La plaza de Agaña.--La iglesia.--El monte de Santa Rosa.--La
atalaya.--El reloj de Agaña.--Faro original.--Vida en Marianas.--Casas,
huertas, cultivos, ríos.--Vegetación de Oriente.--El árbol
del pan, y el _dug-dug_.--Cageles.--La isla de Pagan.--Riqueza
perdida.--Desconocimiento del país.--Reputaciones usurpadas.--En tierra
de ciegos..--Hormigas coloradas y ratas.--Los caballos y las _auroras_.
A poco de pasar el viajero el pequeño puente de madera de Asang, y
dejar á su espalda la tajada roca, por cuyo granítico plano vierten
los vecinos montes cristalinas aguas, que la previsión del natural
detiene en tanques de piedra, se divisan las primeras casas de la
ciudad de Agaña, presentando su entrada una espaciosa calle formada
en su mayoría de pequeños edificios de tabla y teja, entre los cuales
sobresalen algunos de piedra y otros de cogon y palma.
El conjunto de la ciudad que se encuentra enclavada entre los arrecifes
de la playa, y el extenso monte de verdura que corre de Norte á Sur,
á cuya falda termina la línea de construcción es limpio y alegre.
Siguiendo la igual y espaciosa calle que tiene por continuidad el
camino del puerto, se llega á la plaza, en la cual, y tomando á la
derecha se encuentran en línea, la casa-administración, el presidio,
el llamado palacio, ó sea morada del Gobernador, el parque y los
almacenes de la plaza; todos estos edificios son espaciosos y de
sólidos materiales. La banda de la izquierda la componen pequeñas
casas y edificios en construcción, que según supimos se destinan para
Tribunal y Escuela.
El frente de la plaza, siguiendo la dirección que hemos tomado,
lo ocupa en primer término la iglesia, el cementerio y la casa
parroquial; cerrando el perímetro, el Colegio de San Juan de Letrán,
con las escuelas y dependencias.
La plaza de Agaña, compendia la vida de Marianas; el dolor tiene
su morada, como lo tiene el poder, la religión y el saber. Allí, la
cruz que se alza entre la revuelta maleza que crece en el misterioso
mundo de los muertos, recuerda la memoria de pasadas generaciones;
las sombrías rejas del presidio, señalan en sus dobles hierros,
la satisfacción que da á la tranquilidad individual, la pública
vindicta; la campana que á la oración de la tarde, pesadamente dobla
sus bronceados ecos, indica en la religión, el más allá que enseña
el santo suelo sobre el que se eleva el pardusco torreón, á cuyos
cimientos se aquilata la pequeñez de la vida, en la amarga verdad de
una tumba que carcome el tiempo, y una cruz que pudren las aguas,
únicos y miserables girones de los recuerdos, que cual el sér que
cubrieron, bien pronto pasarán al polvo y al olvido.
La iglesia que está contigua al cementerio, es tan modesta como poco
espaciosa, la compone tres pequeñas naves, el coro y una tribuna
cerrada de reciente construcción. Lo que constituye la dotación
del culto externo, mas que pobre, es escaso; la ornamentación es
churrigueresca, y el busto estatuario, tanto en líneas, como en
expresión y detalles, es detestable.
Contigua á la iglesia, y comunicando con el altar mayor, está la
sacristía, en la cual hay un retrato del Padre San Vítores, y otro
del lego Bustillos.
Como edificios, no recordamos ningún otro de los enunciados, que
merezca la pena de ser citado, pues si bien hay en el cerro de Santa
Rosa, y en la entrada del canal, pequeños fuertes, estos, ni por su
fábrica, ni por las máquinas que resguardan tienen nada de particular,
á no ser el pintoresco y bellísimo paisaje que desde ellos se domina.
En lo que se llama la Atalaya, _vigilan_ cuatro hombres de la dotación
el desierto mar, al par que son los encargados de comunicar al pueblo
la hora en que vive.
La falta de máquinas supliendo la abundancia de brazos.
El _engranaje_ del reloj de Agaña lo constituye un complicadísimo
servicio, y una vigilancia á prueba de _segundos_.
Analicemos la máquina.
El Gobernador de Marianas tiene, es decir, es de presumir tenga reloj,
pues si no lo tuviera no hay caso, en la época que estuvimos allí
lo había porque lo tenía: dicho reloj daba sus campanadas regulares,
llegando difícilmente al oído de un centinela que perennemente está
bajo el bronce de la esquila, para que otro _minutero_ viviente, que
incesantemente escucha desde la Atalaya, diga al pueblo de Agaña en el
bronce de una campana, mayor que la que le da el aviso. _Caballeros,_
según me acaba de decir mi compañero de _abajo_, son las ocho en el
reloj del Gobernador.
Excusamos manifestar los conflictos que pueden originar el día en
que el ama de _llaves_, deje de usar la destinada á la _alimentación_
del reloj _municipal_.
El Gobierno, no solamente _da_ la hora, sino que también la dirección
á las bancas y botes.
Y aquí necesitamos dar otra explicación.
Una tarde en que paseaba con mi buen amigo el Padre Ibáñez, por
delante de la línea de verdura que se extiende desde el colegio
á la administración, observé que el Padre, siempre que pasábamos
frente al Gobierno, miraba con detención el hueco del balcón que
media el edificio. En una de las vueltas, la impaciencia fué mayor;
se paró, y enfadado hasta donde se puede enfadar el buen Padre,
exclamó:--¡Caramba con D. Luís, que se empeña en no encender el
faro!--Gracias á Dios--exclamé,--que ya he oído algo que corresponda
al pomposo título de ciudad que lleva Agaña;--mas al observar que
por ningún lado veía torre ni torreón, no pude menos de interrogar al
Padre, á fin de que me mostrara dónde estaba situado el aparato.--El
aparato--me replicó con tono amargo mi compañero de paseo,--que
no es ninguna vulgaridad, está allí;--y me señaló el hueco de la
ventana.--No veo nada,--repliqué.--Pues porque no ve V. nada, es por
lo que dije que D. Luís no encendía el faro, y el faro, hijo mío,
no es más ni menos que un farol que se cuelga en aquella ventana,
que como V. ve corresponde con el puerto.
El cigarro que fumaba se me cayó de la mano, y yo no sé cómo no me
caí de espaldas. ¡Un faro de cuatro _tinsines_ que _viven muriendo_
tras las telarañas que adornan los vidrios de un farol!
Lo del faro de Agaña y lo del reloj es preciso ponerse serio para que
lo crean; pero qué quieren ustedes, la verdad nunca puede ser más que
una, y aunque las verdades respecto á Marianas, las que se saben lo
son de seis á seis meses en Manila y en Madrid quizás nunca, de aquí
la incredulidad que á nuestros lectores despertarán nuestras líneas.
Sigamos describiendo la isla de Guajan.
La población de Agaña ya hemos dicho es espaciosa y limpia; el
estar enclavada en terreno arenisco y gozar de las vertientes del
monte á cuya falda se asienta, constituyen una de las condiciones
que determinan el aseo que en ella predomina; el monte suministra
en las aguas que vierte cantidad bastante para ahogar el polvo, no
originando sucios charcos el suelo por su esencia arenisca al par
que la compacta superficie que lo forma.
En uno de los extremos de la ciudad, pasado el Colegio, hay unos
terrenos pantanosos llamados _Cienaga,_ de donde nace un pequeño
arroyo que serpentea por la misma playa y del cual se sirven los
naturales. Sobre este arroyo hay un sólido puente de piedra que pone
en comunicación la playa con el pueblo. Todas las casas de este tienen
entre sí una proporcional separación dividida por empalizadas de caña.
Estas empalizadas resguardan árboles arbustos y malezas, y en algunas
que el dueño es cuidadoso se ven verdaderos huertos, en que al lado
del rústico cenador crece la parra, á cuyo tronco trepan los tallos
de las sandías con las que se mezclan las doradas hojas de la piña
y las mazorcas del maíz.
La horticultura, tanto en Marianas como en todo el Archipiélago
filipino, podría ser mucho más completa de lo que es. Una buena
inteligencia combinada con un suelo virgen y una atmósfera impregnada
periódicamente y por horas de humedad y calor, no es posible dejara
de encontrar en raros productos verdaderas fuentes de riqueza.
En pequeño hemos tenido ocasión de ver más de una vez realizada la
verdad que las anteriores líneas encierran, contemplando algunos
cuadros convenientemente abonados y preparados, dar resultado gran
variedad de semillas de Europa; es verdad que para esto se necesita
cuidado y conocimiento; pues es probado que la primera semilla es la
que fructifica con todos los caracteres que distinguen sus frutos,
los cuales desmerecen visiblemente á medida que las semillas son de
frutos ya criados en el país. La sucesión de cosechas y el uso de sus
semillas si no se reemplazan, concluyen por matar el producto nativo,
sustituyéndolo por otro que ni en sabor, formas, ni dimensiones se
le asemeja.
En los cercos de Agaña y en los pueblos limítrofes, como en sus
barrios de Anigua, Asang y Tepungang, hemos visto cultivarse algunas
hortalizas con buenos resultados. El éxito de la fructificación,
sobre todo en pequeñas plantas, es debido sin duda alguna á las
magníficas condiciones de su cielo, combinadas con la manera de ser
de su suelo. Las alturas de la isla de Guajan, por su aislamiento
en medio del Océano, son un punto de atracción al cual afluyen las
nubes vertiendo sus aguas los frecuentes chubascos que se forman en
aquellas latitudes. La constante al par que pasajera caída de aguas,
mezclada con la fuerza de calórico, originan en el suelo un flujo y
reflujo de absorciones y emanaciones acuosas, altamente convenientes
para la semilla y el tallo. La latente humedad que originan las
intermitencias de calórico y agua es sumamente sensible dando las
observaciones higrométricas un resultado apenas concebible; humedad que
parece imposible no quebrante la salud, lo que se explica únicamente
recordando las brisas que refrescan la isla de playa á playa y que
moderan la percepción del calórico que marcan los termómetros. La
columna del centígrado fluctúa entre los 14 á los 33°, siendo la
ordinaria situación la de 22 á 28.
La frecuente caída de aguas tienen en curso una porción de riachuelos
que salpican la isla, sobre todo en su parte Sur, que es la más
baja. Pueden citarse entre aquellos por la bondad de las aguas que
encauzan en un lecho de menuda arena, los nombrados Asang, Margüe,
Mazo, Agat, Finili, Talasfac, Bili, Paparguan, Dandan y otros muchos,
sobresaliendo entre todos, tanto por la cantidad de agua como por sus
permanentes corrientes, los nombrados Tarafofo, Ilic y Pago, los cuales
y principalmente el primero merece el nombre de río, pues los demás,
atendiendo á su nacimiento y al caudal de sus corrientes, más que ríos
son verdaderas vertientes de las cordilleras que accidentan la isla.
De las muchas corrientes de aguas dulces filtradas por las masas de
caliza, arena y piedra pomez, elementos que con la greda constituyen
el componente del suelo de Guajan, se proveen las necesidades de
sus habitantes, los cuales se precaven de las sequías con pozos de
estanque, á los cuales se baja por rampas ó escaleras abiertas en la
misma materia caliza que forma la base de la isla, según se ve á los
pocos golpes de piqueta.
Las hojas que constantemente caen de los árboles forman al mezclarse
con la arcilla y la greda el _humus_, excelente abono, semejante en
sus fuertes materias fructificantes al _guano_ de ciertas regiones
americanas.
Todo cuanto digamos de la vegetación intertropical será pálido, es
preciso verla para comprender su belleza en todo su valor; apropósito
de esto, recordaremos lo que ha tiempo decíamos á un amigo querido de
la Península. En la vegetación de estas regiones, decíamos, es donde
se verifica la alegoría pagana del terrible castigo de Prometeo, ó
mejor dicho, donde se admira la magnífica realización de la mitológica
fuente Canatos, donde Juno recobraba la virginidad; aquí, añadíamos,
la hoja del árbol no cae seca y marchita; aquí se rinde por el tiempo,
mas no por falta de lozanía, dejando en su caída, no un tallo seco
y mustio, sino una hermosa gemela, heredera de su juventud, de sus
brillantes colores, de su pureza y de su jugo.
Esta es la vegetación en el Oriente.
Las masas de hojas que incesantemente arremolinan á su pie la
diversidad de árboles, plantas y arbustos, forman en muchos parajes de
la isla gran abundancia de _humus_ que se aprovecha convenientemente,
por más que se preste á una explotación más viva y positiva que la
que se le da en la actualidad.
Sin embargo de las excelencias de la vegetación de Marianas, es de
notar la escasez de árboles de grandes proporciones, pudiéndose citar
como los únicos susceptibles de dar regulares piezas, el _ifil_ y el
_palo-maría,_ figurando en segunda escala el _yoga_ el _yagunlago,_
el _fago_, el _chopag,_ el _puting_, el _pengua_, el _balinago_
y algunos otros, los cuales producen resinas, materias colorantes,
cuerdas, aceites, tejidos y hasta mortíferos jugos, que emplean los
carolinos para envenenar sus armas.
Los verdaderos árboles de importancia positiva en el día, son la
_rima_ y el _dug-dug;_ ambos son de grandes dimensiones, criándose con
una prodigalidad y abundancia asombrosa; no requieren gran cuidado,
elevándose lo mismo en las grietas de la peña que en los abonados
campos del llano.
La fruta de la rima se asemeja al melón, es sana, nutritiva,
agradable al paladar y susceptible de larga conservación con solo
cocerla y guardarla en lugar seco. A la rima se la conoce con el
nombre del _árbol del pan,_ y no se puede dar un calificativo más
adecuado y preciso. El fruto del dug-dug es un variante del de la
rima, diferenciándose en el tamaño, que es más chico, y en el sabor,
en que sobresale el mucho dulce que contienen sus jugos, razón por
la que, y por tener la rima materias farináceas mucho más nutritivas
que las de aquel, la hacen preferible. Ambos árboles suministran en
sus troncos piezas para toda clase de construcciones.
Para completar los productos del suelo, no podemos menos de recordar
la variedad de cageles, de los cuales los hay de unas proporciones
exorbitantes, siendo dignos de citarse asimismo los algodoneros. De
estos últimos se va generalizando su plantación: hemos visto muestras
de algodones de Guajan y nos han parecido inmejorables. En la fecha en
que escribimos, se espera el resultado de una pequeña exportación de
aquel artículo que como prueba se remitió á Barcelona y al Japón. Según
datos que hemos podido reunir de colonos del país, pasan de millón
y medio de troncos los que hoy existen de algodón, procedentes en su
generalidad de semillas importadas de las islas Sandwich; notándose en
la plantación de este artículo un aumento notable, puesto que según los
estados de la riqueza agrícola de Marianas, hechos el año 1843, por
su Gobernador D. Gregorio Santa María, solo había unos 60.000 troncos.
Maíz,_palay, mongos_, añil, plátanos, piñas, _sibucao_, abacá,
tabaco, resinas, materias colorantes y caña dulce, completan el
cuadro de la riqueza de aquellas islas, riqueza que como ya hemos
dicho, ni tiene estímulo en su fomento ni en su cultivo, por luchar
con los inconvenientes de la distancia, la falta de transacciones y
la casi nula exportación, por causa de lo caro del flete y escasez
de comunicaciones.
El suelo de Guajan mineralógicamente considerado, presenta poquísima
importancia: sin embargo, algunos pozos se han abierto ante la
presencia de capas carboníferas de mineral bastante bueno. La
explotación minera, aunque desde luego podemos asegurar, sin temor
de equivocarnos, teniendo en cuenta la constitución de su suelo que
sería casi nula, está circunscrita como todo lo que se refiere á
Marianas á ligerísimos ensayos.
Entre la diversidad de animales que se crían en las islas, figura en
primer término el venado; el número que de estos se matan al cabo del
año, es verdaderamente fabuloso; su carne se aprovecha no solamente en
fresco, sino que también, en preparadas salazones, llamadas _tapas_,
de las que se hace mucho consumo.
La vaca, el carabao, la cabra, el jabalí de monte, el casero y
el llamado mantequero, abundan bastante en aquellas regiones;
habiendo asimismo jabalíes y venados en grandísimo número, en las
islas del Norte, principalmente en Agrigan y Saipan, en donde se
comprende perfectamente su fomento, teniendo en cuenta lo escaso de la
persecución, y los millones de cocos que la falta de beneficio deja
en abandono, cayendo de la palma al empuje de otra cosecha, que á su
vez caerá como la primera en fuerza de la madurez ó de los fuertes
vientos, para servir de alimento á los animales ó para pudrirse con
el tiempo y las aguas.
La isla de Pagan creemos podría sujetarse á una productiva
especulación, pues son tantísimos los cocales sin beneficio que se
crían, que toda la isla es un bosque de aquella palma.
Dicha isla está deshabitada, como todas las demás que se extienden
hasta el peñón de las Urracas, y no nos extraña dejen de aprovecharse
las magníficas salazones que podrían sacarse de los venados y jabalíes
de Saipan, como las miles de pipas de aceite que podrían cosecharse
en la de Pagan y el sinnúmero de limones que suministran los bosques
de Tinian, puesto que, habrá muy poquísimos _mortales_ que conozcan,
no los nombres de aquellas islas, sino siquiera el que existan los
expresados centros de riqueza.
Las islas Marianas han sido muy poco visitadas; tanto es así, que
un individuo de los más conocedores del Archipiélago, no ha mucho
nos aseguraba con gran formalidad, que las formaban tres pequeños
islotes. Cuando dicho individuo que se cree una eminencia, y que
lleva en el país veinte años, no conoce ni aun el nombre de una de
aquellas islas, los demás no están en el caso de saber que hay limones
en Tinian, cocos en Pagan, y venados en Saipan.
Cuando hacemos ciertas reflexiones y consideramos algunas
_eminencias_, no podemos menos de recordar una célebre frase de
un chispeante escritor: decía este, refiriéndose á un amigo suyo,
que el mejor negocio que podía hacerse, sería comprarlo por lo que
valía, y luego venderlo por lo que él se creía valer; á ser posible
semejante transacción mercantil, la pondríamos en planta en Filipinas,
en donde mejor que en parte alguna se habían de encontrar productivas
_facturas_.
Sirva de modelo y aunque de _escaleras abajo,_ la siguiente anécdota:
No há muchas noches que mi espíritu observador me llevó á la puerta
de un establecimiento de refrescos; tomé asiento, y no bien había
saboreado los primeros sorbos de una limonada, escuché el siguiente
diálogo que salía de un grupo próximo adonde yo estaba.
--Vamos, D. Juan, ¿cómo van esos ensayos?
--Así, así; quise hacer el _Sí de las niñas,_ pero razones especiales
me lo han impedido; después he principiado los ensayos del _Don Simón_
y otras zarzuelitas, para las cuales tengo _encargada_ una caviteña
que da la hora.
--Sí, ¿eh? con que una caviteña, dijo uno, y ¿quién es? replicó otro,
y por supuesto, que será maestra, añadió un tercero.
--Ya lo creo, dijo el D. Juan ahuecando la voz y haciendo un gesto
muy pronunciado, como que gasta botitas, canta villancicos y sabe
algún que otro _cundiman_; verdad es que no es bonita, que no tiene
accionado, que no sé si ha trabajado en toda su vida, y que habla muy
incorrectamente el español; pero ¡qué demonio! tengo _dama_, y sobre
todo, caballeros, no me _lleva_ como la que se ha ido, _cincuenta_
pesos por función, contentándose solo con _veinticinco_.
No quise oir más, dí una moneda y ni aun esperé el
cambio, ¡¡¡Veinticinco pesos por gastar botitas y no hablar
español!!! ¡¡¡Veinticinco pesos por noche!!! Lo que no ganaba ese gran
genio de la escena, esa colosal figura de las tablas, esa encarnación
del pensamiento de Shakespeare y Ventura de la Vega, joya del arte que
con su muerte se llevó á la tumba el _Sullivan_ y _El hombre de mundo,_
obras que jamás volverán á interpretarse cual lo hacía Julián Romea.
A la turquesa á que se adaptan las anteriores reflexiones, se
relacionan la generalidad de las vivientes _hechuras_ que andan por
esas calles de Dios respirando ciencia y saber.
La pícara afición á las digresiones, más de una vez nos lleva fuera
de Marianas, bien es cierto que aquellas islas son parte integrante
de Filipinas y escribimos á la sombra de las conchas de su capital.
Volvamos á las Marianas.
El suelo de Guajan en relación con el mundo animal, tiene una verdadera
especialidad digna de llamar la atención, cual es no ser conocida
ninguna clase de culebras; esto da al natural una gran seguridad en
la vida de campo, como asimismo hace innecesarias en los que recorren
las islas ciertas precauciones propias de los países en que se crían
aquellos reptiles. La hormiga colorada y las ratas, en cambio son muy
abundantes, siendo verdaderos enemigos de los productos del suelo;
á pesar de esto no se crean las extravagancias y exageraciones que
respecto á las ratas de Marianas se cuentan, pues la abundancia á que
aludimos podrá ser un mal, mas no una calamidad de las proporciones
dadas por algunos.
Aquí hemos de hacer una pequeña parada, pues en lo de las ratas
sucede lo mismo que con otras muchas cosas de aquellas islas. A
nuestra salida para Marianas, gran número de amigos y algunos que
no lo son, pues en eso de encargar no hay peligro, por más que uno
se reserve la filosofía del _tú pitarás_ del cuento, me pidieron les
trajera caballos y _auroras_; llegue á Guajan, y francamente, creía
que los caballos andarían precio de _ramal_ y las auroras á coste
de paseo, pero ... ¡que si quieres! en toda la isla había solamente
dos caballos de los que pedían, y estos traídos á alto precio de
América; en cuanto á auroras me dijeron que si esperaba al mes de
Julio, es posible, aunque no respondían, que por unos doscientos
pesos se podría comprar algún par.
Esto me decían en Marianas; en cambio en Manila se cree todo lo
contrario, no solamente respecto á la adquisición de esos bonitos
ejemplares de la conchología, llamados en el lenguaje vulgar por su
color rosado, auroras [4] sino que también refiriéndose á un sinnúmero
de costumbres, cosas y objetos que luego resultan completamente
inexactas.