CAPÍTULO XXXVIII.

_Conmociones en Granada: entrega de la ciudad._

Las capitulaciones para la entrega de Granada se firmaron el dia

25 de noviembre, y desde aquel punto dejaron de hostilizarse dos

naciones por tanto tiempo enemigas una de otra. El cauto Fernando

no por eso permitió que entrasen provisiones en la ciudad, ni se

descuidó en tomar las medidas convenientes para impedir que arribasen

á las costas del reino socorros del extranjero; pues siendo los moros

de su condicion tan ligeros y mudables, bastaria la ocasion mas

pequeña para alterarlos, é inducirlos á tomar de nuevo las armas.

Pero estas precauciones no eran necesarias: ni el Soldan de Egipto,

ni las potencias berberiscas, se hallaban en estado de intervenir

en esta guerra: sus propias contiendas les ocupaban demasiado para

que pensasen en la defensa de Granada, ó bien repugnaban medir sus

débiles fuerzas con las poderosas de Fernando.

Aun no habia espirado el mes de diciembre, y ya era excesiva la

hambre que se padecia en la ciudad. Boabdil, viendo cuán poca

esperanza habia de que en el término señalado por la capitulacion

ocurriese algun evento favorable, y no queriendo prolongar las

miserias de su pueblo, determinó, de acuerdo con el consejo, hacer la

entrega de la ciudad el dia 6 de enero. El 30 de diciembre manifestó

su intencion al Rey Fernando, por medio de Jusef Aben Connixa, quien

le entregó los rehenes, como asimismo un presente de dos caballos

castizos suntuosamente enjaezados, y una magnífica cimitarra.

Parecia estar decretado que las desgracias persiguiesen á Boabdil

hasta el fin de su carrera. Al dia siguiente se presentó de nuevo

en Granada aquel santon ó Dervís, Hamet Aben Zarrax, que ya en otra

ocasion habia sido causa de alborotos. Corriendo por las calles y

plazas con ojos encendidos y rostro espantable, daba voces como

frenético, vituperando la capitulacion, denunciando al Rey y á los

nobles como musulmanes solo en el nombre, é instigando el pueblo á

tomar las armas. Á consecuencia, se alborotaron y armaron mas de

veinte mil hombres, que anduvieron por la ciudad dando gritos é

inspirando tal temor, que las tiendas y casas se cerraron, y tuvo

Boabdil que refugiarse en la Alhambra. Duró este tumulto todo aquel

dia y noche; pero á la mañana siguiente el entusiasta que lo habia

excitado ya no parecia, ni se pudo saber qué se habia hecho, y asi

volvió á tranquilizarse aquella turbulenta multitud[48]. Saliendo

entonces de la Alhambra el Monarca moro acompañado de sus principales

caballeros, arengó al pueblo para persuadirles que cumpliesen la

capitulacion acordada, pues estaban ya entregados los rehenes. Sin

disimular sus yerros, y atribuyendo á sí mismo las calamidades de

la pátria, dijo el desconsolado Monarca: “Bien sé que mis culpas,

y el haberme alzado con el reino contra mi padre, son la causa de

los males que padecemos, y que tan amargamente lloro. Por vuestro

respeto, no por el mio, he hecho este asiento con los cristianos,

deseando protegeros á vosotros, y á vuestras mugeres é hijos contra

los horrores de la hambre que nos aqueja, y por aseguraros el

ejercicio de vuestra religion, y la posesion de vuestros bienes,

libertad y leyes, bajo el dominio de otro Soberano mas venturoso que

vuestro desgraciado Boabdil.”

[48] Mariana.

El tono patético con que el Monarca pronunció este discurso, conmovió

los ánimos de sus oyentes, quedó determinado guardar la capitulacion,

y aun hubo alguna voz que dijo: ¡viva Boabdil el Zogoibi!

En seguida envió el Rey sus mensageros á Fernando avisándole que el

dia siguiente le entregaria la ciudad. Entretanto se hicieron en la

Alhambra los preparativos necesarios para que al otro dia evacuase la

familia real esta mansion deliciosa; se empaquetaron los tesoros y

efectos mas preciosos, y se despojó de sus adornos aquellos soberbios

salones de que sus moradores iban á despedirse para siempre. En

esta ocupacion, y no sin lágrimas y lamentos, se pasó aquella

triste noche. Al primer albor de la madrugada, salió la familia de

Boabdil por una puerta escusada de palacio; y dirigiéndose por las

calles mas retiradas, partieron silenciosamente la sultana Aixa, y

Zorayma esposa del Rey, con sus damas y servidumbre, y una escolta

pequeña pero leal de moros veteranos. Los soldados que estaban en

las puertas, al abrirlas para que saliesen, derramaron lágrimas.

La comitiva real, volviendo los ojos por la vez postrera sobre las

sombrías torres de aquella régia morada que dejaba, prosiguió su

camino por las márgenes del Jenil con direccion á las Alpujarras,

hasta llegar á una aldea distante algunas leguas de la ciudad, donde

se detuvo para esperar que se les reuniese el Rey.

Apenas el nuevo sol empezó á herir con sus rayos de oro las altas

cumbres de Sierra nevada, se puso en movimiento el real cristiano.

El obispo de Ávila, Fray don Hernando de Talavera, acompañado de

un fuerte destacamento de infantería y caballería, se dirigió

á la ciudad para tomar posesion de la Alhambra y sus torres, y

pasando por delante de la puerta de los molinos, llegó al cerro de

los Mártires, cerca de un postigo de la Alhambra. Aqui le salió al

encuentro, acompañado de algunos pocos caballeros, el Rey moro, que

habia dejado á su visir Jusef Aben Connixa, con el encargo de hacer

la entrega del Alcázar. “Id, señor, dijo Boabdil á don Hernando,

y ocupad esa fortaleza por los Reyes poderosos á quien Dios la

quiere dar, en castigo de los pecados de los moros;” y sin decir

otra palabra, siguió Boabdil su camino para recibir á los Soberanos

Católicos. Don Hernando, pasando adelante, entró con sus tropas en la

Alhambra, cuyas puertas estaban abiertas de par en par, y desiertos

y solitarios sus magníficos aposentos. Entretanto, salió del Real

el ejército cristiano en rigurosa ordenanza, y se adelantó hácia

Granada. Salieron asimismo el Rey y la Reina con los príncipes sus

hijos, y los prelados, grandes y caballeros de su corte, adornados

todos con suntuosos atavíos. Con esta pompa y grandeza, procedieron

los Soberanos al lugar de Armilla, que está á media legua de la

ciudad, donde se detuvieron, por no haberse hecho todavia la señal de

estar tomada la posesion.

Mirando ansiosamente las torres de la Alhambra, estuvieron aqui un

rato esperando la señal convenida. Al fin vieron brillar á los rayos

del sol la Cruz de plata, y tremolar el pendon sagrado en la torre

de la vela. Al lado de éste se enarboló el estandarte de Santiago, y

á su vista prorumpió el ejército todo en voces de alegría, gritando,

¡Santiago! ¡Santiago! Por último, se elevaron las armas reales, y

dijo en alta voz el rey de armas: “Castilla, Castilla por el Rey

don Fernando y la Reina doña Isabel.” Á estas palabras respondió el

ejército con vivas y aclamaciones, cuyo eco resonó largo rato por

la vega. Los Soberanos entonces se hincaron de rodillas, y dieron

gracias á Dios por tan gran triunfo: otro tanto hicieron todos los

de su acompañamiento, entonando al mismo tiempo los coristas de la

capilla real el solemne canto de _Te Deum laudamus_.

Prosiguiendo su camino, llegó la procesion á una mezquita pequeña,

que hoy es la ermita de san Sebastian. Aqui salió á recibir á los

Reyes el desgraciado Boabdil, acompañado de unos cincuenta caballeros

y criados. Estando cerca, hizo muestra de apearse del caballo,

para besar la mano al vencedor. Pero Fernando le hizo la honra de

no consentirlo, por lo que Boabdil, inclinándose hácia él, le besó

en el brazo derecho. La Reina tampoco admitió el acatamiento del

Rey moro; y para consolarle en su adversidad le entregó alli el

príncipe su hijo, que hasta entonces habia quedado en tercería[49].

Boabdil entonces, con rostro poco alegre y puestos los ojos en

tierra, entregó á Fernando las llaves de la ciudad, diciendo: “Estas

llaves son las últimas reliquias del imperio árabe en España.

Tuyos son nuestros reinos, trofeos y personas: ¡tal es la voluntad

de Dios! Recíbenos con la clemencia prometida de tí y esperada

de nosotros”[50]. Tomó el Rey las llaves con dignidad, y dijo á

Boabdil: “No dudes de nuestras promesas, ni te falte el ánimo en la

adversidad; pues lo que la fortuna de la guerra te ha quitado, lo

resarcirá nuestra amistad.” Dicho esto, entregó Fernando las llaves

á la Reina, que las dió al príncipe don Juan, de cuyas manos las

recibió el conde de Tendilla, que estaba nombrado gobernador de la

ciudad, y capitan general del reino de Granada.

[49] Zurita, Anales de Aragon.

[50] Abarca, Anales de Aragon, rey XXX. c. 33.

Habiendo entregado el último símbolo de su poder, pasó Boabdil

adelante la via de las Alpujarras, acompañado de algunos de sus

caballeros mas leales. Llegando á donde su familia le esperaba,

se reunió con ella, y todos juntos se dirigieron triste y

silenciosamente al valle de Purchena, que era la morada que se les

habia señalado. Despues de andar dos leguas, y cuando empezaban á

internarse en las montañas, llegaron á una altura desde la cual se

descubre últimamente la ciudad. Aqui se detuvo involuntariamente

toda la comitiva, para contemplar por la vez postrera esta ciudad

amada, que despues de algunos pocos pasos se ocultaria á sus ojos

para siempre. Jamas les habia parecido tan hermosa: á los rayos de

un sol resplandeciente, relumbraban los dorados chapiteles de sus

alcázares y mezquitas; las erguidas almenas y torres de la Alhambra

presentaban una majestuosa perspectiva; y en derredor, desplegaba

la vega su verde seno, por donde corria engastada la líquida plata

del cristalino Jenil. Mirando estaban los caballeros moros con el

mas profundo dolor y sentimiento esta mansion deliciosa, teatro de

sus amores y placeres, cuando salió de la ciudadela un remolino de

humo, al que siguió inmediatamente el ruido confuso de una salva de

artillería, anunciando la toma de posesion de la ciudad, y el fin del

dominio de los árabes en España. El desconsolado Monarca no pudo ya

contener el dolor que rebosaba en su corazon. “¡Alá achbar!, exclamó,

¡Dios es grande!” pero aqui le faltaron á un mismo tiempo la voz y la

resignacion, y prorumpió en un torrente de lágrimas.

Su madre, la magnánima sultana Aixa, notando esta debilidad, le dijo

indignada: “Bien haces de llorar como muger, lo que no fuiste para

defender como hombre.”

El visir Aben Connixa, procurando consolar á su amo, le decia:

“Considera, señor, que los grandes infortunios, si se toleran con

magnanimidad, hacen célebres á los hombres tanto como las grandes

hazañas.” Pero para Boabdil no habia consuelo, y entre lágrimas y

suspiros dijo: “¡Qué infortunios jamas igualaron á los míos!” De

aqui vino el llamarse Fez Alá achbar un cerro que está cerca del

Padul; pero el punto desde el cual miró el Rey á Granada por la vez

postrera, se denomina aun hoy dia, el último suspiro del moro.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 39 / 84 题