Reducción de vecindario en las Marianas.--Islas habitadas.--Rota.--Su
población.--Promesa religiosa.--Comercio y agricultura.--Antiguas
invernadas.
Entre los que no conocen las islas Marianas corren una porción de
versiones, que si en otro tiempo fueron apreciables, hoy no lo son
bajo ningún aspecto, ni material, ni moral, ni político.
Nosotros, que sin descanso hemos recorrido el pequeño territorio
que comprende la isla de Guajan, única que hoy tiene alguna vida,
por más que esta sea bien raquítica y efímera; nosotros, que hemos
contemplado lo mismo las escasas ondas del Asang, que los panoramas
que se desarrollan desde las mesetas de Santa Agueda; nosotros,
que los recuerdos de las islas no son tan intensos que nos empujen,
ni á la parcialidad exagerando lo que no hay, ni vituperando lo que
existe; nosotros, en fin, que la única norma que guía nuestra pluma
es la absoluta verdad, vamos á emitir nuestra opinión, opinión que
no es hija del capricho, sino legítima conclusión de muchas horas
de estudio interrogando cartas, libros y manuscritos. La opinión
nuestra, por lo tanto, no es el más ó menos juicioso raciocinio de
la apreciación, sino la síntesis de la historia de aquellas regiones.
Al establecimiento de la primera misión nos encontramos con
una población que hacen subir á 100.000 almas; hoy, según los
últimos datos estadísticos que tenemos á la vista tanto civiles
como eclesiásticos, dan el siguiente resultado: Islas habitadas,
Guajan, la cual tiene 5.914 almas; Rota, con 352, y Saipan, con 872;
advirtiendo, que los habitantes de Rota están haciendo gestiones para
trasladarse á Guajan, y los de Saipan en su mayoría son carolinos que
los azares de sus guerras y la penuria y miseria los han arrojado de
sus islas. Saipan quedará deshabitada tan luego puedan regresar los
carolinos al suelo nativo.
Como dato curioso, que habla muy alto acerca de la pobreza en que
están sumidos los pocos habitantes de Rota, viniendo á explicar el
por qué proyectan, como por último sucederá, el ir á Guajan, podemos
citar el siguiente. En el siglo pasado, fué la isla de Rota testigo
de una grandísima calamidad, que sumió á todos los habitantes en una
profunda consternación. En los libros canónicos de la isla de Rota y
garantida por la firma de un virtuoso recoleto, se registra un acta en
que se consigna que sobre la isla se desarrolló un horroroso fenómeno
marítimo. Los efectos de este fenómeno duraron mucho tiempo, ofreciendo
durante el peligro los habitantes de Rota, que constantemente habían de
alumbrar á la Virgen cinco luces, promesa que religiosa y puntualmente
se ha venido cumpliendo hasta estos últimos años, en que la furia de
un tifón redujo á escombros casi todos los edificios, sumiendo en tal
miseria á sus habitantes que ni aun la promesa se cumple en el día,
viviendo aquellos en su generalidad, gracias á la prodigalidad de un
suelo en que se crían árboles como el del _pan_ y raíces farináceas
de gran alimento.
La pobreza y aislamiento en que se encuentran Saipan y Rota, serán
causa de que en época no muy remota, se unan sus habitantes con los
de la capital.
Apenas se concibe cómo islas que contaban 100.000 almas, hayan venido
decreciendo hasta hoy, que en un todo, dan el resultado de 7.138.
Respecto á la riqueza de su suelo, ya hemos visto es fértil cual lo
es en su generalidad todo aquel que se encuentra situado en zonas
intertropicales; mas la riqueza del suelo de Marianas so pena de una
transformación radical, imposible de llevar á cabo sin cuantiosos
caudales, no es productivo, puesto que atendida la situación de las
islas y las distancias que las separan de continentes comerciales,
el rendimiento del producto no compensa el gravamen que le impone el
gasto de transporte, aparte de las eventualidades de carga y descarga
y las consiguientes averías que traen en pos de sí la generalidad
de los productos agrícolas; buen ejemplo de esto tenemos en la
actualidad, en que una sociedad fomentadora del suelo se constituyó
en Agaña, con cuantos elementos son precisos para el desarrollo de
una idea mercantil; en ella contaban con dinero, protección, brazos,
herramientas, y un suelo virgen como palenque de sus trabajos. Las
acciones á precio de 500 pesos se tomaron, la sociedad principió
á funcionar y á pesar de la abundancia del producto terruño, el
producto metálico en los balances de inspección debió ser negativo,
pues á ciencia cierta sabemos solo se han repartido dividendos
pasivos entre los accionistas, llegando el desaliento en estos,
hasta el punto que hoy no tienen precio las acciones por falta de
cotización y por consiguiente de demanda.
Se nos dirá. El suelo es susceptible de dar inmejorables
productos. Bien, es cierto, pero no lo es menos, que más cerca,
en donde existen comunicaciones y adonde por lo tanto, tan luego se
presentara el producto se establecerían transacciones, y en donde la
oferta se uniría á la demanda, se ven dilatados terrenos incultos,
con los mismos gérmenes de riqueza y de las mismas condiciones
productoras que los de Marianas.
El que viene de esas mismas islas y entra en el Estrecho de San
Bernardino, verá desde la pequeña peña que le da nombre, hasta el
fondeadero de Manila, extensas y dilatadas islas que tienen un suelo
tan fértil como el de Marianas y por consiguiente de preferente
atención, puesto que la riqueza agrícola es igual y el producto
líquido por razón de situación, y siguiendo la comparación ha de
ser exorbitante.
La riqueza del suelo de Marianas no la negamos, y la admitiríamos como
positiva, si por ejemplo, sus magníficos y abundantes cageles, sus
campos de maíz y sus bosques de cocotales estuvieran á pocas leguas
de un mercado á que abastecer, lo que no sucede dada la situación
del suelo en que aquellos productos fructifican.
Esto respecto al suelo materialmente considerado.
Dicen algunos. ¡Ah! ¡las islas Marianas, magníficas posesiones, de
grandísima importancia por las célebres invernadas de los balleneros! A
estos, les diremos únicamente que abran el registro del puerto de
Guajan y se encontrarán, que en efecto, es cierto tuvieron las islas su
apogeo como descanso de esos valientes hijos del mar, y que hubo año
que hicieron recalada en los puertos de Guajan, 80 y hasta 100 barcos
mayores; pero al volver algunas hojas del registro, progresivamente
irán viendo el descenso que desgraciadamente ha sufrido, tanto que el
año 1870, solo _anclaron ¡cuatro!_ barcos balleneros, y esos más valía
no lo hubieran hecho, pues hoy el ballenero que toma el puerto de San
Luís de Apra, participa de pirata y corsario, no yendo á dejar dinero,
ni á importar efectos de verdadera riqueza positiva, y sí á extraer
el poco numerario en circulación, vendiendo un par de centenares de
latas de comestibles y algunas varas de toscas telas.
Se dirá ¿y en qué consiste lo expuesto? Pues es muy sencillo, con
una buena carta á la vista del Océano Pacífico que comprenda desde
las costas de China hasta el estrecho de Malaca, se deducen las
consecuencias de aquella real al par que triste verdad.
Las fabulosas riquezas que esparcieron en los Estados-Unidos, los
veneros de oro de los, _placeres_ de California, hicieron que lo que
al principio fueron chozas, fueran luego casas, convirtiéndose estas
más tarde, en verdaderas calles de palacios, emporios de riqueza y
de tráfico, acariciando bien pronto las brisas del Océano Pacífico,
ciudades tan ricas y populosas como lo es San Francisco.
Abiertos que fueron en el Pacífico los puertos de las costas de
América y del Japón, y estando enclavados aquellos en resguardadas y
bien situadas bahías, habiendo en ellos magníficos y bien surtidos
almacenes de efectos navales, con que reponer las frecuentes
averías que se experimentan en las regiones polares, y sobre todo,
representando aquellos puertos fáciles y frecuentes comunicaciones,
al par que económicos expendios en las faenas de carga, descarga y
almacenaje, claro es, que á ellos habían de ir las naves, abandonando
las Marianas, en donde no encontraban las anteriores ventajas. El
puerto de Guajan á más de encontrarse á siete millas de la ciudad,
es poco seguro por los numerosos bancos madrepóricos que lo salpican
por do quier, haciendo peligroso el anclaje y estadías. Encontrándose
San Luís de Apra, que es el nombre del puerto, á una distancia tan
considerable de la población, y estando el único camino que la pone
en comunicación con aquel, constantemente interrumpido por estrechas
lengüetas, los tránsitos son difíciles y pesados. Agregado á esto,
que no se comprendió á su tiempo el negocio que reportaban las
invernadas balleneras, instalando almacenes bien provistos, y que la
carencia absoluta de estos originaba la falta de competencia, siendo
por lo tanto la consecuencia necesaria que los poquísimos productos
se vendieran á precios subidos, puesto que la necesidad por parte
del comprador y la escasez por la del tenedor, eran los elementos de
aquellas transacciones, que poco á poco habían de dejar de operarse,
á medida que fueron abriéndose otros puertos en que al par del abrigo,
se encontraban almacenes, tráfico y comunicaciones.
Hoy en Marianas no toca más que algún que otro barco, que lo lleva
hasta allí la persecución de la ballena blanca ó sea jorobada, que en
sus excursiones de las regiones glaciales suele llevar ese rumbo. De
tarde en tarde, toma puerto algún barco que en la travesía de América
á China hace _arribada_, por efecto de avería ó falta de víveres.
Respecto á la importancia de las islas como cuestión política [5]
nos extenderemos poco, pues solo con decir que encontrándose situadas
lejos de estrechos, cualquier barco puede establecer su demora fuera
de sus horizontes, y aun hacer aguadas y tomar puerto, puesto que
los tienen en muchas de las islas del Norte que están deshabitadas
y en el numeroso grupo que al Sur forma el Archipiélago carolino, en
el cual no solamente se encuentran buenos y seguros lugares para el
anclaje, sino que también puede recorrerse las islas sin ningún género
de temor, pues el carolino á más de ser completamente inofensivo, es
muy servicial y brinda al que llega hasta su tosca choza con cuantos
recursos dan sus bosques y cuantos servicios están á su alcance.