La casa de la calle del Cáliz, a donde por dos veces he transportado
a mis oyentes, y a cuyo recinto de nuevo me han de seguir, si quieren
saber el fin de esta puntual historia, era la habitación patrimonial
de Santorcaz, que la había heredado de su padre un año antes, con
algunas tierras productivas. Componíase el tal caserón de dos o tres
edificios diversos en tamaño y estructura, que compró, unió y comunicó
entre sí el Sr. Juan de Santorcaz, aldeano enriquecido a principios del
siglo pasado. Faltaba a aquella vivienda elegancia y belleza, pero no
solidez, ni magnitud, ni comodidades, aunque algunas piezas se hallaban
demasiado distantes unas de otras, y era excesiva la longitud de los
corredores, así como el número de escalones que al discurrir de una
parte a otra se encontraban.
En los aposentos donde anteriormente les vimos, estaba Santorcaz con
su hija el 22 de julio durante la batalla. Esta última circunstancia
hará comprender a mis oyentes que no presencié lo que voy a contar;
mas si lo cuento de referencia, si lo pongo en el lugar de los hechos
presenciados por mí, es porque doy tanta fe a la palabra de quien me
los contó, como a mis propios ojos y oídos; y así, téngase esto por
verídico y real.
Estaban, pues, según he dicho, el infortunado D. Luis y su hija en la
sala: lamentábase ella de que existieran guerras, y maldecía él su
triste estado de salud, que no le permitía presenciar el espectáculo
de aquel día, cuando sonó con terrible estruendo la famosa aldaba
del culebrón, y al poco rato, el único criado que los servía y el
militar que los guardaba, anunciaron a los solitarios dueños que una
señora quería entrar. Como Miss Fly había estado allí algunos días
antes ofreciendo al masón un salvoconducto para salir de Salamanca
y de España, alegrósele a aquel el alma y dio orden de que al punto
dejasen pasar e internarse hasta su presencia a la generosa visitante.
Transcurridos algunos minutos, entró en la sala la condesa.
Santorcaz rugió como la fiera herida cuando no puede defenderse. Largo
rato estuvieron abrazadas madre e hija, confundiendo sus lágrimas, y
tan olvidadas del resto de la creación, cual si ellas solas existieran
en el mundo. Vueltas al fin en su acuerdo, la madre, observando con
terror a aquel hombre rabioso y sombrío, que clavaba los ojos en el
suelo, como si quisiera con la sola fuerza de su mirada abrir un
agujero en que meterse, quiso llevar a su hija consigo, y dijo palabras
muy parecidas a las que yo pronuncié en circunstancias semejantes.
Los que vieron mi sorpresa, juzguen cuál sería la de Amaranta cuando
Inés se separó de ella, y hecha un mar de lágrimas corrió con los
brazos abiertos hacia el anciano, en ademán cariñoso. Absorta miró
tan increíble movimiento la condesa. Santorcaz, cuando su hija estuvo
próxima, volvió el rostro y alargó los brazos para rechazarla.
--Vete de aquí --dijo--, no quiero verte, no te conozco.
--¡Loco! --gritó la muchacha con dolor--. Si dices otra vez que me
marche, me marcharé.
Revolvió Santorcaz los fieros ojos de un lado a otro de la estancia,
miró con igual rencor a la condesa y a su hija, y temblando de cólera
repitió:
--Vete, vete: te he dicho que te vayas. No quiero verte más. Sal de
esta casa con esa mujer, y no vuelvas.
--Padre --dijo Inés sin dar gran importancia al frenesí del anciano--.
¿No me has dicho que esta casa es mía? ¿No me has entregado las llaves?
Pues voy a acomodar esta señora en una habitación de las de la calle,
porque hoy es imposible que encuentre posada, y mañana las dos nos
iremos, dejándote tranquilo.
Tomando un manojo de llaves y repiqueteando con él, no sin cierta
intención zumbona, Inés salió de la estancia seguida de Amaranta, que
nada comprendía de aquella tragicomedia.
Luego que se quedó solo, Santorcaz dio algunos paseos por la
habitación, recorriéndola en giros y vueltas sin fin, cual macho de
noria. Su fisonomía expresaba todo cuanto puede expresar la fisonomía
humana, desde la saña más terrible a la emoción más tierna. Tomó
después un libro, pero lo arrojó en el suelo a los pocos minutos. Cogió
luego una pluma, y después de rasguñar el papel breve rato, la destrozó
y la pisoteó. Levantose, y con pasos vacilantes e inseguro ademán,
dirigiose a la puerta vidriera; penetró en la estancia próxima, donde
había un tocador de mujer y un lecho blanco. De rodillas en el suelo,
hizo de cama reclinatorio, y apoyando el rostro sobre ella, estuvo
llorando todo el día.
Si Santorcaz hubiera tenido un oído agudo y finísimo, como el de
algunas especies ornitológicas, habría percibido el rumor de tenues
pasos en el corredor cercano; si Santorcaz hubiera poseído la doble
vista, que es un absurdo para la fisiología, pero que no lo parecería
si se llegaran a conocer los misteriosos órganos del espíritu, habría
visto que no estaba enteramente solo; que una figura celestial batía
sus alas en las inmediaciones de la triste alcoba; que sin tocar
el suelo con su ligero paso, venía y se acercaba, y aplicaba con
gracioso gesto su linda cabeza a la puerta para escuchar, y luego
introducía un rayo de sus ojos por un resquicio para observar lo que
dentro pasaba; y como si lo que veía y oía la contentase, iluminaba
aquellos sombríos espacios con una sonrisa, y se marchaba para volver
al poco rato y atender lo mismo. Pero el pobre masón no veía nada de
esto. Aquella tarde, un ordenanza inglés le trajo un salvoconducto
para salir de Salamanca; pero el masón lo rompió. La condesa e Inés,
excepto en los intervalos en que esta salía, hablaban por los codos
en las habitaciones de la calle. Figuraos la tarea de dos lenguas de
mujer, que quieren decir en un día todo lo que han callado en un año.
Hablaban sin cesar, pasando de un asunto a otro, sin agotar ninguno,
experimentando emociones diversas, siempre sorprendidas, siempre
conmovidas, quitándose una a otra la palabra, refiriendo, ponderando,
encareciendo, comentando, afirmando y negando.
Esto pasaba el 22 de julio. De vez en cuando las interrumpía zumbido
lejano, estremecimiento sordo de la tierra y del aire. Era la voz de
los cañones de Inglaterra y Francia, que estaban batiéndose donde todos
sabemos. Las dos mujeres cruzaban las manos, elevando los ojos al
cielo... Los cañonazos se repetían con más frecuencia. Por la tarde,
era un mugido incesante como el del océano tempestuoso. En madre e
hija pudo tanto el terror, que se callaron: es cuanto hay que decir.
Pensaban en la cantidad de hombres que se tragaría en cada una de sus
sacudidas el mar irritado, que bramaba a lo lejos.
Llegó la noche, y los cañonazos cesaron. Muy tarde entró Tribaldos en
la casa. El pobre muchacho estaba consternado, y, aunque se la echaba
de valiente, derramó algunas lágrimas.
--¿A dónde vas? --preguntó con inquietud la madre a la hija, viendo que
esta se ponía el manto sin decir para qué.
--Al Arapil --contestó Inés, entregando otro manto a la condesa, que se
lo puso también sin decir nada.
Visitó Inés por breves momentos al anciano, y salió de la casa y de la
ciudad, acompañada de su madre y del fiel Tribaldos. Inmenso gentío de
curiosos llenaba el camino. La batalla había sido horrenda, y querían
ver las sobras todos los que no pudieron ver el festín. Anduvieron
largo tiempo, toda la noche, hacia arriba y hacia abajo, y de acá para
allá, sin encontrar lo que buscaban, ni quien razón les diera de ello.
Cerca del día vieron a Miss Fly, que regresaba del campo de batalla
delante de una camilla bien arreglada y cubierta, donde traían a un
hombre, que fue encontrado en el Arapil Grande, lleno de heridas, sin
conocimiento, y con una horrible mordida en el brazo.
Acercáronse Inés, la condesa y Tribaldos a Miss Fly para hacerle
preguntas; pero esta, impaciente por seguir, les contestó:
--No sé una palabra. Dejadme continuar. Llevo en esta camilla al pobre
Sir Thomas Parr, que está herido de gravedad.
Siguieron ellas y Tribaldos, y recorrieron el campo de batalla, que
la luz del naciente día les permitió ver en todo su horror; vieron
los cuerpos tendidos y revueltos, conservando en sus fisonomías la
expresión de rabia y espanto con que los sorprendiera la muerte.
Miles de ojos sin brillo y sin luz, como los ojos de las estatuas
de mármol, miraban al cielo sin verlo. Las manos se agarrotaban en
los fusiles y en las empuñaduras de los sables, como si fueran a
alzarse para disparar y acuchillar de nuevo. Los caballos alzaban sus
patas tiesas, y mostraban los blancos dientes con lúgubre sonrisa.
Las dos desconsoladas mujeres vieron todo esto, y examinaron los
cuerpos uno a uno; vieron los charcos, las zanjas, los surcos hechos
por las ruedas, y los hoyos que tantos millares de pies abrieran en
el bailoteo de la lucha; vieron las flores del campo machacadas, y
las mariposas que alzaban el vuelo con sus alas, teñidas de sangre.
Regresaron a Salamanca; volvieron por la noche al campo de batalla, no
ya conmovidas, sino desesperadas; rezaban por el camino; preguntaban a
todos los vivos, y también a los muertos.
Por último, después de repetidos viajes y exploraciones dentro y fuera
de la ciudad, en los cuales emplearon tres días, con ligeros intervalos
de residencia y descanso en la casa de la calle del Cáliz, encontraron
lo que buscaban en el hospital de sangre, improvisado en la Merced. Lo
hallaron separado de los demás, en una habitación solitaria y en poder
de un pobre fraile demente. Hicieron diligencia cerca de la autoridad
militar, y, por último, consiguieron poder llevarle, es decir, llevarme
consigo.