_Conmociones en Granada: entrega de la ciudad._
Las capitulaciones para la entrega de Granada se firmaron el dia
25 de noviembre, y desde aquel punto dejaron de hostilizarse dos
naciones por tanto tiempo enemigas una de otra. El cauto Fernando
no por eso permitió que entrasen provisiones en la ciudad, ni se
descuidó en tomar las medidas convenientes para impedir que arribasen
á las costas del reino socorros del extranjero; pues siendo los moros
de su condicion tan ligeros y mudables, bastaria la ocasion mas
pequeña para alterarlos, é inducirlos á tomar de nuevo las armas.
Pero estas precauciones no eran necesarias: ni el Soldan de Egipto,
ni las potencias berberiscas, se hallaban en estado de intervenir
en esta guerra: sus propias contiendas les ocupaban demasiado para
que pensasen en la defensa de Granada, ó bien repugnaban medir sus
débiles fuerzas con las poderosas de Fernando.
Aun no habia espirado el mes de diciembre, y ya era excesiva la
hambre que se padecia en la ciudad. Boabdil, viendo cuán poca
esperanza habia de que en el término señalado por la capitulacion
ocurriese algun evento favorable, y no queriendo prolongar las
miserias de su pueblo, determinó, de acuerdo con el consejo, hacer la
entrega de la ciudad el dia 6 de enero. El 30 de diciembre manifestó
su intencion al Rey Fernando, por medio de Jusef Aben Connixa, quien
le entregó los rehenes, como asimismo un presente de dos caballos
castizos suntuosamente enjaezados, y una magnífica cimitarra.
Parecia estar decretado que las desgracias persiguiesen á Boabdil
hasta el fin de su carrera. Al dia siguiente se presentó de nuevo
en Granada aquel santon ó Dervís, Hamet Aben Zarrax, que ya en otra
ocasion habia sido causa de alborotos. Corriendo por las calles y
plazas con ojos encendidos y rostro espantable, daba voces como
frenético, vituperando la capitulacion, denunciando al Rey y á los
nobles como musulmanes solo en el nombre, é instigando el pueblo á
tomar las armas. Á consecuencia, se alborotaron y armaron mas de
veinte mil hombres, que anduvieron por la ciudad dando gritos é
inspirando tal temor, que las tiendas y casas se cerraron, y tuvo
Boabdil que refugiarse en la Alhambra. Duró este tumulto todo aquel
dia y noche; pero á la mañana siguiente el entusiasta que lo habia
excitado ya no parecia, ni se pudo saber qué se habia hecho, y asi
volvió á tranquilizarse aquella turbulenta multitud[48]. Saliendo
entonces de la Alhambra el Monarca moro acompañado de sus principales
caballeros, arengó al pueblo para persuadirles que cumpliesen la
capitulacion acordada, pues estaban ya entregados los rehenes. Sin
disimular sus yerros, y atribuyendo á sí mismo las calamidades de
la pátria, dijo el desconsolado Monarca: “Bien sé que mis culpas,
y el haberme alzado con el reino contra mi padre, son la causa de
los males que padecemos, y que tan amargamente lloro. Por vuestro
respeto, no por el mio, he hecho este asiento con los cristianos,
deseando protegeros á vosotros, y á vuestras mugeres é hijos contra
los horrores de la hambre que nos aqueja, y por aseguraros el
ejercicio de vuestra religion, y la posesion de vuestros bienes,
libertad y leyes, bajo el dominio de otro Soberano mas venturoso que
vuestro desgraciado Boabdil.”
[48] Mariana.
El tono patético con que el Monarca pronunció este discurso, conmovió
los ánimos de sus oyentes, quedó determinado guardar la capitulacion,
y aun hubo alguna voz que dijo: ¡viva Boabdil el Zogoibi!
En seguida envió el Rey sus mensageros á Fernando avisándole que el
dia siguiente le entregaria la ciudad. Entretanto se hicieron en la
Alhambra los preparativos necesarios para que al otro dia evacuase la
familia real esta mansion deliciosa; se empaquetaron los tesoros y
efectos mas preciosos, y se despojó de sus adornos aquellos soberbios
salones de que sus moradores iban á despedirse para siempre. En
esta ocupacion, y no sin lágrimas y lamentos, se pasó aquella
triste noche. Al primer albor de la madrugada, salió la familia de
Boabdil por una puerta escusada de palacio; y dirigiéndose por las
calles mas retiradas, partieron silenciosamente la sultana Aixa, y
Zorayma esposa del Rey, con sus damas y servidumbre, y una escolta
pequeña pero leal de moros veteranos. Los soldados que estaban en
las puertas, al abrirlas para que saliesen, derramaron lágrimas.
La comitiva real, volviendo los ojos por la vez postrera sobre las
sombrías torres de aquella régia morada que dejaba, prosiguió su
camino por las márgenes del Jenil con direccion á las Alpujarras,
hasta llegar á una aldea distante algunas leguas de la ciudad, donde
se detuvo para esperar que se les reuniese el Rey.
Apenas el nuevo sol empezó á herir con sus rayos de oro las altas
cumbres de Sierra nevada, se puso en movimiento el real cristiano.
El obispo de Ávila, Fray don Hernando de Talavera, acompañado de
un fuerte destacamento de infantería y caballería, se dirigió
á la ciudad para tomar posesion de la Alhambra y sus torres, y
pasando por delante de la puerta de los molinos, llegó al cerro de
los Mártires, cerca de un postigo de la Alhambra. Aqui le salió al
encuentro, acompañado de algunos pocos caballeros, el Rey moro, que
habia dejado á su visir Jusef Aben Connixa, con el encargo de hacer
la entrega del Alcázar. “Id, señor, dijo Boabdil á don Hernando,
y ocupad esa fortaleza por los Reyes poderosos á quien Dios la
quiere dar, en castigo de los pecados de los moros;” y sin decir
otra palabra, siguió Boabdil su camino para recibir á los Soberanos
Católicos. Don Hernando, pasando adelante, entró con sus tropas en la
Alhambra, cuyas puertas estaban abiertas de par en par, y desiertos
y solitarios sus magníficos aposentos. Entretanto, salió del Real
el ejército cristiano en rigurosa ordenanza, y se adelantó hácia
Granada. Salieron asimismo el Rey y la Reina con los príncipes sus
hijos, y los prelados, grandes y caballeros de su corte, adornados
todos con suntuosos atavíos. Con esta pompa y grandeza, procedieron
los Soberanos al lugar de Armilla, que está á media legua de la
ciudad, donde se detuvieron, por no haberse hecho todavia la señal de
estar tomada la posesion.
Mirando ansiosamente las torres de la Alhambra, estuvieron aqui un
rato esperando la señal convenida. Al fin vieron brillar á los rayos
del sol la Cruz de plata, y tremolar el pendon sagrado en la torre
de la vela. Al lado de éste se enarboló el estandarte de Santiago, y
á su vista prorumpió el ejército todo en voces de alegría, gritando,
¡Santiago! ¡Santiago! Por último, se elevaron las armas reales, y
dijo en alta voz el rey de armas: “Castilla, Castilla por el Rey
don Fernando y la Reina doña Isabel.” Á estas palabras respondió el
ejército con vivas y aclamaciones, cuyo eco resonó largo rato por
la vega. Los Soberanos entonces se hincaron de rodillas, y dieron
gracias á Dios por tan gran triunfo: otro tanto hicieron todos los
de su acompañamiento, entonando al mismo tiempo los coristas de la
capilla real el solemne canto de _Te Deum laudamus_.
Prosiguiendo su camino, llegó la procesion á una mezquita pequeña,
que hoy es la ermita de san Sebastian. Aqui salió á recibir á los
Reyes el desgraciado Boabdil, acompañado de unos cincuenta caballeros
y criados. Estando cerca, hizo muestra de apearse del caballo,
para besar la mano al vencedor. Pero Fernando le hizo la honra de
no consentirlo, por lo que Boabdil, inclinándose hácia él, le besó
en el brazo derecho. La Reina tampoco admitió el acatamiento del
Rey moro; y para consolarle en su adversidad le entregó alli el
príncipe su hijo, que hasta entonces habia quedado en tercería[49].
Boabdil entonces, con rostro poco alegre y puestos los ojos en
tierra, entregó á Fernando las llaves de la ciudad, diciendo: “Estas
llaves son las últimas reliquias del imperio árabe en España.
Tuyos son nuestros reinos, trofeos y personas: ¡tal es la voluntad
de Dios! Recíbenos con la clemencia prometida de tí y esperada
de nosotros”[50]. Tomó el Rey las llaves con dignidad, y dijo á
Boabdil: “No dudes de nuestras promesas, ni te falte el ánimo en la
adversidad; pues lo que la fortuna de la guerra te ha quitado, lo
resarcirá nuestra amistad.” Dicho esto, entregó Fernando las llaves
á la Reina, que las dió al príncipe don Juan, de cuyas manos las
recibió el conde de Tendilla, que estaba nombrado gobernador de la
ciudad, y capitan general del reino de Granada.
[49] Zurita, Anales de Aragon.
[50] Abarca, Anales de Aragon, rey XXX. c. 33.
Habiendo entregado el último símbolo de su poder, pasó Boabdil
adelante la via de las Alpujarras, acompañado de algunos de sus
caballeros mas leales. Llegando á donde su familia le esperaba,
se reunió con ella, y todos juntos se dirigieron triste y
silenciosamente al valle de Purchena, que era la morada que se les
habia señalado. Despues de andar dos leguas, y cuando empezaban á
internarse en las montañas, llegaron á una altura desde la cual se
descubre últimamente la ciudad. Aqui se detuvo involuntariamente
toda la comitiva, para contemplar por la vez postrera esta ciudad
amada, que despues de algunos pocos pasos se ocultaria á sus ojos
para siempre. Jamas les habia parecido tan hermosa: á los rayos de
un sol resplandeciente, relumbraban los dorados chapiteles de sus
alcázares y mezquitas; las erguidas almenas y torres de la Alhambra
presentaban una majestuosa perspectiva; y en derredor, desplegaba
la vega su verde seno, por donde corria engastada la líquida plata
del cristalino Jenil. Mirando estaban los caballeros moros con el
mas profundo dolor y sentimiento esta mansion deliciosa, teatro de
sus amores y placeres, cuando salió de la ciudadela un remolino de
humo, al que siguió inmediatamente el ruido confuso de una salva de
artillería, anunciando la toma de posesion de la ciudad, y el fin del
dominio de los árabes en España. El desconsolado Monarca no pudo ya
contener el dolor que rebosaba en su corazon. “¡Alá achbar!, exclamó,
¡Dios es grande!” pero aqui le faltaron á un mismo tiempo la voz y la
resignacion, y prorumpió en un torrente de lágrimas.
Su madre, la magnánima sultana Aixa, notando esta debilidad, le dijo
indignada: “Bien haces de llorar como muger, lo que no fuiste para
defender como hombre.”
El visir Aben Connixa, procurando consolar á su amo, le decia:
“Considera, señor, que los grandes infortunios, si se toleran con
magnanimidad, hacen célebres á los hombres tanto como las grandes
hazañas.” Pero para Boabdil no habia consuelo, y entre lágrimas y
suspiros dijo: “¡Qué infortunios jamas igualaron á los míos!” De
aqui vino el llamarse Fez Alá achbar un cerro que está cerca del
Padul; pero el punto desde el cual miró el Rey á Granada por la vez
postrera, se denomina aun hoy dia, el último suspiro del moro.
[Ilustración]