
tarde, la más terrible que se ha visto en esta guerra; y pareciéndole
que habia hecho batería para dar asalto, puso todo su exército en
escuadron, y reconociendo las baterías con tres capitanes que fueron á
ello, el uno fué muerto al borde del foso, y hallando haber hecho poco
efecto, y estarse la estacada entera y bien guarnecida de mosquetería
y arcabucería, se retiraron por aquella noche á sus cuarteles, y luégo
comenzaron á cegar el foso y á arrimarse con la zapa á la muralla
por tres partes, é hicieron dos minas, habiendo batido un torreon de
la puerta que estaba á cargo del capitan Bartolomé Sanchez. Nunca
yo cesaba de solicitar el socorro viendo la grande ocasion que el
enemigo daba para deshacerle parte de su exército si yo tuviera gente
para ello. Tenía aloxada su caballería léxos de su infantería, y
donde tomándole un puente que no estaba guardado, y rompiéndole,
no podian socorrer su infantería, y en el alojamiento no habia sino
una calle por donde la caballería podia salir, por ser todo lo demas
pantanos, donde la infantería podia hacer grande efecto sin daño de
la caballería. A tener yo infantería suficiente, con ayuda de Dios,
poca ó ninguna de ella se me escapára, y perdida ésta, la villa fuera
socorrida, y por lo ménos el enemigo no podia retirar su artillería
por se haber secado el rio por donde la habia traido, de tal suerte
que con el tiempo que hacia, de ninguna manera se podia navegar por
él. El enemigo, continuando su zapa y mina fuera de ella, habia hecho
dos castillos de madera, uno mayor que otro, hechos con gonces y
tornillos, de modo que juntando las piezas en parte segura con ruedas
y otros artificios, los llevaban enteros donde querian, y eran hechos
de arte, que en diversos suelos que tenían, podia estar mucha gente de
guerra segura de arcabucería y mosquetería; de donde, descubriendo no
solamente el terrapleno, mas las calles y casas, hacian mucho daño.
Viendo esto Mons de la Cocquela, puso dos piezas de artillería detras
de una casa, con las cuales, batiendo el mayor, le hizo inútil, y del
otro se recibia poco daño. Ya estaban los enemigos tan adelante en
el terrapleno, que se hallaban con los nuestros pica á pica sin osar
dar asalto, y por hacerlos más daño, el enemigo hacia tocar diversas
armas falsas, teniendo asestada toda su artillería; y poniéndose los
nuestros á la defensa, creyendo que era asalto, hacia grande efecto en
ellos. Viendo yo que el socorro tardaba, y conociendo el peligro de
perderse en que estaba la tierra, y que no habia mejor remedio para
estorbar la pérdida, ó por lo ménos dilatarla esperando el socorro,
que meter más gente dentro y proveerla de pólvora, de que comenzaban á
tener falta, avisé al conde Herman, que estaba en Gruninghen, que de
su parte inviase alguna gente con sacos de pólvora, y que yo tambien
inviaria por la mia; y que señalando el dia, hora y lugar donde se
habian de juntar, procurasen entrar dentro. Despues que el capitan
Sante entró con aquel socorro, los enemigos hicieron en aquella parte
algunos fuertes; y aunque el sitio era aguanoso, no dexaban de noche
de entrar y salir avisos entre fuerte y fuerte, y esta gente llevaba
órden de hacer el mesmo viaje, y con las guías que les habia dado
fueron, y la cabeza que yo habia inviado con la gente entró dentro, y
el que el Conde por su parte, ó cansado ó perdido de ánimo, estando á
tiro de piedra del lugar, por haber tocado los fuertes arma, se retiró,
siguiéndole de cuarenta á cincuenta soldados; que los más de ellos,
venido el dia, se perdieron, y él tuvo ánimo y fuerzas para volver
seis leguas atras, faltándole para ir un tiro de piedra adelante. Este
mesmo dia habian comenzado los nuestros á tratar con el enemigo, el
cual, habiendo hecho dos minas y alojado su gente por el terrapleno,
por no tener por aquella parte traves ninguno que se lo estorbase, dió
fuego á las minas, que nos fueron de poco daño, ántes la una de ellas,
estando enterrado un torreon de la villa junto á ella, resistiendo,
reventó hácia los enemigos, en los cuales hizo mucho estrago. Dieron
con todo esto su asalto por tres partes, reforzándole de gente cinco
veces, y duró desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde,
perdiéndose mucha gente de ambas partes. Entre los nuestros murieron
tres capitanes, el conde Luis, hermano del conde Herman, el capitan
Biondel, del regimiento de Mons de la Mota, y el capitan Hessel, de
mi regimiento, y el conde Mauricio salió herido de un arcabuzazo en
el rostro. Al fin, viendo los nuestros que no habia nueva de socorro,
y que los enemigos estaban tan adelante en el terrapleno, muchos de
los nuestros heridos, y todos generalmente cansadísimos del trabajo
y pelear, tornaron á parlamentear con el enemigo, á quien al cabo
rindieron la tierra, y uno de los artículos fué que saliesen de este
país, pasasen el Rin, y en seis meses no pudiesen volver á él. Cosa
mal á propósito para el servicio del Rey, por ser la gente tan buena,
como he dicho, y hallarme con poca esperanza de haber otra para
resistir al enemigo. Avisé de todo á su Alteza á Aspá, y al Conde de
Mansfelt á Brusélas, suplicándoles me socorriesen, advirtiéndolos de
que el enemigo quedaba tan mal tratado, que en mes y medio no se podia
rehacer para salir en campaña, porque se decia haber perdido más de
dos mil hombres. Bien tardó todo el tiempo que he dicho en refrescar
su gente y en rehacerla. Ya que esos señores no procuraron el socorro
con tiempo, perdido el que el enemigo no estuvo en campaña y el que
estuvo en rehacerse, bien pudieran de haber sido servidos de darle
cuando se le pedí, inviándome, como he dicho, que sin duda se hubiera
excusado lo que despues ha sucedido. Al fin importuné tanto á su Alteza
y á su Excelencia, que resolvieron de inviarme socorro, y entre tanto
el enemigo, habiendo rehecho su exército, marchaba hácia Covorden. Y
habiendo proveido de artillería, municiones y gente, dexé al conde
Federico dentro y me fuí á Grol á aguardar el socorro, teniendo aviso
que marchaba. El enemigo vino y sitió el burgo de Covorden, y dexando
el Mauricio al conde Guillermo, su primo, sobre aquel sitio, se partió
con parte del exército y artillería á sitiar la villa de Oetmarsum; y
vino tan repentinamente sobre ella, que Mendo, que estaba dentro con
mi compañía, habiéndole dado órden de no dexarse encerrar, hubo de
pasar por medio de los enemigos para salvarse con la compañía y meterse
en Oldenzel, dexando dentro otra de mi regimiento. El conde Mauricio
hizo sus trincheas, y plantando la artillería, mataron los nuestros
á Mons de Fama, general de ella; y despues de haber batido, se le
rindió la tierra con los mesmos pactos que la de Steenvick. Miéntras
él estaba en aquel sitio, su primo se acercaba al burgo de Covorden,
el cual no tenía más fortificacion que una trinchea simple, defendióle
el conde Federico algunos dias hasta que volvió el Mauricio del sitio
de Oetmarsum; y una vez estuvieron los enemigos dentro del burgo, y
los nuestros los tornaron á echar fuera; pero viendo el Conde que al
cabo no le podia defender, le quemó y se retiró al fuerte hácia donde
el enemigo caminó con sus trincheas; y conociendo que era una masa
de tierra, y que su artillería, por mucha que era, podia hacer poco
efecto, se puso á ganarle por zapa, sangrando primero el foso, que
era grande, aunque no muy hondo; y con cierto ingenio que usan los
marineros, sacaban la agua apriesa. Hizo tambien dos plataformas que
abrazaban los dos baluartes, de donde tiraba á las defensas haciendo
daño. Yo, confiando en el socorro que se me prometia, aunque habia
puesto dentro mucha gente más de la que se suele poner en semejantes
fuertes, hice apear parte de la compañía de don Sancho de Leiva y parte
de la mia, y á mi alférez con ellos, y los metí dentro pareciéndome
que siendo españoles ayudarian mucho al Conde. El enemigo hizo algunos
fuertes, habiendo el Conde hecho una salida sobre ellos; y haciendo
uno bien cerca de la tierra, el Conde le batió con su artillería
desde el fuerte, y los que estaban dentro fueron tan hombres, que
aunque los hacia grandísimo daño por no estar en defensa, nunca se
movieron. Mandó el Conde salir del fuerte una buena tropa de soldados
para darle asalto, y diéronsele, y los de dentro se defendieron
muy valerosamente, pero al fin quedando muy pocos de ellos vivos,
y viniéndoles socorros de sus cuarteles, los nuestros, por no ser
cortados entre los dos fuertes, se retiraron. Murieron allí dos alférez
de mi regimiento, Juan Lopez, español, y Mons de Ruylle, valon, que
lo era de mi compañía coronela, ambos muy valientes soldados. Hechas
las plataformas, comenzó el enemigo á henchir el foso (hacen esto con
mucha maña y presteza), y en este tiempo me llegó el socorro á Grol, á
cargo de Mons de la Capela, con su regimiento de Liejeses, el tercio
de D. Gaston y el de irlandeses de Mons Stenley, que todos juntos
no pasaban de ochocientos soldados, y algunas compañías de caballos
á cargo de D. Alfonso de Avalos, hermano del Marqués del Guasto, que
cierto no llegaban á cien caballos por tener las compañías muy faltas
de gente, tanto que me acuerdo haber pasado una delante de mí con
dos arcabuceros delante de avanguardia, tres lanzas de batalla, tres
mujeres y un clérigo de retroguardia, sin tener más soldados que éstos,
y todo este buen socorro, sin un real, ni ménos yo le tenía. Viendo
la sustancia de esta asistencia, y temiendo que si poniala gente en
los casales, el enemigo los podria degollar fácilmente, me resolví de
meterlos todos en la villa de Grol, por evitar este inconveniente,
que sin falta sucediera como digo, y con ser la tierra pequeña y de
ruines casas, ellos y la guarnicion ordinaria estaban cubiertos.
Y por más entretener al enemigo en el sitio de Covorden, despaché
luégo para entrar dentro algunos valones del regimiento de Mons de la
Capela con un capitan suyo, y díle tan buena guía, y él lo hizo tan
bien, que entró dentro con mucho peligro, y avisando el de la Capela
á su Alteza y á su Excelencia particularmente de la gente que habia
traido aquí, las cartas se perdieron en el camino y vinieron á manos
del conde Mauricio, y él las envió al conde Federico dentro con un
trompeta, para que viese el socorro que habia venido. Él respondió que
aunque no viniese otro socorro, que esperaba con el de Dios defender
la plaza. Tambien escribia yo muy á menudo, suplicando que el socorro
fuese tal que pudiese ser bastante, porque aquél no lo era. Tratando yo
un dia con algunos capitanes del tercio de D. Gaston, de que holgára
que estuvieran dentro del fuerte algunos capitanes más de los que
habia, se ofreció de su buena voluntad el capitan Jerónimo de Oria,
genovés, caballero de mucha virtud y valor, que él iria, y procuraria
entrar ó perderse. Y yo se lo agradecí como á quien él es y el caso
requeria; fué con algunos soldados amigos suyos, y con tener guardia
el enemigo por aquella parte, pasó como un rayo rompiendo por ella y
entró dentro. Su Alteza me escribia que me inviaria socorro suficiente,
que así lo habia ordenado y podia hacer porque tenía mucha y muy buena
gente en Aspá para su guardia, y grande suma de dinero que le habia
venido de España. Invió al fin el socorro á cargo de D. Alonso de
Mendoza, con su tercio de infantería española y una buena cantidad de
caballería, y con esto y lo que acá estaba, se pudiera socorrer el
fuerte si viniera á tiempo y con medios, porque aunque vino con él un
oficial del pagador, no traxo un real consigo, ántes me dixo que le
habia faltado para cumplir con algunas compañías españolas, de una
paga que se les habia dado en Bravante, pero que de Colonia habia de
venir cierta suma. Vino esta gente cuando ya el enemigo habia cegado
el foso del fuerte, y por una cortina de un baluarte se habia metido
dentro, arrancando los árboles de que estaba vestida, con ingenios
de tornos. Alojóse dentro de él y minándole sin podérselo estorbar,
porque siendo las cortinas cortas, los traveses de los baluartes
hacian poco efecto, y las dos plataformas tambien impedian que no se
pudiesen valer de ellas, porque tiraban continuamente allí cruzando
su batería; acertó á ser el baluarte más fuerte de los cinco que el
fuerte tenía, y así el Conde le cortó, desamparando la mayor parte
de él, comenzando á hacer una retirada, hácia una plataforma del
fuerte, por la cocina de una casa, hasta lo que habia cortado del
baluarte, que tambien hacia traves como la plataforma. Y sabiendo yo
por las espías que tenía en el campo del enemigo, el estado en que
estaban las cosas de él, daba priesa al Maestre de Campo D. Alonso de
Mendoza que caminase é hiciese diligencia, y él la hizo, y sabiendo
que estaba cerca, tomé la avanguardia con la gente que acá estaba,
para informarme de más cerca de cómo se podia socorrer. Llegando el
Maestre de Campo y sabiendo que yo me habia partido, me siguió con
mucha presteza, aunque llovia y hacia mal tiempo. Juntámonos en Ulsen,
lugar del condado de Benthen, y otro dia marchamos juntos á Denichum,
tambien lugar del mesmo condado, una buena hora de camino de Covorden.
Este fuerte de Covorden está en un sitio fuertísimo, que de todas
partes le cercan pantanos y turbales inaccesibles la mayor parte del
año; solamente hay un paso arenisco y duro debaxo, pero siempre con
agua, y dura ántes que se llegue al fuerte y despues á la entrada de
él, adentro, una pequeña hora de camino, paso hecho á posta para las
barcas de una provincia á otra, que esto significa el nombre Covorden;
hay tres ó cuatro arroyos que salen de estos pantanos y turbales, y
todos vienen á dar al fuerte, y de ello se hace un rio, que va por unos
grandes prados á entrar en el rio Vecht. Pocos dias ántes que nosotros
llegásemos á Denichum, habia venido el Conde Holac con un regimiento
nuevo y alguna otra gente, á juntarse con el Mauricio; y queriendo
estar apartado de él, se alojó entre Denichum y su campo, pero más
cerca de él que de nosotros, donde se habia fortificado; mas sabiendo
que el socorro venía, habia dexado aquel puesto y tomado otro. La metad
de la fortificacion estaba delante del rio que viene de Covorden, y
la metad detras, y tambien dexó éste como supo que éramos partidos de
Oldenzel; y luégo tomó otro mucho más fuerte que los dos, acercándose
al cuartel del Mauricio, adonde se fortificó con grandísima priesa,
como tambien lo estaba el Mauricio en su cuartel, y fuera de esto, así
por aquel paso de agua que he dicho, como por otras partes por donde
podiamos pasar, habia ya hecho buenos fuertes, y reparar y doblar las
trincheas, tanto contra nosotros, como contra el fuerte. Traia conmigo
tres piecezuelas de campaña, con las cuales hice señal al Conde de mi
venida, y por no perder tiempo, invié alguna caballería á tomar lengua
por aquella parte donde estaba el Conde Holac; y por los pantanos invié
dos capitanes, uno italiano y otro español, porque mi intencion era, ya
que se podia caminar por ellos, que con toda la infantería se llegase
por aquella parte, lo más cerca del fuerte que se pudiese, como no
fuesen sentidos, y con la caballería tocarles arma la mayor que fuese
posible, y que la infantería estuviese hecha alto y que en oyendo esta
arma arremetiese á las trincheas, y ganándolas, no dudaba de ganarse
las plataformas y echar los enemigos fuera del burgo, que áun todavía
estaban atrincheados. Considerando yo que tocando arma al cuartel del
Holac, el Mauricio viniera del suyo al socorro, como despues hizo, y
que entónces nuestra infantería hubiera hecho el efecto que he dicho
facilísimamente, por estar el cuartel del Holac media hora de camino
hasta las trincheas. Los dos capitanes fueron á reconocer el paso
para guiar la infantería, y de enmedio del camino se volvieron sin
reconocerle, echando la culpa el italiano al español, diciendo que no
habia querido pasar adelante, y que él no queria ser más prudente ni
valiente que el otro. Hicieron una gran falta al servicio del Rey,
que con el favor de Dios, rompiéramos al enemigo, porque parte de su
exército estaba fuera á traer victuallas, que padecia de ellas por
estar léxos de sus tierras; tambien padeciamos nosotros, más por falta
de dinero que de victuallas, que muchas nos venian; pero los soldados
de este gobierno y los demas que habian venido con el Maestre de Campo
D. Alonso de Mendoza, salvo los de su tercio, dexaban sus banderas por
ir á buscar de comer, y á no estar el enemigo ocupado en sus fuertes
y trincheas, como lo estaba, él hiciera suerte en nosotros. Visto lo
que los dos capitanes habian hecho, ó no habian hecho, nos resolvimos
de acometer el cuartel del Holac, escogiendo de las naciones que
allí habia mil soldados que fuesen de avanguardia, y que tras ellos
fuese la demas infantería y la siguiese toda la demas caballería, con
intencion de que los mil soldados acometiesen los primeros, y ganando
las trincheas, la demas infantería se pusiese en escuadron dentro del
cuartel, y que toda la caballería encubierta en un bosque, que estaba
junto al cuartel del Holac, esperase á la gente que viniese al socorro
del cuartel, del Mauricio. Tambien se ordenó que no se tocase arma
hasta que se pelease mano á mano con el enemigo; habiéndolos dado una
guía para mostrarles por donde entraban y salian los carros de aquella
fortificacion, no habiendo puerta ni trinchea en aquel paso. Cuando
llegaron estos mil soldados al cuartel donde habia estado poco ántes
el Holac, creyeron que se iban huyendo y diéronse priesa á caminar
tras él; á los que llevaban la guía, con la mucha que iban y la arma
que tocaron, se les escapó de las manos, que fué causa de que no se
acertó lo que pretendiamos. La gente se derramó por aquellas trincheas,
acometiéndolas por diversas partes, y el enemigo que estaba en ellas,
por haber tocado arma tan temprano, las defendia valerosamente. Mataron
luégo al capitan D. Juan de Bivanco que iba en la avanguardia, y á otro
capitan aleman del regimiento del Conde de Barlaymont, que habiendo
entrado dentro con algunos soldados y no siguiéndole los demas, le
mataron con los que con él habian entrado. Ya era llegado el Mauricio
con el socorro, y el dia aclaraba, y temiéndome de lo que sucedió,
habia hecho adelantar la caballería para dar calor á la infantería,
y si sucediese mal, poderla retirar más seguramente. La artillería
de sus trincheas nos comenzó á hacer gran daño, y con los unos y con
los otros, tuve trabajo en recoger y retirar la infantería, viendo
que miéntras más se estaba allí era más perder. Al pasar del rio puse
alguna infantería en las trincheas que el Holac habia dexado, por
si el enemigo nos cargase. Volvimos al cuartel siempre con cuidado,
porque no nos acometiese el Mauricio á la retroguardia, que toda la
gente de su exército, salvo la que estaba en las trincheas, habia
ya acudido allí. Debieron de morir aquel dia, de los nuestros, cien
hombres de la infantería, de todas naciones, que no fué mucho segun
jugaba la artillería y arcabucería del enemigo. Otro dia, por no
mostrar flaqueza, me fuí á presentar con el exército junto á Covorden,
enfrente del cuartel del Mauricio, llamándole con la mayor parte de las
trompetas que tenía, á batalla, pero ni quiso darla, ni ménos trabar
escaramuza, y yo lo deseaba por ver si le podria sacar de sus trincheas
y pelear con él; visto que no queria, me volví al cuartel, habiéndome
mostrado á los de Covorden para darles ánimo. Despues de esto fuí á
reconocer el paso de Scherembergh, pensando pasar por allí á la Drent
y tentar por aquella parte el camino de Gruninghen, y no fué posible
con llevar los caballos á mano. El teniente Mendo que iba delante se
empantanó de manera que ni él ni su caballo podian salir del pantano.
En este tiempo habia llegado el conde Herman á juntarse con nosotros,
con la gente que habia sacado de aquel país; y su hermano, que estaba
dentro del fuerte, viendo que no le podiamos socorrer, y que el enemigo
le habia minado la mayor parte del baluarte que él habia cortado, se
rindió con muy honrados pactos que el enemigo le concedió por hallarse
apretadísimo de victuallas; y si el socorro, como vino á lo último me
viniera al principio, cuando el otro, con las comodidades que en tales
casos se requiere, el fuerte se socorriera sin ninguna duda, y el
Mauricio y su exército estaban en gran peligro de perderse ó recebir
un notable daño. Mas al fin las victorias vienen de Dios y él las da á
quien es servido, pero tambien es necesario que los hombres se ayuden
y provean de su parte sin dexar tales cosas á la ventura. Cuando vino
Mons de la Capela con aquel socorro, el tiempo era seco y por todas
partes se podia caminar, lo que no se podia hacer en el que vino D.
Alonso de Mendoza, que era de otoño, y con las aguas de él, se habia
hecho dificultoso lo que ántes era fácil.
* * * * *
Sabida la rendicion del fuerte, volví á inviar con gran diligencia
al conde Herman con la gente que habia traido á Gruninghen por la
Bretanga, que era el camino por donde habia venido, y yo me fuí con
la demas gente al villaje de Velthusen, lugar del Conde de Benthem,
y allí estuve algunos dias para ver lo que el enemigo queria hacer;
donde la gente de guerra que habia venido con Mons de la Capela me
pedian la paga, que les escribian de Bravante haber inviado para
ellos, y decian que yo habia recibido, lo cual era falso; y los que
más me apretaron con poca modestia, fueron los italianos del tercio de
D. Gaston, diciéndome que su maestre de campo los habia escrito que
yo tenía su dinero. De estas y semejantes caridades se me han hecho
muchas en esa Córte, y sus inventores no me han sido de poco trabajo
y estorbo al servicio de su Majestad, siendo causa de que los soldados
pierdan el respeto, sin el cual no pueden ser bien gobernados. Habiendo
el enemigo proveido y reparado el fuerte, retiró su artillería y
exército hácia Svol; y yo, habiendo comido y forrajeado los contornos
del cuartel adonde estaba, me fuí al villaje de Geelhusem, junto al
castillo de Benthem, adonde los alemanes de los regimientos de los
dos condes de Arambergh y Barlaymont se alteraron, tocaron sus caxas,
y sin ninguna licencia, ni capitanes, ni oficiales, marcharon para
volverse á Bravante; yo fuí tras ellos, y con todas las buenas obras
y palabras que podia, les rogaba se quedasen á lo ménos miéntras el
enemigo estaba todo junto y no muy léxos de nosotros, y que podria ser
que él nos vendria á buscar, ó nos daria ocasion de buscarle á él; por
aquella noche se quedaron donde yo los alcancé, y otro dia siguieron
su camino sin poderlos detener, por más ruegos que D. Alonso y yo les
haciamos, y con ellos se fueron algunos que tenian tan poca gana de
quedarse como ellos. Pocos dias despues me vinieron de Colonia quince
mil escudos, los cuales se dieron á la gente de guerra que Mons de la
Capela habia traido consigo, que así vino ordenado de la Córte, y no
solamente mandaban que se diese de aquello la paga á los coroneles que
estaban ausentes, pero una buena suma de dinero más, sin que viniese
un real para los que estaban presentes sirviendo, ni ménos para sus
soldados. Recibido este dinero, tambien pretendieron ellos partirse.
Todavía estaba el enemigo junto, llegándose lo más cerca que podia
al paso por donde esta gente habia de pasar, con intencion de que ya
que los alemanes y los que fueron con ellos, por buena diligencia que
habian hecho, se le habian escapado, no se le escapasen estos que
quedaban. Don Alonso hizo una vez punta de partirse, adelantándose un
poco con esta gente, lo cual entendido por el Mauricio, caminó á la
ligera á encontrarlos; tuve yo aviso de ello, y advertí á D. Alonso
que se volviese, porque corria peligro. Y como el conde Mauricio
marchó á la ligera sin victuallas, y por el mal tiempo que hacia
de agua, su gente padecia y murmuraba, temiendo no le perdiesen el
respeto, deshizo su campo enviándolos á sus guarniciones. Entónces
pudo D. Alonso seguramente hacer su viaje como le hizo, y en este
tiempo vino aquí Robertin, comisario de victuallas, y ha sonado que
venía con alguna comodidad para asistirnos de victuallas al socorro de
Covorden, que aunque viniera seis semanas ántes, viniera tarde para
ello. Retirada la gente en Bravante, los de la villa de Gruninghen,
segun me informaban personas fidedignas y otras que inviaba á la Haya
á saber lo que pasaba, trataban con el enemigo, sino el cuerpo todo
junto del Magistrado y la burgesia, á lo ménos grande parte de unos
y de otros, de que avisaba muchas veces al Magistrado y al conde
Herman, que estaba en la villa; y como cada dia crecian estas nuevas,
me resolví de ir allá en tiempo de una grande helada, y llevé conmigo
cantidad de gente de guerra y pólvora. Los malos, como entendieron que
yo sabía su trato, viéndome venir de improviso, y con gente de guerra,
pusieron todo el estorbo que pudieron para que no la alojase en el
burgo; mas al fin, con ayuda de algunos buenos, la recibieron, y no
por eso los malos dexaban de procurar de ponerme mal con los buenos,
diciendo una vez que yo me entendia con el conde Guillermo, y que me
habian visto hablar con él en una escaramuza; otra que se casaba con
mi hija y yo con su hermana, por ponerme mal con los católicos, y como
gente vulgar acostumbrada á calumniar á sus gobernadores, no faltaba
quien lo creyese. Y teniendo siempre cuenta con sus pasos, entendí que
un hombre que vivia en el Coregat habia traido una carta del de Holac
para Juan Tembouren, Ernesto Herens y otros sus cómplices, en que los
solicitaba el proseguir la plática con la burgesia, prometiéndolos,
como Conde de Alemania, que el imperio recibiria la villa en su
proteccion, y que dexasen y renunciasen al Rey nuestro señor. La carta
y respuesta de ella vino á manos del Magistrado, prendiéronse los
hombres, y solicitando yo que hiciesen justicia de ellos, y que echasen
de la tierra algunos del Magistrado y del pueblo, que públicamente
decian que convenia y querian darse al enemigo, lo cual les queria
probar con algunos buenos del Magistrado y del pueblo, que se lo
habian oido y se lo querian mantener, el remedio que dieron á esto
fué responderme que sus diputados estando en esa Córte habian oido
muchas cosas semejantes, y que pues allá las sufrian, que tampoco
acá las querian remediar. Yo los repliqué, diciendo cosas que tocaban
al servicio de su Majestad y provecho de ellos, de que me pareció
no gustaban mucho; y á los tres que tenian presos, todo el mal que
les hicieron fué desterrarlos de la villa, y cuatro dias despues, me
solicitaban que dexase entrar al Tembouren, que era con quien muy de
secreto trataban con el enemigo. Respondíles que les via hablar por él
tan aficionadamente, que creia le dexarian entrar contra mi voluntad,
y que hiciesen de él lo que quisiesen. Llamáronle, y el Ernesto se
entró de suyo, y quexándome de ello á los burgomaestres, me negaban no
estar éste dentro de la villa, y sabiendo yo lo contrario, les dixe
la parte donde le hallarian, y dándole seguridad, vino á mi casa, de
que los burgomaestres quedaron confusos, y en su presencia le pregunté
el por qué amenazaba de matarme ó prenderme con otros muchos como
él. Que esto no lo decian entre sí solamente ni por las calles, mas
á la puerta de mi casa, y las mesmas amenazas hacian á los buenos y
católicos de la villa, tanto que una noche, no osando de dia, vinieron
á mi puerta algunos de ellos diciéndome estas palabras: Señor, vos y
todos nosotros estamos aquí perdidos y vendidos, porque los herejes
y mal intencionados son muchos más que nosotros, y vuestra persona
particularmente está en muy gran peligro, y así estamos determinados de
tomar las armas y defenderos todo cuanto pudiéremos. Yo los respondí
que como se conservase la tierra, era poca pérdida la de mi persona.
Pero temiendo que osando ellos poner las manos en mí, la pérdida de
todo aquel país era cierta, como sucedió cuando prendieron á Mons de
Billí siendo su gobernador, á la mañana invié á llamar al Magistrado,
y le dí cuenta de lo que habia entendido, rogándolos y protestándolos
que reprimiesen á los malos sediciosos, para que no viniesen á
desmandarse del todo, y que el remedio que habia era echar del lugar
algunos deslenguados de ellos, dándoles por memoria los que eran, la
cual me habia dado el vicario, cura de la iglesia mayor; y con todo
esto, ninguno de ellos fué echado fuera, ántes supe que secretamente
los acariciaban, y de esto, en mi casa reprendí ásperamente á un
burgomaestre, el cual por ser mancebo no sabía disimular como los
otros, y éste y su suegro, tambien burgomaestre, son los que ahora
entonan más alto los psalmos con el predicante hereje. Poco ántes
que esto pasase, me invió el Conde de Mansfelt, que ya su Alteza,
que Dios tenga en el cielo, era muerto, los italianos del tercio de
D. Gaston, los valones que están con el regimiento de Mons Stanley y
algunas compañías de Mons de la Mota, y con ellos un comisario con
algun dinero, que es la primera vez que me ha venido gente y dinero
juntos. El conde Guillermo juntaba gente con intencion de acercarse á
la villa de Gruninghen para alterarla, y por las apariencias que habia
en ella, y el aviso que yo tenía de una espía que se halló presente,
cuando diciendo al Conde que yo estaba dentro con gente, se dió una
gran palmada en la frente tirándose la barba, por lo cual, recelándome,
no dexé salir ningun soldado del burgo. Él se embarcó con su gente, y
fué á dar al Dolart, y apeóse en dos esclusas que están en la señoría
de Wedde, llamadas Dennigwolde y Belingvolde; y en aquel punto acertó
á llegar á Wedde el conde Federico con la gente que he dicho. Y el
enemigo, metiéndose en medio de las dos esclusas, en una hora se
fortificó de manera que no era posible llegar á él por ser los prados
pantanosos y los diques tan estrechos, que apénas podia un hombre
caminar por ellos. Avisó luégo al conde Herman y á mí á Gruninghen
de su venida y de lo que habia hallado, yo le escribí que alojase la
gente en Winschoten, y procurase estorbar la fortificacion al enemigo,
y no lo pudo hacer por las causas que he dicho. Su Excelencia mandó al
conde Federico que se diese priesa á levantar la caballería que ántes
le habia ordenado, y así se partió para efectuarlo, y en su lugar fué
el Conde, su hermano, á gobernar aquella gente; y tambien él, pocos
dias despues, fué proveido del gobierno de Gheldres, y siendo fuerza
partirse á él, quedó aquella gente á cargo del caballero Carcamo,
que gobernaba el tercio de D. Gaston, el cual, así con los capitanes
de él, como con los del regimiento de Mons Stenley, tuvo muchas
pendencias que pudiera bien excusar. La villa de Gruninghen estaba
tal, y la mayor parte del comun tan levantado, que no esperaba sino la
hora que lo fuese del todo, dando sobre los católicos y sobre mí, y
por esta causa no me osaba deshacer de toda la gente que tenía en el
burgo, ni desamparar la tierra, por decirme los buenos que al punto
que yo saliese, se perderian. Las indignidades que los malos de aquel
pueblo han usado, por no haber querido el Magistrado remediarlo, sabe
Dios, y lo que yo he sufrido por el servicio del Rey. Quexábase el
Magistrado de que los socorros que inviaban, no bastaban para poder
hacer la guerra ofensiva, y que la defensiva no los ayudaba más que á
acabarlos de consumir. Yo los aconsejé que lo significasen en la Córte,
pensando por esta via tenerlos en obediencia. Lo cual por mi parte
habia escrito muy particularmente, y que era necesario acudir muchas
veces á la fuente, y así se resolvieron de inviar un burgomaestre y
al síndico. Su Excelencia entónces formaba exército para socorrer á
Santa Gertruidembergh cuando ya era perdida, y no habiendo menester la
gente, se resolvió de inviarme buena parte de ella á cargo del conde
Federico, y ya el tiempo estaba tan adelante, que habia poco para hacer
guerra en Frisa, pues para el verano era tarde y para el hielo muy
temprano, siendo el mes de Setiembre. La gente que habia de traer el
Conde era la que habia salido rendida de Steenvick, el regimiento de
D. Filipe de Robles, parte del de Mons de Fressin y otras compañías
sueltas de guarniciones, dos del regimiento del Conde de Soltz y cuatro
compañías lorenesas, dos valonas y dos alemanas. Y como los soldados
de estas compañías entendieron que habian de ir á Frisa, habiendo ya
padecido en campaña, se desmandaron y huyeron, principalmente los
valones, que no quedaron la metad. La caballería era la del Conde, seis
cornetas de corazas de Lorena y la compañía de Butherghe, tambien se
desmandaron de estos coraceros, y se fué mucha parte de los mejores
soldados. Caminó esta gente hácia el Rin, llevándola el conde Herman á
su cargo, como Gobernador de aquella provincia, hasta embarcarla. De
allí adelante la llevó su hermano. Por la solicitud que los diputados
de Gruninghen y yo haciamos en Córte para poder hacer guerra ofensiva,
invió tambien cuatro piezas de artillería proveidas muy bastantemente
de todo cuanto era necesario para ellas, sólo faltó el dinero para
los que las gobernaban, siendo gente que quiere ser bien tratada
para sacar servicio de ella. La provision del dinero habia de venir
de otro que del general de la artillería, el cual, verdaderamente en
lo que le tocó, proveyó suficientemente. Entendiendo el enemigo que
me venía este socorro, quiso, no estando ocupado, inviarle tambien á
su gente de Frisa, que podia hacerlo con más presteza y comodidad que
nosotros, y así se resolvió de hacer un fuerte en la Bretanga, para
estorbar que nuestro socorro no entrase hacia Gruninghen. Este paso
de la Bretanga, que dura bien dos horas de camino, antiguamente le
hicieron los villanos juntando turbas y arena, como lo significa su
propio nombre; la metad es territorio de la señoría de Wedde, y la otra
del país de Munster, y con trabajo los unos y los otros le entretienen
para la comunicacion y trato de ambos países. En medio de este paso,
habia un sitio más ancho y arenisco, adonde hizo el enemigo un fuerte,
que cortando el camino, y con la cortadura hacer trinchea, cosa que se
podia hacer en una hora, era dificultoso echarle de allí, por no poder
de ninguna parte llegarse á él sino por el camino. No pudo Carcamo
llegar á tiempo para impedirlo, ni tenía comodidad para hacerlo, ni
ménos yo para asistirle, por estar tan ocupado en Gruninghen. Antes que
esto sucediese, escribí al conde Federico que acometiese el castillo
de Saesfelt y la villeta de Oetmarsum, que los enemigos ocupaban, por
no dexar atras cosa que nos estorbase, que lo hacian mucho aquellas
dos plazas, por estar ambas á hora de camino de Oldenzel, paso forzoso
nuestro para ir y venir á Bravante. El de Saesfelt se rindió luégo, y
Oetmarsum esperó batería, por tener dentro dos compañías de buenos y
experimentados soldados. Hecha batería, se rindieron con los pactos que
ellos habian dado á los de Steenvick, quedando los oficiales presos
para rescatar á algunos capitanes de Mons de la Mota, que se habian
perdido en el socorro de Santa Gertruidembergh. El Conde caminó luégo
con la gente, por el paso de Schonrebeck junto á Covorden, que por la
Bretanga no pudo hacerlo, por haberla ocupado el enemigo, dexando la
artillería que traia de Bravante, en Oldenzel. Habiendo pasado, fué
hácia Gruninghen, adonde yo tenía ya junta la gente que podia, con la
cual y la asistencia de la que habia venido, en un mesmo tiempo, por
no perderle, hice sitiar dos plazas que fastidiaban á Gruninghen, que
eran Suartezil y Sloter, yende yo á Suartezil y el capitan Cornelio
Gasparino á Sloter; yo llevé dos piezas de campaña que el Conde traia
consigo, sacadas de Oldenzel, pareciéndome que no siendo más de una
iglesia mal fortificada se le rendiria. El fuerte donde yo fuí, no lo
quiso hacer, fué menester batirle, y por ser hecho de tierra fuerte,
la batería hacia poco efecto; visto esto, invié un oficial aleman á
reconocer el foso, haciendo tirar continuamente la arcabucería de las
trincheas, para que más seguramente hiziese lo que le habia ordenado, y
tras él salió el alférez Peña con una faxina y una zapa, y poniéndola
al borde del foso, se reparaba con la zapa detras de ella, y tras él
fueron otros muchos haciendo lo mesmo, y visto por los de dentro dieron
muestras de quererse rendir, y en este punto los nuestros salieron
de las trincheas y el conde Federico con ellos, y dando asalto,
arremetieron por el puente con picas y alabardas y abaxaron el que
era levadizo; la subida era áspera y por la firmeza de la tierra daba
poca subida el terrapleno, y los de dentro se defendian valerosamente,
aunque eran pocos; peleóse mano á mano buen rato, pero habiendo muerto
al Gobernador del fuerte, que era el que más resistencia hacia, los
nuestros entraron sin dexar hombre á vida, y si alguno saltaba, los
de fuera le mataban. Hecho esto, volví con diligencia á Sloter, que
no se querian rendir, por aquella simple artillería que el capitan
Cornelio tenía; y sabido que yo venía con la preparacion que llevaba,
se rindieron. Yo habia ántes para mayor seguridad de Gruninghen y mia
(porque de hora en hora tenía avisos de que los malos querian tomar
las armas repentinamente y procurar prender ó matar á los católicos
y á mí) para poder hacer exército, sacado de Winschoten al caballero
Carcamo, y le puse con su gente al rededor de la villa para tenelle á
la mano y estorbar que no lo hiciesen. El conde Guillermo, que estaba
en el fuerte nuevo de la Bretanga, que hacia, se puso en campaña con
artillería, sitió y batió el castillo de Wedden, y los de dentro se
rindieron sin esperar asalto. Tambien el villaje de Winschoten, y
fortificó la iglesia, adonde yo me encaminé con la artillería que
habia sacado de Gruninghen, pareciéndome que los de ella, viéndonos
con fuerza en campaña, no osarian intentar su mala voluntad. El conde
Guillermo, dexando buena guarnicion en aquellas plazas, se volvió hacia
Frisa, á juntarse con el socorro que le habia venido con el conde
Filipe, su hermano. Yo proseguí mi camino hacia Wedden y rindióse
la gente que estaba en la iglesia de Winschoten. Pasé á Wedden,
adonde el enemigo habia puesto dos tenientes de infantería, con gran
cantidad de mosqueteros y otra buena tropa de soldados escogidos de
todas compañías; y segun se decia, el conde Guillermo y los Estados
de Frisa habian prometido á estos dos tenientes que si defendian bien
aquella plaza los harian capitanes, dexándolos municiones de boca
y guerra, é instrumentos para repararse y fortificarse, que aunque
fuera para una gran tierra bastaba, que proveen sus plazas de otra
manera que se acude á las nuestras. Esto fué causa que los tenientes
no quisieron, habiéndoles yo pedido la plaza, responder otra cosa,
sino que la defenderian hasta la muerte, y cumplieron su palabra,
y miéntras la artillería que quedaba atras llegaba, hice hacer con
diligencia las trincheas. Venida y batida la plaza, los de dentro
persistian en defenderla, y su mosquetería tiraba sin cesar dia y
noche, lo cual no podia ser sin algun daño nuestro, y recibiéronle
más que las otras naciones, los italianos, que verdaderamente habian
hecho su deber, en hacer sus trincheas, llegándose al foso con ellas.
Y prosiguiendo la batería, habiendo quitado dos torreones, que hacian
traves á la cortina, que era de tierra, los de dentro mostraban alguna
flaqueza, segun se via y oia entre ellos; nuestra gente y la italiana
ántes, por estar más cerca y vengar los compañeros que habian perdido
allí, se arrojaron al foso á dar asalto sin órden, cosa que muchas
veces sucede mal, y creo que entónces fuera así, si los de dentro se
hubieran defendido tan bien como los de Suartezil, entraron con poca
resistencia degollando á todos los que habia dentro. Reprendí á los que
arremetieron, advirtiéndoles de los inconvenientes que suelen suceder
de las cosas que se acometen sin órden. Y en este punto llegaron
algunos burgomaestres de Gruninghen, los cuales vieron todo lo que he
dicho.
* * * * *
El tiempo estaba ya tan adelante y el territorio era tal, que si yo
esperára mucho por las aguas que comenzaban, fuera imposible retirar
el bagaje y caballería. Consideré que me hallaba enterrado con aquella
gente sin poder salir ni por la Bretanga ni por Covorden si acometia el
fuerte de la Bretanga, no pudiendo en ninguna manera hacer trincheas
ni tener gente, porque zapando dos piés, y áun ménos, se hallaba agua;
y en más de una hora de camino, no solamente no habia casas, pero ni
áun árboles. A ser de verano, por importar tanto aquel paso, yo le
hubiera acometido, mas en el tiempo que era, infaliblemente me ponia
al peligro que he dicho. Y si me ponia á hacer dos fuertes, uno á la
entrada y otro á la salida de aquel paso para dexarlos consumir, como
yo tuve intencion una vez de hacerlo, me ponia al mesmo riesgo que
sitiando el fuerte; y por ser necesario hacer salida y entrada allí,
consideré que era mejor y más fácil hacerla por Covorden que por otra
parte, porque no teniendo paso, nosotros consumiamos á Gruninghen
en lugar de proveerla; y que hallándose el enemigo en campaña, con
exército tan fuerte como el nuestro, nos podia estorbar el sacar fruto
y sustancia del país sin medio para entretenernos; y que fuera de
esto, él podia aumentar su exército y ser asistido de Holanda, lo
que era imposible hacerse conmigo no habiendo paso. Y así me resolví
de irle á hacer junto á Covorden; pero ántes de ir allá, hallándome
á dos leguas de donde el enemigo estaba alojado, quise acometerle y
tentar la suerte de una batalla, más por desesperacion que con razon
de guerra, porque se habia de pasar por unos pantanos y turberas
peligrosas, y más en aquel tiempo lluvioso, junto á un gran fuerte
del enemigo, que á tener artillería, como no la tenian, yo no podia
pasar sino con gran daño nuestro. Tomé dos piezas de campaña conmigo y
algunos carros ligeramente cargados de victuallas, y fuíle á buscar,
haciendo un gran rodeo para ello, no estando él más de una legua de
Gruninghen. Tuvo aviso del camino que yo hacia y de la intencion que
llevaba, y no lo habia comunicado en aquella tierra con hombre nacido,
sino con el síndico y un burgomaestre de quien me fiaba. Pasado estos
pantanos y turberas, adonde la artillería y nuestros carros se habian
empantanado, y con grandísimo trabajo salido; y fué en parte, que desde
su fuerte nos tiraban con su mosquetería, pero hicieron poco daño.
Fué menester dexar reposar la gente, que venía cansadísima. Entre el
alojamiento que yo habia tomado y el del enemigo, habia otro fuerte
junto á nuestro cuartel, no tan sustancial como el que habiamos pasado,
hícele reconocer con intencion de darle aquella noche una encamisada;
mas los que estaban dentro se huyeron por los pantanos, y le dexaron.
El conde Guillermo y su hermano Filipe, como supieron que yo marchaba
hácia ellos, se comenzaron á fortificar bien en su cuartel, que ántes
no lo estaban; sin poder hacer más diligencia que la que hice, al
amanecer caminé hácia el enemigo, habiéndome dado á entender que el
puesto que tenía era llano y sin estorbo, y hallélo al contrario, fuera
del camino, que era terreno seco, pero todo lo demas de seis á seis
pasos fosos tales, que era imposible marchar en órden sin romperla;
y lleguéme hácia su sitio, é hice mis escuadrones de caballería é
infantería, trabóse escaramuza, puse las piecezuelas de campaña que
llevaba en un alto, y fuí en persona á reconocer su sitio para ver si
se podia dar asalto á sus trincheas, é hice refrescar la escaramuza
con infantería y caballería, pensando sacarle de ellas cebándole y
pelear con él fuera, con más seguridad que atrincheado; pero aunque
escaramuzaban siempre al abrigo, sin quererse adelantar, habia puesto
toda su infantería detras de ellas, y miéntras se escaramuzaba, su
caballería andaba siempre dentro de ellas corriendo de una parte á
otra, á quien yo hacia tirar nuestras piecezuelas, haciéndoles mucho
daño. Ha habido algunos que me han culpado de no haber llevado alguna
artillería gruesa para batirlos, y yo confieso que en esto tuvieran
razon si fuera posible llevarla, porque las trincheas del enemigo
y su puesto era tal, y el que yo tenía tan eminente, que con sola
la artillería, no siendo sus trincheas, como hechas de priesa, para
sufrirla, con ayuda de Dios les deshiciéramos, si el socorro hubiera
venido dos ó tres meses ántes, para poder llevar la artillería por
donde yo habia pasado, pero entónces era imposible. Despues de haber
reconocido los fosos, que digo que atravesaban por la campaña, y que
no se podia pasar por ellos en escuadron, ni dar asalto sin notoria
pérdida, se resolvió de retirarnos, habiendo hecho gran daño al
enemigo, y él á nosotros muy poco, y éste no á persona particular. Al
conde Federico le mataron su caballo y le dieron un arcabuzazo en el
brazal, que se le abollo dentro de la carne, cosa de poco momento, y
á un capitan italiano hirieron mal en una pierna. Así me retiré al
alojamiento que habia tenido la noche pasada, y otro dia por la mañana
fuí á pasar por el pantano junto al fuerte del enemigo; por haber
llovido aquella noche, y los carros y caballos roto el paso que yo
habia tomado á la venida, que estaba trabajoso de pasar, eché por el
otro lado, y pasando con trabajo, me fuí hácia Gruninghen cargando de
victuallas todo lo más que pude, y proseguí mi camino hácia Covorden,
porque miéntras más tardaba, más difícil era el hacer paso. Invié
alguna infantería delante, miéntras las victuallas se cargaban, para
que ocupasen el villaje de Dalem, y una casa de un caballero llamado
Herman Wandecamp, temiendo que los de dentro le quemarian, que era
el alojamiento que el conde Mauricio tenía cuando sitió el fuerte.
Otro dia, comenzando á caminar con la gente, nos adelantamos el conde
Federico y yo á Dalem, así para reconocer dónde se habia de hacer
el paso, como por alojar la gente, adonde hallé refrescándose la que
habia inviado á ocupar aquel lugar y la casa del caballero, la cual
hice partir luégo á la hora, y llegaron á la casa á tiempo que los del
fuerte, ó la mayor parte de ellos, estaban fuera, haciendo escolta á
muchos carros de victuallas que les venian. Los nuestros dieron de
manos á boca con ellos junto á la casa, y conociendo la poca gente que
habian dexado en el fuerte, quisieron más retirarse á él que salvar los
carros, los cuales se perdieron, y salvaron pocos. Aquí se perdió una
muy buena ocasion, porque si aquella gente se deshiciera ó se cortára,
que no pudiera entrar dentro, habia quedado tan poca en el fuerte, que
se les podia dar escalada por todas partes, sabiendo yo donde habia
paso en el foso para poderlo hacer en metad del dia, y siendo poca
gente, mal podian acudir á todas partes ni resistir á tanta como les
diera el asalto, y habia algunas partes por donde no eran menester
escalas; mas no siempre suceden las cosas de la guerra como se desea y
pretende. Alojé la gente en aquel villaje de Dalem, é invié parte á la
casa de aquel caballero. Las aguas cargaban, la necesidad de la gente
se aumentaba, y en los regimientos de valones de D. Filipe de Robles y
Mons de Fressin habia casi tantos oficiales como soldados, y éstos con
ánimo de volverse, como ya algunos lo comenzaban á hacer sin licencia.
Procuré dar priesa á hacer el paso y algunos fuertes en los caminos,
y para él, me concerté con el Drosarte de Covorden, y con el teniente
coronel de Mons de Billí, y por quinientos escudos, se obligaron de
hacerle, y así le acabaron bastante para carros, artillería y todo
lo que fuese necesario; y por el mal tiempo de aguas y ser el sitio
tan pantanoso, todos los soldados que trabajaban en él, ó murieron ó
quedaron para ello; tambien los soldados trabajaban en los fuertes,
parte sin dinero y parte pagados. Y considerando que no era posible
comunicarnos con Gruninghen sin aquel paso, y que no se podia conservar
sino guardándole con gente, y que el enemigo, saliendo fuera ó entrando
dentro, podia romperle, y hacer inútil todo lo que se habia trabajado
y quitarnos el paso de la otra parte, y no teniendo yo en donde alojar
aquella gente el invierno, porque la sustancia de las cuatro villetas
no era para alojar la octava parte de la gente, y siendo fuerza tenerla
en campaña, en ninguna parte la podia tener más cómodamente y sin ménos
daño que al rededor de Covorden, y hacian el efecto que digo de guardar
el paso, y estando allí, tambien estorbábamos la entrada y salida de
las provisiones del fuerte. En todo el tiempo que allí se estuvo, no
me aparté un paso de la gente, sufriendo y padeciendo como el menor
de ella. Los valones de los regimientos que he dicho se huyeron, y
yo dexé ir los que quedaban, porque no eran de ningun servicio. Las
compañías de alemanes altos de Lorena y del Conde de Soltz hice alojar
en estas villetas, por ser extranjeros, quedándome en campaña con los
demas, de la cual tambien se desmandaban y huian algunos. El Drosarte
de Covorden, que ahora está en esa Córte, me daba á entender que los
de dentro no tenian de comer sino hasta los Reyes; y con los avisos
que él me daba, escribia yo lo mesmo al archiduque Ernesto y al Conde
de Fuentes, y tambien avisaba que el enemigo se preparaba para meterse
en campaña á la primavera, no sólo con todas las fuerzas que tenía
acá, pero que levantaba caballería é infantería nueva, con asistencia
del Palatino Elector; que convenia juntar las nuestras tambien y
hacerle resistencia. Su Alteza me invió el regimiento del Príncipe de
Simay, sin coronel ni teniente coronel, á cargo de un sargento mayor,
á quien los oficiales y soldados tenian poco respeto. Esta gente y la
mayor parte de la que siempre se me ha inviado, ha sido porque hacia
daño ó fastidiaba en Bravante, y del trabajo que el conde Herman tuvo
en hacerlos pasar el Rin y su buen gobierno, él podrá dar relacion;
fundábanse en su desobediencia y poco respeto de cierta paga que se
les habia prometido al paso del Rin; fuéles fuerza darles la mayor
parte del dinero que se repartia por entónces entre la gente de guerra
de aquí para darlos contento, y con todo esto destruian el país y le
robaban, y se iban al enemigo de veinte en veinte, de manera que en
poco tiempo se diminuyó mucho este regimiento. Pocos dias despues
mandó su Alteza al duque Francisco de Saxa que levantase un regimiento
de alemanes, dándole este país de Linghen para el efecto. Escribí
á su Alteza que aunque yo sabía que este país no podia sustentar
este peso de levantar un regimiento, yo haria por obedecerle todo
cuanto pudiese y me fuese posible, y así por esto con mi órden el
Drosarte y los del país se concertaron con Juan de Tessilin, teniente
coronel de este regimiento, el cual, dándole cierta suma de dinero,
se obligó de levantar parte del regimiento aquí, y parte el Duque en
su tierra, habiéndole prometido cierta suma de dinero de Córte para
ello. El Tessilin cumplió en tener la gente junta para el dia que los
comisarios le habian ordenado, y viendo que tardaba el dinero para
pasarlos muestra, y que este país se arruinaba, se quiso ayudar del de
Munster, adonde estando con poco recato, vino el enemigo contra él, y
acometido, le prendieron por desgracia. Faltando á esta gente la cabeza
y los medios para entretenerse, siendo nueva y desarmada, se huyó la
mayor parte de ella; y á ésta, encontrando con las demas compañías
que el Duque habia levantado en su país, la pusieron tanto miedo, que
tambien se huyó. De la gente que habia quedado de estas tropas y se
pudo recoger, segun la órden que yo tenía, se hicieron tres compañías,
que están ahora en servicio, aunque muy deshechas de gente. Este fin
hizo este regimiento, no por culpa del país ni mia, sino por no haber
acudido al tiempo prometido á pasarle muestra. Con estas y semejantes
cosas se desgustan algunos señores de Alemania, que han hecho otras
veces servicio á su Majestad y son para hacerle, y á mi parecer, y
no me engaño, se ha de tener con esta nacion otro modo de proceder y
tratar, procurando tenerla contenta para el servicio de su Majestad,
pues siempre ha sido menester, y ahora más que nunca. Por los avisos
que continuamente daba á su Alteza, que el enemigo juntaba su exército,
me invió al comisario general Juan de Contreras con algunas compañías
de caballos, las cuales vinieron sin un real para sustentarlas; y
así fuí forzado, porque no se me volviesen á Bravante, á alojarlos á
discrecion en estas terrezuelas, con ser la gente de ellas pobrísima,
tanto que por no tener la vida, iban muchos á pedir limosna para
sustentar sus hijos y soldados, á quien habian de dar feno y avena y
de comer á sus mozos, cosa que enterneciera al más cruel hombre del
mundo, porque, aunque vian la pobreza de esta gente. Dios sabe cómo
algunos soldados de esta caballería los han tratado. Poco ántes de
esto, el tercio de don Gaston se desmandaba de manera que andaba del
todo desobediente, siempre fuera de sus cuarteles robando el país;
y avisándome el que los gobernaba y los capitanes que sus soldados
estaban todos resueltos de irse á Bravante, rogándome que por amor
de Dios y honra de su nacion y tercios, los diese licencia ántes que
ellos la tomasen. Estuve algun tiempo sin querérselo conceder, pero
considerando que si se iban sin ella se amotinarian del todo, y que,
segun entre ellos se trataba, harian amotinar tambien á los irlandeses
y valones, que ya habian tratado del puesto que habian de tomar y de
donde se habian de sacar sus contribuciones, pareciéndome que más
fácilmente pudieran los señores de la hacienda darles contento, yendo
con alguna manera de órden y obediencia, que no del todo amotinados.
Fuéronse con este tercio las dos compañías de Cornelio Gasparino y las
que habia aquí de valones de Mons de Stenley. Y de todo esto habia
avisado diversas veces, y de que convenia darlos contento por la mala
intencion que en ellos habia conocido, y si se hiciera, con poco
dinero hubieran cumplido con de trescientos á cuatrocientos hombres,
y no sucediera lo de Sichen, que tanto fastidio ha dado. Continuando
la junta que el enemigo hacia de su gente, y que la que levantaba se
le acercaba ya, la cual venía á cargo del Conde de Solms, que traxo
un regimiento de buena gente bien armada; y como esta nacion alemana
alta y los holandeses se llevan mal estando juntos, no duró mucho en
su servicio, y su Alteza se resolvió de inviarme más gente á cargo del
conde Herman, que entre alemanes, valones, irlandeses y españoles,
podrian ser hasta poco más de mil y sietecientos hombres, los españoles
como doscientos sacados de tres tercios, de doce ó trece compañías,
y con ellos venian dos capitanes, Juan de Zornoza y Juan Alvares de
Sotomayor. Y entre esta gente venian muchas personas particulares y
soldados honrados, y toda ella no traia un real, y así fué necesario
que el comisario, del poco dinero que tenía, los socorriese. De
esta manera y con tanta sustancia y medios, como ántes he dicho, se
me han inviado siempre los socorros. El enemigo venía proveido con
tanto aparato como el mayor príncipe podia traer; con más de doce mil
infantes y más de dos mil caballos, con los que nuevamente le habian
llegado de Alemania. Yo saqué la gente que pude de las guarniciones, y
con ella, la que tenía en campaña y la que habia venido, no llegaban á
tres mil y quinientos infantes, y la caballería que teniamos, inferior
de la del enemigo. Y si dixeren que cómo habia tan pocos al pelear y
tantos al pagar, responderé que en todas las compañías habia pocos
soldados, muchos oficiales y enfermos, y que en éstos entraba más de
la tercia parte de la gente. Teniendo el enemigo junta la suya, marchó
hacia nosotros y se puso en una villeta abierta llamada Omme, adonde á
la mesma hora se fortificó, metiendo dentro de la fortificacion todo su
exército, sin que alojase nadie fuera, y se decia que en la trinchea
habia tambien una palizada. Algunos dias ántes habia hecho tiempo tan
seco, que los pasos que de ántes eran dificilísimos se hicieron buenos
y llanos; y siéndome fuerza, por la desigualdad que habia de la gente
del enemigo á la nuestra, juntar la que yo tenía, porque así éramos
algo y separados nada, y perdida una parte fuéramos perdidos todos,
por la distancia que habia de un cuartel á otro y la dificultad de
juntarnos, y unidos quedaban todos los pasos abiertos, por los cuales
el enemigo podia entrar y salir como quisiese sin podérselo estorbar;
habiéndose alojado y fortificado como he dicho, deseando venir con él
á las manos, invié al conde Herman á tocarle arma y hacerle emboscada
con toda la caballería, y con dar nuestra gente hasta cerca de sus
trincheas, no se quisieron apartar léxos de ellas. Era mi intencion
sacarlos á la campaña, y que el Conde se viniese retirando poco á
poco hacia mí, escaramuzando con poca gente de retroguardia, y que
pegando fuego á una casa, fuese señal de que el enemigo marchaba.
Yo tenía la infantería ya presta para con la diligencia posible ir
á encontrar al Conde, viendo la señal. Ésta hizo dos veces, sin que
el enemigo mostrase gana de pelear, el cual, por habernos nosotros
juntado y por el tiempo seco que hacia, podia muy bien hacer de noche
su efecto. Invié otra vez al comisario general á ver si se movia ó no,
y encontrando con una compañía del enemigo, la deshizo. Los villanos,
prisioneros y espías, todos confrontaban en tener el enemigo la
gente que he dicho, y ya por estar cerca de nosotros no nos venian
victuallas, que las villetas y villajes, ó por no las tener, ó por
la conformidad de religion con el enemigo, no las querian dar, por
cumplir en esto con ellos y su secta; y cuando las hubiera, no pudiera
inviar escolta, porque, siendo poca, no fuera segura, y si mucha, el
enemigo nos cargára miéntras la gente estaba fuera, y nos poniamos
en mayor peligro. Llamé á todas las cabezas del exército á consejo,
proponiéndoles el estado en que nos hallábamos y cuán poca comodidad
teníamos de victuallas y de forraje, y que lo más que yo habia podido
juntar de feno, avena y pan, no bastaba para sustentarnos dos dias,
porque el trigo que los de Gruninghen me habian entregado, se habia
dado la mayor parte á la infantería, porque no se desmandase ni tuviese
ocasion de dexar sus banderas para irlo á buscar; y que fuera de esto,
habia ordenado, por lo que podia suceder, proveer á Oldenzel, Oetmersom
y Ensquede, y fué tal la provision, que la que más proveida estaba era
por ocho dias á lo más. Poniéndoles asimesmo delante el inconveniente
que podia venir de esperar al enemigo y de el no esperarle, que ambas
cosas le habia considerada la poca gente que teniamos, para la que
el enemigo tenía, que sin aventurar nada, viniendo con trincheas como
venía, nos aventurábamos á perder y no á ganar; que á poderle acometer
adonde estaba, sin evidente pérdida, ya yo hubiera sido de opinion de
hacerlo, y que si con todo esto ellos lo tenian por bueno, no quedaria
por mí. Los más de ellos fueron de opinion de retirarnos y conservar
aquella gente, esperando que se nos inviaria más, poniendo delante que
si ésta se perdia, se perderia todo el país y sucederian otras pérdidas
mayores. Los condes de Berghes fueron de parecer que se guardase el
paso, y fuéles respondido que no era de ningun fruto, pues era fuerza
juntarnos todos, y que haciéndolo, dexábamos al enemigo el paso libre
para socorrer el fuerte á su voluntad, ni ménos guardar el paso le
estorbaba que no fuese á Gruninghen, teniéndole por otra parte más
seguro y cómodo para él, y poniéndonos adonde decian, no sólo hacia él
lo que está dicho, pero nos podia cortar, sin ninguna duda, por una y
por otra parte las victuallas, y que faltándonos éstas, servirian de
achaque al soldado para desamparar las banderas por irlas á buscar, y
que entónces fuéramos forzados á nuestro pesar á retirarnos y hacerlo
á vista del enemigo, tan superior de gente, que no habia tan simple
soldado que no entendiese que era peligrosísimo; que ya en el exército
comenzaban muchos á murmurar contra mí, diciendo que los queria poner
en la carnecería, y otros, quizá ménos valientes, cuando supieron que
se retiraba, braveaban, habiendo dicho ántes lo que los otros; que
así se gobiernan muchos el dia de hoy, usando de artificio, como en
otra parte he dicho. Resuelta la retirada, se trató de inviar la gente
de Gruninghen y alguna más, quedándonos con la que arrimados á una
tierra, nos podriamos defender, ya que no podiamos ofender; y habiendo
rehusado cierta persona de irse á meter en esta villa por falta de
dinero, ordené al teniente coronel de Mons de Billí, que fuese con
aquella gente, procurando poner la que me quedaba á cargo de otro, é ir
yo allá, no mirando que era obligado á quedar con la gente, que no me
faltaba voluntad para hacerlo, como lo mostré los años pasados; nadie
se queria encargar de la gente, y todos se excusaban, y para decir
verdad, yo pudiera servir mejor que otro, si el enemigo nos cargára,
como de estilo de guerra debia de hacer, no ignorando él nuestras
incomodidades, y lo que más era de temer, que esta gente, que habia
venido nuevamente de Bravante, salvo los españoles, me habian dicho
no quererse encerrar en ninguna tierra; los irlandeses, por no tener
cuartel con el enemigo, y los alemanes, por otros respectos, y si yo
no me hallaba con ellos, los unos y los otros entónces efectuáran, sin
duda lo que despues hicieron, y si lo hicieran, no quedaba por perder
cosa de lo que ahora hay. Caminé con la gente á Denichum, haciendo
quemar los fuertes, adonde estuve más de un mes y medio, sin que me
inviasen un solo real para entretener esta gente, la cual se comenzó
á desmandar luégo como se llegó al cuartel, que ni oficial ni capitan
podia estorbarlo. Procuré luégo de inviar á Gruninghen algunos valones,
y queriendo emplear una persona, de quien yo tenía confianza, le vi
con tan mala voluntad, que me resolví de inviar un oficial de mi
regimiento con algunos soldados á sólo reconocer los turbales por donde
habian de pasar; él fué, entró con ellos, é invió á avisarme de lo que
habia hallado, y el conde Federico entónces deseaba entrar dentro,
mas por haber de irse á pié, siendo él pesado y el camino largo,
junto con la poca gana de los soldados, lo dexó. Ya habia escrito á
los de Gruninghen que les queria inviar gente y cuando podia llegar,
y respondiéronme que no fuesen sin dinero. Esto no sólo entónces,
pero otras veces me habian respondido lo mesmo. No habia un real ni
memoria de que viniese, y no se hallaba, ni el Comisario ni yo teniamos
crédito, por no haber hombre que fuese caudaloso en este pobre país que
nos pudiese ayudar.
* * * * *
El enemigo dexó de seguirnos, que, á mi juicio, era lo que debia
hacer, y aunque pudiera ir á Gruninghen desde Omme por otra parte tan
cómoda y más, tomó este paso por avituallar de un camino el fuerte.
Estando en su alojamiento primero, recibia cartas de los malos de
Gruninghen, incitándole á venir sobre ella, y prometiéndole que no
sería llegado cuando se rendiria, y á su peticion marchó hácia allá.
Nuestros soldados se desmandaban de manera que dexaban el cuartel
solo, y viendo esto, comunicándolo con algunos, me resolví de inviar
una persona á su Alteza, porque á muchas cartas que le escribia no me
respondia; é hice eleccion del capitan Juan Álvarez de Sotomayor, el
cual, aunque de mala gana por haber de hacer ausencia en tal coyuntura,
se partió luégo, pero fué tan mal guiado, que se perdió, dando en
una emboscada de los enemigos. Y así, por el peligro en que las
cosas de Gruninghen estaban, tomó á su cargo este viaje el Comisario
general, prometiendo ser de vuelta en muy pocos dias, y porque no le
sucediese lo que al capitan Sotomayor, llevó consigo la mayor parte
de la caballería, la cual le habia de acompañar parte hasta pasar
el Rin y parte hasta Brusélas; y en el camino encontró con alguna
caballería del enemigo, con la cual tuvo buena suerte. Llegado á la
Córte, su diligencia se resfrió de manera que no volvió más, ni ménos
la caballería, con haberla llevado toda consigo para volver con más
diligencia y seguridad. Éste fué el socorro que negoció, no por su
falta, porque ni él, ni los diputados de Gruninghen que estaban en
la Córte, pudieron alcanzar que el socorro de Gruninghen viniese á
tiempo. A la partida del comisario general, estábamos inciertos si el
enemigo sitiaria de todo punto á Gruninghen ó si volveria á nosotros;
y yo habia escogido aquel puesto de Denichum por ser fuerte y estar
cerca de las villas que el enemigo podia acometer, no pudiendo hacerlo
tan de priesa que yo no tuviese tiempo de arrimarme con la gente que
tenía conmigo. El conde Mauricio prosiguió su camino hácia Gruninghen,
y porque las promesas de los malos de aquella villa no le saliesen
en vano como la otra vez, llevó grandes provisiones de todo, tales
como ántes he significado. Que de esta manera se hacen las empresas
difíciles, fáciles, y al contrario las fáciles, dificultosas, faltando
lo necesario. Llegado delante de la villa, atrincheó su campo de manera
que la entrada y salida era de peligro y dificultosa. Perdiéronse
algunos soldados entrando y saliendo, con quien usó de rigor por
atemorizar á los demas, y aunque tenía tanta provision de artillería y
municiones, su principal intento no fué tomalla por batería, sino por
la zapa, y así con ella fué derecho á un rebellin nuevamente hecho,
el cual, por no estar acabado, tenía el foso estrecho y de poco
hondo. Batió la puerta que salia á este rebellin, así por quitar á los
nuestros la entrada y salida en él, como por atemorizar á los burgeses,
rompiendo las casas con las balas que pasaban por la batería de la
puerta. Tambien batió una torre que está á un canton de la villa, junto
á un rio que viene de la Drent, por donde se proveen los burgeses de
turbas, y fué siguiendo sus trincheas y sitio, batiendo las defensas.
En este tiempo yo solicitaba con mucha instancia que se socorriese
esta villa, y á la fin se me escribió que su Alteza habia ordenado al
Conde de Fuentes que hiciese este socorro y que ya él se preparaba para
ello, pero más despacio que el peligro requeria, porque los motines lo
estorbaban, que nunca se han hecho sino en las mayores necesidades que
se han tenido de la gente, principalmente para las de este país. Las
desórdenes de nuestros soldados se aumentaban tanto, que sin licencia
de sus capitanes y oficiales los del Conde de Solms tomaban las armas
y se juntaban con intencion de volverse á Bravante, y lo hicieran sin
falta entónces, si no acudiéramos los dos condes hermanos y yo; y el
conde Federico los apartó á cuchilladas, hiriendo á algunos de ellos;
y como estaban de tan mala voluntad, no sólo robaban el país, pero se
dieron á saquear iglesias y casas nobles, y las otras naciones hacian
lo mesmo, no pudiendo yo remediar ni castigar esta desobediencia
general, sino era con fuerza, y ésta habia de salir de los proprios
que hacian los robos é insolencias. Castigáronse algunos de los que
robaban iglesias, sin osar mostrar rigor con los demas, porque no me
dexasen solo, ni hiciesen lo que despues hicieron; y áun disimulando
el saquear el país, se volvian á Bravante sin licencia, llevando las
bolsas llenas de los robos que habian hecho, y quexándose decian que se
habian ido por el mal tratamiento que yo les habia hecho, y si alguno
llegó á Bravante pobre, fué porque así los enemigos, como los villanos,
sabiendo que se iban, les salian al camino, y quitándoselo, los dexaban
ir. La mayor parte de los que se han ausentado sin licencia, lo han
hecho más por ruindad y miedo que tenian que por necesidad, pues el
mal que yo les hacia era asistirlos y ayudarlos con lo que podia,
empleando en esto no sólo mi hacienda, pero mi crédito; y si no les
daba pagas como ellos querian, no era culpa mia, pues éstas habian
de venir de otra mano que de la mia. Estando en este trabajo, llegó
el dinero de su Majestad, el cual procuré que se les diese luégo.
Pasó toda la gente una manera de reseña, y el comisario Melendez les
repartió el dinero sin meterme yo en ello, como lo hago despues que
supliqué á su Alteza que no me mandase manejar dinero del Rey, y con
haber sabido algunos que no me he ocupado en esto, me culpan de no
haber dado más dinero del que se dió. El Comisario tiene las cuentas,
y él hizo el repartimiento, el cual se hizo mejor que por allá se ha
hecho, porque se empleó con mucho cuidado en ello, y si la gente no
era mucha, eran muchos los capitanes y oficiales, como ántes dixe. Mas
por la distancia que hay de aquí á esa Córte, ó por malicia, algunos,
con pasion ó ignorancia de las cosas, informan fuera de camino y de
la verdad. Despues de haber recibido este dinero la gente de guerra
se andaba todavía robando, aunque no con tanta insolencia, por no ser
sólo la falta del dinero la que les movía á ello, sino la intencion
que tenian de, pagados ó no pagados, volverse á Bravante con licencia
ó sin ella. El enemigo proseguia su sitio, y llegando con su trinchea
al foso del rebellin, y segándole, se pegó con la zapa y mina dentro
de él. Los nuestros en este tiempo hacian algunas salidas, matando
muchos enemigos y tomando banderas en sus trincheas, prendiendo tambien
algunos oficiales y un capitan. Los de la villa, digo los malos, que
eran los más, tomaron las armas para echar á los buenos de la villa,
y darla al enemigo, como se lo habian prometido. Mas los soldados del
Rey, que estaban fuera, que áun hasta aquel dia no los habian dexado
entrar, acudieron al peligro dexando casi la guardia del fuerte y de
la batería, y los que estaban en el burgo con los vecinos de él, que
siempre han sido fieles, dando asalto al lugar, rompiendo la estacada
del foso, entraron dentro. Con esta asistencia sobrepujaron los buenos
á los malos, y si entónces del todo hubieran de ellos limpiado la
tierra, ó los prendieran ó matáran, pudieran detenerse algun tiempo
más. Escondióse el burgomaestre Balen, como autor de la traicion, segun
se decia, y el burgomaestre, su yerno, juró por el Rey más de miedo
que de voluntad, que no la tenía buena, y si los nuestros en aquella
furia halláran al Balen, sin duda le matáran. El conde Mauricio, como
sintió la revuelta de la villa, se estuvo en sus trincheas temiendo no
fuese alguna estratagema, sin consentir que soldado ninguno saliese
de ellas, y si entónces acometieran, pudiera ser que se lleváran
el rebellin, y como los nuestros entraron en la tierra contra la
voluntad de los de ella, proveyeron mejor las guardias. El enemigo
casi perdia la esperanza de tomalla, con haber sido avisado que, no
obstante lo sucedido, prosiguiese la empresa, que la villa era suya
como fortificase bien las entradas, que no pudiesen pasar quinientos
mosqueteros que yo queria inviar, habiendo hecho reconocer los pasos,
y eran tales que no era posible, porque los arroyos y fosos tenian
barcas armadas, y en los demas fuertes de tierra y trincheas. Los de
la villa de Gruninghen dan siempre á uno del Magistrado el cargo de la
artillería y municiones, y éste fué entónces Gisbert Harens, el cual
al principio del sitio decia á nuestros soldados que tirasen cuanto
quisiesen, porque habia pólvora para dos años, y no lo dudo, porque
ellos ántes habian hecho gran provision de ella, y cuando últimamente
fuí llevé de la del Rey una gran cantidad, y despues les habia dado
toda la que ellos dixeron haber inviado á Steenvick, y en este tiempo
vino á entenderse que no habia sino de veinte á treinta quintales. Y
avisándome de ello el teniente coronel con un soldado, éste fué preso,
y por él supo el enemigo la falta de pólvora que habia, y por otra
parte tuve aviso que los malos de dentro, so color de apacentar sus
vacas por la otra parte de la tierra, daban y recibian avisos de todo
lo que en ella pasaba, y como Gisbert dixo que habia tanta abundancia
de ella, se gastaba con poca consideracion, tirando liberalmente
donde no era necesario. Nunca yo tuve buena opinion de este hombre
en lo tocante á cristiano, sabiendo que habia inviado sus hijos á la
villa de Amsterdam á un consistoriante, grande hereje, y así se puede
creer que de malicia lo habia hecho desperdiciar y escondido mucha
parte, como despues se ha dicho y hallado. Sabido esto por el enemigo,
minaba á toda furia el rebellin, y sintiéndolo los nuestros, le
cortaron reparándose, pero siempre dexaban en lo cortado su guardia.
Acabada la mina y dándola fuego, la guardia fué maltratada. Dió una
manera de asalto, pero no osando acometer lo cortado. Con esto, la
falta de pólvora y el trabajo contínuo, nuestra gente se disminuia
de número y de ánimo, y en las casas y por las calles las mujeres
de los burgomaestres Balen y Leo, madre é hija, andaban incitando
al pueblo que se rindiese, diciendo la madre que si no se hacia, su
marido quedaria con infamia por haberlo prometido muchos dias habia;
y tambien dicen que la mujer de un capitan del Rey que está en esa
córte hacia lo mesmo, y que su marido la escribia que no habia socorro,
y que sabía que no la escribiría sino la verdad. Estas tres mujeres
hacian más mal que treinta hombres, porque movian á las demas á que
incitasen á sus maridos á rendirse, que allí ellas tienen más voto y
mando en sus casas que en otras partes. Su Alteza en este tiempo y el
Conde de Fuentes, nombrado, como he dicho, para este socorro, escribian
á menudo á los de la villa, y por más que yo procuraba con dádivas y
promesas que hacia á los soldados, ninguna de las cartas pudo entrar.
Poco ántes de esto se perdió junto á Wesel el alférez Lázaro Sanchez,
que venía con una de su Alteza en hábito de villano, el cual así habia
ido y vuelto dos ó tres veces; lleváronle preso al conde Mauricio, y
con amenazas que le hicieron, prometió mostrar las cartas que habia
escondido, y fué su ventura hallarlas en el hueco de un árbol, donde
las habia puesto, que á no darlas le maltratáran. Díxose de no sé qué
promesa que este hombre habia hecho al enemigo, que por haberle yo
visto servir lealmente no lo pude creer, pero el miedo hace prometer
cosas sin voluntad ni pensamiento de cumplirlas; bien es verdad que
despues que se hallaron las cartas, el conde Mauricio le trató bien, le
sentó á su mesa y me le invió sin rescate, pero pidiéndome por él otro
que el Comisario general habia dexado en Rimbergh, de los que habia
roto en el camino yendo á la Córte. Los de Gruninghen, deseando tratar,
inviaron sus diputados al enemigo; querian éstos, y áun algunos de
los eclesiásticos, ganar las gracias con él, y así cada uno procuraba
facilitar la rendicion; y no solamente los que salieron fuera, pero
la mayor parte de los que quedaron dentro hacian lo mesmo, hablando y
conversando con los enemigos á la puerta, miéntras se trataba, y áun
los metian dentro y hacian buena acogida; y á los nuestros, poco ántes,
les cerraban las puertas y hacian mal tratamiento. Los principales, que
muchos dias ántes trataban con los enemigos, eran los dos burgomaestres
Balen y Moyen Steynz, los consejeros Gaspar Willens, Robert Ulgart y
Draper. Este Draper era el que avisaba al enemigo lo que pasaba en
sus consejos, y Juan Tembouren era el mensajero secreto y Ernest el
negociador. La más parte del Magistrado era de la del enemigo, y ellos
tenian corrompida la mayor de la villa. De éstos eran los principales
el hijo del secretario Altinghe, que agora es burgomaestre, y los hijos
de Gaspar Willems, un Rolof Isbrans, y Isbrans Sbrans y otros muchos;
y el consejero Ulgart fué el que más insistió y solicitó al enemigo
estando en Omme, que fuese á sitiar á Gruninghen, asegurándole que la
ganaria. Éstos y otros semejantes eran los que procuraban meterme en
mal con todos para mejor venir á su intento. Y lo que hacian conmigo
hacian tambien con el Presidente de Frisa y con el consejero Wetendorp,
ambos fieles vasallos y servidores de su Majestad, sin tener otra
ocasion contra ellos que ser tales. Los principales que hacian esto,
que eran malos, comian y bebian conmigo muy á menudo, y despues iban
á incitar á los otros para que me prendiesen con los demas católicos,
y si no acudiera el conde Federico en aquel tiempo con la gente que
traia, sin falta lo intentáran. Cuando yo vine á conocer esta maldad,
y ellos entendieron que lo sabía, se dieron más priesa á solicitar
al enemigo, y por hacerlo más seguramente, inviaron á esa Córte al
burgomaestre Hubena y al síndico á solicitar el socorro por ser los de
quien ménos ellos se fiaban. Tambien han procurado, de poco tiempo á
esta parte, ganar á los condes Herman y Federico, haciéndolos gratos
con los malos, sirviéndolos y acariciándolos más de lo que solian, y
sé yo que Pok Hebrardi, secretario de la cámara del Rey, dixo estando
con los principales de esta máquina, que se procuraba en vano de ganar
á estos caballeros, porque los hallaba muy fieles servidores del Rey.
Concertada la villa con el enemigo, y salida la gente con sus armas
y bagajes, vinieron á Oldenzel, y de allí á pasar el Rin por haber
capitulado de no servir en tres meses de esta parte. Él se estuvo quedo
en su campo algunos dias proveyendo lo que era necesario en la tierra,
y yo en el primero alojamiento que tomé. Y aunque el Comisario habia
dado al regimiento del Conde de Solms más dinero que á los demas, y que
el comisario Roberti, que poco ántes habia venido para las provisiones
del socorro de Gruninghen, les daba á todos pan de municion, á la fin
resolvieron de partirse, dexándome con la necesidad de gente que tenía,
y el enemigo desembarazado para poderme acometer. Los del Conde de
Solms inviaron sus diputados á Oldenzel, á donde el conde Herman y yo
estábamos, á avisarnos de la resolucion que habian tomado, diciendo
que no fuesen á estorbárselo á cuchilladas como la otra vez, porque
se defenderian, y así otro dia comenzaron á marchar, y con ellos las
demas naciones, y la resta de la caballería que el Comisario general
habia traido, sin quedar conmigo más que los capitanes y oficiales. Y
considerando que si esta gente iba sin ellos les podria suceder algun
daño en el camino, ó que llegados á Bravante se amotinarian, los dexé
ir con ellos. Y no puedo creer, como tambien era la opinion de algunos
oficiales, sino que habia entre ellos algunos de la parte del enemigo
que hacian acrescentar estas desórdenes. Al fin son obras del demonio,
y que permite Dios para castigo de nuestros pecados y descuidos, él lo
remedie, pues es causa suya, y se compadezca de la miserable gente que
tan injustamente padece. Partida esta soldadesca de diversas naciones,
queriendo yo alojar en Oldenzel á los españoles que habian quedado,
la mitad de ellos se alteraron, y siguieron á los demas sin podérselo
estorbar; que por ser de tantos tercios, habia poca obediencia entre
ellos. Hice alojar en la villa á los que se quedaron, con quien,
por exemplo, se habia de usar de gratitud por el buen término que
han tenido y las necesidades y trabajos que han pasado. Y aunque el
enemigo sabía esto particularmente y lo que habia de hacer, no lo
pudo efectuar por haber cargado tanto las aguas, que áun á caballo no
se podia ir, ó muy mal, por los caminos, y duró tanto, que la sazon
y tiempo de podernos ofender en este país se pasó. Pero habiéndose
las lluvias aplacado algo, por no perder el poco de buen tiempo que
quedaba, procuró hacer por agua lo que no podia por tierra; y así se
resolvió de ir á Berken con navíos, y hallando tambien dificultad, no
pudo hacer nada por la mesma causa, habiendo crecido mucho el Rin.
Viendo esto, se volvió contra Grol, y encaminando allá su aparato, vino
un embaxador del Rey de Navarra á pedir gente á los Estados, y negoció
tan bien, que se la concedieron; y así dexando la empresa, inviaron la
demas gente á sus guarniciones. No sé cómo no les estorbaron el viaje.
Quiso Dios ayudarnos con esto y las contínuas aguas, que sin ellas, es
cierto no perdiera el enemigo tal ocasion, é hiciera algun efecto por
la poca resistencia que hallára. Recogí la gente que me quedaba en sus
guarniciones, entreteniéndola con la municion que se les daba, hasta
que llegaron veinte mil felipes, que el Comisario repartió lo mejor
que pudo, dando á unos para seis semanas, y á los de mi regimiento
para cinco, que es más que el escudo que por allá se dice haber dado
yo á cada soldado; pero no se pudieron dar dos pagas, como de ahí se
escribia mintiendo á esta gente, pues para una habia avisado este
Comisario ser menester mucho más que los veinte mil felipes, que
aunque son las compañías pequeñas, son muchos los oficiales y primeras
planas con otras aumentaciones lícitas, ó ilícitas, que hacen más
número de gente de la que hay. El dar á entender á estos soldados que
se les inviaban dos pagas no habiendo para una, fué causa de alterarlos
contra el Comisario, yendo á sacarle de su casa, y le tuvieron entre
ellos en medio de la plaza, que si no fuera por el conde Federico que
fué á sacarle de entre ellos, habiéndoselo yo rogado, le maltratáran.
Retiráronse estos soldados á sus posadas, por aquella noche, muy
descontentos, y con intencion, segun tuve aviso, de tomar á la mañana
las armas y apoderarse de las puertas para hacerse pagar del Comisario
y de mí las dos pagas que les escribian de Bravante haberse inviado
para ellos. Y temiendo, porque esta nacion alemana, estando una vez
alterada, es mala de aquietar, hice venir aquella noche dos compañías
de caballos de Paulo Emilio Martinengo y de Alonso Mendo, y con la
asistencia de los españoles que habian quedado, mi regimiento y la
compañía de don Sancho de Leyva, que estaba dentro, eché fuera del
lugar parte de los alemanes más sediciosos, con que se aplacaron,
y á no hacer esta diligencia, sin duda se pasára mal. El dinero que
entónces vino, dixo el Comisario haber sido proveido por Agosto del
año pasado, y ahora estamos en Hebrero de éste, y en todo este tiempo
no ha venido otra provision ni memoria de ella; causa bastante para
que esta soldadesca, no sólo se hubiera alterado, pero vendido ó
saqueado estas tierras, y presentado á sus capitanes y á mí al enemigo
por desesperacion, viéndose tan olvidados y poco estimados, habiendo
servido fielmente en este país con tanto trabajo y necesidades, y que
pagan á otros de su nacion por allá sin hacerles ninguna ventaja en
servir, ántes habiendo pocos que se les puedan igualar, y que cuando
el enemigo les acomete, no son socorridos á tiempo ni como sería razon
que se hiciese. Entre los de Gruninghen y país, como en otra parte
he tocado, hay disputa sobre el haberse reducido á la obediencia y
servicio del Rey despues que el Sr. D. Juan fué dado por enemigo por
la razon que al principio dixe, que fué porque el Príncipe de Oranje
y Estados rebeldes mostraban más aficion á los del país que á los de
Gruninghen de que en extremo se resentian, que si se la mostráran
más á ellos que al país, la opinion de los que entienden su humor es,
que nunca vinieran al servicio de su Majestad. Y así á los Estados
generales fuera fuerza tenerlos sujetos con guarnicion, por no caer
otra vez en este inconveniente, procuran ahora concertarlos, y para
esto han inviado sus diputados, que áun están ocupados en ello sin
apariencia de concierto, porque se comienzan á arrepentir de lo que
han procurado y negociado, conociendo, aunque tarde, el error que
han hecho, y los que ya nos fueron contrarios, lo son ahora más del
enemigo, si bien de secreto, tal es el humor de los de este pueblo, y
creo que serán malos de concertar con haber entremetido al síndico,
que estaba en esa Córte cuando se perdió, que como nacido en el país
y criado en la villa, ambas partes se fian de él. Yo le he tenido
siempre por hombre de bien, pero paréceme imposible que no haya sentido
y sabido las traiciones que en su tiempo se han tramado contra el
Rey, siendo amigo de los burgomaestres Balen y Moyen Steynz, cabezas
de la maldad. Hallándome en el aprieto que he dicho, no me vino otra
asistencia despues acá, sino la de un maestro de cuentas con órden de
su Alteza, á informarse de los abusos que le habian dado á entender
que habia en Linghen, comision procurada por el Recebidor contra el
Drosarte de allí, fundado en cierta pasion que entre ellos habia. El
Recebidor habia dicho tanto y tanto en Bravante á los de finanzas y de
cuentas, que fué despachado para informarse de todo este Comisario,
el cual naturalmente es de poca verdad, y enemigo de paz y concordia.
El Recebidor le llevó luégo á su casa, y así le informaba de muchas
cosas que no se halláran con verdad, y entre otras que este Comisario
ha hecho, fué escribir á la mayor parte de los nobles de aquel país,
que el peso que tenian de contribuciones era contra la voluntad de su
Majestad y de su Alteza, y contra razon y justicia; cosa que no sólo á
la nobleza, mas á todo el país ha movido contra mí, de tal manera, que
procurando sacar de él alguna sustancia para entretener la soldadesca
en la grande necesidad que padecen, no los hallo con la voluntad que
solia. Y por esto, á no hallarme con gente de guerra, mi persona y
todos los demas ministros del Rey corriéramos peligro del pueblo, con
no haberlos cargado jamas sin grande necesidad, utilidad y provecho
suyo, porque con la necesidad el soldado se desmanda, y desmandado hace
más mal en un dia que interesa en un mes, y el daño que se les hace con
desórden no viene tan á provecho de su Majestad como el que se saca con
órden; y en presencia de este Comisario se juntaban sin la mia á dar
al enemigo lo que extraordinariamente les pedia, y de esto no hacia
caso, sino de lo que era para el servicio del Rey, de manera que, ó
éste sin duda era más por el enemigo que por su Majestad, ó no acertaba
su comision por la pasion que tenía contra el Drosarte y contra mí;
y aunque de éstos y de ellos he procurado sacar contribuciones del
enemigo, y las hayan prometido, es tan poco lo que de ellas se saca,
que el comisario Melendez se ha maravillado de ver que es miseria para
lo que allá se ha dicho; que como son sacadas por fuerza, y algunas
veces á fuego y sangre, cuando no se pueden executar no las quieren
pagar, como lo han hecho siempre. En este tiempo viniendo pocos dias
há á este país de Linghen cien caballos del enemigo, invié al capitan
Bartolomé Sanchez con mi compañía de lanzas y alguna infantería de
esta guarnicion, y hallándolos alojados en un villaje, esperó á que
fuese noche para tomarlos más seguros, y venida, los acometió y rompió;
y habiendo avisado al capitan Mendo de la venida de estos enemigos,
salió con su compañía por otra parte, y dió con otra diferente tropa de
caballos, y tambien los deshizo, prendiendo y matando dos capitanes y
la mayor parte de los enemigos.
* * * * *
Esto es lo que hasta ahora puedo escribir de las cosas de este gobierno
y exército, habiendo dexado de decir muchas por falta de memoria, ó no
ser para que anden en papel. Ha sido gran desgracia mia haber empleado
catorce años, los mejores de mi vida, tratando con la gente que en este
discurso he significado, opuesto continuamente á la gran ambicion y sed
de mandar que siempre los de Gruninghen han tenido y tienen, la cual
los ha puesto en el estado en que se hallan. No ha faltado quien los
haya fomentado y dado alas contra mí, que diria mejor, con verdad,
contra el servicio de su Majestad, al cual he mirado siempre como debo,
más que á interes ni pasion que haya tenido, sin haber nunca pretendido
de ellos cosa alguna, ántes el desear tenerlos gratos para el servicio
de mi Rey, me ha hecho gastar con ellos más de lo que mis fuerzas
alcanzaban. Y en recompensa de esto y de las buenas obras que les hice
siempre, son los que más me han, por su costumbre, mordido.
En conclusion, la guerra se gobierna con diversion y prevencion, y así
todas las veces que he podido asistir al serenísimo Duque de Parma,
cuando estaba ocupado en Flándes y Bravante, lo he hecho divertiendo
al enemigo cuanto más he podido, como parece por las cosas notadas,
sin las que dexo por la razon que he dado. Y puedo decir, de que me
pesa mucho, que nunca á mí se me daba la asistencia necesaria, ni en
lo uno ni en lo otro, y que por conocer esto el enemigo, me ha siempre
apretado más de lo que pudiera si fuera acudido conforme á los avisos
que daba, pidiendo los socorros con tanta instancia y necesidad, que
me obligaba á usar á veces de más libertad que fuera razon, no siendo
tan extrema, dexándome siempre, como he dicho, sujeto á los humores
de los de esta nacion, principalmente de Gruninghen, la cual con poco
mal suceso se humilla y de poco bien se ensalza, tan fácil de mudar,
que al que hoy ama mañana aborrece, y así al que aborrece ama á su
modo fácilmente. Los que administran la justicia son corruptibles
en todo extremo, tanto, que por poco interese la venden y tuercen,
dexando el bien universal por él. Yo temia, y ahora echo de ver que no
me engaño, que cerca de dicha Alteza habia algunos que no me hacian
buenos oficios, ó por presentes, ó por pasion particular, que cerca
de un Príncipe los ministros corruptibles y apasionados suelen hacer
mucho daño, ó ya que sea permitido el buscar cada uno su provecho y
acrescentamiento, á lo ménos fuese sin perjuicio de otros, mayormente
de su Rey y del bien público. Y pongo á Dios por testigo que desde
que fué servido de dar en estas partes á su Majestad algunos buenos
sucesos abriendo camino para muchos mayores, por ver que la invidia y
malicia los hacia inútiles, he procurado de todo corazon, con grande
instancia, salir de aquí é irme á servir á su Majestad en otra parte,
viéndome empleado en las que he servido tan mal correspondido y sin
la recompensa que suele darse á los gobernadores de provincias cuando
los sacan fuera de sus gobiernos, segun la costumbre de Borgoña.
Habiéndome en este tiempo empleado en lo del Rin, en Bona, en el
gobierno del exército sobre Mastricht, en el estado de Gheldres, en esa
parte, cuando el Sr. don Juan de Austria partió de Namur, dexándome
el castillo y fuerte, y despues sirviendo por su mandado el oficio de
Maestre de Campo general, en que me ha sido fuerza hacer grandes gastos
sin nunca haberme recompensado; y quisiera mucho no ser forzado á decir
esto de mí, pero es hoy la malicia y emulacion de algunos tan grande,
que no se aplican sino á convertir el bien en mal, sin ninguna certeza
de que sea verdad lo que dicen. Y así con seguridad me ofrezco á probar
con bastantes informaciones, cartas y órdenes de mis superiores, y
copias de las que yo les he escrito, cuanto he dicho hasta aquí. Y en
lo que toca á la poca conformidad que he tenido con los de Gruninghen,
que por allá me cargan su pérdida, digo que cuando iban por camino
derecho y llano la tenía con ellos muy grande y buena, y que por más
que hayan variado en su fidelidad, nunca ha procedido con ellos de
manera que con razon hayan podido formar quexa de mí, habiéndolos
siempre asistido aventurando mi vida muchas veces por ellos; y si
yo quisiera conformarme en todo con ellos, habia de ser faltando de
la fidelidad que debo á Dios y á mi Rey, que en todo lo demas que
buenamente he podido conformarme con ellos, sin perjuicio de esto, lo
he hecho con muy gran costa, trabajo y peligro de mi persona.