CAPÍTULO XVI.

Reducción de vecindario en las Marianas.--Islas habitadas.--Rota.--Su

población.--Promesa religiosa.--Comercio y agricultura.--Antiguas

invernadas.

Entre los que no conocen las islas Marianas corren una porción de

versiones, que si en otro tiempo fueron apreciables, hoy no lo son

bajo ningún aspecto, ni material, ni moral, ni político.

Nosotros, que sin descanso hemos recorrido el pequeño territorio

que comprende la isla de Guajan, única que hoy tiene alguna vida,

por más que esta sea bien raquítica y efímera; nosotros, que hemos

contemplado lo mismo las escasas ondas del Asang, que los panoramas

que se desarrollan desde las mesetas de Santa Agueda; nosotros,

que los recuerdos de las islas no son tan intensos que nos empujen,

ni á la parcialidad exagerando lo que no hay, ni vituperando lo que

existe; nosotros, en fin, que la única norma que guía nuestra pluma

es la absoluta verdad, vamos á emitir nuestra opinión, opinión que

no es hija del capricho, sino legítima conclusión de muchas horas

de estudio interrogando cartas, libros y manuscritos. La opinión

nuestra, por lo tanto, no es el más ó menos juicioso raciocinio de

la apreciación, sino la síntesis de la historia de aquellas regiones.

Al establecimiento de la primera misión nos encontramos con

una población que hacen subir á 100.000 almas; hoy, según los

últimos datos estadísticos que tenemos á la vista tanto civiles

como eclesiásticos, dan el siguiente resultado: Islas habitadas,

Guajan, la cual tiene 5.914 almas; Rota, con 352, y Saipan, con 872;

advirtiendo, que los habitantes de Rota están haciendo gestiones para

trasladarse á Guajan, y los de Saipan en su mayoría son carolinos que

los azares de sus guerras y la penuria y miseria los han arrojado de

sus islas. Saipan quedará deshabitada tan luego puedan regresar los

carolinos al suelo nativo.

Como dato curioso, que habla muy alto acerca de la pobreza en que

están sumidos los pocos habitantes de Rota, viniendo á explicar el

por qué proyectan, como por último sucederá, el ir á Guajan, podemos

citar el siguiente. En el siglo pasado, fué la isla de Rota testigo

de una grandísima calamidad, que sumió á todos los habitantes en una

profunda consternación. En los libros canónicos de la isla de Rota y

garantida por la firma de un virtuoso recoleto, se registra un acta en

que se consigna que sobre la isla se desarrolló un horroroso fenómeno

marítimo. Los efectos de este fenómeno duraron mucho tiempo, ofreciendo

durante el peligro los habitantes de Rota, que constantemente habían de

alumbrar á la Virgen cinco luces, promesa que religiosa y puntualmente

se ha venido cumpliendo hasta estos últimos años, en que la furia de

un tifón redujo á escombros casi todos los edificios, sumiendo en tal

miseria á sus habitantes que ni aun la promesa se cumple en el día,

viviendo aquellos en su generalidad, gracias á la prodigalidad de un

suelo en que se crían árboles como el del _pan_ y raíces farináceas

de gran alimento.

La pobreza y aislamiento en que se encuentran Saipan y Rota, serán

causa de que en época no muy remota, se unan sus habitantes con los

de la capital.

Apenas se concibe cómo islas que contaban 100.000 almas, hayan venido

decreciendo hasta hoy, que en un todo, dan el resultado de 7.138.

Respecto á la riqueza de su suelo, ya hemos visto es fértil cual lo

es en su generalidad todo aquel que se encuentra situado en zonas

intertropicales; mas la riqueza del suelo de Marianas so pena de una

transformación radical, imposible de llevar á cabo sin cuantiosos

caudales, no es productivo, puesto que atendida la situación de las

islas y las distancias que las separan de continentes comerciales,

el rendimiento del producto no compensa el gravamen que le impone el

gasto de transporte, aparte de las eventualidades de carga y descarga

y las consiguientes averías que traen en pos de sí la generalidad

de los productos agrícolas; buen ejemplo de esto tenemos en la

actualidad, en que una sociedad fomentadora del suelo se constituyó

en Agaña, con cuantos elementos son precisos para el desarrollo de

una idea mercantil; en ella contaban con dinero, protección, brazos,

herramientas, y un suelo virgen como palenque de sus trabajos. Las

acciones á precio de 500 pesos se tomaron, la sociedad principió

á funcionar y á pesar de la abundancia del producto terruño, el

producto metálico en los balances de inspección debió ser negativo,

pues á ciencia cierta sabemos solo se han repartido dividendos

pasivos entre los accionistas, llegando el desaliento en estos,

hasta el punto que hoy no tienen precio las acciones por falta de

cotización y por consiguiente de demanda.

Se nos dirá. El suelo es susceptible de dar inmejorables

productos. Bien, es cierto, pero no lo es menos, que más cerca,

en donde existen comunicaciones y adonde por lo tanto, tan luego se

presentara el producto se establecerían transacciones, y en donde la

oferta se uniría á la demanda, se ven dilatados terrenos incultos,

con los mismos gérmenes de riqueza y de las mismas condiciones

productoras que los de Marianas.

El que viene de esas mismas islas y entra en el Estrecho de San

Bernardino, verá desde la pequeña peña que le da nombre, hasta el

fondeadero de Manila, extensas y dilatadas islas que tienen un suelo

tan fértil como el de Marianas y por consiguiente de preferente

atención, puesto que la riqueza agrícola es igual y el producto

líquido por razón de situación, y siguiendo la comparación ha de

ser exorbitante.

La riqueza del suelo de Marianas no la negamos, y la admitiríamos como

positiva, si por ejemplo, sus magníficos y abundantes cageles, sus

campos de maíz y sus bosques de cocotales estuvieran á pocas leguas

de un mercado á que abastecer, lo que no sucede dada la situación

del suelo en que aquellos productos fructifican.

Esto respecto al suelo materialmente considerado.

Dicen algunos. ¡Ah! ¡las islas Marianas, magníficas posesiones, de

grandísima importancia por las célebres invernadas de los balleneros! A

estos, les diremos únicamente que abran el registro del puerto de

Guajan y se encontrarán, que en efecto, es cierto tuvieron las islas su

apogeo como descanso de esos valientes hijos del mar, y que hubo año

que hicieron recalada en los puertos de Guajan, 80 y hasta 100 barcos

mayores; pero al volver algunas hojas del registro, progresivamente

irán viendo el descenso que desgraciadamente ha sufrido, tanto que el

año 1870, solo _anclaron ¡cuatro!_ barcos balleneros, y esos más valía

no lo hubieran hecho, pues hoy el ballenero que toma el puerto de San

Luís de Apra, participa de pirata y corsario, no yendo á dejar dinero,

ni á importar efectos de verdadera riqueza positiva, y sí á extraer

el poco numerario en circulación, vendiendo un par de centenares de

latas de comestibles y algunas varas de toscas telas.

Se dirá ¿y en qué consiste lo expuesto? Pues es muy sencillo, con

una buena carta á la vista del Océano Pacífico que comprenda desde

las costas de China hasta el estrecho de Malaca, se deducen las

consecuencias de aquella real al par que triste verdad.

Las fabulosas riquezas que esparcieron en los Estados-Unidos, los

veneros de oro de los, _placeres_ de California, hicieron que lo que

al principio fueron chozas, fueran luego casas, convirtiéndose estas

más tarde, en verdaderas calles de palacios, emporios de riqueza y

de tráfico, acariciando bien pronto las brisas del Océano Pacífico,

ciudades tan ricas y populosas como lo es San Francisco.

Abiertos que fueron en el Pacífico los puertos de las costas de

América y del Japón, y estando enclavados aquellos en resguardadas y

bien situadas bahías, habiendo en ellos magníficos y bien surtidos

almacenes de efectos navales, con que reponer las frecuentes

averías que se experimentan en las regiones polares, y sobre todo,

representando aquellos puertos fáciles y frecuentes comunicaciones,

al par que económicos expendios en las faenas de carga, descarga y

almacenaje, claro es, que á ellos habían de ir las naves, abandonando

las Marianas, en donde no encontraban las anteriores ventajas. El

puerto de Guajan á más de encontrarse á siete millas de la ciudad,

es poco seguro por los numerosos bancos madrepóricos que lo salpican

por do quier, haciendo peligroso el anclaje y estadías. Encontrándose

San Luís de Apra, que es el nombre del puerto, á una distancia tan

considerable de la población, y estando el único camino que la pone

en comunicación con aquel, constantemente interrumpido por estrechas

lengüetas, los tránsitos son difíciles y pesados. Agregado á esto,

que no se comprendió á su tiempo el negocio que reportaban las

invernadas balleneras, instalando almacenes bien provistos, y que la

carencia absoluta de estos originaba la falta de competencia, siendo

por lo tanto la consecuencia necesaria que los poquísimos productos

se vendieran á precios subidos, puesto que la necesidad por parte

del comprador y la escasez por la del tenedor, eran los elementos de

aquellas transacciones, que poco á poco habían de dejar de operarse,

á medida que fueron abriéndose otros puertos en que al par del abrigo,

se encontraban almacenes, tráfico y comunicaciones.

Hoy en Marianas no toca más que algún que otro barco, que lo lleva

hasta allí la persecución de la ballena blanca ó sea jorobada, que en

sus excursiones de las regiones glaciales suele llevar ese rumbo. De

tarde en tarde, toma puerto algún barco que en la travesía de América

á China hace _arribada_, por efecto de avería ó falta de víveres.

Respecto á la importancia de las islas como cuestión política [5]

nos extenderemos poco, pues solo con decir que encontrándose situadas

lejos de estrechos, cualquier barco puede establecer su demora fuera

de sus horizontes, y aun hacer aguadas y tomar puerto, puesto que

los tienen en muchas de las islas del Norte que están deshabitadas

y en el numeroso grupo que al Sur forma el Archipiélago carolino, en

el cual no solamente se encuentran buenos y seguros lugares para el

anclaje, sino que también puede recorrerse las islas sin ningún género

de temor, pues el carolino á más de ser completamente inofensivo, es

muy servicial y brinda al que llega hasta su tosca choza con cuantos

recursos dan sus bosques y cuantos servicios están á su alcance.

Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas · 第 36 / 39 题