XLI

Acomodáronme en una estancia clara y bonita y en un buen lecho, que

atropelladamente dispusieron para mí. Me dieron de comer, lo cual

agradecí con toda mi alma, y empecé a encontrarme muy bien. Lo que

más contribuía a precipitar mi restablecimiento, era la alegría

inexplicable que llenaba mi alma. Síntoma externo de este gozo era una

jovialidad expansiva, que me impulsaba a reír por cualquier frívolo

motivo.

La noche de mi entrada en la casa, mientras la condesa escribía cartas

a todo ser viviente, en la sala inmediata Inés me daba de cenar.

Nos hallábamos solos, y le conté toda, absolutamente toda la casi

increíble novela de Miss Fly, sin omitir nada que me perjudicase

o me engrandeciese a los ojos de mi interlocutora. Oyome esta con

atención profunda, mas no sin tristeza; y cuando concluí, diríase que

mi constante amiga había perdido el uso de la palabra. No sé en qué

vagas perplejidades se quedó suspenso y flotante su grande ánimo. En

su fisonomía observé el enojo luchando con la compasión, el orgullo

tal vez en pugna con la hilaridad. Pero no decía nada, y sus grandes

ojos se cebaban en mí. Por mi parte, mientras más duraba su abstracción

contemplativa, más inclinado me sentía yo a burlarme de las nubes que

oscurecían mi cielo.

--¿Es posible que pienses todavía en eso? --le dije.

--Espero que me enseñes el mechón rubio con que te han pagado el

negro... Buena pieza, ¿piensas que me casaré contigo, con un perdido,

con un bribón?... Te cuidaremos, y luego que estés bueno, te marcharás

con tu adorada inglesa. Ninguna falta me haces.

Quería ponerse seria, y casi casi lo lograba.

--No me marcharé, no --le dije--, porque te quiero más que a las

niñas de mis ojos; me has enamorado, porque eres una criatura de

otros tiempos, porque vuestra alma, señora (me gusta tratar de vos a

las personas), da la mano a la mía y ambas suben a las alturas donde

jamás llegan la vulgaridad y bajeza de los nacidos. Por vos, señora,

seré Bernardo del Carpio, el Cid y Lanzarote del Lago; acometeré las

empresas más absurdas; mataré a medio mundo, y me comeré al otro medio.

--Si piensas embobarme con tales tonterías... --dijo sin querer reírse,

pero riendo.

--Señora --exclamé con dramático acento--, vos sois el imán de mi

existencia, la única pareja digna de mi alma; adoro las águilas que

vuelan mirando cara a cara al sol, y no las gallinas que solo saben

poner huevos, criar pollos, cacarear en los corrales, y morir por

el hombre. Llevadme, llevadme con vos, señora, a los espacios de

las grandes emociones y a las excelsitudes del pensamiento. Si me

abandonáis, yo os lloraré en las ruinas; si me amáis, seré vuestro

esclavo, y conquistaré diez reinos para poneros uno en cada dedo de las

manos.

--Calla, calla, tonto, farsante --dijo Inés, defendiéndose como podía

contra la hilaridad que la ahogaba.

--¡Ah, señora y dueño mío! --proseguí yo reforzando mi entonación--.

Me rechazáis. Vuestro corazón es indigno del mío. Yo lo creí templado

en el fuego de la pasión, y es un pedazo de carne fofa y blanda. Os

lo pedía yo para unirlo al mío, y vos le arrojáis a los soldados para

que claven en él sus bayonetas. Sois indigna de mí, señora. Os digo

estas sublimidades, y en vez de oírme, os estáis cosiendo todo el

día; tembláis cuando voy a la guerra; no pensáis más que en vuestros

chiquillos, en vez de pensar en mi gloria, y os ocupáis en hacer

guisotes y platos diversos para darme de comer; yo no como, señora: en

la región donde yo habito no se come... De veras sois tonta: os habéis

empeñado en amarme con cariño dulce y tranquilo, propio de costureras,

boticarios, sargentos, covachuelistas y sastres de portal. ¡Oh! amadme

con exaltación, con frenesí, con delirio, como amaba Bernardo del

Carpio a Doña Estela; cantad las hazañas de los héroes que son norte

y faro de mi vida, y poneos delante de mí cual figura histórica, sin

cuidaros de que mi ropa esté hecha pedazos, mi mesa sin comida y mis

hijos desnudos. ¿Qué veo? ¿Os reís? ¡Miseria humana! ¡Yo me muero por

vos, y os reís! ¡Yo peno, y vos os regocijáis! ¡Yo enflaquezco, y vos

os presentáis a mí fresca, alegre y gordita!

Inés lloraba de risa, pero de una manera tan franca y natural, que

todo el enojo se iba desvaneciendo en aquellas chispas de alegría. Mi

corazón se entendió con el suyo, como los hermanos que por un momento

riñen para quererse más.

--Os abandono, porque amáis a otro, a una criatura vulgar y

antipoética, señora --continué mirando su frente y haciendo con mis

dedos movimiento semejante al abrir y cerrar de unas tijeras--; pero

quiero llevarme un recuerdo vuestro, y así os corto ese mechón que os

cuelga sobra la frente.

Diciéndolo, cogí la preciosa cabeza y le di mil besos.

--Que me lastimas, bárbaro --gritó sin cesar de reír.

Acudió la condesa, que en la cercana habitación estaba, y al verla,

Inés, más roja que una amapola, le dijo:

--Es Gabriel, que las echa de gracioso.

--No hagáis ruido, que estoy escribiendo. Todavía me faltan muchas

cartas, pues tengo que escribir a Wellington, a Graham, a Castaños, a

Cabarrús, a Azanza, a Soult, a O’Donnell y al Rey José.

Mi adorada suegra tenía la manía de las cartas. Escribía a todo el

mundo, y de todos lograba respuesta. Su colección epistolar era un

riquísimo archivo histórico, del cual sacaré algún día no pocas

preciosidades.

Al día siguiente, mi suegra fue a visitar a Miss Fly, a quien, como

he dicho, había tratado en el Puerto y reconocido últimamente en

Salamanca. Athenais pagó la visita a la condesa en el mismo día. Vino

elegantemente vestida, deslumbradora de hermosura y de gracia. Servíale

de caballero el coronel Simpson, siempre encarnadito, vivaracho,

acicalado y compuesto como un figurín, y siempre honrando todos los

objetos y personas con la cuádruple mirada de dos ojos y dos vidrios

que jamás descansaban en su investigadora observación. Yo me había

levantado; en pie asistí sin moverme a la visita, que no fue larga,

aunque sí digna de ocupar el penúltimo lugar en esta verídica historia.

--¿De modo que parte usted definitivamente para Inglaterra? --dijo la

condesa.

--Sí, señora --repuso Athenais, que no se dignaba mirarme--: estoy

cansada de la guerra y de España, y deseo abrazar a mi padre y

hermanas. Si alguna vez vuelvo a España, tendré el gusto de visitaros.

--Antes quizás tenga yo el de escribir a usted --dijo mi suegra

acordándose de que había papel y plumas en el mundo--. Por falta de

tiempo no he escrito ya a Lord Byron, a quien conocí en Cádiz. No

llevará usted malos recuerdos de España.

--Muy buenos. Me he divertido mucho en este extraño país; he estudiado

las costumbres, he hecho muchos dibujos de los trajes y gran número de

paisajes en lápiz y acuarela. Espero que mi álbum llame la atención.

--También llevará usted memoria de las tristes escenas de la guerra

--dijo Amaranta con emoción.

--Los franceses nada respetan --indicó Miss Fly con la indiferencia que

se emplea en las visitas para hablar del tiempo.

--En su retirada --afirmó Simpson-- han destruido todos los pueblos de

la ribera del Tormes. No nos perdonan que les hayamos matado cinco mil

hombres y cogido siete mil prisioneros con dos águilas, seis banderas

y once cañones... ¡Grandiosa e importante batalla! No puedo menos de

felicitar al Sr. de Araceli --añadió haciéndome el honor de dirigirse a

mí-- por su buen comportamiento durante la acción. El brigadier Pack y

el honorable general Leith han hecho delante de mí grandes elogios de

usted. Me consta que su excelencia el gran Wellington no ignora nada de

lo que tanto os favorece.

--En ese caso --dije--, tal vez se disipe la prevención que Su

Excelencia tenía contra mí por motivos que nunca pude saber.

Athenais se puso pálida; mas dominándose al instante, no solo se

atrevió a fijar en mí sus lindos ojos de cielo, sino que se rio y de

muy buena gana, según parecía.

--Este caballero --contestó con jovialidad asombrosa por lo bien

fingida-- ha tenido la desgracia y la fortuna de pasar por mi amante

a los ojos de los ociosos del campamento. En España, el honor de las

damas está a merced de cualquier malicioso.

--¡Pero cómo! ¿Es posible, señora? --exclamé fingiéndome sorprendido,

y además de sorprendido, encolerizado--. ¿Es posible que por aquel

felicísimo encuentro nuestro...? No sabía nada ciertamente. ¡Y se han

atrevido a calumniar a usted!... ¡Qué horror!

--Y poco ha faltado para que me supusieran casada con vos --añadió

apartando los ojos de mí, contra lo que las conveniencias del diálogo

exigían--. Me ha servido de gran diversión, porque, a la verdad, aunque

os tengo por persona estimable...

--No tanto que pudiera merecer el honor... --añadí completando la

frase--. Eso es claro como el agua.

--Todo provino de que alguien nos vio juntos en la ciudad, cuando

para salvaros de aquellos infames soldados, pasasteis por mi criado

durante unas cuantas horas --dijo Athenais, coqueteando y haciendo

monerías--. Ahora falta saber si por vanidad juvenil fuisteis vos mismo

quien se atrevió a propalar rumores tan ridículos acerca de una noble

dama inglesa, que jamás ha pensado enamorarse en España, y menos de un

hombre como vos.

--¡Yo, señora! El coronel Simpson es testigo de lo que pensaba yo sobre

el particular.

--Los rumores --dijo el simpático Abraham-- partieron de la oficialidad

inglesa, y empezaron a circular cuando Araceli volvió de Salamanca y

Athenais no.

--Y vos, mi querido Sir Abraham Simpson --dijo Miss Fly con cierto

enojo--, disteis circulación a las groserías que corrían acerca de mí.

--Permitidme decir, mi querida Athenais --indicó Simpson en español--,

que vuestra conducta ha sido algo extraña en este asunto. Sois

orgullosa... lo sé... creíais rebajaros solo ocupándoos del asunto...

Lo cierto es que oíais todo, y callábais. Vuestra tristeza, vuestro

silencio hacían creer...

--Me parece que no conocéis bien los hechos --dijo Athenais empezando a

ruborizarse.

--Todos hablaban del asunto; el mismo Wellington se ocupó de él. Os

interrogaron con delicadeza, y contestasteis de un modo vago. Se dijo

que pensábais pedir el cumplimiento de las leyes inglesas sobre el

matrimonio. Calumnia, pura calumnia; pero ello es que lo decían y vos

no lo negábais... yo mismo os llamé la atención sobre tan grave asunto,

y callasteis...

--Conocéis mal los hechos --repitió Athenais más ruborizada--, y además

sois muy indiscreto.

--Es que, según mi opinión --dijo Simpson--, llevasteis la delicadeza

hasta un extremo lamentable, mi querida Athenais... Os sentíais

ultrajada solo por la idea de que creyeran... pues... una mujer de

vuestra clase... No quiero ofender al señor; pero... es absurdo,

monstruoso. La Inglaterra, señora, se hubiera estremecido en sus

cimientos de granito.

--¡Sí, en sus cimientos de granito! --repetí yo--. ¡Qué hubiera sido de

la Gran Bretaña!... Es cosa que espanta.

Miss Fly me dirigió una mirada terrible.

--En fin --dijo la condesa--, los rumores circularon... yo misma los

oí... Pero la cosa no vale nada, si la Gran Bretaña se mantiene sin

mancilla...

Miss Fly se levantó.

--Señora --le dije con el mayor respeto--, sentiría que usted dejase

a España sin que yo pudiese manifestarle la profundísima gratitud que

siento...

--¿Por qué, caballero? --preguntó llevando el pañuelo a su agraciada

boca.

--Por su bondad, por su caridad. Mientras viva, señora, bendeciré a

la persona que me recogió del campo de batalla con otros infelices

compañeros.

--Estáis en gran error --exclamó riendo--. Yo no he pensado en tal

cosa. Vos, sin duda, lo deseábais. Recogí a varios, sí; pero no a

vos. Os han engañado. Me visteis en la Merced recorriendo las salas y

dormitorios... No quiero que me atribuyan el mérito de obras que no me

pertenecen.

--Entonces, señora, permítame usted que le dé las gracias por... No,

lo que quiero decir es que ruego a usted no me guarde rencor por haber

sido causa, aunque inocente, de esos ridículos rumores...

--¡Oh, oh!... No hago caso de semejante necedad. Soy muy superior a

tales miserias... ¡La calumnia! ¿Acaso me importa algo?... ¡Vuestra

persona! ¿Significa algo para mí? Sois vanidoso y petulante.

Miss Fly hacía esfuerzos extraordinarios por conservar en su semblante

aquella calma inglesa que sirve de modelo a la majestuosa impasibilidad

de la escultura. Miraba a los cristales, a los viejos cuadros, al

suelo, a Inés, a todos, a todos menos a mí.

--Entonces, señora --añadí--, puesto que ningún daño ha padecido usted

por causa mía...

--Ninguno, absolutamente ninguno. Os hacéis demasiado honor, caballero

Araceli, y solo con pedirme excusas por la vil calumnia, solo con

asociar vuestra persona a la mía, estáis faltando al comedimiento, sí,

faltando a la consideración que debe inspirar en todo lo habitado una

hija de la Gran Bretaña.

--Perdón, señora, mil veces perdón. Solo me resta decir a usted que

deseo ser su humildísimo servidor y criado, aquí y en todas partes y en

todas las ocasiones de mi vida. ¿También así falto al comedimiento?

--También... pero, en fin, admito vuestros homenajes. Gracias, gracias

--dijo con altivez--. Adiós.

Al fin de la visita, aunque repetidas veces se empeñó en reír, no pudo

conseguirlo sino a medias. Sus manos temblaban, destrozando las puntas

del chal amarillo. Despidiose cariñosamente de la condesa, y con mucha

ceremonia de Inés y de mí.

--¿Y no será usted tan buena que nos escriba alguna vez para enterarnos

de su salud? --le dije.

--¿Os importa algo?

--¡Mucho, muchísimo! --respondí con vehemencia y sinceridad profunda.

--¡Escribiros! Para eso necesitaría acordarme de vos. Soy muy

desmemoriada, señor de Araceli.

--Yo, mientras viva, no olvidaré la generosidad de usted, Athenais. Me

cuesta mucho trabajo olvidar.

--Pues a mí no --dijo mirándome por última vez.

Y en aquella mirada postrera que sus ojos me echaron, puso tanto

orgullo, tanta soberbia, tanta irritación, que sentí verdadera pena. Al

fin salió de la sala. La palidez de su rostro y la furia de su alma la

hacían terrible y majestuosamente bella.

Pocos momentos después, aquel hermoso insecto de mil colores, que por

unos días revoloteara en caprichosos círculos y juegos alrededor de mí,

había desaparecido para siempre.

Muchas personas que anteriormente me han oído contar esto, sostienen

que jamás ha existido Miss Fly; que toda esta parte de mi historia es

una invención mía para recrearme a mí propio y entretener a los demás;

pero ¿no debe creerse ciegamente la palabra de un hombre honrado?

Por ventura, quien de tanta rectitud dio pruebas, ¿será capaz ahora

de oscurecer su reputación con ficciones absurdas, con fábricas de la

imaginación que no tengan por base y fundamento a la misma verdad, hija

de Dios?

Poco después de que los dos ingleses nos dejaron solos, la condesa dijo

a Inés:

--Hija mía, ¿tienes inconveniente en casarte con Gabriel?

--No, ninguno --repuso ella con tanto aplomo, que me dejó sorprendido.

Con inefable afecto besé su hermosa mano, que tenía entre las mías.

--¿Está tranquila y satisfecha tu alma, hija mía?

--Tranquila y satisfecha --repuso--. ¡Pobrecita Miss Fly!

Ambos nos miramos. Un cielo lleno de luz divina y de inexplicable

música de ángeles flotaba entre uno y otro semblante... Si es posible

ver a Dios, yo le veía, yo.

--¡Qué hermoso es vivir! --exclamé--. ¡Qué bien hizo Dios en criarnos a

los dos, a los tres! ¿Hay felicidad comparable a la mía? ¿Pero esto qué

es, es vivir o es morir?

Al oír esto la condesa, que había corrido a abrazarnos, se apartó de

nosotros. Fijó los ojos en el suelo con tristeza. Inés y yo pensamos al

propio tiempo en lo mismo, y sentimos la misma pena, una lástima íntima

y honda que turbaba nuestra dicha.

--¿Qué tal está hoy? --preguntó Amaranta.

--Muy mal --repuso Inés--. Solo vive su espíritu.

Amaranta dio un suspiro y nos abrazó de nuevo.

--Levántate --me dijo Inés--. Vamos los dos allá. Hace ya hora y media

que no me ha visto, y estará muy taciturno.

Aunque extenuado y débil, me levanté y la seguí apoyado en su brazo.

--Haré la última tentativa, y venceré --dijo cerca ya de la guarida del

masón--. Le he observado muy bien todo el día, y el pobrecito no desea

ya sino rendirse.

La batalla de los Arapiles · 第 43 / 46 题