Fuera del portal, y vuelta á los atisbos. «Sale ahora el chico de
Cuevas, afanadillo y presuroso. ¿Á dónde irá?... Busca, hijo, busca, que
ya te lo pagará doña Pura con una copita de moscatel... Pues la
bobalicona de Milagros estará con el alma en un hilo, porque la infeliz
me quiere... Es natural; ha vivido conmigo tantos años y ha comido mi
pan... Y si vamos á poner cada cosa en su punto, también Pura me
quiere... á su modo, sí. Yo también las quise mucho; pero lo que es
ahora, las aborrezco á las dos, ¿qué digo á las dos?, á las tres, porque
también mi hija me carga... Son tres apuntes que se me han sentado
aquí, en la boca del estómago, y cuando pienso en ellas, la sangre
parece que se me pone como metal derretido, y la tapa de los sesos se me
quiere saltar... ¡Vaya con las tres _Miaus_!... ¡Bien haya quien os puso
tal nombre! No más vivir con locas. ¡Vaya por dónde le dió á mi dichosa
hijita! ¡Por enamoriscarse de Víctor!... Porque, ó yo no lo entiendo, ó
aquello era amor de lo fino... ¡Qué mujeres, Dios santo! Prendarse de un
zascandil porque tiene la cara bonita, sin reparar... Y que él la
desprecia, no hay duda... Me alegro... Bien empleado le está. Chúpate
las calabazas, imbécil, y vuelve por más, y cásate con Ponce...
Francamente, si uno no se suprimiese por salvarse de la miseria, debiera
hacerlo por no ver estas cosas».
Como observara luz en el gabinete, se encalabrinó más: «Esta noche,
Purita de mis entretelas, no hay teatrito, ¿verdad? Gracias á Dios que
está usted con la pierna quebrada. ¡Jorobarse!... Ya la veo á usted
arbitrando de dónde sacar el dinero para el luto. Lo mismo me da.
Sáquelo usted... de donde quiera. Venda mi piel para un tambor ó mis
huesos para botones... ¡Magnífico, admirable, deliciooooso!...»
Al decir esto vió á Mendizábal en la puerta, y éste, por desgracia, le
vió también á él. Grandes fueron la alarma y turbación del anciano al
notar que el memorialista le observaba con ademán sospechoso. «Ese
animal me ha conocido y viene tras de mí», pensó Villaamil deslizándose
pegado al muro de las Comendadoras. Antes de volver la esquina, miró, y,
en efecto, Mendizábal le seguía paso á paso, como cazador que anda
quedito tras la res, procurando no espantarla. En cuanto traspuso el
ángulo, Villaamil, recogiéndose la capa, apretó á correr despavorido con
cuanta rapidez pudo, creyendo escuchar los pasos del otro y que un
enorme brazo se alargaba y le cogía por el cogote. Mal rato pasó el
infeliz. La suerte que no había nadie por aquellos barrios, pues si pasa
gente, y á Mendizábal se le ocurre gritar ¡_á ése_!, en aquel mismo
punto hubiera acabado la preciosa libertad del buen cesante. Huyó con
increíble ligereza, atravesando la plazuela del Limón, pasó por delante
del cuartel, temeroso de que la guardia le detuviese, y siguiendo la
calle del Conde-Duque, miró hacia atrás, y vió que Mendizábal, aunque le
seguía, quedaba bastante lejos. Sin tomar aliento, encaminóse hacia la
desierta explanada, y antes que su perseguidor pudiera verle, se ocultó
tras un montón de baldosas. Sacando la cabeza con gran precaución y sin
sombrero por un hueco de su escondite, vió al hombre-mono desorientado,
mirando á derecha é izquierda, y con preferencia á la parte del paseo de
Areneros, por donde creyó se había escabullido la caza. «¡Ah! sectario
del obscurantismo, ¿querías cogerme? No te mirarás en ese espejo. Sé yo
más que tú, monstruo, feo, más feo que el hambre, y más neo que Judas.
Ya sabes que siempre he sido liberal, y que antes moriré que soportar el
despotismo. Vete al cuerno, grandísimo reaccionario, que lo que es á mí
no me encadenas tú... Me futro en tu absolutismo y en tu inquisición.
Jeríngate, animal, carca y liberticida, que yo soy libre y liberal y
demócrata, y anarquista y petrolero, y hago mi santísima voluntad...»
Aunque perdiera de vista al feo _gorilla_, no las tenía todas consigo.
Conocedor de la fuerza hercúlea de su portero, sabía que si éste le
echaba la zarpa, no le soltaría á dos tirones; y para evitar su
encuentro, se agachó buscando la sombra y amparo de los sillares ó
rimeros de adoquines que de trecho en trecho había. Protegido por la
densa obscuridad, volvió á ver al memorialista, que al parecer se
retiraba desesperanzado de encontrarle. «Abur, lechuzo, sicario del
fanatismo y opresor de los pueblos... ¡Miren qué facha, qué brazos y qué
cuerpo! No andas á cuatro pies por milagro de Dios. Joróbate y búscame,
y date tono con doña Pura, diciéndole que me viste... Zángano, neo,
salvaje, los demonios carguen contigo».
Cuando se creyó seguro, volvió á internarse en las calles, siempre con
el recelo de que Mendizábal le iba á los alcances, y no daba un paso sin
revolver la vista á un lado y otro. Creía verle salir de todos los
portales ó agazapado en todos los rincones obscuros, acechándole para
caer encima con salto de mono y coraje de león. Al doblar la esquina del
callejón del Cristo para entrar en la calle de Amaniel, ¡pataplúm!
cátate á Mendizábal hablando con unas mujeres. Afortunadamente, el
memorialista le volvía la espalda y no pudo verle. Pero Villaamil,
viéndose cogido, tuvo una inspiración súbita, que fué meterse por la
primera puerta que halló á mano. Encontróse dentro de una taberna. Para
justificar su brusco ingreso, pasado el primer instante de sobresalto,
fuése al mostrador y pidió Cariñena. Mientras le servían observó la
concurrencia: dos sargentos, tres paisanos de chaqueta corta y cuatro
mozas de malísimo pelaje. «¡Vaya unas chicas guapas y elegantes!--dijo
mirándolas, al beber, por encima del vaso.--Véase por dónde me entran
ahora ganas de echarles alguna flor... ¡yo que desde que llevé á Pura al
altar no he dicho á ninguna mujer _por ahí te pudras_!... Pero con la
libertad parece que me remozo, y que me resucita la juventud... vaya...
y me bailan por el cuerpo unas alegrías... ¡Cuidado que pasarse un
hombre seis lustros sin acordarse de más mujer que la suya!... ¡Qué
cosas!... Vamos, que también me da por beberme otra copa... Treinta años
de virtud disculpan que uno eche ahora media docena de canas al aire...
(Al tabernero.) Déme usted otra copita... Pues lo que es las mozas me
están gustando; y si no fuera por esos gandules que las cortejan, les
diría yo algo por donde comprendiesen lo que va de tratar con caballeros
á andar entre gansos y soldaduchos... Debiera trabar conversación, al
menos para dar tiempo á que desfile Mendizábal... ¡Dios mío, líbrame de
esa fiera ultramontana y facciosa!... Nada, que me gustan las niñas;
sobre todo aquella que tiene el moño alto y el mantón colorado...
También ella me mira, y... Ojo, Ramón, que estas aventuras son
peligrosas. Modérate, y para hacer más tiempo, toma una copita más.
Paisano, otra...»
La partida salió, y Villaamil, calculando con rápida inspiración, se
dijo: «Me meto entre ellos, y si aún está el esperpento ahí, me
escabullo mezclado con estos galanes y estas señoras». Así lo hizo, y
salió confundido con las mozas, que á él le parecían de ley, y con los
militares. Mendizábal no estaba en la calle ya; pero don Ramón no las
tenía todas consigo y siguió tras la patulea, pegado á ella lo más
posible, reflexionando: «En último caso, si el orangután ese me ataca,
es fácil que estos bravos militares salgan á defenderme... Vas bien,
Ramón, no temas... La sacrosanta libertad, hija del Cielo, no te la
quita ya nadie».
Al llegar cerca de las Capuchinas, vió que la alegre banda desaparecía
por la calle de Juan de Dios. Oyó carcajadas de las desenvueltas
muchachas, y juramentos y voquibles de los hombres. Mirando con
tristeza y envidia el grupo: «¡Oh dichosa edad de la despreocupación y
del _qué se me da á mí_! Dios os la prolongue. Haced todos los
disparates que se os ocurran, jóvenes, y pecad todo lo que podáis, y
reíos del mundo y sus incumbencias, antes que os llegue la negra y
caigáis en la horrible esclavitud del pan de cada día y de la posición
social».
Al decir esto, todas sus ideas accesorias é incidentales se
desvanecieron, dejando campar sola y dominante la idea constitutiva de
su lamentable estado psicológico. «Debe de ser tarde, Ramón. Apresúrate
á ponerte punto final. Dios lo dispone». De aquí pasó al recuerdo de
Luis, de quien tan cerca estaba, pues el anciano había entrado en la
calle de los Reyes. Paróse frente á la casa de Cabrera, y mirando hacia
el segundo, soltó en el embozo de su capa estas expresiones: «Luisín,
niño mío, tú, lo más puro y lo más noble de la familia, digno hijo de tu
madre, á á quien voy á ver pronto, ¿qué tal te encuentras con esos
señores? ¿Extrañas la casa? Tranquilízate, que ya te irás acostumbrando
á ellos; son buenas personas, tienen mucho arreglo, gastan poco, te
criarán bien, harán de ti un hombre. No te pese haber venido. Haz caso
de mí que te quiero tanto, y hasta me dan ganas de rezarte, porque tú
eres un santo en flor y te han de canonizar... como si lo viera. Por tu
boca inocente se me confirmó lo que ya se me había revelado... y yo que
aun dudaba, desde que te oí, ya no dudé más. Adiós, chiquillo celestial;
tu abuelito te bendice... mejor sería decirte que te pide la bendición,
porque eres un santito, y el día que cantes misa, verás, verás qué
alegría hay en el Cielo... y en la tierra... Adiós, tengo prisa...
Duérmete, y si eres desgraciado y alguien te quita tu libertad, ¿sabes
lo que haces? pues te largas de aquí... hay mil maneras... y ya sabes
dónde me tienes... Siempre tuyo...»
Esto último lo dijo andando hacia la plaza de San Marcial con reposado
continente, como hombre que vuelve á su casa sin prisa, cumplidos los
deberes de la jornada. Encontróse de nuevo en los vertederos de la
Montaña, en lugares á donde no llega el alumbrado público, y los
altibajos del terreno poníanle en peligro de dar con su cuerpo en tierra
antes de sazón. Por fin, se detuvo en el corte de un terraplén reciente,
en cuyo movedizo talud no se podía aventurar nadie sin hundirse hasta la
rodilla, amén del peligro de rodar al fondo invisible. Al detenerse,
asaltóle una idea desconsoladora, fruto de aquella costumbre de ponerse
en lo peor y hacer cálculos pesimistas. «Ahora que veo cercano el
término de mi esclavitud y mi entrada en la Gloria Eterna, la maldita
suerte me va á jugar otra mala pasada. Va á resultar (sacando el arma)
que este condenado instrumento falla... y me quedo vivo ó á medio
morir, que es lo peor que puede pasarme, porque me recogerán y me
llevarán otra vez con las condenadas _Miaus_... ¡Qué desgraciado soy! Y
sucederá lo que temo... como si lo viera... Basta que yo desee una cosa,
para que suceda la contraria... ¿Quiero suprimirme? Pues la perra suerte
lo arreglará de modo que siga viviendo».
Pero el procedimiento lógico que tan buenos resultados le diera en su
vida, el sistema aquel de imaginar el reverso del deseo para que el
deseo se realizase, le inspiró estos pensamientos: «Me figuraré que voy
á errar el jeringado tiro, y como me lo imagine bien, con obstinación
sostenida de la mente, el tirito saldrá... ¡Siempre la contraria! Conque
á ello... Me imagino que no voy á quedar muerto, y que me llevarán á mi
casa... ¡Jesús! Otra vez Pura y Milagros, y mi hija, con sus salidas de
pie de banco, y aquella miseria, aquel pordioseo constante... y vuelta
al pretender, á importunar á los amigos... Como si lo viera: este
cochino revólver no sirve para nada. ¿Me engañó aquel armero indecente
de la calle de Alcalá?... Probémoslo, á ver... pero de hecho me quedo
vivo... sólo que... por lo que pueda suceder, me encomiendo á Dios y á
San Luisito Cadalso, mi adorado santín... y... Nada, nada, este chisme
no vale... ¿Apostamos á que falla el tiro? ¡Ay! Antipáticas _Miaus_,
¡cómo os vais á reir de mí!... Ahora, ahora... ¿á que no sale?
Retumbó el disparo en la soledad de aquel abandonado y tenebroso lugar;
Villaamil, dando terrible salto, hincó la cabeza en la movediza tierra,
y rodó seco hacia el abismo, sin que el conocimiento le durase más que
el tiempo necesario para poder decir: «Pues... sí...»
Madrid, Abril de 1888.