Por lo demás, fuera de aquella maligna intención para herir en lo vivo a

las personas, en lo cual podía competir y aun creemos que aventajaba a

María Josefa, era un ser útil y servicial. Su malignidad, al cabo de

todo, era resultado de la que a él se le mostraba. Sus habilidades

muchas y varias. Trabajaba el punto de crochet que daba gloria. Las

colchas que él hacía no tenían rival en Lancia. Arreglaba un altar y

vestía las imágenes mejor que ningún sacristán. Tapizaba muebles, hacía

flores primorosas de cera, empapelaba habitaciones, bordaba con pelo,

pintaba platos. Y cuando alguna de sus muchas amigas necesitaba peinarse

artísticamente para asistir a cualquier baile, Manuel Antonio se

prestaba galantemente a arreglarle los cabellos, y lo hacía con la misma

destreza y gusto que el mejor peluquero de Madrid. ¿Pues y cuando

cualquiera de sus amigos se ponía enfermo? Entonces era de ver el

interés, la constancia y la suma diligencia de nuestro viejo Narciso. Se

constituía inmediatamente a la cabecera del lecho, tomaba cuenta de las

medicinas, arreglábale la cama, poníale los vejigatorios o las ayudas lo

mismo que el más diestro practicante. Luego, si la enfermedad por

desgracia presentaba mal carácter, sabía insinuar como nadie la idea de

confesión; de tal modo que el enfermo, en vez de asustarse, la aceptaba

como la cosa más natural y corriente. Y en cuanto le veía convencido,

empezaba a tomar disposiciones para recibir a Su Divina Majestad: la

dama más avezada a recibir gente principal en sus salones no le sacaría

ventaja. El altarcito con el paño almidonado atestado de chirimbolos

relucientes, la escalera adornada con macetas, el suelo alfombrado de

hojas de rosas, los criados y deudos esperando a la puerta con hachas

encendidas y enguantados. No se le olvidaba un pormenor. En estos

momentos críticos el marica de Sierra se crecía, adoptaba el continente

de un general al frente de sus tropas. Todos le obedecían y secundaban

acatándole por jefe. Pues si el enfermo se moría, no hay para qué decir

que su dictadura se hacía aún más omnipotente. Principiando por

amortajar el cadáver y concluyendo por sacar del juzgado la partida de

defunción, nada quedaba en las fúnebres ceremonias que él no mangonease.

Y como quiera que las más veces había enfermos que cuidar, o imágenes

que vestir, o amigas que peinar o flores que contrahacer, Manuel Antonio

pasaba la vida bastante atareado. En esto y en ir de casa en casa

tomando y soltando noticias se le deslizaban los días y los años.

Habitaba con dos hermanas más viejas que él, las cuales le cuidaban y

mimaban como a un niño. Para estas buenas señoras no existía el tiempo.

Ni veían las arrugas, ni la peluca, ni los dientes postizos de su

hermano. Manuel Antonio era siempre un pollito, un petimetre. Sus

trajes, sus baños, las horas que empleaba en el tocado les hacían

sonreír con benevolencia. Mientras ellas se quejaban amargamente de los

estragos que los años iban causando en su figura y su salud, pensaban

que su hermano había detenido el curso de las horas, había hallado un

elixir para mantenerse eternamente joven.

Manuel Antonio era metódico en sus visitas. Había unas cuantas casas a

las cuales asistía diariamente y siempre a la misma hora. A casa de D.

Juan Estrada-Rosa iba a las tres, a la hora del café; con la condesa de

Onís tomaba chocolate todas las tardes; por la noche era tertulio asiduo

de la señora de Quiñones. Había otras familias que visitaba también con

mucha frecuencia. A casa de María Josefa Hevia y de las de Mateo solía

ir por la mañana, sin detenerse mucho, dando una vuelta para enterarles

de lo que se decía o inspeccionar sus labores. Alguna noche iba también

a casa de las señoritas de Meré.

--¡Aquí tenemos al conde!--exclamó con su peculiar entonación

afeminada.--¡Ay, qué condecito tan guasón!

--¿Pues?--preguntó éste acercándose.

--Pregúntaselo a Amalia.

La sonrisa que plegaba los labios del noble se desvaneció

repentinamente.

--¿Cómo?... ¿Qué tiene que ver?...--dijo con mal disimulada turbación.

También Amalia se turbó. Sus pálidas mejillas se colorearon.

--Hemos estado murmurando de tí. ¡Qué traje te hemos cortado, chico!

--Aquí Manuel Antonio--profirió Amalia--decía que era usted el perro del

hortelano.

--No; tú eras quien lo decías.

Otra de las particularidades de aquél era el tutear a todo el mundo,

grandes y chicos, señoras y caballeros.

--¡Yo!--exclamó la dama.

--¿Y por qué soy el perro del hortelano?... Sepamos.

--Pues decía Amalia que ni querías comerte la carne ni permitir que la

coma D. Santos.

--¡Vamos! ¿Quieres callarte, embustero?--dijo la señora, medio irritada,

medio risueña, dándole un pellizco.

--¿Qué se habla de D. Santos?--preguntó un caballero muy corto y muy

ancho, de faz mofletuda y violácea, acercándose al grupo.

El conde y Amalia no supieron qué responder.

--Se decía que D. Santos tenía pensado llevarnos un día a su posesión de

la Castañeda y darnos un banquete--manifestó Manuel Antonio con

desparpajo.

--No; no era eso--repuso el hombre rechoncho con forzada sonrisa.

--Sí tal. Amalia sostenía que no eras capaz de llevarnos a pasar un día

a la Castañeda.

--¡Pero, hombre, tú te has empeñado en ponerme hoy colorada!--dijo

aquélla.

--Porque soy un buen amigo. Como te veo pálida estos días... Bien puedes

creerlo, Santos, yo tengo mucha mejor idea de tu esplendidez que la

mayoría del pueblo... No conocéis bien a D. Santos, les digo muchas

veces a los que sostienen que a tí te duele gastar el dinero. Si D.

Santos no gasta, no obsequia a sus amigos, no es por avaricia, sino por

indolencia, porque no se le presenta ocasión. El hombre es tímido de

suyo y no es capaz de proponer banquetes ni giras; pero que otro le

apunte la idea, y veréis con qué gusto la acepta...

--Gracias, gracias, Manuel Antonio--murmuro D. Santos con la risa del

conejo.

Se le conocía el gran temor y molestia que le embargaban. Como muchos de

los indianos, apesar de ser inmensamente rico, tenía fama de avariento,

y no injustificada. Había llegado pocos años hacía de Cuba, donde

cargando primero cajas de azúcar y luego vendiéndolas se enriqueció.

Vino hecho un beduino, sin noticia alguna de lo que pasaba en el mundo,

sin saber saludar, ni proferir correctamente una docena de palabras, ni

andar siquiera como los demás hombres. Los treinta años que permaneció

detrás de un mostrador le habían entumecido las piernas. Marchaba

tambaleándose como un beodo. El color subido de sus mejillas era tan

característico, que en Lancia, donde pocas personas se escapaban sin

apodo, lo designaron al poco tiempo de llegar con el de _Granate_.

Enmedio de su miseria le gustaba dar en rostro con las riquezas que

poseía. Edificó una casa suntuosísima; trajo mármol de Carrara,

decoradores de Barcelona, muebles de París, etc. Y, sin embargo, apesar

de las sumas cuantiosas que en ella gastó, al saldar la cuenta del

clavero ¡se empeñaba en que descontase del peso el papel y las cuerdas

en que venían envueltas las puntas de París! Cuidadosamente había ido

guardando en un rincón tales despojos con ese objeto. Así que terminó la

casa, ocupó el piso principal y alquiló los otros dos. Y empezó su

martirio, un martirio lento y terrible. Las criadas y los niños del

segundo y tercero fueron sus sayones. Si sentía fregar los suelos del

segundo, poníase de mal humor: la arena desgastaba el entarimado. Si

veía rayado el estuco de la escalera por la mano bárbara de algún

chiquillo, se le encendía la cólera y murmuraba palabras siniestras y

amenazas de muerte. Si escuchaba cerrarse una puerta con violencia,

aquel golpe repercutía dolorosamente en su corazón: las bisagras se

desencajaban, todos los pestillos se echaban a perder. En fin, con tal

sobresalto vivía, que le acometió una pasión de ánimo y comenzó a decaer

visiblemente. Un su amigo tan miserable como él, pero más vividor, le

aconsejó que dejase la casa y se trasladase a otra. Así lo hizo,

tornando a la posada que le había albergado mientras construyó el

palacio.

Pero faltaba a D. Santos el complemento obligado de todos los que se

enriquecen cargando cajas de azúcar en América: le faltaba contraer

matrimonio con una mujer de categoría, joven o vieja, fea o bonita.

Ninguno de sus colegas aceptó jamás por esposa a una menestrala. Granate

no podía ser menos que ellos. Al contrario, teniendo más dinero que

ninguno, lo natural es que les aventajase en anhelos poderosos. Y fue a

poner sus ojos redondos y encarnizados en la joven más linda, más rica y

más encopetada de la ciudad: en Fernanda Estrada-Rosa nada menos. El

suceso causó admiración y risa en el vecindario. Por muy alta idea que

en Lancia tuviesen del poder del dinero, nadie imaginaba que fuese

poderoso a realizar semejante empresa. ¡Casar a la joya de la provincia

con este oso colorado! A la niña le produjo pasmo e indignación. Luego

lo tomó a broma. Luego volvió a indignarse. Después tornó a reírse. Por

fin se fue acostumbrando a que Granate la festejase y hasta encontró

cierta satisfacción de amor propio en recibir sus agasajos y en darle

toda clase de desprecios. Pero él no cejaba. Con la tenacidad del

abejorro que se empeña en salir por un cristal y se estrella cien veces

contra el obstáculo, las calabazas, los desdenes y hasta las burlas no

le hacían retroceder más que momentáneamente. Al día siguiente volvía

como si tal cosa a romperse la cabeza contra el desprecio de la

orgullosa heredera. Pensaba sinceramente que el verdadero obstáculo para

el logro de sus afanes estaba en el conde de Onís. Confesábase que

Fernanda sentía algún interés por él, o mejor dicho por su título, y se

propuso ir a Madrid y comprar a peso de oro otro para ponerse a la

altura de su rival. Luego le dijeron que el Papa los daba más baratos y

cambió de proyecto. Mientras tanto se vengaba odiando de muerte al

gallardo conde, y burlándose, cuando la ocasión se presentaba, de su

vetusto y deteriorado caserón. El conde poseía una gran riqueza en

tierras, pero sus rentas no podían compararse a las del opulento

Granate.

--Y si no, ya veréis el día que se case, ¡qué cambio en la

población!--prosiguió Manuel Antonio.--Tendremos banquetes a diario y

bailes y giras campestres...

--¡Pero si a Fernanda no le gustan los bailes!--exclamó Emilita Mateo,

que bailaba con Paco Gómez y daba la espalda al grupo.

--Yo no he hablado para nada de Fernanda, niña--repuso el marica en tono

severo.

--Pensé que, tratándose de matrimonio y de D. Santos, eso se

sobrentendía.

--Pues no sobrentiendas más y aplícate a bailar con Paco, porque, según

mis cálculos, durará cinco minutos.

Paco Gómez era un joven flaco, flaquísimo, alto hasta tropezar en el

dintel de las puertas, con una cabecita menuda como una patata, el

rostro tan macilento que parecía, en efecto, caminar por el mundo con

permiso del enterrador. Y con estas propiedades corporales el espíritu

más humorístico de la población.

--¡Ole mi niña!--exclamó poniéndose en jarras frente al marica.--Lo

único por lo que siento morirme es por no ver más estos seres preciosos,

encantadores.

Al mismo tiempo le cogió con dos dedos la barba.

Ya sabemos que Manuel Antonio no podía sufrir tales juegos de manos

delante de gente.

--Vamos, pajalarga, quieto--exclamó poniéndose serio y rechazándole.

--¿Que no eres precioso? Pero, hombre, ¡si eso salta a la vista!...

¡Miren ustedes qué boca! ¡miren, por Dios, qué caída de ojos!... ¡miren

qué nacimiento de pelo!

Y quiso de nuevo tocarle la cara; pero Manuel Antonio lo rechazó con

ímpetu dándole un fuerte empujón.

--¡Caramba, qué severo está hoy Manuel Antonio!--dijo el conde de Onís.

--No importa--repuso Paco Gómez dejando escapar un suspiro.--Manos

blancas no ofenden.

En aquel momento le tocaba hacer una figura del rigodón y se alejó con

Emilita.

María Josefa, que bailaba más lejos, se acercó un instante con su

pareja, que era un teniente del batallón de Pontevedra.

--¡Vamos, D. Santos, no sea usted cruel! ¿Por qué no va usted a hacer

compañía a Fernanda, que está allí sola?

En efecto, la amiguita de la rica heredera había hallado pareja para el

baile. Fernanda se sentó y permanecía seria y pensativa.

--Sí, sí; debes ir, Santos--manifestó Manuel Antonio.--Repara que la

chica ha dejado una silla vacía a su lado... No puede insinuarse de modo

más claro.

Al decir esto hizo un guiño al conde. Éste confirmó tales palabras.

--Yo creo que es hasta un deber de cortesía...

Granate le echó una mirada torva y preguntó sordamente:

--Pues entonces, ¿por qué no va usted a sentarse a su lado?

--Por la sencilla razón de que ya no tenemos nada que hablar... Pero

usted es otra cosa.

--Entendido, señor conde... No soy un niño--murmuró con mal humor.

--Aunque no lo sea usted por la edad--dijo Amalia interviniendo

oportunamente para evitar rozamientos,--lo es por la franqueza y

espontaneidad de sus sentimientos, por la frescura de corazón que otros

con menos años no tienen. Los niños aman con más sencillez y vehemencia

que los hombres.

--Pero los hombres hacen otra cosa más heroica... ¡Se casan!--dijo Paco

Gómez, que ya estaba de nuevo en su sitio con la pareja.

--Hay ocasiones en que tampoco se casan--manifestó Manuel Antonio

haciendo una imperceptible mueca por donde Paco pudiese colegir que

estaba pensando en María Josefa.

--Bueno--replicó aquél dándose por enterado.--Pero hay que convenir en

que algunas veces se necesita para ello un heroísmo superior a la

naturaleza humana.

La solterona, que las cogía por el aire, le clavó una mirada rencorosa y

maligna.

--¡La naturaleza humana!--exclamó con displicencia.--La naturaleza

humana presenta algunas veces formas tan estrambóticas que hasta el

heroísmo sería ridículo en ellas.

Paco Gómez, sin desconcertarse, comenzó a palpar su rostro con ademanes

cómicos, fingiendo una muda resignación que hizo sonreír a los

presentes. Amalia, para cambiar esta peligrosa conversación, exclamó:

--¡Miren, miren cómo D. Santos se aprovecha de nuestra distracción!

En efecto, el indiano se había levantado en silencio de la silla y,

sorteando las parejas de baile, fue solapadamente a sentarse al lado de

Fernanda. Ésta le dirigió una mirada fría y apenas se dignó responder a

su saludo ceremonioso y ridículo. La faz rubicunda de Granate

resplandecía, no obstante, como la de un dios seguro de su omnipotencia.

Con las manazas anchas y cortas apoyadas sobre las rodillas, el cuerpo

doblado hacia adelante y la cabeza levantada hasta donde le permitía la

grosura del cerviguillo, sonreía beatamente enseñando una fila de

dientes grandes y amarillos. Propúsose, como siempre, ser espiritual, y

dijo:

--¿Ha visto usted qué _ventrisca_ corre?

La joven guardó silencio.

--Ahora no importa nada--prosiguió--porque ya están todos los frutos

recogidos; pero si hubiera caído antes, no nos deja ni una castaña ni un

grano de maíz; ¡je, je!

Granate sintiose feliz al emitir esta idea, a juzgar por la expresión de

placer que brillaba en sus ojos.

--Pero aquí no hace frío, ¿eh?... Yo no lo tengo, ¡je, je!... Al

contrario, siento un calor... Será porque los ojos de usted son dos

calofer... caroli...

Otra vez todavía acometió la palabra caloríferos sin lograr dar cima a

la empresa. Para disimular su impotencia fingió un golpe de tos. Su

rostro violáceo adquirió cierta semejanza interesante con el de un

ahorcado.

La hermosa, que tenía los ojos clavados en el vacío, volvió la cabeza

hacia su adorador, le miró unos instantes con expresión vaga, distraída,

como si no le viese. Levantose de pronto y se alejó sin decir palabra

para sentarse enfrente. El indiano quedó con la misma sonrisa

estereotipada en el rostro; la mueca petrificada de un sátiro. Pero al

volver la vista al grupo que acababa de dejar, viendo una porción de

ojos risueños fijos en él, se puso repentinamente serio y mohíno.

--¡Qué partido tiene este Granate entre las chicas bonitas!--exclamó

Paco Gómez.--Ya se lo decía yo el otro día. «Usted no necesitaba para

nada ir a América habiendo mujeres ricas en el mundo. Usted tiene la

fortuna en la fisonomía.»

--Mira, condecito, ahora debes ir tú a sentarte a su lado. Ya verás cómo

no se levanta entonces--dijo Manuel Antonio.

--Sí, sí, debe usted ir, Luis--apoyó María Josefa.--Vamos a ver una cosa

curiosa, a decidir si está o no enamorada de usted. ¿Verdad, Amalia, que

debe ir?

--Sí, me parece que debe usted sentarse a su lado--dijo la dama. Su voz

salió apagada y temblorosa.

--¿Cree usted?--preguntó el conde, mirándola con fijeza.

--Sí; vaya usted--replicó la dama con perfecta serenidad ya, huyendo su

mirada.

--Pues usted me permitirá que la desobedezca. No quiero exponerme a un

desaire.

--¡Qué importan los desaires a un enamorado!... Porque usted, por más

que diga, está enamorado de Fernanda... Se le conoce a la legua.

--A la legua será, porque, lo que es de cerca ni pizca--manifestó Manuel

Antonio.

Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gómez confirmaron con su risa la

especie.

Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disimulaba bien; pero como, por

más esfuerzos que se hagan, siempre queda un cabo suelto, un resquicio

por donde sale la luz, ella había adivinado hacía ya mucho tiempo que el

conde, en lo profundo de su corazón, guardaba recuerdo muy grato de

Fernanda.

--Atiendan ustedes: hace algunos días se le ocurrió a Moro decir que

tenía dos dientes postizos. No pueden ustedes figurarse cómo se puso

este hombre... Por poco le pega...

--No tanto, no tanto--manifestó el conde sonriendo avergonzado.--Me

expresé con cierta viveza porque me enfadan siempre las injusticias.

--¡Oh! Las exaltaciones en estos casos son sospechosas. Cuando no se

siente interés por una persona se la defiende con menos calor...

¡Caramba! ¡Nunca le vi tan irritado! Ya puede decir esa niña que tiene

un campeón valiente dispuesto a romper lanzas por ella.

La dama apuró la broma. No se hartaba de apretar al conde, como si

quisiera dejarle convicto de su amor por Fernanda. Apesar de la sonrisa

benévola que animaba su rostro, había ciertas extrañas inflexiones en la

voz que nadie más que una sola persona podía apreciar en aquel momento.

Pero el rigodón había terminado, y el grupo se aumentó considerablemente

con varias parejas que fueron allegándose. Fuéronse algunos, vinieron

otros; al cabo, la señora de la casa se halló rodeada de gente nueva.

Bailose otro vals y otro rigodón. Las doce sonaron al fin en el gran

reloj de la catedral. Y como los jóvenes se empeñaban en no desbandarse,

apesar de la costumbre tradicional de la casa, Manín, por orden de D.

Pedro, apareció en la puerta del salón, abrazado al lío de los abrigos

de las señoras. Ésta era la señal de despedida que el señor de Quiñones

daba a sus tertulios. No era muy cortés, pero nadie se enfadaba. Al

contrario, se recibía siempre con algazara, como una broma graciosa.

Después que todos fueron a estrechar la mano, del maestrante, formose un

grupo enmedio del salón. Amalia, en el centro de él, despedía a sus

amigas besándolas cariñosamente. Estaba pálida y sus ojos inciertos

despedían miradas febriles. Al estrechar la mano del conde volvió la

cabeza hacia otro lado, fingiendo distracción; se la estrechó con fuerza

tres o cuatro veces para infundirle ánimo. Bien lo necesitaba el pobre

caballero. Estaba tan demudado y tembloroso que Amalia pensó que iba a

caer desmayado.

En apretado haz salieron los tertulios a los pasillos y bajaron la gran

escalera de piedra sucia y húmeda. Un criado les abrió la puerta de la

calle.

--¡Ay! ¿Quién habrá dejado aquí este canasto?--dijo Emilita Mateo, que

tropezó la primera con el estorbo.

--¿Un canasto?--preguntaron varias damas acercándose a él.

--Algún pobre que andará por ahí dormido--manifestó el criado, que aún

no había cerrado la puerta.

--No se ve a nadie--dijo Manuel Antonio, que rápidamente había

registrado el portal.

La curiosidad excitó muy pronto a una de las damas a levantar el paño

que tapaba el canastillo. Inmediatamente dejó escapar el grito

consabido, el que soltó ya hace tantos siglos la hija de Faraón al ver

flotando por el río el célebre canastillo de Moisés.

--¡Un niño!

Momento de estupefacción y de curiosidad en los tertulios. Todos se

abalanzan, todos quieren contemplar al mismo tiempo al expósito. Porque

nadie duda un momento que aquel niño se hallaba allí expuesto

intencionalmente. Paco Gómez levantó el canasto, lo destapó por completo

y fue exhibiendo a sus amigos el infante dormido.

Estalló una tempestad de exclamaciones.

--¡Angelito!--¿Quién habrá sido la infame?...--¡Pobrecito de mi

alma!--¡Qué corazones de hiena, Dios mío!--¡Miren qué hermoso

es!--¿Habrá mucho tiempo que lo han expuesto?--Estará aterida la

criatura.--Paco, déjeme usted tocarlo.

El canasto fue rodando de mano en mano. Las damas, interesadísimas,

palpitantes de emoción, depositaban tiernos besos en las mejillas del

recién nacido, de tal modo que al instante consiguieron despertarlo.

De aquel montoncito de carne rosada salió un débil gemido que hizo

vibrar de lástima a todos los corazones. Algunas señoras vertieron

lágrimas.

--Subámoslo, por lo pronto, para que se caliente un poco.

--¡Sí, sí, subámoslo!

Y otra vez el resonante grupo se lanzó al patio y a la escalera de la

mansión de los Quiñones llevando en triunfo el canastillo misterioso.

Amalia estaba enmedio del salón inmóvil y pálida cuando se abrieron de

nuevo las puertas. D. Pedro había sido trasladado ya a su alcoba por

Manín y otro criado. Aquella nueva y repentina irrupción pareció

sorprender mucho a la señora de la casa.

--¿Qué ocurre? ¿qué es esto?--exclamó con voz alterada.

--¡Un niño! ¡un niño!--gritaron varios a un tiempo.

--Acabamos de encontrarlo en el portal--manifestó Manuel Antonio, que ya

se había apoderado del canasto, presentándolo.

--¿Quién lo ha dejado ahí?

--No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted, por Dios, qué hermoso, es

Amalia!

La señora le contempló un instante con marcada frialdad y dijo:

--Acaso alguna pobre lo habrá dejado para recogerlo enseguida.

--No, no; hemos registrado el portal. La calle está desierta...

La criatura a todo esto empezaba a chillar, agitando con incierto

movimiento sus puños crispados, que parecían dos botones de rosa. La

compasión de las señoras volvió a romper en exclamaciones apasionadas.

Todas querían besarlo y calentarlo contra su seno. Por fin, María

Josefa logró apoderarse de él, lo sacó del canasto y envolviéndolo con

el paño con que venía cubierto, lo acarició tiernamente. Un papel se

había desprendido de las ropas de la criatura al sacarla y había caído

al suelo. Manuel Antonio lo recogió.

--¿Lo ves, Amalia? Aquí está la madre del cordero.

El papel decía en gruesos caracteres, trazados al parecer por tosca

mano: «La madre desdichada de esta niña la encomienda a la caridad de

los señores de Quiñones. No está bautizada.»

--¡Es una niña!--exclamaron algunas señoras a un tiempo.

Y en el acento con que dejaron escapar estas palabras no era difícil de

advertir cierto desencanto. Se habían acostumbrado a la idea de que

fuese varón.

--¿Qué misterio será éste?--preguntó Manuel Antonio, mientras una

sonrisa maliciosa de curiosidad vagaba por su rostro.

--¿Misterio? Ninguno--manifestó con cierta displicencia Amalia.--Lo que

se ve claramente es una pobre que quiere que le mantengan a su hija.

--Sin embargo, hay aquí un no sé qué de extraño. Yo apostaría a que son

personas pudientes los padres de esta niña--replicó el marica.

--¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al folletín!--exclamó la dama

con una risita nerviosa.--Las personas pudientes no dejan a sus hijos

envueltos en estos andrajos.

En efecto, la niña venía cubierta por unos trapos miserables y una manta

raída y sucia.

--Despacio, Amalia, despacio--apuntó Saleta con su voz clara,

tranquila.--Yo he recogido en el portal de mi casa, hace ya muchos años,

hallándome en Madrid, un niño que venía envuelto en muy toscos pañales.

Al cabo de algún tiempo averiguamos que era hijo de una elevadísima

persona que no puedo nombrar.

Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia el magistrado gallego.

--Una elevadísima persona; eso es--prosiguió después de una pausa, con

el mismo sosiego impertinente.--Bien fácil era, por cierto, adivinarlo

fijando un poco la atención en los rasgos de su fisonomía, enteramente

borbónicos.

El estupor de los circunstantes fue profundo. Se miraron unos a otros

con una leve sonrisa burlona que, como de costumbre, Saleta pareció no

advertir.

--¡Atiza!--exclamó Valero.--¡Abra uzté el paragua, D. Zanto!

--El niño se murió a los dos meses--prosiguió imperturbable Saleta.--Por

cierto que cuando lo llevamos al cementerio se unió a la comitiva un

coche que nadie supo a quién pertenecía. Yo lo conocí porque lo había

visto en las Caballerizas reales, pero me callé.

--¡Ya ezcampa!--murmuró Valero.

El maestrante · 第 3 / 21 段