Con los treinta mil reales de pensión viviría desahogadamente en un

pueblo barato como aquél, si no fuese porque sus hijas estaban dotadas

de cierta fantasía poética que las impulsaba a preferir los sombreros de

Madrid a los que hacía Rita, la sombrerera de la calle de San Joaquín, y

los guantes de ocho botones a los de cuatro. Tal privilegiado

temperamento era causa de frecuentes crisis en el hogar del Jubilado,

con su cortejo de lágrimas, violentos portazos, repentina desgana de

comer, etc. En estos terribles conflictos, hay que confesar que D.

Cristóbal no siempre se mantenía a la altura de energía y coraje que

denotaban sus bigotes y sus cejas enmarañadas. Verdad que siempre

quedaba solo en la pelea. Ni por casualidad se dio el caso de que alguna

de sus hijas le apoyase. Tratándose de asuntos ajenos a la dirección

rentística de la casa, muchas veces se partían las opiniones; algunas

hijas se ponían de parte de papá contra sus hermanas. Mas en cuanto

asomaba el problema económico, constantemente se veía al Jubilado de un

lado y a las cuatro hijas de otro. D. Cristóbal, como caudillo

experimentado, apelaba en estas refriegas a mil ardides para derrotar a

sus contrarios, o para capitular en buenas condiciones. Un día amanecían

las chicas inspiradas, y pedían botinas de tafilete semejantes a las que

habían visto a tal o cual muchacha de la ciudad, generalmente a Fernanda

Estrada-Rosa. D. Cristóbal se replegaba inmediatamente en sí mismo. Se

replegaba y meditaba. Por la noche, a la hora de cenar, deslizaba en la

conversación la noticia de que había estado en _La Innovadora_

(zapatería de lujo). Le habían dicho que las botas de tafilete daban muy

mal resultado en Lancia, a causa de la humedad. Por otra parte, D.

Nicanor (médico de la ciudad), que por casualidad estaba allí, había

manifestado que el tafilete era funesto en climas tan fríos y lluviosos,

y que por los pies se pillaban muchísimas veces los catarros que más

tarde degeneraban en tisis galopantes, etc. Antes, mucho antes de que

Mateo terminase su diatriba contra el tafilete, se la destripaban sus

cuatro pimpollos con risas irónicas y pesadísimas palabras que dejaban

confundido y triste al pobre viejo. En otras ocasiones, la imaginación

acalorada de las niñas exigía que vinieran de Madrid unos abrigos muy

lindos, de los cuales les había dado noticia Amalia: D. Cristóbal

resistía algún tiempo los asaltos, pero viéndose muy apretado,

capitulaba al fin. Su mente, fecunda en trazas, como la de Ulises, le

sugería una magnífica para ahorrarse la mitad del dinero por lo menos.

Se fue a Amalia y le rogó que le diese su abrigo por dos o tres días, a

fin de que una de las modistas del pueblo le hiciese otros cuatro

iguales. Exigiole, por supuesto, absoluto secreto, y la señora de

Quiñones supo guardarlo. Pero ¡ay! no lo guardaron los fementidos

abrigos, que al llegar muy empaquetaditos de la silla de posta, y al

ofrecerse a las miradas ansiosas y zahoríes de sus cuatro dueños, lo

pregonaron muy alto, por lo pobre de la ornamentación y lo chapucero del

cosido.

--Estos abrigos no están hechos en Madrid--dijo resueltamente Micaela,

que era la más nerviosa de las cuatro.

--¡Hija, no desbarres, por Dios! Pues ¿dónde habían de estar?--exclama

D. Cristóbal con afectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo en las

mejillas.

--No sé; pero desde luego se puede asegurar que no los han hecho en

Madrid.

Y las cuatro ninfas comienzan a dar vueltas entre sus ebúrneos dedos a

los abrigos, los estudian, los analizan con atento cuidado que pone en

suspensión y espanto a su progenitor. Se dirigen miradas significativas,

sonríen con desprecio, se hablan al oído. Mientras tanto, los feroces

bigotes del jubilado de Ultramar se erizan, se estremecen con leve

temblor que se comunica a sus labios y de ahí al resto del organismo.

Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltan las prendas con descuido

escarnecedor sobre las sillas de la sala y corren a encerrarse en el

gabinete de Jovita. Cerca de media hora estuvieron deliberando

secretamente. D. Cristóbal aguardaba inquieto y ojeroso, paseando con

agitación por el corredor como un procesado que espera el veredicto del

jurado.

Ábrese finalmente la puerta, y el criminal escruta con ansia el

semblante de los jueces. Éstos guardan actitud reservada, y por sus

labios descoloridos vaga una sonrisa enigmática. Dos de ellas se ponen

inmediatamente la mantilla y los guantes y se lanzan a la calle. Al cabo

de un rato tornan al hogar trémulas, con la faz descompuesta y los ojos

centellantes. La pluma se resiste a narrar la cruel escena que se

produjo en la dulce morada del Jubilado. ¡Cuánto grito rabioso! ¡cuánto

sarcasmo! ¡cuánta carcajada histérica! ¡qué manoteo! ¡qué crujir de

sillas! ¡qué exclamaciones tan lamentables! Y enmedio de aquel

espantoso desorden, de aquel fragor, capaz de infundir pavura en el

corazón más sereno, los cuatro abrigos, causa de tal carnicería,

desgarrados, convertidos en miserables jirones, arrastrándose con

ignominia por el suelo en pago de su delito.

Fuera de estos sacudimientos periódicos con que la sabia naturaleza

vigorizaba los nervios un poco enervados ya del Jubilado, la existencia

de éste se deslizaba pacífica y suave. Ni le faltaban tampoco muchos y

esmerados cuidados. Sus hijas se ocupaban a porfía en ponerle todo lo

necesario a punto y en su sitio: la ropa acepillada; las camisas y los

calzoncillos oliendo a frescura; las corbatas, hechas de vestidos

viejos, tan flamantes como si saliesen de la guantería; las zapatillas

en cuanto entraba en casa; el agua para lavarse los pies, los sábados;

el cigarro al acostarse; el vaso de agua con limón a la madrugada, etc.,

etc. Todo marchaba con la regularidad dulce y mecánica que tanto placer

causa a los viejos. Verdad que entre cuatro bien podían hacerlo sin

molestarse mucho, sobre todo teniendo presente que las niñas no siempre

estaban inspiradas. Sólo a la vista de un sombrero caprichoso, o al

recibir la noticia de la llegada de una compañía dramática, o al

anunciarse que el Casino daría una reunión de confianza, ardía súbito en

sus corazones el fuego sagrado de la inspiración, despertábanse sus

poderosas facultades poéticas, y en arrebatado vuelo salían de casa y se

lanzaban a la de la modista, a la guantería, a la perfumería, dejando en

todos los parajes señales de su agitación y alguna parte del peculio

profecticio. No aliándose bien los arrebatos de la fantasía con la prosa

de los pormenores de la existencia, éstos sufrían alguna alteración. D.

Cristóbal en aquellos periodos de crisis echaba menos, con pesadumbre,

algunos retoques. Mas al poco tiempo sosegaban los espasmos de las

pitonisas y las cosas volvían a su ser y la vida seguía el mismo curso

ordenado y tranquilo. El nombre de aquéllas, por orden de edades, era el

siguiente: Jovita, Micaela, Socorro y Emilita. Eran las cuatro, en

apariencia, seres insignificantes, ni hermosas ni feas, ni graciosas ni

desgraciadas, ni muy jóvenes ni viejas, ni tristes ni risueñas. Nada

había en ellas que fijase la atención. No obstante, en el seno del hogar

el carácter de cada cual se pronunciaba y adquiría relieve. Jovita era

sentimental y reservada; Micaela tenía el genio violento; Socorro era la

más pava, y Emilita la más pizpireta.

Las dos intensas preocupaciones que llenaban la vida espiritual de D.

Cristóbal Mateo eran la reducción del contingente del ejército y el

casar a sus cuatro hijas, o por lo menos a dos. Lo primero llevaba buen

camino: de algún tiempo atrás venían los políticos más conspicuos

inclinándose a esa opinión. En cuanto a lo segundo, nos duele confesar

que no tenía verosimilitud de ninguna clase. Ni por sacrificar otras

comodidades a los trapos, ni por exhibirse sin medida al balcón y en los

paseos, ni por asistir a los saraos de Quiñones con una constancia digna

de ser premiada, pudieron lograr hasta la hora presente los dones

preciados de Himeneo. Cuando algún imprudente tocaba este asunto en

visita, todas ellas decían que mientras viviese su padre les costaría

mucha pena el casarse; que les parecía cruel abandonar a un pobre

anciano que tanto las quería y tanto se sacrificaba por ellas, etc...

Aquí venía un elogio caluroso de las dotes espirituales de D. Cristóbal.

Pero éste se encargaba inocentemente de desmentirlas, mostrando tales

ganas de verse abandonado, un deseo tan vivo de experimentar aquella

crueldad, que ya era proverbial en Lancia. Como si no bastasen ellas

solas a ponerse en ridículo, el pobre Mateo las ayudaba eficazmente,

metiéndoselas por los ojos a todos los jóvenes casaderos de la ciudad.

Las ponderaciones que el buen padre hacía del carácter, de la habilidad,

de la economía y buen gobierno de sus hijas no tenían fin. Así que

llegaba un forastero a Lancia, D. Cristóbal no sosegaba hasta trabar

conocimiento con él, y acto continuo le invitaba a tomar café en su casa

y le llevaba al teatro a su palco y a merendar al campo y le acompañaba

a ver las reliquias de la catedral y la torre y el gabinete de historia

natural; todas las curiosidades, en fin, que encerraba la población. El

público asistía sonriente, con mirada socarrona a aquel ojeo, que ya se

había repetido porción de veces sin resultado. La única que logró tener

novio durante tres o cuatro años fue Jovita. Por eso fue también la que

se despeñó de más alto. El galán era un estudiante forastero que la

festejó mientras seguía los últimos cursos de la carrera. Terminada

ésta, partió a su pueblo y, olvidándose de sus promesas de matrimonio,

lo contrajo con una paleta rica. Las demás no habían alcanzado este

grado excelso de la jerarquía amorosa. Inclinaciones vagas, devaneos de

quince días, algún oseo por la calle; nada entre dos platos. Poco a poco

se iba apoderando de ellas el frío desengaño. Aunque no hubiesen perdido

la esperanza, estaban fatigadas. Aquel pensamiento fijo, único, que las

embargaba hacía ya tanto tiempo, iba convirtiéndose en un clavo doloroso

en la frente. Pero D. Cristóbal ni se rendía ni se le pasaba por la

imaginación el capitular. Creía siempre a pie juntillas en el marido de

sus hijas, y lo anunciaba con la misma seguridad que los profetas del

Antiguo Testamento la venida del Mesías.

--En cuanto se casen mis hijas, en vez de pasar el verano en Sarrió,

donde se guardan las mismas etiquetas que en Lancia, me iré a Rodillero

a respirar aire fresco y a pescar robalizas.--Atiende, Micaela, no seas

tan viva, mujer... Comprende que a tu marido no le han de gustar esas

genialidades; querrá que le contestes con razones...

--Mi marido se contentará con lo que le den--respondía la nerviosa niña

haciendo un gracioso mohín de desdén.

--¿Y si se enfada?--preguntaba en tono malicioso Emilita.

--Tendrá dos trabajos: uno el de enfadarse y otro el de desenfadarse.

--¿Y si te anda con el bulto?

--¡Se guardará muy bien! ¡Sería capaz de envenenarlo!

--¡Jesús, qué horror!--exclamaban riendo las tres nereidas.

Aquel marido hipotético, aquel ser abstracto salía a cada momento en la

conversación con la misma realidad que si fuera de carne y hueso y

estuviera en la habitación contigua.

La que comenzaba ahora a teclear en el piano era Emilita, las más

musical de las cuatro hermanas. Las otras tres estaban ya en pie,

cogidas a la manga de la levita de otros tantos jóvenes; como si

dijéramos, en la brecha.

El conde tropezó a los pocos pasos con Fernanda Estrada-Rosa que venía

de bracero con una amiga. Por lo visto no había querido bailar. Era la

joven que hacía más viso en la ciudad por su belleza y elegancia y por

su dote. Hija única de D. Juan Estrada-Rosa, el más rico banquero y

negociante de la provincia. Alta, metida en carnes, morena oscura,

facciones correctas y enérgicas, ojos grandes, negrísimos, de mirar

desdeñoso, imponente; gallarda figura realzada por un atavío lujoso y

elegante que era el asombro y la envidia de las niñas de la población.

No parecía indígena, sino dama trasportada de los salones aristocráticos

de la corte.

--¡Qué elegantísima Fernanda!--exclamó el conde en voz baja,

inclinándose con afectación.

La bella apenas se dignó sonreír, extendiendo un poco el labio inferior

con leve mueca de desdén.

--¿Cómo te va, Luis?--dijo alargándole la mano con marcada displicencia.

--No tan bien como a tí... pero, en fin, voy pasando.

--¿Nada más que pasando?... Lo siento. A mí me va perfectísimamente; no

te has equivocado--repuso en el mismo tono displicente, sin mirarle a la

cara.

--¿Cómo no, siendo en todas partes donde te presentas la estrella Sirio?

--Dispensa, chico, no entiendo de astronomía.

--Sirio es la estrella más brillante del cielo. Eso lo sabe todo el

mundo.

--Pues yo no lo sabía... ¡Ya ves, como soy una paleta!

--No es cierto; pero está muy bien la modestia, unida a la hermosura y

al talento.

--No; si ya sé de sobra que no tengo talento. No te mortifiques en

decírmelo.

--Hija, te acabo de manifestar lo contrario...

En el tono displicente de Fernanda iba entrando un poco de acritud. En

el del conde, pausado, ceremonioso, se advertía leve matiz de ironía.

--Vamos, entonces te he entendido al revés.

--Algo de eso ha habido siempre.

--¡Caramba, qué galante!--exclamó la joven empalideciendo.

--Siempre que has pensado que pudiera decirte algo desagradable--se

apresuró a rectificar el conde, advertido por el cambio de fisonomía de

la idea que cruzaba por su mente.

--Muchas gracias. Estimo tus palabras como se merecen.

--Harías mal en no estimarlas sinceras... Además, no necesito yo decirte

lo mucho que vales. Eso lo sabe todo el mundo.

--Gracias, gracias. ¿Te has cansado de jugar?

--Me duelen un poco las muelas.

--Sácatelas.

--¿Todas?

--Las que te duelan, hijo. ¡Ave María!

--¡Con qué indiferencia lo dices! ¿A ti no te importaría nada, por

supuesto?

--Yo siento siempre los males del prójimo.

--¡El prójimo! ¡Qué horror! No tenía noticia de haber llegado ya a la

categoría de prójimo.

--Qué quieres, chico; los honores vienen cuando menos se piensa.

Apesar de lo impertinente y hasta agresivo del tono, Fernanda no se

movía del sitio, teniendo siempre cogida del brazo a la amiguita, que no

desplegaba los labios. Fijándose un poco, se podría observar que la rica

heredera estaba muy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en el suelo,

apretaba en su mano con vivas contracciones el pañuelo y sus labios

temblaban de modo casi imperceptible. Alrededor de los hermosos ojos

árabes se marcaba un círculo más pálido que de costumbre. Aquel pugilato

la interesaba.

El conde de Onís había sido de sus novios el que más tiempo había

durado. Al aparecer Fernanda en sociedad, y aun antes, cuando era una

zagalita que iba con la criada al colegio, produjo su figura, su

elegancia y sobre todo la amenaza de los seis millones que iban a caer,

andando el tiempo, en su regazo, una verdadera explosión de entusiasmo.

No hubo joven más o menos gallardo o acaudalado que por iniciativa

propia o por las insinuaciones de su familia no se resolviese a pasearle

la calle, a esperarla a la salida del colegio, a mandarle cartitas y a

decirle requiebros en el paseo. De Sarrio, de Nieva y de otras

poblaciones de la provincia acudieron también, con pretexto de las

ferias, algunos golosos. La niña, ufana con tanto acatamiento,

embriagada por el incienso, no se daba punto de reposo tomando y

soltando novios. Era raro el galán que duraba más de un par de meses en

su gracia. En realidad ninguno estaba en posición de merecerla. En

Lancia y en el resto de la provincia no había quien tuviera hacienda

proporcionada a su dote. Si alguno existía, no estaba por su edad

habilitado para casarse con tan tierno pimpollo. Sería algún indiano

averiado por los ardores tropicales, o mayorazgo rústico y solitario de

los que vivían en sus casas solariegas. Sin necesidad de que su padre se

lo advirtiese, la niña comprendía admirablemente que ninguno le

convenía; pero gozaba coqueteando con todos, haciéndose adorar de la

juventud laciense. Entre ésta existía, sin embargo, un mancebo hacia el

cual ninguna doncella de la ciudad había osado levantar los ojos hasta

entonces con anhelos matrimoniales. Era el conde de Onís. Por su alta

jerarquía, más respetada en provincia donde se tributa a la nobleza un

culto que delata al villano y al siervo bajo la levita del burgués, por

su cuantiosa renta, por el apartamiento de su vida y hasta por el

misterio y silencio de su palacio antiquísimo, parecía habitar en

atmósfera más elevada, al abrigo de las flechas de todas las beldades

indígenas.

Pues por ello precisamente nació en el pecho de Fernanda un deseo,

primero vago, después vivo y anhelante, de rendirle. Esto es muy humano

y sobre todo muy femenino: no necesita explicación. En el fondo de su

alma, la hija de Estrada-Rosa sentíase inferior al conde de Onís. Sin

embargo, tanta era la lisonja que había escuchado en poco tiempo, tan

refulgente el brillo que esparcía sobre su vida el dinero del papá, que

bien podía aspirar a hacerle su marido. Si no lo pensaba así, al menos

figuraba pensarlo hablando del conde, por detrás, con cierta

displicencia y con afectada familiaridad por delante. En Lancia, como en

todas las capitales pequeñas, los muchachos y muchachas solían tutearse.

El conocerse desde niños y haber acaso jugado en el paseo juntos lo

autorizaba. El conde de Onís jamás había cruzado la palabra con

Fernanda, aunque la tropezase a cada momento en la calle. Sin embargo,

cuando se encontraron por primera vez en la tertulia de las de Meré, la

hermosa le soltó un _tu_ redondo y suprimió el título. Luis aquí, Luis

allá: parecía que iba a comerle el nombre. A éste le sorprendió un poco

la confianza, sin desagradarle. A nadie le duele oírse tutear por una

linda damisela. Apesar de la naturaleza concentrada y tímida del conde y

de su escasa afición a las mujeres, Fernanda se dio maña para hacerle

pronto su novio o al menos para hacerle pasar por tal a los ojos del

público. El cual halló tal noviazgo perfectamente justificado. En Lancia

no había otro marido para Fernanda ni otra mujer para el conde. La

distancia que los separaba era retrospectiva; estaba en los antepasados.

La población creía que, en gracia de la belleza, el dinero y la

brillante educación de la joven, el conde de Onís se hallaba en el caso

de olvidar los doscientos gañanes que la habían precedido.

Cerca de un año duraron las relaciones. Los novios se veían en la

tertulia de las señoritas de Meré. D. Juan Estrada-Rosa, al decir de sus

íntimos, se hallaba muy complacido. Varias veces se había insinuado con

el conde para que entrase en la casa; pero éste no le había comprendido

o había fingido no comprenderle. Fernanda se lo propuso con claridad un

día. Él se evadió como pudo del compromiso. ¿Era timidez? ¿Era orgullo?

La misma Fernanda no se daba cuenta de ello. Pero esta reserva

contribuía a encender su afección y anhelo. De pronto, cuando menos se

pensaba, cuando ya el público comenzaba a preguntarse por qué se

retrasaba la boda, cortáronse aquellas relaciones. Se cortaron sin

escándalo, de un modo diplomático y sigiloso, tanto, que hacía ya más de

un mes que no existían cuando todavía la población no estaba enterada y

los amigos les seguían embromando. El hecho produjo fuerte sensación; se

comentó en todas las tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudo

averiguar qué había habido, ni aun a cuál de los dos correspondió la

iniciativa de esta ruptura. Si se preguntaba al conde, afirmaba

rotundamente que Fernanda le había dejado; mas ponía demasiado empeño en

esta afirmación para que no empezara a dudarse de su sinceridad. La

heredera de Estrada-Rosa, sin manifestar nada en concreto, corroboró las

palabras de su novio con el tono desabrido que usó hablando de él, lo

mismo que al dirigirle la palabra. Porque siguieron tratándose, si no

con tanta frecuencia, con bastante: ambos acudían a la tertulia donde se

conocieron. Además, Fernanda, poco tiempo después, comenzó a asistir a

los saraos de los domingos en casa de Quiñones. Pero nunca más

reanudaron sus rotas relaciones. Los asistentes suspendían la

respiración y ponían toda su alma en los ojos siempre que, como ahora,

los antiguos novios se tropezaban y departían un rato. ¿Volverán a las

andadas? ¿Habrá, por fin, boda? El desengaño venía inmediatamente al

observar la indiferencia con que se apartaban.

Cuando iba a contestar a las últimas palabras de la orgullosa heredera,

los ojos del conde, derramando una mirada distraída por el salón,

tropezaron con otros que se le clavaron lucientes y celosos. Alargó la

mano a su amiga y con sonrisa forzada dijo:

--¡Qué mal me estás tratando, Fernanda! Como siempre, por supuesto...

Yo, sin embargo, ya sabes... el mismo devoto idólatra. Hasta ahora.

--Siento que esa devoción no me cause frío ni calor--replicó ella sin

dar un paso para apartarse.

El conde lo dio alzando los hombros con resignación y diciendo:

--¡Más lo siento yo!

Sorteando las parejas de baile, que ya habían comenzado el rigodón,

llegó de nuevo adonde estaba el ama de la casa. Al lado de ésta se

hallaba en aquel instante el famoso Manuel Antonio, uno de los

personajes más dignos de mención en la época que estamos historiando. Se

le conocía tanto por el apodo _el marica de Sierra_ como por su nombre.

Esto basta para que sepamos en cierto modo a qué atenernos respecto a

sus propiedades morales y físicas. Manuel Antonio no era joven. Frisaría

en los cincuenta años, disimulados con esfuerzo heroico por toda la

batería de afeites conocidos entonces en Lancia, que no eran muchos ni

muy refinados. Una peluca bastante rudimentaria, algunos dientes

postizos mal montados, un poco de negro en las cejas y de carmín en los

labios, mucho _patchoulí_ y un traje de fantasía apropiado para realzar

los residuos de su belleza. Ésta había sido espléndida; una rara

perfección de rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto, facciones

correctas, diminutas, cabellos rubios, finos, cayendo en graciosos

bucles, mejillas sonrosadas y voz atiplada. De este conjunto primoroso

quedaba tan sólo una sombra por donde pudiera adivinarse. La enhiesta

espalda se había abovedado; los hermosos bucles se habían desvanecido

como un sueño feliz; algunas arrugas indecorosas surcaban aquella tersa

frente, y la fila de perlas, que ostentaba su boca, se había

transformado en carrera de huesos amarillos, desvencijados, que el

tiempo había quintado y el dentista torpemente sustituido. Por último,

aquel pequeño bigote sedoso había engrosado notablemente, se hizo

blanco, cerdoso, indómito; no bastaban el tinte y el cosmético a

mantenerlo presentable. ¡Qué dolor para el hermoso hermafrodita de

Lancia y también para los amigos que le habían conocido en el esplendor

de su gracia!

El espíritu permanecía tan juvenil como a los diez y ocho años. Era el

mismo ser apasionado y tierno, dulce unas veces, iracundo y terrible

otras, marchando al soplo de sus caprichos, viviendo en lánguida

ociosidad. Gozaba tanto las delicias del baño, que lo repetía tres y más

veces, hasta que el agua quedase cristalina como al salir de la fuente;

amaba las flores, los pájaros; no tenía más placer que consultar con el

cristal del espejo los adornos que le sentarían mejor. Los trajes, por

atracción irresistible, siendo masculinos, se acercaban cuanto era

posible a la forma femenina. En el invierno gastaba talmita corta con

broche de oro, y un sombrero tirolés de alas reviradas, que le sentaba

extremadamente bien. En el verano gustaba de vestirse trajes de franela

blanca bien ceñidos, que denunciasen las graciosas curvas de sus formas.

Las corbatas eran casi siempre de gasa, los zapatos descotados, el

cuello de camisa a la marinera. Por debajo del puño se le veía un

brazalete. Aunque no fuese más que un sencillo aro de oro, este pormenor

era lo que más llamaba la atención de sus conciudadanos. En cuanto se

hablaba de Manuel Antonio salía el dichoso brazalete a relucir; como si

no hubiese nada en su interesante figura más digno de excitar la

curiosidad.

Pero si los años no habían logrado modificar en el fondo aquel ser

amable y creado para el amor, habíanle hecho, sin embargo, más cauto,

más reservado. Ya no mostraba sus preferencias con la ingenuidad de

otros tiempos, ni daba suelta a los súbitos arranques de su corazón

inflamable sino después de poner a prueba la lealtad del objeto de su

ternura. ¡Había padecido tantos desengaños en la vida! Sobre todo, al

hacerse viejo, no sólo experimentó la frialdad de sus antiguos amigos,

de aquellos que le habían dado pruebas inequívocas de cariño, sino, lo

que es aún más triste, encontrose, sin pensarlo, sirviendo de blanco a

las chufletas e invectivas de los mozalbetes de la nueva generación. Fue

el hazmerreír de estos procaces jóvenes. Como no habían sido testigos de

sus triunfos ni conocieron su radiante belleza, estaban lejos de

profesarle el respeto que, apesar de todo, guardaba hacia él la antigua

generación. No perdonaban medio de embromarlo, de vejarlo bárbaramente.

En cuanto se paraba en la calle de Altavilla o entraba en el café de

Marañón, ya estaba rodeado de una partida de _guasones_. ¡Cristo, las

frases que allí se oían! Y como villanos que eran, a menudo del juego de

palabras pasaban al de manos. Esto era lo que en modo alguno podía

sufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que quisieran. Tenía bastante

correa, y además un ingenio vivo y sutil que recogía admirablemente el

ridículo y sabía dar en rostro con él a sus contrarios. La mayor parte

de las veces los que iban a «tomarle el pelo» salían muy bien

trasquilados. Los años, la práctica, le habían adiestrado de tal modo en

el pugilato de frases incisivas que realmente era temible. Tenía la

intención de un _miura_. Pero así que aquellos desvergonzados pasaban de

las palabras a las obras tocándole la cara o pellizcándole, ya estaba

descompuesto, perdía enteramente los estribos y no decía cosa

intencionada ni siquiera razonable. Superfluo es añadir que,

conociéndole el flaco, todas las bromas terminaban en esta forma.

El maestrante · 第 2 / 21 段