FRANCISCO VERDUGO.

Siendo advertido de la córte de estos Estados de los malos oficios que

en ella algunos me hacen contra razon, procurando por sus pasiones,

ó particulares intereses, oscurecer mis servicios, me ha parecido

convenirme cortarles el hilo de sus tramas y desiños por este medio,

no pudiendo por ahora hacerlo en persona. Y así, forzado, divulgaré mi

proceder en los catorce años que he tenido esta provincia y ejército

á mi cargo, narrando llanamente todos los accidentes de este tiempo,

con tan manifiesta y pura verdad, que ninguno, sin apartarse della,

podrá decir en contrario cosa que baste á disminuir un solo punto

de el nombre y reputacion que Dios ha sido servido darme, que sabe

la intencion con que siempre he vivido, en servicio de mi Rey. Y

para darme á entender mejor, diré ántes el camino por donde vine á

este puesto, y continuaré hasta dar fin á mi intento, el cual es de

satisfacer á quien soy obligado, y confundir á mis de secreto émulos;

que con el favor del cielo y este desengaño, espero hacer el efecto que

deseo.

* * * * *

Habiendo el serenísimo Duque de Parma ganado la villa de Maestricht,

con tanto trabajo y efusion de sangre, y reducido al servicio del Rey

nuestro señor las provincias de Artois y Haynault, por conocer ellas

que la intencion del Príncipe de Orange era de hacerse señor absoluto

de todas las del País Bajo, olvidado del bien público, en el concierto

que se hizo con ellas, fué capitulado que todos los extranjeros, que

en estos estados servian á su Majestad, saliesen de ellos, dejando

los cargos que tenian en los naturales, y en cumplimiento de esto,

comenzaron á caminar los tres tercios de españoles y la caballería de

la mesma nacion, tomando la via de Luxemburg, haciendo yo el oficio de

Maestro de Campo general, y llegando á Arlon con la gente, su Alteza la

entregó á Octavio de Gonzaga, general de la caballería, y despidiéndose

de ella, se volvió á Namur, y de allí á Mons de Haynault, por más

asegurar las provincias nuevamente reconciliadas. Partiendo de Arlon á

1.º de Abril del año de 1580 (habiendo ya tomado la gente el camino de

Italia), me fuí á Luxemburg, no pudiendo ir con ella, por tener á cargo

la villa de Tionvilla, y deseando dejar aquella plaza, lo procuraba

con grande instancia, suplicándolo á su Alteza, y lo mesmo pedia á

los nobles y al Consejo de aquel país. De su Alteza nunca pude tener

resolucion, y la de los de Luxemburg fué que ellos no me la habian

encargado, ni me la podian quitar, porque no entendian estar obligados

á cumplir lo que las otras provincias habian prometido, ni habian

menester reconciliarse los que no se habian rebelado, y que la suya

era separada de las demas; y así me estuve quedo, esperando licencia.

Llegada en aquella villa madama de Parma (á quien su Majestad inviaba

para gobernar lo político en estos estados, y que el Príncipe su hijo

manejase la guerra), significando á su Alteza el deseo que tenía de

salir de allí, me mandó que en ninguna manera lo hiciese, sin órden del

Rey ó suya, porque deseaba emplearme en cosas mayores del servicio de

su Majestad.

En tiempo de la buena memoria del señor D. Juan de Austria, la villa de

Gruninghen se concertó con el Príncipe de Orange y Estados generales,

publicando y declarando, á són de campana, á su Alteza por enemigo,

nombrando por gobernador de Frisa al Conde de Bosu. Y el Príncipe

de Orange, temiendo á este caballero por su valor, y haberle traido

engañado mucho tiempo con promesa de casamiento con su hija, sin otras

que le habia hecho, no cumpliéndole ninguna, procuró que este gobierno

se diese al Conde de Rinamburg, como cosa suya y puesta de su mano.

Entre la villa de Gruninghen y el país ha habido siempre, y hay, gran

disputa sobre los previlegios y pretensiones, y conociendo los de la

villa que los del país sus contrarios eran favorecidos de los Estados,

del Príncipe de Orange y del Conde de Rinamburg, se resolvieron de

hacer mudanza y reconciliarse con su Majestad, y significando su

voluntad, su Alteza los admitió graciosamente, procurando asimesmo

reducir al Conde al mesmo servicio. Y para este efecto, invió á madama

de Monseao, su hermana, y á su marido, para que lo tratasen. Él al

principio hizo dificultad de reducirse, pero á la fin se concluyó y

reconcilió con la villa de Gruninghen, que poco ántes la hacia guerra

por entender que ella hacia lo mesmo, teniéndola medio sitiada. Y

entrado dentro, concertaron todos los buenos con él que á cierta hora

se hallasen con las armas en las manos, como lo hicieron, apoderándose

de los malos. Los cuales, sospechando esto, habian inviado á pedir á

sus amigos socorro, el cual venía ya tan cerca de la villa, que si

el Conde tardára pocas horas más, hicieran con él lo que él hizo con

ellos. Y fué que habiendo salido á la hora concertada, con muerte de

uno ó dos, echó del lugar y prendió la mayor parte dellos. Y visto por

los Estados y el Príncipe de Orange lo que el Conde de Rinamburg y la

villa habian hecho, se resolvieron de sitiarla, y así lo hicieron, con

muchos fuertes al rededor. Pedian con grande instancia el Conde y los

de la villa socorro á su Alteza, y deseándosele dar, quiso inviar con

él á Mons de Billí, con su regimiento de alemanes, que poco ántes habia

levantado; y él se excusó de ir en persona no sé con qué causa, pero

fué su regimiento con algunas compañías de hombres de armas y caballos

ligeros, y por cabeza del socorro, el coronel Martin Schencks, que poco

ántes habia venido al servicio de su Majestad. Caminó este socorro

hasta cerca de Covorden, que el enemigo habia ya ganado, y por esta

causa tomaron el camino de Hardemberg. Los enemigos que estaban en el

sitio de Gruninghen, entendiendo que este socorro venía, dexando los

fuertes proveidos, le salieron al camino y le toparon junto al dicho

lugar; y el Conde de Holac, que gobernaba esta gente, por tener más que

la nuestra, quiso pelear y fué vencido; y sabiendo esto los del sitio,

le desampararon. Socorrida esta tierra, los de ella queriendo mandar

absolutamente, como siempre han pretendido, usaban muchas indignidades

contra este caballero, que aunque habia mostrado valor y hecho algunas

buenas cosas ántes que yo llegase, no por eso le respetaban ni tenian

en más. Fastidiado del proceder de éstos, pretendió ir á besar las

manos á su Alteza, pidiéndole con grande instancia que inviase alguna

persona, acompañada de arcabucería valona, para mezclarla con las picas

alemanas, por tener tres regimientos de ellos y ser mal obedecido y

respetado de el de Mons de Billí por la pretension que su coronel tenía

al Gobierno, y de el de Gheldres, por ser desobediente. Su Alteza trata

con Mons de Billí que hiciese este viaje, y él se excusó como ántes, y

el Conde procuraba con mucho calor y solicitud su licencia. Su Alteza,

con parecer de los estados de Haynault y Artois, del Conde de Lalaing

y Marqués de Renty, primos suyos, me invió á llamar á Luxemburg,

donde estaba. Y aunque me pareció que yo no habia de volver á entrar

en el país sin órden del Rey, pues con ella habia salido, todavía,

considerando que tenía órden de su Majestad de obedecer en todo lo que

de su servicio me mandase su Alteza, me partí para Valencianas, adonde

á la sazon estaba, y llegado, declarándome la causa de mi venida,

le dixe que á mi partida de Luxemburg habia propuesto de no rehusar

ninguna cosa de las que fuesen del servicio de S. M., que no habia

estado jamas en Frisa, ni sabía cómo las cosas de ella estaban, que

su Alteza se sirviese de proveerme como via ser necesario, que yo no

atenderia sino á obedecerle, confiado de que siendo yo tan su servidor,

criado y hechura de madama su madre, no me inviaria sino como debia.

Tambien los Estados y el Conde de Lalaing y su hermano el Marqués me

hablaron, pidiéndome que lo hiciese. El recaudo que su Alteza me dió

para hacerlo fué que levantase de nuevo dos mil arcabuceros valones,

porque mi regimiento, que el Conde Octavio de Mansfelt tenía entónces,

no se me podia volver, como se me habia prometido, por no gustar de

ello el Conde su padre. Proveyéronme de cuarenta mil escudos para

la gente que allí estaba, los cuales se inviaron con un pagador y

un comisario, á Carpen, donde yo habia de acudir con la gente para

pasar la muestra y encaminarme á priesa. Y por tener para levantarla

más estorbo que asistencia, se tardó más tiempo del que yo quisiera

y era necesario. Ido á Carpen á esperar el regimiento, por entender

que los comisarios me estaban allí aguardando, tardaron los capitanes

en levantarla. En el tiempo que estuve allí esperando mi regimiento,

sucedió la enfermedad del Conde de Rinamburg, causada, segun decian

sus criados, del mal tratamiento que los de la villa de Gruninghen

le habian hecho, los cuales, pretendiendo mandar absolutamente, han

siempre tenido poco respecto á las órdenes de su Majestad y á sus

gobernadores, á quien al fin de sus trabajos y servicios han dado muy

ruin pago, como hicieron á George Schencks, caballero muy honrado y

valeroso, á Mons de Billí y á otros, por la insaciable y mal fundada

ambicion, que siempre han tenido, la cual los ha traido al estado en

que se hallan, y á hacer lo que han hecho. Y con esta sed, no obstante

el haber jurado al emperador Cárlos Quinto de gloriosa memoria y á

su Majestad por sus señores hereditarios, como duques de Brabante y

condes de Holanda, su decir ordinario era que el Rey solamente es su

protector, y que pagándole doce mil florines al año, no tenian más que

ver con él (digo esto para que se entienda su buen proceder). Inviaron

los de la villa, estando yo en Carpen, á darme priesa al consejero

George Wentendorp y al capitan Finchiburg, que era del consejo de la

villa (amigo mio de Holanda, siendo capitan de alemanes), los cuales

vieron que no era por mi culpa no haber partido. Diéronme á entender

la necesidad que habia de mi persona y regimiento, por haber sido roto

Juan Baptista de Tassis, teniente coronel de Mons de Billí, con todo

el exército; habiéndole los de la villa de Gruninghen constriñido á

entrar en Frisa, contra toda razon de guerra; y los enemigos, siguiendo

la victoria, hecho retirar á los nuestros hasta la puerta de la villa,

y ellos alojádose en la Abadía Seluvart, que está de la otra parte de

ella. Llegó mi regimiento á Carpen, y queriéndole tomar muestra, me

vino nueva de la muerte del Conde de Rinamburg, que fué causa para que

con mas diligencia apresurase mi partida, entendida la rota de Tassis y

la muerte del Conde, vi ser necesario tener alguna caballería conmigo,

por ser todo mi regimiento de arcabuceros por órden. Ofrecióse estando

en Colonia levantando una corneta de raitres Mons de Buy por el Duque

de Alanson, cuyo capitan se llamaba Vanlanghen, que por haber recibido

de Mons de Buy, entre escudos buenos algunos falsos, habian los dos

venido en disension. Viendo esta ocasion, por la necesidad que de

esta gente tenía invié al comisario Luis de Camargo, á intentar con

el Raytmaister si queria venirse conmigo. Y yendo á embarcarme con mi

regimiento, en una Abadía junto á Colonia vino á verme. Concertámonos,

y dándole cuatrocientos escudos, luégo se obligó de ir conmigo hasta

ponerme en Frisa, con la gente del Rey que allá estaba, con condicion

de que yo suplicase á su Alteza le recibiese en servicio del Rey.

Él cumplió lo que prometió, y por mi medio su Alteza le recibió, y

despues sirvió muy bien en el sitio de Tornay. Partimos para Frisa,

él por tierra costeando el Rin con todos los caballos de su corneta,

y yo con los de mi regimiento, y nos venimos á juntar entre Sante y

Burik en muy breve tiempo, en un lugar llamado Berck, y luégo comencé

á caminar hácia Bredevord. En esto habian los enemigos acometido

el fuerte de Ghoer, y los nuestros, acudiendo á tiempo, los habian

sitiado á ellos, en la casa de un caballero que estaba allí junto, y

con mi venida y la necesidad de vituallas que los enemigos pasaban, se

rindieron. Proseguí mi camino hácia Gruninghen, y llegando á Covorden,

me adelanté á reconocer el sitio donde los enemigos estaban, con

intencion de que si fuese en parte donde se pudiese venir á las manos

con ellos, hacerlo, por la buena gana de pelear que los soldados de mi

regimiento mostraban (ya los que habian sido rotos con Tassis estaban

armados). Deseé pelear, ántes de distribuir los cuarenta mil escudos

que el pagador traya conmigo, mas sabiendo el enemigo mi venida, se

levantó del puesto de la Abadía en que estaba, quemando su alojamiento,

y retirándose por una puente que tenian en el Niediep, se fueron á

pasar por Niezijl, fuerte que los enemigos ganaron cuando Tassis fué

roto. Llegado á Gruninghen hallé toda la infantería amotinada, de tal

manera que me fué forzoso procurar de apaciguarla ántes de moverla de

allí, para ir contra el enemigo. Y entre tanto (á requisicion de los

de Gruninghen) invié mi regimiento contra el fuerte de Reyden, que los

enemigos habian ganado y fortificado, puesto en una punta enfrente de

la villa de Emden, el rio en medio; hallaron á los enemigos reparados,

no sólo en el fuerte que habian hecho de nuevo en la dicha punta, mas

en otros pasos, para estorbar el llegarse á él. Fueron acometidos y

rotos, y siguiendo nuestros soldados la victoria, los encerraron en

el fuerte grande, adonde poniéndoles algunas piezas y comenzándole

á tirar, no obstante que habia dentro buena cantidad de gente con

cuatro banderas, vinieron á parlamentar, y los soldados á cerrar con el

fuerte, y entrando en él, tomaron las cuatro banderas, matando algunos

enemigos; y los demas se echaron á la mar, adonde habia algunos navíos

del enemigo, que con barquillas los recibian. Hecho esto, invié alguna

parte de mi regimiento á la Marna, país de Gruninghen, á reconocer otro

fuerte que los enemigos tenian en la punta de un dique llamado Solcamp,

el cual desampararon quemándole. Habiendo entendido lo de Reyden, me

quedé en Gruninghen apaciguando la infantería, que estaba alterada,

para poderme poner en campaña y seguir al enemigo; tuve que hacer

en darles satisfacion, porque, no solamente hallaba el descontento

en los soldados, mas tambien en los capitanes; al fin, fuí forzado,

para acabar con ellos, de repartir los cuarenta mil escudos, segun la

cantidad de gente que cada capitan tenía. Y hecho esto, me puse en

campaña con toda la gente que me quedaba, habiendo dexado partir de

este país un regimiento de alemanes, que llamaban de Gheldrés, por ser

(como he dicho) de soldados mal voluntarios y desobedientes. Tambien

habia dexado partir las dos compañías de hombres de armas del Conde

de Lalaing y de Mons de Montaiñi, con otra compañía de arcabuceros á

caballo de Mons de Vallon, las cuales se querian volver en Hainault,

con licencia ó sin ella; quedándome con sólo cuatro compañías de

caballos, tres de lanzas y una de arcabuceros á caballo; y habiendo

su Alteza inviado á llamar para el sitio de Tornay á los reytres de

Martin Schencks, y á la corneta de Adan Vanlanghen, con la gente que

me quedaba me puse en campaña, alojándome en la Abadía de Grotavert,

quexándose ya los soldados de falta de dinero. En el tiempo que estuve

ocupado en acordarlos y hacer lo que he dicho, el general Norys,

caballero inglés, que fué el que tenía sitiada á Gruninghen, aumentaba

su exército en Frisa, con gente de Bravante y otras partes, con promesa

que habia hecho de pelear conmigo, casi asegurando de la victoria. Sus

soldados ingleses y frisones andaban en disensiones y se hacian poca

amistad donde se topaban, por las desórdenes que los soldados hacian,

quemando casas y villajes, por vengar las muertes de algunos compañeros

suyos que los villanos mataban; y llegó esta disension á término que

algunos de Frisa vinieron á tratar conmigo de que ellos tomarian las

armas y se juntarian con nosotros á dar sobre los ingleses. Yo acepté

el partido, como me diesen seguridad de que harian lo que decian y de

que no serian contrarios en lugar de ser en favor, acordándome entónces

de lo que habia siempre oido decir en Holanda, que no se debe dar

crédito á frison que no tenga pelos en las palmas de las manos. Estando

esperando la seguridad, que nunca vino, me inviaron los de Gruninghen

al Abad de la Abadía donde yo estaba alojado, á Meppen, teniente de

la cámara del Rey, al consejero Wetendorp, y al burgomaestre Dirique

Robert, á instigarme que entrase en Frisa á buscar al enemigo. Yo,

hallándome con gente que me pedia dineros, no del todo apaciguada de

la alteracion pasada, inferior mucho de fuerzas, sin medio para haber

vituallas ni poderlas llevar conmigo, considerando lo que poco ántes

habia sucedido al teniente coronel Tassis por haber seguido la órden

ó mal consejo de los de la villa de Gruninghen, les respondí que si

querian tener paciencia, que yo constriñiria al enemigo á salir de

Frisa, ó venir á pelear conmigo (lo cual fundaba sobre la disension

de los ingleses y frisones, y la plática que yo traia con ellos), y

si el enemigo salia de Frisa, que con más comodidad podia efectuar lo

que ellos pedian; y si me venian á buscar, que no era razon que dexase

mi ventaja y sitio fuerte, perdiéndome por complacerlos en su injusta

demanda, fuera de toda razon de guerra; acordándolos lo que digo haber

acontecido á Tassis por haber seguido su parecer; que tomaria el de los

capitanes y cabezas del exército, por ser los que habian de aventurar

sus vidas y honras conmigo, que á ellos, sentados en su casa de villa,

se les daria poco del mal suceso que hubiese, sin declararles que

echaba de ver en su manera de proceder con la gente del Rey, que en

el adverso ó próspero suceso tenian ya pensado lo que habian de hacer

en su particular. Fueron mal contentos de mi respuesta, porque vieron

que no haria lo que ellos me aconsejasen, sino lo que hallase convenir

con el consejo de las cabezas y capitanes del exército. Yo via que el

enemigo tenía gana de pelear, en que dos dias ántes habia dado una

encamisada á mi regimiento, aunque de poco fruto. Y viniendo despues á

mí el consejero Wetendorp (no sé si inviado del magistrado ó de suyo),

me pidió con importunidad, que ya que no queria entrar en Frisa, á lo

ménos saliese del Abadía y me adelantase á Northorno, una legua hácia

el enemigo. Consultélo con los capitanes y con el teniente coronel

Tassis, el cual respondió que lo haria, pero que habia dos capitanes

de los suyos (cuyos nombres me dixo) que le eran rebeldes y de mala

voluntad, yo le dixe que los diésemos de puñaladas, y como él les fué

á decir esto, no hablaron más en ello, y aunque la mayor parte de

ellos no eran de parecer de mudarse, yo, por no mostrar flaqueza, se

lo prometí, y así invié luégo al teniente coronel y otros capitanes á

visitar el lugar, los cuales me dieron aviso de que no habia agua en

él; y paresciéndome que, aunque el tiempo era seco, sería imposible

que en tal país hubiese falta de agua, fuí yo mismo á reconocerlo, y

hallé fosos con ella, y pozos en algunas casas. Invié luégo por todo

el exército, y vino sin la compañía de Tassis, que, sin saberlo yo,

ni por mi órden, la dexó en la Abadía, que me dió á pensar que sus

soldados y los demas, que habian sido rotos, tenian todavía miedo al

enemigo, y que era menester muy buen pié, fundamento y tiento para ir

á pelear con ellos. Aloxé el exército en aquel villaje, de la manera

que habia de salir á la plaza de armas á pelear, y no obstante que

yo habia hecho lo que Wetendorp me habia rogado, el magistrado de la

villa de Gruninghen no permitia salir de ella ningunas vituallas para

el campo, ni con dinero ni sin él. Yo, viéndome empeñado cerca del

enemigo, conociendo la falta que habia hecho en moverme, invié dos

capitanes, uno de caballería y otro de infantería, á rogarles que nos

dexasen sacar lo necesario por nuestro dinero, lo cual me fué rehusado;

y segun algunos decian, era por tener por más cierto el perdernos que

haber victoria, y con esto tener al enemigo más grato, si nos sucediese

mal; y esta fué la causa que al tiempo de pelear habia muchos soldados

fuera del campo, para buscar de comer. Atrincheé las avenidas y cuerpos

de guardia, preparéme y puse en órden lo que era necesario, segun la

comodidad que tenía por saber que en breve sería acometido, como fué

así, que habiendo el general Noris, augmentado su exército en mucho

más número de gente que yo tenía, propuso venirme á buscar. Nuestros

soldados, por la necesidad que tenian, se iban á buscar de comer y á

batir trigo para sustentarse; y al tiempo que el enemigo se comenzó á

mostrar por el dique de Niezijl, faltaba la tercia parte de la gente

en el alojamiento para el efecto. Fuí yo á reconocer, y como vi que

no traia bagaje ninguno, me pareció que venía con gana de pelear

luégo, y así volviendo al cuartel hallé, segun la órden que les habia

dado, todos los soldados recogidos en sus banderas, mandélos salir

á la plaza de Armas, y púseme en forma de batalla contra la opinion

del enemigo, como despues entendí, que no pensaba que yo saliera del

villaje, sino que en él me defendiera; fundábalo en la superioridad de

gente que tenía, y en la reparacion de las avenidas que yo habia hecho

en el cuartel. Puse la gente en escuadron, los alemanes en medio, y

mi regimiento repartido, la metad al cuerno derecho, y la otra metad

al izquierdo, repartiendo asimesmo las cuatro compañías de caballos

que tenía, dos á un lado y dos á otro. El enemigo formó tambien sus

escuadrones. A nuestro cuerno izquierdo habia un camino ancho, por

donde, y no por otra parte, podia acometer la caballería que tenía el

enemigo á su cuerno derecho. Por una y otra parte de los dos cuernos

era país roto, lleno de fosos, y hácia la parte de este camino, obra

de trescientos pasos de nuestros escuadrones, puse un capitan de

mi regimiento, con hasta doscientos mosqueteros y arcabuceros, con

órden de poner el pecho en tierra, y esperar allí que la caballería

acometiese, que estaban en parte segura, por los fosos que por todas

partes cercaban donde ellos estaban. Conociendo yo el sitio, y que en

ninguna manera se podia acometer sin romperse los escuadrones, fuí

avisando á los nuestros que no se moviesen sin que yo les diese la

órden. Diciendo á los escuadrones estas palabras: Hijos, viendo cómo el

enemigo se ha puesto, y cuán mal ha hecho sus escuadrones, con el favor

de Dios la victoria es nuestra, y sólo consiste en que esteis firmes y

no moveros sin mi órden, porque el primero de los dos exércitos que se

moviere será perdido. Dicho esto saqué de nuestro cuerno derecho hasta

doscientos arcabuceros de mi regimiento, y los puse junto á la compañía

de arcabuceros á caballo de Mons de Villers y la mia, algo apartado

de nuestros escuadrones, junto á una casa, en frente de la cual habia

hecho algunas esplanadas, para que habiendo el enemigo pasado por ellas

alguna gente, acometiese con los primeros, no los pudiendo socorrer

los que los seguian. Hecho esto, me fuí á los escuadrones, de donde

hice comenzar la escaramuza por tres partes; y miéntras escaramuzaban,

adelantaron los enemigos cinco piezas de campaña, y comenzaron á

cañonearnos, sin que hiciesen más efecto que matar un atambor mio:

la escaramuza fué refrescada tres veces, sobre ganar ó perder una

montañica verde, que estaba entre los dos campos. Mi intencion era

darles con estas escaramuzas ocasion de mover sus escuadrones, en que

consistia (despues de la voluntad de Dios) la victoria, como sucedió,

porque viendo el general Noris aquellas dos compañías de caballos y

la infantería que habia puesto con ellos tan apartados del cuerpo de

nuestros escuadrones, mandó á su nacion que cerrase con ellos, tomando

su camino á salir por las esplanadas que habia hecho. Alonso Mendo,

alférez de mi compañía de lanzas, y el capitan Villers, que lo era

de arcabuceros á caballo, en lugar de esperar que el enemigo pasase

por la última esplanada señalada con dos palos, que de mi mano habia

puesto, habiendo dado órden que en comenzando á pasar algunos por

allí, cerrasen con ellos, que rotos aquéllos, pondrian en detrimento

los demas, ellos se adelantaron á pasar por la señal hecha, y dieron

la mesma ocasion que yo les habia dicho que el enemigo les daria á

ellos. Fueron acometidos y rotos, y la infantería, que cargaba á

su mano derecha, pegada á ellos, rompió la nuestra. En este tiempo

la caballería del cuerno derecho del enemigo cargó adelante por un

camino ancho, junto al cual estaban los mosqueteros y arcabuceros que

he dicho, los cuales se levantaron, y no estando más que á treinta

pasos del camino, de la primera ruciada que dieron, hicieron tan

buen efecto, que derribaron muchos de ellos. Viendo lo que la nacion

inglesa habia hecho en nuestro cuerno derecho, mandé que cerrasen

nuestros escuadrones contra los del enemigo, que ya se habian movido

y venian medio desordenados. Yo cerré por el mesmo camino con dos

compañías de caballos del capitan Thomas Frate, albanés, y del Baron

de Bievres contra esta caballería, que venía cargando por él, la cual

por las rociadas que los mosqueteros y arcabuceros la daban, hallé

medio desbaratada, y con mi carga volvió las espaldas poniéndose en

huida, que fué dar mucho ánimo á nuestra infantería, que cargaba á su

mano derecha, y quitarle al enemigo viéndola ir rota. Los ingleses

que cargaron á nuestro cuerno derecho siguieron la victoria hasta

nuestro cuartel, y cuando pensaron tenerla del todo, vieron su cuerno

derecho y el cuerpo de sus escuadrones roto. Y así, volviendo tambien

las espaldas, hallaron el paso tomado por nuestra infantería, que los

deshizo como los demas, matando gran número de ellos; yo, siguiendo su

caballería que cargó por el camino primero, con intencion de en tomando

el dique que iba á Niezijl, hacer cara á la caballería inglesa, que

como he dicho habia llegado á nuestro cuartel; pero nuestras compañías

que me seguian se quedaron matando los que la infantería habia roto, y

cuando pensé estar acompañado de ellos, me hallé solo en el dique, por

donde pasaron todos los principales con sus capitanes, y maltratándome

estuve preso dos veces sin ser socorrido; mas al fin, con el miedo

que llevaban, defendiéndome yo lo mejor que pude, me dexaron. Los de

la infantería del enemigo, que venía rota por la mayor parte, echaron

á nuestra mano derecha por unas praderías hácia el canal de Niezijl,

y habiendo llegado alguna gente, seguí á sus banderas, las cuales se

tomaron, sino una que uno de á caballo salvó. Murieron de los enemigos

de dos á tres mil hombres; pocas veces es cierto el número de los

muertos que en tales casos se dice, pero el comun de los que lo vieron

fué éste. Y siguiendo yo, como digo, las banderas del enemigo, vi ir

por el camino adelante al teniente coronel Tassis y á otros capitanes

hácia el fuerte del enemigo, que fué desamparado por poco tiempo,

y la guarnicion de él, temiendo ser cortados de alguna caballería

nuestra, que habia pasado á nado, se volvió á meter dentro, pudiendo

los nuestros haberlo ocupado ántes. Esto sucedió sábado, el último dia

de Setiembre y de San Jerónimo, año de 1581. Murieron veinte y cuatro

capitanes, dos tenientes coroneles y uno preso, perdiendo tambien las

cinco piezas de artillería, y el general Noris fué herido en una mano,

de que ha quedado manco. Éste es el general que llevaba la gente de

guerra á su cargo cuando fueron á sitiar á Lisbona los años pasados.

Comenzando ya á venir la noche, dí órden recogiendo la gente, que cada

uno se volviese al puesto que tenía, y estando en escuadron en la plaza

de Armas todos arrodillados, dimos gracias á Dios por la victoria, que

habia dado á su Majestad con tan poca pérdida nuestra. Y aquella noche

ordené al teniente Tassis, por hallarme con calentura, que pasando

por el puente de Emeltil que está rio arriba junto á Northorno, fuese

siguiendo al enemigo dentro en la Frisa, sacando al amanecer la gente

para este efecto. Y estando como á dos tiros de mosquete fuera del

alojamiento, se me alteraron los alemanes pidiendo el mes de batalla:

bien es verdad que el tiempo se habia mudado, lloviendo tanto, que

apénas y con mucho trabajo podia caminar la infantería; pero con todo

esto se pudiera haber hecho gran servicio á su Majestad, mas no fué

posible sacarlos de su opinion, y así no pasó el desiño adelante. É

informándome de quién habia sido causa de esto, me dixo el capitan

Locheman, teniente que es ahora de Mons de Billí, que el capitan

Clostre que al presente es Drosart de Vollemhove habia sido el primer

inventor de esta desobediencia. Por la alteracion de la gente y ser yo

nuevamente venido, lo disimulé por entónces. Otro dia los burgomaistres

de la villa y algunos diputados del país me vinieron á visitar, dándome

un presente de vituallas. Agradecíselo diciendo que daba gracias á Dios

porque lo que dos dias ántes me negaron por dinero me daban ahora sin

él; y temiendo que otro dia me cerrasen las puertas como entónces, les

consentí que pusiesen otro dacio nuevo sobre cada tonel de cerveza, que

aunque era en perjuicio de la soldadesca, me era fuerza pasar por ello,

por ser naturalmente aquella gente muy interesable, que ya comenzaba á

conocer su humor.

Avisé luégo de lo sucedido á su Alteza con el capitan Pedrosa,

suplicándole que fuese servido de asistirme para poder pasar adelante

contra el enemigo, ó que inviase á Mons de Billí, pues que él se

estimaba y tenía por gobernador de esta provincia. Y por no perder

tiempo, quise sitiar luégo el fuerte de Niezijl, y los soldados de los

dos regimientos de alemanes no quisieron moverse del alojamiento de

Northorno sin que los diese dineros y la paga de batalla; y así con

las cuatro compañías de caballos, mi regimiento y algunos voluntarios

de los dos regimientos, me fuí hácia el fuerte, intentando tomarle

por hambre por no tener otra comodidad y hallarme desproveido. El

invierno y la necesidad de la soldadesca cargaban á furia, y algunos

mal intencionados de la villa de Gruninghen, so color de inviarnos

vituallas, metieron en el fuerte algunas barcas cargadas de ellas, sin

podérselo estorbar; y tras esto vino una tormenta con tan mal tiempo

que no fué poco poderse salvar nuestra caballería y bagajes. Volví á

alojarme al villaje de Northorno con los alemanes que no habian querido

salir, donde estuve algunos dias; y por las contínuas aguas se pusieron

tales los caminos, que puedo decir con verdad haber muerto en el lodo

algunos de los nuestros; saquélos á país seco y arenisco y entré en la

villa de Gruninghen á tratar con el magistrado de nuestra necesidad

y del descontento de nuestra gente, el cual me presentó dos cartas

de su Alteza, una en frances y otra en español, en que expresamente

me ordenaba que diese á la villa de Gruninghen la gente de guerra,

tal cual los de ella me pidiesen y quisiesen tener, sin cargarles de

otra manera que á su voluntad, y obedesciéndolas, nombraron la gente

como ellos quisieron. Hasta entónces no se sacaba nada para la gente

de guerra ni provecho de su Majestad. Y desde aquí comenzaron, para

entretener la gente que me pidieron, hasta que llegase el dinero de su

Majestad. Y no sabiendo cómo sustentar la demas, tomando conmigo al

consejero Wetendorp, me fuí con ella al país de la Tuvent, adonde con

ayuda del consejero la alojaron y dieron á cada soldado cinco placas

cada dia. En este tiempo sucedió que hasta trescientos ó cuatrocientos

caballos del enemigo, que habian quedado de la batalla, se alojaron en

el Burgo de Keppel contra la voluntad del señor de él, muy sentido de

ello. Mons de Rinavelt, que estaba en guarnicion en Oldenzel, me dió

aviso de esto y de que el enemigo se queria amparar de la villeta y

castillo de Bronckorst. Inviéle á él á tratar con la Condesa vieja,

muy cristiana señora, que nos diese aquel castillo para aprovecharnos

del paso del rio Isel para la Veluva y Vuethua, y concediéndolo,

me partí luégo con una buena tropa de gente para la guarnicion del

castillo, y hallé la caballería que he dicho en el Burgo de Keppel,

adonde me llegué con la gente que traia; y reconociendo el Burgo,

vi que por la parte del jardin de la casa del señor, no habia otra

fortificacion para entrar en él, sino una fuerte palizada, y para esto

era fuerza pasar el rio Isel viejo, y estando mirando cómo poderlo

hacer, llegó á mí un caballero mancebo, pariente del señor de Keppel,

á quien yo habia conocido paje del Conde de Mansfelt. Díxome que el

señor de Keppel deseaba saber si yo estaba ó no allí. Preguntéle cómo

habia pasado, y mostróme una barca pequeña, la cual hice luégo guardar;

y haciéndose ya tarde, ordené á Mons de Rinavelt que con su gente,

la compañía del Baron de Anholt y alguna de mi regimiento, fuese en

anocheciendo á ponerse detras del castillo de Keppel, avisando al dicho

señor que no se moviese ni tocase arma, so pena de tenerle por enemigo;

por todo lo demas, estaba el Burgo cercado de grandes fosos de agua

con su terrapleno; tenía dos puertas, en la una, que iba hácia Emmerik,

puse al teniente Tassis con parte de su regimiento y la compañía

de arcabuceros de Mons de Villers con la mia de lanzas; en la otra

puerta me puse yo con alguna infantería y algunos caballos alemanes,

gobernados por Mons de Rinavelt á costa del país de la Tuvent; y

sabiendo que todos estaban en el puesto que les habia ordenado, les

invié á decir que en tirando yo dos piecezuelas de campaña (que

llevaba conmigo para meter en el castillo de Bronckorst) cada uno

arremetiese por su parte; que Tassis y yo hiciésemos gran ruido, y que

el de Rinavelt arremetiese callando, porque él habia de ser el que

más efecto hiciese. Los enemigos que estaban dentro, temiendo lo que

sucedió, habian ya cargado sus carros y bagajes; y así, aparejándose

para partir, en tocándose arma, abrieron una puerta que va á Emmerik,

y comenzaron á huir por aquella parte; Tassis cerró con ellos y el de

Rinavelt entró rompiendo la estacada y yo por la otra puerta. En el

Burgo no habia sino una calle, y ésta ocupada con carros y con raitres

á caballo, y nosotros entre ellos; por lo cual pocos ó ninguno de la

caballería é infanteria que allí estaban se salvaron. Ganáronse muchos

y buenos caballos con su estandarte, y de nuestra parte no se recibió

más daño que salir el teniente Tassis con un arcabuzazo en el carrillo.

Hecho esto, invié la gente que estaba destinada para Bronckorst con

Mons de Rinavelt, y yo fuí con las demas hacia Emmerik á tomar de allí

vituallas, y ver si podia dar una escalada á la villa de Scherembergh.

Hice visitar el foso por donde estaba más seco, y halláronle lleno

de abroxos y la subida más dificultosa de lo que me habian dicho, y

así no se acometió; y volviéndome hácia la Tuvente, Mons de Rafueldt,

primo hermano del Baron de Anholt, me pidió que le diese gente para

ir á tomar la villeta y castillo de Vueert, país de Munster, pero

como era señor de ella el Conde de Colemburg y tenía en aquella plaza

algunos soldados, que no se contentaban de ser neutrales como es

el país de Munster, hacian todo el mal que podian á los vasallos y

servidores de su Majestad; y así invié con él á Tassis con la gente

de su cargo. Sacaron dos piezas de artillería del castillo de Anholt,

y al fin tomaron el de Vueert defendiéndose un dia ó dos; el cual

hasta hoy se conserva y tiene por su Majestad. Dexé de guarnicion en

Keppel caballería é infantería. Los enemigos, viendo el daño que los

de la guarnicion del castillo de Bronckorst les hacian, principalmente

por el rio Isel, les sitiaron, batieron y dieron asalto sin tomarle;

tuviéronle muchos dias sitiado y algunas veces fuí desde Gruninghen

á socorrerle, y metiendo vituallas, sacaba los heridos y enfermos y

dexaba otros de refresco; y el enemigo entendiendo que yo venía cerca

se metia en un fuerte que tenía con su artillería, dexándome hacer lo

que queria. En un viaje de éstos invié á Keppel, que estaba cerca, á

Mendo mi alférez con vituallas, el cual, acercándose, oyó escaramuzar;

y adelantándose con la caballería, ordenando que alguna le siguiese,

halló que la guarnicion de Desburgh (que era de los ingleses que habian

escapado de la batalla de Northorno, y alguna cantidad más de nobleza

y soldadesca que de Lóndres habia venido de nuevo) por gallardía

habian salido á escaramuzar con los de Keppel, cerró Mendo con ellos,

y rotos, se retiraron á una casa, donde no queriéndose rendir, con la

asistencia de la infantería que venía con la escolta, que se habia

dado priesa á caminar oyendo escaramuzar, y la guarnicion de Keppel,

los hicieron pedazos. Yo me fuí derecho á Gruninghen, y porque helaba,

invié á Frisa la caballería é infantería que se pudo sacar con el Baron

de Monseao; y entrado en ella, le dieron la palabra de contribuirle;

mudóse el tiempo, y no lo cumplieron, y así puse mi regimiento á la

entrada de Frisa en un castillo de un gentil hombre llamado Rom, con

algunas compañías de alemanes, de donde procuraban hacer en Frisa todo

el mal que podian; y muchas veces acontecia que algunos prisioneros

de ella ántes se dexaban matar que pagar contribucion. Llegado el

verano, y padesciendo necesidad la gente que habia quedado con Tassis

en la Tuvente (porque ya no podia el país pagar lo que ántes), él fué

con mi parecer hácia Locchum á hacer un fuerte al rededor de la casa

de un gentil hombre para desde allí inquietar la villa impidiendo el

coger los trigos que tenian sembrados, que eran muchos. Juntóse con el

Baron de Anholt, que era vuelto de la córte á su casa con el título de

coronel del regimiento del Conde de Rinamburg, que su Alteza le dió.

Y hallando la tierra muy desproveida, se acercaron más á ella para

sitiarla del todo; y el Baron fué á Gruninghen á darme cuenta de lo que

Tassis y él habian hecho, rogándome que, siendo posible, me hallase

allí, porque sin ninguna duda el enemigo queria venir á socorrer la

tierra. Y considerando que aunque se habian puesto sobre ella sin mi

órden, no era razon rehusar lo que en tal ocasion me pedia, me partí

luégo con él, llevando conmigo alguna infantería y caballería, y en dos

dias llegué á Locchum, dexando atras un poco de infantería por no poder

caminar tanto. Y en amanesciendo, el Baron y Tassis me mostraron de la

manera que habian sitiado, y hallando que la parte más necesaria se

habian dexado abierta, queriéndolo remediar con diligencia, vimos que

los escuadrones del enemigo venian al socorro por el camino de Zutphen,

y así fué necesario tomar por plaza de armas una montañuela que está

delante de la villa, junto á la cual estaba el camino que yo temia para

el socorro de ella. Acercándose el enemigo, se trabó la escaramuza con

caballería é infantería, donde sucedieron algunas buenas cosas y daño,

porque de una parte y de otra habia piecezuelas de campaña que daban

en los escuadrones. Ellos, conociendo que con el cuerpo de la gente

les estorbaba el socorro en grueso, y que en aquel punto me llegó la

infantería que yo traia de Gruninghen, resolvieron que su caballería

tomase algunos sacos de trigo que para aquello habian hecho, y que

de una arremetida los echasen al borde del foso. Yo, temiéndome de

esto, puse en un camino hondo pegado á la montañuela parte de nuestra

caballería, para que, arremetiendo ellos hácia la tierra, los diesen de

traves. Movióse la del enemigo, que era mucho más que la nuestra, so

color de querer escaramuzar, y corriendo, de una arremetida hicieron su

efecto con poco ó ningun daño, estando yo en otra parte, dando órden

á la nuestra que cerrase, y hízolo tan tarde, que no sirvió de nada:

durando todavía la escaramuza, no se peleó del todo aquel dia, porque

la desigualdad de la caballería era grande, y no poderme yo mover por

aquella parte donde el enemigo estaba sin romper los escuadrones.

Hallaba el enemigo los suyos hechos, y delante una trinchera natural

donde tenía su artillería, y del lado estaba toda su caballería muy

bien puesta y en órden; y contentándose con el poco socorro que habia

metido, comenzó á retirarse. Entónces, aunque era algo tarde, quise

pelear, pudiendo hacerlo con más comodidad, seguridad y razon de guerra

que ántes, por haber dexado el enemigo el puesto fuerte que tenía. Y

comunicándolo con las cabezas de la gente, no lo aprobaron, ni ménos

yo hallaba algunos de ellos con la voluntad de pelear, que mostraban

tener cuando no era lícito ni convenia hacerlo por las causas que

he dicho. Que tambien hay en este nuestro negro y mal oficio, como

en otras cosas, hipocresía y artificio. Retirado el enemigo, ordené

que se atrincheasen en aquella parte, y se hiciese un fortezuelo.

Hiciéronse otros necesarios al rededor de la tierra, repartiéndolos y

dándolos en guardia á los regimientos y capitanes que allí habia. Y

luégo despaché á su Alteza avisándole de cómo habia hallado á aquella

gente empeñada, y que sin órden no la podia desamparar, ni ménos dexar

el sitio, estando en tal punto. Suplicándole que viendo la ocasion

que se ofrecia, me ordenase lo que habia de hacer, y fuese servido

de mandarme proveer de más gente y medios para poderla entretener,

porque á causa de la necesidad que se pasaba, dejaban las banderas

solas ó mal acompañadas por ir á buscar de comer. Y aunque andaba por

la campaña el conde Cárlos de Mansfelt con algun buen golpe de gente,

por entónces no vino ninguna adonde yo estaba, ni ménos tuve respuesta

suya. Consumido en pocos dias el trigo que aquella caballería puso en

el lugar, se determinó el enemigo de socorrerle con todas las fuerzas

posibles é intencion de pelear. Movióse el Príncipe de Orange á tomar

esta resolucion, porque las villas vecinas, principalmente Zutphen y

Deventer, amenazaban que si no socorrian á Locchum se rendirian á su

Majestad; y así vino el Conde Holac, con la mayor parte de la gente de

guerra que tenian, y con él otros muchos principales y coroneles, y

entre ellos, los tres hermanos condes de Berghes (que entónces servian

al enemigo), los condes Guillermo y Filipe de Nasao, otro hermano del

Conde Holac, los coroneles Smit, Ifelstein, Lalayne y Hesnoy, frances,

con algunos cañones para batir nuestros fuertes. Vinieron con este

aparato á presentarse delante de nosotros, á los 27 de Agosto de 1582.

Trabáronse buenas escaramuzas, en las cuales uno de los enemigos dixo

al capitan Guzman de mi regimiento y al capitan Bartolomé Sanchez, que

me dixesen que me fortificase en la montaña, porque venian con mucha

gente y gran preparacion. Plantó el enemigo su campo á las espaldas del

rio Berck, que pasa por las murallas de la villa, teniendo un camino

ancho, que va á la tierra derecho, donde habia hecho Tassis un fuerte

con foso seco todo de arena, el cual quiso tomar el enemigo, y haciendo

ántes sus trincheas, plantando la artillería, le comenzó á batir.

Desde la montaña donde yo estaba con los escuadrones, inviaba siempre

gente de refresco seguramente por nuestras trincheas; la artillería

del enemigo al principio pasaba el fuerte y hacia mucho daño, pero

Camiga, capitan del regimiento del Baron de Billí que estaba dentro,

como valeroso soldado, se reparó de manera que la artillería no hacia

más daño. El enemigo, viendo que habia hecho alguna subida en el

fuerte para dar asalto, invió algunos capitanes franceses á reconocer

mejor la batería, y vieron que el fuerte y los fosos estaban llenos

de gente, y sin falta, si dieran asalto, perdieran mucho, porque yo,

desde la montaña donde estaba, podia por nuestras trincheas socorrer

el fuerte seguramente, y en todo este tiempo no cesaba la escaramuza.

Los sitiados, viendo el poco efecto que el enemigo hacia, y tambien

desde una torre, que un fuerte que estaba junto al molino, el rio

arriba, á cargo del Baron de Anholt, le tenian mal proveido de gente,

por haber venido muchos á ver lo que pasaba en las escaramuzas, que

desde el fuerte no se podia ver por estar la villa en medio, hicieron

á la desesperada una salida, y le ganaron, degollando la mayor parte

de ellos, muy descuidados de ser acometidos, y por allí avisando lo

sucedido al Conde Holac (que su campo ni el nuestro no lo podian

ver), el cual, dexando el rio en medio de ambos campos, caminó con

su exército y vituallas á entrar en la tierra por el fuerte ganado.

El Baron de Anholt pudiera haber dado mejor cuenta de aquel fuerte,

pues no tenía otra cosa á cargo. El enemigo proveyó por él la tierra

á su gusto; y conosciendo yo que al fin se habia de venir á pelear,

saqué la gente que habia en todos los fuertes, é hice un cuerpo de

toda. La intencion del enemigo era, segun los condes de Berghes me

han dicho despues, de irse á la villeta de Borckeló, país de Munster,

que era de donde nos venian las vituallas, y forzarme, por falta de

ellas, á levantarme de allí con desórden, y entónces acometerme, y sin

falta (si Dios no remediaba por otra via) nos pusieran en aprieto.

Esto causó un descuido, que en la guerra es muchas veces causa de

notables pérdidas. En todo este tiempo nunca cesaba la escaramuza, y

los enemigos, por haber salido con su intencion, estaban tan gallardos,

que salieron con golpe de gente hácia nuestro alojamiento, en el cual

habia puesto, para guardia de él, al capitan Camiga, que se defendia

valerosamente. Viendo yo lo que pasaba desde la montaña, y que todo el

campo del enemigo marchaba hácia allá, descendí con la gente, dexando

en un fuertecillo que habia en ella al capitan Decheman con su compañía

y algunas de mi regimiento, y me arrimé á nuestro alojamiento, y no

pudiendo meter la frente del escuadron al enemigo, me fué forzado

dar el costado, y por tener poca caballería, y el enemigo mucha, la

arrimé á nuestra infantería, esperando á pié firme la suya, que venía

cargando con furia, y como á media carrera de caballo choqué con ella,

y peleando ambas partes obstinadamente, hubo muchos hombres y caballos

derribados por tierra; y no conociendo ventaja, saqué del escuadron de

infantería algunas hileras de alabardas, picas y espadones, ordenando

á los demas que estuviesen firmes, y porque lo restante del exército

enemigo caminaba, invié al capitan Decheman que cargase con la gente

que le habia dexado en la montaña y diese de traves, como yo tambien

hice con la que habia sacado del escuadron, desbarrigando caballos

y haciendo el daño que podia; pusiéronse en huida tomando el camino

por donde yo tenía los escuadrones. Aquellos tres dias y dos noches

estuvimos con las armas en las manos adonde los soldados habian hecho

muchos fosos para estar seguros de la artillería de la villa, en los

cuales la caballería del enemigo huyendo, y la nuestra siguiendo, daban

malas caidas. Lo restante del campo enemigo, viendo su caballería

rota, hizo alto, salvo la tropa que el conde Federico tenía y otros

caballeros, que acometiendo el alojamiento contra Camiga, cerró con

nuestro escuadron, y uno de los enemigos á caballo entró hasta las

banderas y se llevó una, derribando por muerto al alférez, y es la

primera que acá se ha perdido en mi tiempo. Las picas resistieron al

encuentro muy bien, haciendo gran daño al enemigo; y viendo desde la

montaña que se peleaba abaxo, dexé el siguimiento de la caballería del

enemigo y junté la gente en ella, y haciendo todos segunda vez oracion

baxé á dar calor á nuestro escuadron y banderas, y con mi venida el

enemigo se rompió; fuíle siguiendo hasta las puertas de la villa, y

si algunos de los nuestros no acertáran á cerrar la puerta, todos

entráramos mezclados. Yo seguí con la caballería la gente que echó á

mano izquierda, y por hallar el puente roto, invié á Mendo con alguna

caballería, el cual entró tras ellos por el agua, y yo volví por la

infantería que ya me venía siguiendo, la cual me pidió licencia para

acometer los fuertes que las compañías francesas habian ocupado; y

viendo que estaban con tan buena voluntad, se la dí, y habiendo ántes

hecho tercera vez oracion arremetieron luégo con tanto valor, que los

ganaron, retirándose la mayor parte de los franceses dentro de la

tierra; y los nuestros hallando junto el bagaje del enemigo y algunas

piezas de campaña, que la gruesa ya la habian metido dentro, saquearon

el bagaje, y fué bueno el butin por la mucha nobleza que entre los

enemigos habia. El Conde de Holac, que estaba en la tierra, viendo que

se peleaba sin su órden, salió fuera, y no pudiendo dar remedio, por

estar ya rota su gente, rogó á los tres hermanos condes de Berghes que

se quedasen dentro, prometiendo de venir á socorrerlos, como lo hizo

despues. Quedaron en la tierra con ellos las compañías francesas con

su coronel y otros muchos de caballería é infantería, dexando muchos

caballos entre los dos fosos de la villa, de donde nuestros soldados

sacaron algunos de noche. Prosiguióse el sitio, porque, aunque habian

puesto provisiones, era tanta la gente que habia dentro, que no podia

durar mucho.

* * * * *

Invié al capitan Frias á la córte con los estandartes y banderas que

se habian ganado, suplicando á su Alteza que me diese asistencia

para acabar sitio que tanto trabajo y sangre habia costado. Y no

faltó quien en el Consejo, segun he sido despues informado, dixo que

merecia castigo por haberme empeñado en tales sitios sin órden de

mi superior. Y así por estos buenos oficios despues he sido tratado

como podia esperar del mayor enemigo que he tenido todo el tiempo que

he servido en Frisa, y el que más daño ha hecho al servicio de su

Majestad, que ha sido y es la calumniosa invidia, como lo he visto

en el término que se ha usado conmigo. Habiéndome, pues, resuelto de

proseguir el sitio, esperando ser asistido, viendo que el enemigo

venía al socorro, por hallarme falto de muchas cosas, principalmente

de pólvora, fuí á Linghen á pedirla al Drossarte, que no la habia á la

mano en otra parte, y por no tener aún la patente de gobernador, me la

negó, teniéndose por más señor de aquella plaza que el Rey. Al fin me

la dió, dexándole en prendas á mi mujer y dos hijas, con juramento de

no sacarlas sin que se la hubiese pagado ó vuelto. Entre tanto que yo

hacia esto, el conde Cárlos de Mansfelt, Mons de Altapena y el Conde

de Hoechstrate vinieron al socorro con buen golpe de caballería é

infantería, que sin tener órden habian venido allí, y sabiendo que

habian llegado, me partí con la pólvora que tenía á nuestro campo,

donde supe de ellos y de algunas espías que tenía, que el enemigo

con todo el poder que el Duque de Alanzon habia traido de Francia, y

la gente que los Estados tenian en Frisa, querian socorrerla, por la

grande instancia que el Conde de Berghes hacia por sus tres hijos, y el

Conde de Holac por la palabra que les habia dado de socorrerlos y ser

sobrinos del Príncipe de Orange; los Estados resolvieron de inviar el

socorro á cargo del dicho Conde, con el cual tambien venía el general

Noris, que fué roto en Northorno, y otros muchos caballeros. Augmentóse

el exército del enemigo, dos ó tres dias ántes que viniese el socorro,

con dos mil gascones que por la mar habian venido de su tierra, bien

armados y en órden, y entre ellos mucha nobleza á cargo de Mons de

Burey, gascon; y tambien en su favor llegaron mil y quinientos raitres,

segun decian, del viejo conde Cárlos que se dice Conde de Mansfelt.

Con todo este aparato vino el enemigo á buscarnos. El conde Cárlos

se habia alojado, no estando yo allí, por la parte que el enemigo

venía marchando con su exército, para del todo cerrar la villa. Y

considerando yo que era gran multitud de gente la que cargaba sobre

nosotros, hice proveer bien los fuertes. Y para la resistencia dixe

al Baron de Anholt que inviase alguna persona á su fuerte para que

no sucediese lo que otra vez; y acuérdome de haberle dicho delante

del conde Cárlos que no fuese, sino que inviase; mas él, como buen

caballero, quiso ir en persona, y como era de grande estatura, y sus

soldados no habian hecho las trincheas, para ir al fuerte, muy altas,

el Conde Herman y sus hermanos le conocieron, y (segun ellos me han

dicho despues) le hicieron tirar, por cierta question y ódio particular

que habian tenido, diéronle un arcabuzazo por los riñones, de que murió

despues, y fué gran pérdida, porque si viviera, fuera gran servidor de

su Majestad. Viniendo el exército enemigo derecho al cuartel del conde

Cárlos, le fuí á pedir que nos juntásemos todos, porque así seríamos

algo, y separados nada, pero él insistió en no querer sino pelear allí;

y aunque le habia proveido de alguna gente de mi regimiento, via que

si él aguardaba se perdia, y perdido él, infaliblemente se perdia todo

el exército, y que no podia yo juntarme con él, porque el cuartel y los

fuertes quedaban perdidos, y el camino de las vituallas mal seguro;

y volviendo á pedirle con grande instancia que se partiese de allí y

que nos juntásemos todos, me lo concedió cuando ya la avanguardia del

enemigo venía cargando sobre su retroguardia. Los sitiados pasaban tan

extrema necesidad, que desenterraban y comian los caballos muertos

de seis y ocho dias, y así hacian una puerta nueva hácia el rio para

por allí hacer una salida á la desesperada (siendo la parte por donde

ménos guardia habia) y salvarse el que pudiese. Estaba dentro el

coronel Smit, escoces, y en mi regimiento habia un capitan llamado

Hamelton, de la misma nacion, y hablando los dos en su lengua, el uno

desde la villa, y el otro de la trinchea, el Hamelton avisó al Smit

cómo su campo venía á socorrerlos, y que estaria allí dentro de dos

dias, y así no hicieron la salida y esperaron el socorro que vino al

tiempo que habia avisado. El capitan Camiga, que los oyó hablar, y

aunque no sabía la lengua del todo, entendia algo de ella, por ser

la antigua frisona conforme á la inglesa, me dixo que le parecia ser

avisos que le daba, y era así, segun los condes me dixeron despues; y

como yo no podia probar lo que él decia y sospechaba, busqué alguna

ocasion despues para echar al Hamelton de mi regimiento, y así lo hice.

Llegado el campo del enemigo al alojamiento del conde Cárlos, puse en

un cercado que estaba en aquella parte, junto al fuerte que se decia

de Camiga, el rio en medio, al teniente Tassis con más de dos mil y

quinientos hombres, el cual mantuvo valerosamente todo aquel dia la

escaramuza con el campo del enemigo, y miéntras él escaramuzaba, los

tres condes de Berghes y los coroneles Halayn y Smit plantaron la

artillería gruesa que el Conde Holac les habia dexado sobre la muralla,

y de allí batieron el fuerte, que llamábamos de Anholt, que en la

batalla se habia tornado á cobrar, porque por allí la podian socorrer

fácilmente ayudándose para el paso del rio del molino, á la defensa del

cual yo habia puesto algunos valones del Conde de Manderscheit, que

habian llegado con el conde Cárlos y otros de aquí, gente escogida. Yo

me puse con un escuadron de infantería poco apartado del fuerte que los

de la tierra batian, para socorrerlos si el enemigo daba asalto, desde

donde yo via lo que pasaba con Tassis de la otra parte del rio. Hacia

hacer balas apriesa á todas las mujeres de mi regimiento, y faltándome

plomo, hice tomar todas las pesas de los vivanderos y deshacer los

platos de estaño en que se comia. Habiendo dicho á los del fuerte que

me habia puesto allí, no sólo para defenderlos, mas para hacerlos

pedazos en caso que le dexasen sin órden. Despues de batidos por los de

dentro, las compañías francesas salieron á dar el asalto; yo me moví al

socorro, y los del fuerte se defendian bravamente, que fué causa de que

con la mesma furia que habian salido se volviesen, habiendo recibido

gran daño, con muertes de cinco ó seis capitanes y muchos soldados

heridos. Y miéntras yo estaba ocupado en esto, el conde Cárlos andaba

proveyendo todo lo que era necesario en el campo. Aquel dia no se hizo

otra cosa, y á la noche nos fuimos los condes Cárlos, el de Hoecstrate,

Mons de Altapena y yo al fuerte de Camiga para dar asistencia al

teniente Tassis si acaso el enemigo le acometiese en su cercado. Habia

entre él y el fuerte que los enemigos habian batido hácia la parte

donde estaba el enemigo, una casa con un jardin, en el cual puse al

capitan Decheman y algunos otros capitanes de mi regimiento, y yendo mi

sargento mayor con algunos oficiales á visitar esta casa, encontraron

á Mons de Burey con algunos gascones soldados suyos, el cual habia

propuesto, como caballero mozo, de ser el primero que entrase en la

tierra; escapóseles de las manos, y fué á dar al puente que los de

dentro habian hecho á la puerta nueva sobre el rio; traxeron presos

algunos de los que le acompañaban, á quien examinó el conde Cárlos, y

de ellos se supo la gran cantidad de gente que allí habia, obligando

sus vidas si no fuese verdad lo que decian. Considerando la poca que

nosotros teniamos, y esa repartida en tantas partes y fuertes, y que

lo más útil y mejor que podiamos hacer era juntarnos todos y procurar

dar batalla; no pudiendo estorbar al enemigo la entrada en la villa

por haber crecido el rio, habiendo los de Zutphen detenido la agua en

sus molinos, por la cual entró el de Burey aquella noche, y sacó los

condes de Berghes, que por salvarlos el enemigo habia puesto todas

sus fuerzas. Consideramos tambien no haber entre nosotros dinero para

comprar vituallas, y que ésas áun no venian, y á la llegada del conde

Cárlos con aquellos señores, fué menester dar á su gente lo poco que

yo tenía, sin que me quedase un real. Hiciéronse escuadrones ántes del

dia en nuestra plaza de armas por asegurar más el alojamiento y tener

mejor sitio para pelear. Repartióse la poca municion de guerra que

quedaba entre los soldados; y siendo de dia, comenzamos con todas las

trompetas á llamar al enemigo á la batalla, y él se arrimó con todo

su exército á la tierra, entre la cual y nosotros habia poca plaza

para meter en órden tan gran exército como ellos traian, que, segun

nos parecia, era la causa por que no se movian de junto á la tierra;

y así, sin mover la órden de los escuadrones, vueltas las caras á las

de los enemigos, nos retiramos á otra montaña más adelante, camino de

Grol, dándole lugar para ponerse en batalla. Allí estuvimos esperando

á ver lo que queria hacer, y visto que no se movia, se resolvió de

retirarnos; y así ordené que los heridos, enfermos y gente inútil

caminase delante con alguna guardia, y que retirando todo lo que habia

en el alojamiento, se le diese fuego; y tras esto, tomó el conde Cárlos

la avanguardia con su regimiento, llevando consigo la artillería

que se habia ganado en la batalla; tras ellos otros dos regimientos

de alemanes, y yo, poniendo las banderas del mio entre las de los

alemanes, hice dos mangas de los soldados de él, y con ellas y con

toda la caballería tomé la retroguardia. El enemigo, viéndonos con tan

buen órden, nos dexó ir en paz, salvo algunos que nos venian tirando á

las espaldas, y por ser tarde para nuestro camino, no se hacia caso de

ellos; pero al cabo, como se llegaban muy cerca, habiendo yo de pasar

por un camino muy estrecho, donde habia valladares y arboledas, hice

baxar las lanzas á algunos soldados de mi compañía, y que se quedasen

allí, para que en volviendo yo la cara cerrasen con ellos, y llegando

cerca de la emboscada, la volví, y luégo cerraron, matando algunos.

Tomóse un prisionero aleman de poca edad, que, aunque no queria decir

quién era, mostraba ser persona de calidad, el conde Cárlos me le

pidió, y yo le compré á los soldados en doscientos escudos, y se le dí;

y despues, estando en Grol, confesó al Conde ser hermano de la mujer

del conde Hans Albert, su tio, y que él era conde de Glelik, de casa

principal y rica. De allí adelante los enemigos nos dexaron del todo.

Llegamos con esta órden á un pequeño rio, y no habiendo puente, fué

necesario romper la órden, y pasar cada uno como podia. Y considerando

yo que la compañía del Baron de Anholt, que guardaba á Grol, estaba tan

amotinada, que á su mesmo coronel y capitan, yendo herido de muerte,

no le quisieron dexar entrar ni acompañarle hasta Bredevord, que era

suya, dos horas de camino de allí, adonde murió aquel mesmo dia. En la

cual compañía habia dos ó tres que hablaban bien español, habiéndolo

aprendido siendo alabarderos del Rey, principales autores del motin,

á los cuales yo habia ganado con dineros que los daba cuando por allí

pasaba, y de esta manera tenía la entrada y salida en aquella villa

como yo queria, rehusándola á su coronel. Y aunque se inviaron los

furrieles al villaje de Iburgh á hacer alojamiento, mi intencion era

de alojarla en Marsfelt, detras y junto á la villa de Grol, para mayor

seguridad nuestra, y efectuar lo que despues se hizo, y así me adelanté

con todos estos señores, y los amigos que yo tenía entre los soldados

de aquella guarnicion abrieron las puertas y alojaron al conde Cárlos

y á los demas. Yo me fuí á hacer el alojamiento al lugar que he dicho,

é invié á decir al exército que se encaminase allí, y á los furrieles,

que habian ido á Iburgh, que se volviesen á este lugar. El enemigo,

habiendo metido todas las vituallas que tenía dentro de Locchum, y

proveida, caminó hácia Vildemburgh, castillo del Conde de Isteron; y

sabiendo yo cuán mal proveidos iban, no cesaba con tropas de caballería

de tocarles arma para que no se desmandasen á buscar de comer. Estas

tropas que yo inviaba, mataban muchos de ellos, y era lástima de ver

los gascones, que por no ser acostumbrados á beber cerveza, bebian

agua, y con ella les vino una enfermedad, que se quedaban por aquellos

caminos en tropas; habia entre ellos mucha nobleza y joventud, despues

los alojó su coronel Nedereltem junto á Emmerik, adonde fué tanta la

mortandad, que no escaparon de veinte uno. Los Estados, considerando

el fastidio que Keppel y Bronchorst les habian dado, ordenaron al

exército que las fuese á tomar. Cargó tanta agua y tan mal tiempo,

que si en la gente de guerra que estaba en una y otra parte hubiera

fidelidad, no las tomáran, porque les faltaba artillería y lo demas

necesario para sustentarse en campaña. En este tiempo, por no tener

dineros, nuestra gente se comenzaba á alterar, y los burgomaistres de

la villa de Grol me vinieron á avisar que los soldados de su guarnicion

tenian inteligencia con el enemigo, y que si los dexábamos allí y nos

partíamos sin mudarlos, que sin falta la villa se perderia. Y así

ordené aquella noche que viniese la mayor parte de mi regimiento sin

banderas, y la mayor de la caballería; y socolor de inviarlos contra

el enemigo, hacerles entrar en la tierra, por acortar camino, porque

era menester rodear mucho por otra parte, y con el crédito que yo tenía

con aquellos soldados, tuve las llaves, y estando la gente en la plaza

se puso en escuadron. Venido el dia, los soldados me vinieron á decir

que estaban muy maravillados de que aquella gente no marchaba. Yo les

invié al conde Cárlos que les diese la respuesta, y sin dársela, se

vino con ellos á mi casa, por estar yo mal dispuesto, díxele que sería

bueno desengañarlos, y así lo hizo, diciéndoles que no era la gente

que estaba en la plaza la que habia de salir, sino los que tan mal se

habian gobernado como ellos. Respondiéronle que pues habian de salir,

que fuesen de su regimiento ya que con él habian pasado muestra, que

es el mesmo que llaman de Gheldres, que á mi venida en Frisa invié

á Brabante por su mal gobierno, con la caballería de Schenck y los

hombres de armas, y despues el regimiento fué dado al conde Cárlos,

el cual los aceptó en el suyo, con no haber sido de él ántes, y luégo

habiéndolos hecho sus procesos, mandó ahorcar algunos de los más

culpados, y otros se echaron por las murallas huyendo; y aquel mesmo

dia hizo salir fuera de la villa á los demas, y que caminasen con mi

regimiento, poniendo una compañía del suyo, que era de Tisilinghe y la

coronela mia, y al Tisilinghe por gobernador. En toda nuestra gente de

guerra crescia la necesidad y con ella la desobediencia, y no sabiendo

qué hacerme de ella, propuse, tomando conmigo la que el país podia

sustentar, que la demas fuese con el conde Cárlos á Brabante, so color

de inviarle con más seguridad. Habíase ya partido Mons de Altapena

con su compañía de lanzas con poco gusto, por haber entendido que sin

avisarle le habian quitado el gobierno de Breda. Invié con el Conde

la mayor parte de mi regimiento y todo el del Conde de Rinamburg,

quedándome con el del Baron de Billí, con el cual he tenido particular

cuenta, dándole lo mejor que habia en todo este gobierno, por respecto

de su coronel, y merecerlo ellos por ser tan buenos soldados. El

Conde se fué, y yo me volví á mi gobierno á Oldenzel, alojando este

regimiento en aquellos contornos, y de allí vine al castillo de

Lynghen, donde dexé empeñadas mi mujer é hijas por la pólvora que me

habian dado. Y aquí me dixo el Drosarte de Covorden que la villa de

Steenvick estaba tan mal reparada que fácilmente se podia entrar en

ella, dándole una escalada. Y siendo necesario ántes de intentarlo

saber la hondura del foso (que el Drosarte no lo sabía), empleé una

mujer, la cual yendo al rededor, desde el camino iba mirando que no la

viesen, echando dentro su capelo como que el viento se le llevaba, y

así entró y tomó la hondura que tenía sin ser vista, que no llegaba

á la rodilla. Determiné de sacar la gente de las guarniciones, y que

Tassis fuese á la empresa, y como estaba reposada, iba de buena gana,

aunque caminando por agua algunas veces hasta la cinta, y acertó á ser

una noche oscura, y por la mesma parte que la mujer habia reconocido,

le dió asalto y la tomó. Y por la obligacion que tenemos de venerar

las imágines de los Santos escogidos de Dios, diré lo que aquel dia

sucedió. Estando la villa de Hasselt entre la de Steenvick y de Svuol,

la cual se mantenia todavía secretamente en la religion católica,

conservando las iglesias enteras y adornadas, sin recibir guarnicion

de una ni de otra parte, los enemigos, por asegurarse de ella, la

hicieron una emboscada, y con ella tomaron la puerta y entraron

dentro, y para el efecto habian ido dos capitanes de la guarnicion

de Steenvick con algunos soldados suyos, y despues de haber dexado

guarnicion y roto las iglesias, tornaron á inviar sus soldados, y

ellos, tomando las casullas y cruces de las iglesias, y la imágen de

la Santísima Vírgen Madre de Dios y la de San Juan, que estaban al

pié de un gran Crucifixo, entraron en procesion de aquella manera en

la villa de Steenvick, al rededor del terrapleno, y en el mismo lugar

por donde fué entrada la tierra las pusieron en la muralla, diciendo

con escarnio á las imágines que guardasen bien aquel portillo, miéntras

ellos iban á hacer buenaxera de lo que habian ganado en Hasfelt; mas

fué Dios servido (en venganza de su Santísima Madre, por el escarnio

que se hizo á su imágen) que por aquella mesma parte se volviese á

ganar la tierra, sin pérdida de ningun soldado, ni haber costado á su

Majestad más de cuarenta tallares, que se dieron á la buena mujer y á

su marido. Como supe lo sucedido, acudí luégo allá, llevando conmigo al

consejero George Wetendorp, del Consejo de Frisa, y á Hoctendorp, del

de Overissel, á poner de allí contribucion de todo lo que se pudiese de

la parte de Frisa, para sustentar la guarnicion que allí estuviese de

caballería é infantería; de donde se ha sacado gran cantidad de dinero,

en provecho de su Majestad, que les ha sido descontado á los soldados.

Púsose un recibidor que daba cuenta de todas las contribuciones al

Presidente y Consejo de Frisa. Tambien con amenazas y obras malas,

que se hacian á los frisones, hice que los que estaban en contribucion

pagasen las rentas reales en mano de Wetendorp, entónces recibidor de

su Majestad, y así fuí el primero que puso el país en contribucion en

provecho del Rey, que de ántes no se hacia. Procuré hacer lo mesmo en

el país de Gruninghen, y tratándolo con los offemans en la cámara que

llaman del Rey, que son los burgomaistres sacados del magistrado, que

con el gobernador administran la justicia del país, y con el mejor

modo y razones que pude les propuse que permitiesen que el comisario

ó otro de la parte del Rey recibiese lo que se sacase del país. A que

me respondió el burgomaistre Wifringa (que era uno de los offemans)

con su acostumbrada arrogancia, que si el Rey queria tener cuenta de

dineros, que los inviase, pues que no tenía que hacer con el que se

sacaba del país de Gruninghen, que á ellos les tocaba. Esta tierra

de Steenvick, miéntras ha estado por de su Majestad, ha hecho mucho

daño al enemigo, gobernándola lo más del tiempo Antonio de Coquela,

teniente coronel de Mons de la Mota, hombre de mucho valor y gobierno.

En esta sazon, estando yo en Oldenzel, se hizo la presa de Zutphen

de esta manera. Habiendo los soldados del Baron de Anholt tomado dos

de la guarnicion de ella, no queriéndolos rescatar su capitan, se

resolvieron de hacer que aquella tierra viniese á manos de su Majestad.

Y habiéndome traido algunos que me dixeron de la manera que se habia

de hacer, no fiándome mucho, invié con ellos al capitan Tissilinghe,

el cual, reconociéndolo, me dixo ser como los soldados decian. Dexélo

resfriar por un poco de tiempo, porque Mons de Nienoort, caballero

del país de Gruninghen que servia á los Estados, les prometió que

permitiéndole levantar cuatro mil hombres entraría en aquel país y

le sustentaría, haciéndome la guerra sin gasto suyo. Y avisado yo

de esto, habia inviado á Tassis con la mayor parte de su regimiento

y de otros que estaban conmigo, á guardar el país y los diques por

donde el Nienoort podia acometerle con sus navíos. Los de Gruninghen,

queriendo usar de la autoridad que siempre han pretendido tener con

sus gobernadores, volvieron á inviar á Tassis con la mayor parte de

la gente que yo habia inviado, dexando la ménos útil para lo que se

pretendia, y llegaron á tiempo que Tissilinghe era vuelto de reconocer

á Zutphen; y así invié á Tassis á hacer la empresa, la cual se executó

de esta manera. Siendo la villa cercada de altas murallas de ladrillo

á lo antiguo, tenian hecha delante del foso viejo otra fortificacion

de tierra con sus baluartes, el uno junto á los molinos, el cual tenía

un cuerpo de guardia que podian estar en él veinte y cinco ó treinta

personas, y entre la primera y segunda puerta habia otra que iba á dar

á este baluarte; y fiándose de la primera, no ponian guardia en la

primera fortificacion; no cerraban aquélla, ni ménos proveian aquel

cuerpo de guardia, por no tener sino una compañía de infantería, con

los vecinos; y así, arrimando una escalera por defuera al baluarte (que

aunque nuestra gente hacia algun ruido, no se podia sentir por ser

el del agua de los molinos mucho mayor, ni teniendo foso, por causa

del molino y de un riachuelo que por allí pasaba), se metieron en el

cuerpo de guardia hasta treinta hombres escogidos en toda la tropa,

que eran los que podian caber, y Tassis, con toda la demas infantería,

se metió en unos fosos cerca de la puerta, por donde D. Fadrique de

Toledo la batió y tomó el año setenta y dos. Dexó la caballería que

llevó en un bosque algo apartado, porque no se oyesen los relinchos

de los caballos, y siendo de dia, los de la villa salieron á abrir la

puerta como acostumbraban, y al punto los nuestros, que estaban en el

cuerpo de guardia, fueron á buen paso á la que iba donde ellos estaban,

que era entre las dos de la villa, y repartiéndose, los unos fueron á

acometer á los que fueron á abrir la primera, y los otros á los que

guardaban la segunda, acertaron á matar al que iba á echar el rastrillo

segun yo les habia ordenado que hiciesen, y poniendo guardia en él se

apoderaron de la puerta; los que habian salido á reconocer, viendo ser

acometidos por las espaldas, y Tassis, oyendo el ruido, embistiéndolos

por delante, se huyeron al rededor de la tierra á la campaña. Tassis

no hizo caso de seguirlos y fué á ayudar á los nuestros que todavía

peleaban á la segunda puerta, y como llegó, se entró del todo, y

fueron siguiendo á los enemigos hasta otra puerta antigua, adonde los

soldados y burgeses que habian corrido á la arma hicieron un poco de

resistencia, y habiendo acudido la caballería que habia dexado en el

bosque al ruido del pelear, todos juntos entraron en la plaza, adonde

hubo poca resistencia, y así del todo se acabaron de apoderar de la

villa.

Habiendo yo dado órden á Tassis que si entraba dentro, á la mesma hora

pasase á la otra parte del rio y hiciese una trinchea, aunque fuese con

las dagas ó uñas, y que pusiese guardia en ella, porque el enemigo no

se amparase en aquel puesto, ocupado en el saco se descuidó de hacerlo,

dexándolo para la mañana. El conde Herman de Berghes (que servia á

los Estados) hallándose por allí con gente, vino y ocupó el sitio que

yo deseaba que Tassis tomára, adonde hicieron un fuerte, que despues

por mantenerle costó tanta sangre y trabajo como adelante diré. Por

este descuido de Tassis se verá que en las cosas de la guerra, las

que se pudieren hacer hoy no se han de dilatar para mañana, porque

pequeños descuidos traen consigo tan grandes inconvenientes, como he

dicho que habemos tenido, y la diligencia cierto es madre de todo buen

suceso en semejantes casos. Luégo que supe esto, ordené á Tassis que

se quedase allí por gobernador con alguna parte de la gente, y que

la demas se me inviase luégo. Comencé á caminar hácia Gruninghen, por

haber entendido que el de Nienoort se habia embarcado con la gente que

habia levantado para el efecto que he dicho, y en el camino supe que

habia tomado un dique entre Delfezijl y Reyden, en un lugar llamado

Oeterdam, y cortándole de repente se reparó en aquel lugar, adonde

acudió Mendo con mi compañía de caballos y la del capitan Willers, no

pudiendo la infantería caminar tanto como ellos, que iban en navíos

por agua. Yo me dí toda la prisa posible para llegar á Gruninghen,

y fué tanta que todos los caballos de mi coche murieron del trabajo

que por la diligencia hecha pasaron; luégo me partí para donde estaba

el enemigo, y poniendo la gente en los puestos que me parecieron á

propósito para estorbar que no entrase más adelante en el país, ni

trabajase tan á su salvo en el fuerte que hacia, y por no tener él

toda la comodidad que era necesaria para entretener sus soldados y

sustentar la fortificacion, se le desmandaban y tomábamos muchos de

ellos, á los cuales mandaba ahorcar luégo á la hora delante de su

fuerte y echar en la mar, sino era á los de las compañías viejas, que

con ellos venian algunos, y á éstos los dexaba ir por su paga, cosa

que daba grandísimo descontento á los demas; híceles poner al rededor

de su alojamiento algunos billetes en que les decia que hombres que

no tenian sueldo, no merescian ser tratados como soldados, sino como

ladrones, que el nombre del soldado venía del sueldo, y el que carecia

de él no era soldado, que el que quisiese venir al servicio del Rey,

sería bien venido, y el que irse á su tierra, se le daría pasaporte y

dinero para su camino; muchos vinieron y los más de ellos se fueron

á sus casas, con la comodidad que yo les habia prometido y dado. Yo

procedia haciéndoles la guerra más rigurosa que podia, procurando

deshacerlos por aquella via, no pudiendo por otra. Sucedió despues

que el de Nienoort, viendo lo que pasaba de su gente y el poco medio

que tenía para sustentarla, se determinó de entrar dentro del país,

el cual, por las grandes aguas que caian, siendo el mes de Octubre y

el tiempo tal, que con gran trabajo pude inviar tras él alguna gente,

habiendo de ir por caminos profundísimos los dos, y él caminaba por

el dique adelante hasta llegar á Wischoten, adonde dexó parte de

su gente, y con la demas fué en persona á poner en contribucion la

señoría de Wedden, que es del Conde de Arambergh, no sabiendo que los

nuestros les seguian. Llegaron á Winschoten, y sitiaron en una iglesia

la gente que el Nienoort habia dexado en ella. Y como él, volviendo

de Wedden, supo lo que pasaba, viendo que le habian tomado el camino,

rodeando por los prados adelante, vino á salir al mesmo puesto, donde

en tiempo del Duque de Alba el Conde de Arambergh fué roto con el

tercio de Cerdeña, pensando por aquella parte entrar dentro. Nuestra

gente le salió al camino y le rompieron, dándole un arcabuzazo en una

pierna, que le estorbaba el caminar. Mas viéndole allí un hijo suyo que

estaba cerca, se abrazó con él diciendo que no le desampararia hasta

la muerte; y permitió Dios por su buen celo que nuestros soldados,

que estaban más cerca de él, tomaron una bandera, y poniéndose en

contienda sobre ella, dieron lugar á que el hijo pudiese salvarle,

aunque llevándole recibió tambien otro arcabuzazo; metiéronse en la

iglesia con los que de aquella refriega habian escapado, y nuestra

gente se descuidó aquella noche, y fué tan escura que se pudieron

salir sin ser sentidos, tomando el dique que va á Bellinwolde, y de

allí á Hoguebond tierra del Conde de Emden, donde el dique se acaba;

embarcáronse aquí, y volviéndose á su fuerte sin haber efectuado cosa

de lo que pretendian, padre é hijo, que iban mal heridos, murieron en

él miserablemente, siendo ambos merecedores de muerte más honrada y en

mejor ocasion y parte, el hijo por haber mostrado tan honradamente la

aficion y obligacion que tenía á su padre, y el padre por ser caballero

real, afable, de tanta cortesía y buenas partes, como se pudiera hallar

en toda esta provincia, el cual, por sus deudas y mal tratamiento que

los de la villa de Gruninghen le hacian, fué forzado á declararse por

enemigo del Rey y serlo de ellos. Era hombre que se trataba con tanta

grandeza, que comia á la real, con música, por lo cual vino á ser tan

pobre, que al tiempo de la muerte dicen que no tenía siquiera un poco

de cerveza que beber. Y con su fin se huia mucho más la gente que él

habia traido. Y así los Estados se resolvieron de sacar la poca que

quedaba y mantener ellos el fuerte, como lo hicieron, fortificándole

con mucha costa, por batir la mar en él, que cada tormenta le hacia

mucho daño, y por estar en tal parte era inacesible. Hícele algunos

fuertes al rededor para estorbarles la entrada en el país del Holdam,

territorio de la villa de Gruninghen; y hallándome un dia en uno de

estos fuertes, vinieron algunos navíos cargados de municiones á entrar

en el del enemigo, los cuales por falta de la marea se quedaron junto á

él en seco. Y considerando yo, por el viento que hacia, que pegándoles

fuego se podian tambien quemar las barracas de los soldados, que

eran de paja, les batí con dos medios cañones que estaban en nuestro

fuerte, para que viniendo la marea se hinchiesen de agua y no pudiesen

entrar en el fuerte, y á la baxa marea acometerlos; y en siendo de

noche invié al de Rinavelt, á cuyo cargo estaba el fuerte donde yo me

hallaba, para que con una parte de soldados alemanes tomase la marina;

y los valones, por junto al dique donde habia una cortadura, ganaron

los navíos y pusieron fuego al más cercano, y si en aquel punto no se

mudára el viento en contrario, sin duda se pegára fuego al fuerte y

se ganára, no pudiendo estar el enemigo á la defensa, por estar las

barracas pegadas al parapeto, no temiéndose de ser acometidos por mar.

En este tiempo su Alteza me escribió que inviaba al regimiento de Mons

de la Mota para que sirviese aquí, que por algunas causas entónces la

Mota no estaba en su gracia y queria alexar de sí su regimiento, más

por esto que por asistirme. Fué necesario partirme para hacerle pasar

el Rin, y con él las compañías de mi regimiento que yo habia inviado

con el Conde Cárlos, la de la guardia del Conde Mansfelt, la de Mons

de Teves y la de Mario Martinengo. Hallándome con pena de no poder

entretener esta gente, porque las contribuciones que se sacaban no

eran suficientes, ni nunca lo han sido tanto que pudiesen sustentar la

cuarta parte de ella por más diligencia que se hiciese en buscarlas. Y

así me resolví, ya que no podia sacar más sustancia de mi gobierno, de

entrar en el de Gheldres, en el país de la Veluva, pasando el rio por

Zutphen, y así, aunque era invierno y hacia mal tiempo, lo puse por

obra, caminando con la gente nueva que habia venido, y la demas que

pude juntar. Tenian los enemigos un navío armado en el rio, á media

hora de camino, tomando más alto el ponton de la villa, y habiendo

puesto una cuerda más abajo de donde estaba este navío y más arriba de

la villa, comencé á hacer pasar la gente, y ántes que fuese de dia,

habia pasado una parte; y los del navío, viendo que habian pasado,

y la cuerda en el rio, dexaron colgar una áncora para llevársela

consigo; yo, temiendo esto, hice soltar de un lado la cuerda, y como

hubo pasado el navío, torné á tirarla, y acabé de pasar la gente que

quedaba, la cual se fué al país llamando á los villanos que viniesen

á contribucion, sin hacerles otro daño. Yo me volví á la tierra, y

con la guarnicion de ella, y alguna más de la que habia traido, sitié

el fuerte. Este paso se hizo el dia de los Reyes, viniendo el rio tan

crecido, que entró en el fuerte por estar en parte baxa, haciéndome

retirar de las trincheas y forzado á los soldados, no pudiendo estar

en sus barracas por ir creciendo el rio de hora en hora, á meterse

encima del terrapleno, y viendo que no podia acometerle de otra manera,

me fuí á la tierra, de donde con la artillería les hice mucho daño,

y así se rindieron á mi voluntad, y quitándoles tres banderas y las

armas, los invié el rio abaxo á Deventer. Todavía crecia el rio, de

manera que habia entre la villa y lo seco, donde las barcas iban á

llevar las vituallas, una hora de camino. Nuestra gente caminó hácia

Utrecht, y puso tanto espanto allí y en Holanda, que el Príncipe de

Orange hizo juntar toda la gente que pudo de Bravante y otras partes,

é invió al Conde Holac, al Conde Herman y á sus hermanos contra la

nuestra. Sabido esto, la invié á llamar, y como no era posible volver

á repasar por haber crecido tanto el rio, se puso á la lengua del

agua. Los enemigos se juntaron y vinieron hasta Arnem, y alguna de

su infantería se amotinó contra el Conde Holac, amparándose en una

casa, donde el Conde con la demas gente los sitió, y rindiéndosele,

hizo ahorcar á algunos de ellos, y luégo comenzaron á marchar contra

nuestra gente, con órden de pelear con ella. Quiso Dios que en este

tiempo comenzó á baxar el rio, y un soldado de los nuestros, caballo

ligero, se metió á nado por él, buscando paso, y vino hasta el fuerte

donde yo estaba entónces para el mismo efecto; hallóse el paso,

aunque malo, y así ordené á nuestra gente que á la mesma hora se

viniesen adonde yo estaba, haciéndolos guiar por los mesmos que habian

reconocido los pasos, y así se vinieron derechos al fuerte, estando

ya el enemigo á vista de ellos, tan superior de gente, que traia bien

cuatro para uno. El Príncipe de Orange, habiendo entendido lo que

sucedió, invió al Conde Holac á sitiar el fuerte y tomarle si pudiese,

porque no queria que nuestra gente entrase á inquietarle en Holanda;

y así como acabó de baxar el rio, el Conde se acercó para hacerlo.

Yo, dexando al Tassis toda la infantería que pude, y desiñándole unas

alas para asegurar más el fuerte, y el paso de la villa á él, porque

si no se hiciera se arrimara á él de manera que nos fuera imposible

la entrada y la salida de él; y que el un cuerno de estas alas se

diese á los capitanes de mi regimiento, y el otro á los de Mons de la

Mota, con ayuda de algunas picas alemanas; en cada parte trabajaron

estos soldados tan animosamente, y el Conde venía tan poco á poco

aguardando sus comodidades, que ántes que llegase estaban ya las alas

en defensa. Acometiólas, y plantó artillería á la de Mons de la Mota,

y á la de mi regimiento vino con zapa y mina, lo cual podia hacer

fácilmente por ser el foso seco y arenisco. Yo me fuí á Oldenzel para

proveer lo necesario, é invié á decir á Tassis que hiciese una mina

que saliese al foso, para poderle mejor defender. El Conde batió la

ala que llamaban de la Mota y se llegó con trincheas hasta el foso,

y allí, con la grande comodidad de faxina que tenía, quiso henchirle

y dar el asalto, y ansí comenzó á echar faginas dentro desde su

trinchea. Tassis, desde la mina que habia hecho, sacaba toda la que

ellos echaban, y con ella fortificaba lo batido por el enemigo, en que

hubo de ambas partes muchos muertos y heridos. Y considerando el Conde

que en las alas habia mucha gente, y que el fuerte hacia traves tanto

por de dentro como por de fuera de ellas, y que no podia dar asalto

sin perder mucha gente, se resolvió de tomarle por hambre, lo cual no

podia hacer sino sitiando la villa, que no estaba bien proveida, y

para hacerlo invió de la otra parte del rio al de Wilers, Maestro de

Campo general del Príncipe de Orange, con la caballería, que era mucha

y buena, y con ella al Conde Herman; y aunque tenian muy apretada la

villa, me aventuraba siempre á meter alguna cosa, é inviando una vez

al capitan Mario Martinengo con su compañía, llevando cada soldado á

las ancas un saco de pólvora, topó con una emboscada que le tenía hecho

el de Wilers con más de dos mil caballos; mas el capitan llevaba tan

recogida su compañía, retirándose, que no le osaban acometer hasta

que, llegando á un bosque, los soldados comenzaron á desmandarse y

separarse por él sin que el capitan lo pudiese remediar, y visto por

los enemigos, cerraron y prendieron cuasi todos los soldados sin matar

ninguno, no escapándose sino los tres oficiales de la compañía y dos

ó tres soldados que los siguieron. Contra el fuerte no hacia el Conde

otra cosa sino seguir la zapa y la mina, y los nuestros defendérsela;

y un dia, que hicieron una salida contra su artillería, rompieron la

guardia y llegaron hasta el cuartel del enemigo, donde los soldados

se pusieron á saquear, que, á no hacer más de intentar solamente la

artillería, la ganáran sin ninguna duda, y la pudieran sustentar por

estar fortificada, mas como se detuvieron, cargando el campo del

enemigo, los hicieron retirar. Hallóse en esta salida Maximiano du

Bois, capitan de caballos, á quien yo habia dexado de guarnicion con su

compañía en la villa, fué preso herido de un mosquetazo en un muslo,

de que murió despues. Conociendo el mal punto en que las cosas de

Zutphen estaban, suplicaba continuamente á su Alteza que me socorriese

con alguna gente para poder yo darle á nuestros sitiados; y así, no

hallando su Alteza otra más á la mano que la que servia en la guerra

de Colonia, invió al capitan Juan de Castilla á procurarla con el

Elector, el cual la concedió luégo, y vino á cargo de D. Juan Manrique,

cabeza de la gente de guerra de su Majestad, que servia allí, y con

ella venía tambien la del Elector. Aloxé esta gente en Winterswyck,

lugar grande junto á Bredevord y una legua de Grol, donde yo estaba, y

entre tanto que llegaba, hice aparejar los carros y vituallas que se

habian de llevar, y alguna artillería que habia sacado de Linghen. En

este tiempo el Conde y la Condesa de Berghes, padre y madre de los tres

condes, procuraban que sus hijos viniesen al servicio de su Maestad;

y su Alteza, avisándole yo dello, me lo habia remitido, y para este

efecto andaba conmigo un criado suyo, que era Drosarte de Buxmer, á

quien dixe que estaba resuelto de socorrer la tierra ó perderme, y que

creia que no sería sin pelear, que hiciese con estos señores que no se

hallasen dentro por no dificultar su reconciliacion. Respondióme que

no sabía cómo se pudiesen retirar con su honra, porque les sería mal

contado si en tal ocasion lo hiciesen, ni ménos alcanzaba qué color dar

para ello. Respondíle que diciendo que su madre los inviaba á llamar

porque su padre estaba muy malo. Ella lo hizo así, y teniendo todas

las cosas ya á punto para socorrer la tierra, comencé á marchar de

esta manera. Hice de los carros cargados de vituallas y municiones dos

hileras guiadas por dos provostes, y que los caballos de ellos llevasen

unos cabestros ó cuerdas para que, en tocándose arma, los atasen á la

trasera de los carros, cada uno al que le iba delante; entre estas dos

hileras de carros, iba primero toda la caballería, y de los valones

que habia traido D. Juan Manrique, guiados por sus capitanes, poniendo

sus banderas en el escuadron de los alemanes, hice dos mangas que

fuesen pegadas con la caballería, que iban de avanguardia con D.

Juan Manrique y Nicoló Basta, y para si fuese menester algunas picas

con ellos, hice un escuadron volante de ellas, llevando consigo dos

piezas de campaña, este escuadron iba en medio de las dos mangas de

arcabuceros, un poco atras; á éste seguian otras dos mangas pequeñas

de mosqueteros, cerca de los dos cuernos de un gran escuadron de picas

alemanas de la gente del Elector con su coronel Herlach, suizo de

nacion, delante. Tras este escuadron iba otro casi tan grande como el

de la gente de esta provincia, quedando detras otras dos mangas de

arcabuceros de la resta del regimiento de Mons de la Mota y del mio con

la compañía de arcabuceros á caballo del capitan Leecola, con órden de

ir recogiendo toda la retroguardia porque nadie se quedase atras ni

se apartase de la tropa sin órden; tambien de que, en tocándose arma,

cerrasen por detras las dos hileras de los carros y se encerrasen

dentro de la del gran escuadron de alemanes; donde el coronel Herlac

y yo íbamos, iba una culebrina reforzada de quince libras de bala que

yo habia sacado de Linghen para mejor alcanzar los escuadrones de

los Herreruelos y la demas caballería enemiga, que era mucha, pero

ménos infantería que la nuestra. Toda esta gente iba en medio de las

dos hileras de carros con la órden que he dicho, y así caminábamos

por campaña rasa hácia el villaje de Holguel. Tomé esta manera de

marchar por más segura, aunque tuviese el enemigo mayor número de

caballería, por llevar la gente junta, porque caminando por camino que

era estrecho, los carros tomáran grande espacio, y el enemigo podia

por una y otra parte hacernos daño, sin podernos socorrer los unos á

los otros, por estar alojado en un sitio donde habia mucha arboleda

y podia venir cubierto con ella hasta dar en nosotros; y por evitar

este gran inconveniente, invié al capitan Leecola con algunos soldados

sacados de todas compañías á reconocer los caminos y bosques por

donde el enemigo podia venir, dexando su compañía con su teniente, en

retroguardia para el efecto que he dicho, fué siempre caminando delante

á nuestra vista hasta llegar al villaje de Ingle, adonde encontró al

Conde Herman de Berghes, con treinta ó cuarenta caballos, que iba á ver

á su padre, habiéndole la madre dado á entender que estaba muy malo,

sin que él supiese otra causa de su llamada, ni entendido que nosotros

marchábamos; y como vió entre los soldados de nuestra tropa diversas

casacas, conoció de cierto estar allí toda nuestra gente, se volvió con

buena órden á su alojamiento y dió cuenta á Mons de Wilers de lo que

habia visto. Yo, entendiendo que habian descubierto enemigos, pensando

que eran más, habia hecho caminar apriesa los carros y los escuadrones

por ocupar el lugar que está en sitio fuerte ántes que el enemigo

le tomase. Estando allí, traté con D. Juan Manrique, Nicoló Basta,

Juan de Castilla, Suartzemburgh, cabo de la caballería del Elector,

y con el coronel Herlach, que sería bueno que dexando alguna gente

con los carros é inviando á llamar á Tassis, como ya lo habia hecho

con diligencia, con la gente que podia sacar de la villa, á recibir

el socorro y llevarle dentro; y que nosotros con todos los demas

siguiésemos al enemigo, que nuestros corredores decian se retiraba,

segun se via por los fuegos de su alojamiento; y la mayor parte de

ellos me respondieron que no eran de aquel parecer, y que mejor sería

ir derecho á la villa y socorrerla, pues habiamos venido para aquel

efecto; yo alegaba que el socorro podia marchar seguramente, ya que

nosotros habiamos de marchar entre el enemigo y él. Con todo esto y mis

ruegos, no pude hacer que se hiciese, que algunas veces en los consejos

de guerra contrarian algunos á la opinion de otros, más con pasion y

mostrar poder ó saber más, que con razon. Quedámonos aquella noche en

aquel lugar, y al amanecer llegó Tassis con la gente, y así marchamos

todos hácia la villa, y el enemigo se fué á las puertas de Deventer,

pasó el rio y juntóse con el demas exército que estaba delante del

fuerte. Ya la villa estaba á lo último de victuallas, y se hubiera

perdido si no fuera por estar los trigos en la campaña casi maduros,

que las mujeres y niños iban á cortar las espigas, con quien Mons de

Wilers usó de gran crueldad, segun se dixo, enterrando vivos algunos

y cortando á otros las narices y orejas, y así despues le pagó Dios,

como adelante se verá. Aquella noche se ordenó de dar una encamisada á

los fuertes que el enemigo habia hecho al rededor del nuestro; hacia un

tiempo muy áspero de agua, viento y escuridad, y aunque lo intentó no

pudo efectuar nada. Proveyendo la tierra de lo más necesario que habia

menester, nos volvimos hácia Grol, por no consumir las victuallas que

habiamos traido; y caminando D. Juan Manrique con la gente delante,

supo que cerca de allí habia un castillo llamado Hackfort, donde estaba

una compañía de la gente que habia quedado del regimiento de Nienoort;

se fué allá sin haberme avisado dello, pensando tomarle luégo, y no

pudo hacer más que perder gente, por no tener artillería, que la

poca que habiamos traido, se habia dexado en la tierra; retiróse y

retirámonos todos sin tomarle, pero despues, con mi órden, Tassis la

sacó, batió y tomó el castillo, haciendo matar toda la gente que habia

dentro. Don Juan recogió su gente, y yo la de mi gobierno, de donde

se retiró él hacia Colonia, y yo á Oldenzel. Los enemigos, viendo que

habiamos socorrido la villa y que en su campo comenzaba á haber falta

de todas las cosas por la muerte que entónces sucedió del Príncipe

de Orange, hicieron siete ú ocho fuertes al rededor del nuestro y de

nuestras alas, y dexándolos proveidos de gente, se retiraron con la

demas á sus presidios.

* * * * *

Comentario del coronel Francisco Verdugo, de la guerra de Frisia, en xiv años que fue gobernador y capitan general de aquel estado y ejercito por el rey don Felipe II, nuestro señor · 第 20 / 44 题