--No seáis tontos... con vosotros nadie se mete. ¿Por quién me tomáis?
¿Por algún Ministro sin entrañas, que quita el pan á los padres de
familia para darlo á cualquier gandul? Porque vosotros también sois
padres de familia y tenéis hijitos que mantener. No os asustéis, y tomad
más miguitas... Creed que si mi mujer hubiera sido otra, la de Ventura,
por ejemplo, yo no habría llegado á esta situación... La esposa de
Ventura, de quien la mía se burla tanto porque dice bacalao de
_Escuecia_, vale más que ella cien veces... Con Pura no hay dinero que
alcance; ni la paga de un Director. El maldito suponer, el trapito, las
visitas, el teatro, los perendengues y el morro siempre estirado para
fingir dignidad de personas encumbradas, nos perdieron... No temáis,
tontos; podéis acercaros, aun tengo más migas... En cuanto á Milagros,
vosotros convendréis conmigo en que, si es buena y sencilla, no por eso
deja de ser una inutilidad como su hermana. ¡Qué bien hizo aquel que se
tiró al agua! Pues si no se tira y carga con ella, á estas horas se
habría ahogado cien mil veces quedándose vivo, que es lo peor que le
puede pasar á un cristiano... Entre las dos hermanitas me han tenido á
mí lo mejor de mi vida con un dogal al cuello, aprieta que te
apretarás... No dirán que me he portado mal con ellas, pues desde que me
casé... Ahora me ocurre que, cuando fuí á pedir al señor Escobios la
mano de su hija, el apreciable médico del Cuarto Montado debió arrearme
un bofetón que me volviera la cara del revés... ¡Ay, cuánto se lo
hubiera agradecido más adelante!... Coman, coman tranquilos, que aquí no
estamos para quitarle el pan á la gente... Pues decía que desde que me
casé hasta la fecha, he sido víctima de la insubstancialidad y el
desgobierno de esas dos tarascas, y no podrán quejarse de que no he sido
sumiso y paciente, ni tampoco de que las abandono y las dejo en la
miseria, pues no me he determinado á recobrar mi libertad sino al saber
que quedan al amparo de Ponce, que es un bendito y les mantendrá el
pico, pues para eso le dejó todas sus migas el tío notario. ¡Ay, ínclito
Ponce, y qué mochuelo te toca! Ya verás lo que es canela fina. Si no
tienes cuidado, pronto te liquidan... te evaporan, te volatilizan, te
sorben. Allá se las haya. Yo he cumplido... he cargado mi cruz treinta
años; ahora, que la lleve otro... Se necesitan espaldas jóvenes... y el
peso es mayúsculo, amigo Ponce. Ya lo verás... Si he de ser franco, te
diré que mi hija, sin ser un talento, vale más que su mamá y su tía;
tiene algunas ideas de orden y previsión; no es tan amiga de echar
plantas... Pero cuidadito con ella, Ponce amigo, porque ó yo no entiendo
nada de afectos y afecciones de mujeres, ó á mi Abelarda le gustas tú lo
mismo que un dolor de muelas. Nadie me quita de la cabeza que ese peine
de Víctor le había sorbido los sesos... Pero cásese en buen hora, y si
son felices las señoras _Miaus_, y aprenden ahora lo que ignoraban en mi
tiempo, yo me alegraré mucho y hasta las aplaudiré desde allá: vaya si
las aplaudiré.
Con estas meditaciones, harto más largas y difusas de lo que en la
narración aparecen, se le fué pasando la tarde á Villaamil. Dos ó tres
veces mudó de sitio, destrozando impíamente al pasar alguno de los
arbolillos que el Ayuntamiento en aquel erial tiene plantados. «El
Municipio--decía--es hijo de la Diputación Provincial y nieto del muy
gorrino del Estado, y bien se puede, sin escrúpulo de conciencia, hacer
daño á toda la parentela maldita. Tales padres, tales hijos. Si
estuviera en mi mano, no dejaría un árbol ni un farol... El que la hace
que la pague... y luego la emprendería con los edificios, empezando por
el Ministerio del cochino ramo, hasta dejarlo arrasadito, arrasadito...
como la palma de la mano. Luego, no me quedaría vivo un ferrocarril, ni
un puente, ni un barco de guerra, y hasta los cañones de las fortalezas
los haría pedacitos así».
Vagaba por aquellos andurriales, sombrero en mano, recibiendo en el
cráneo los rayos del sol, que á la caída de la tarde calentaba
desaforadamente el suelo y cuanto en él había. La capa la llevaba
suelta, y tuvo intenciones de tirarla, no haciéndolo porque consideró
que podía venirle bien á la noche, aunque fuese por breve tiempo. Paróse
al borde de un gran talud que hay hacia la Cuesta de Areneros, sobre las
nuevas alfarerías de la Moncloa, y mirando al rápido declive, se dijo
con la mayor serenidad: «Este sitio me parece bueno, porque iré por aquí
abajo, dando vueltas de carnero; y luego, que me busquen... Como no me
encuentre algún pastor de cabras... Bonito sitio, y sobre todo, cómodo,
digan lo que quieran».
Pero luego no debió parecerle el lugar tan adecuado á su temerario
intento, porque siguió adelante, bajó y volvió á subir, inspeccionando
el terreno, como si fuera á construir en él una casa. Ni alma viviente
había por allí. Los gorriones iban ya en retirada hacia los tejares de
abajo ó hacia los árboles de San Bernardino y de la Florida. De repente,
le dió al santo varón la vena de sacar un revólver que en el bolsillo
llevaba, montarlo y apuntar á los inocentes pájaros, diciéndoles:
«Pillos, granujas, que después de haberos comido mi pan pasáis sin darme
tan siquiera las buenas tardes, ¿qué diríais si ahora yo os metiera una
bala en el cuerpo?... Porque de fijo no se me escapaba uno. ¡Tengo yo
tal puntería!... Agradeced que no quiero quedarme sin tiros; pues si
tuviera más cápsulas, aquí me las pagabais todas juntas... De veras que
siento ganas de acabar con todo lo que vive, en castigo de lo mal que se
han portado conmigo la Humanidad, y la Naturaleza, y Dios (con
exaltación furiosa)... sí, sí: lo que es portarse, se han portado
cochinamente... Todos me han abandonado, y por eso adopto el lema que
anoche inventé y que dice literalmente: _Muerte... Infamante... Al...
Universo..._».
Con esta cantata siguió buen trecho alejándose hasta que, ya cerrada la
noche, encontróse en los altos de San Bernardino que miran á
Vallehermoso, y desdé allí vió la masa informe del caserío de Madrid con
su crestería de torres y cúpulas, y el hormigueo de luces entre la
negrura de los edificios... Calmada entonces la exaltación homicida y
destructora, volvió el pobre hombre á sus estudios topográficos: «Este
sitio sí que es de primera... Pero no; me verían los guardas de Consumos
que están en esos cajones, y quizás... son tan brutos... me estorbarían
lo que quiero y debo hacer... Sigamos hacia el cementerio de la
Patriarcal, que por allí no habrá ningún importuno que se meta en lo que
no le va ni le viene. Porque yo quiero que vea el mundo una cosa, y es
que ya me importa un pepino que se nivelen ó no los presupuestos, y que
me río del _income tax_ y de toda la indecente Administración. Esto lo
comprenderá la gente cuando recoja mis... restos, que lo mismo me da
vayan á parar á un muladar que al propio panteón de los Reyes. Lo que
vale es el alma, la cual se remonta volando á eso que llaman... el
empíreo, que es por ahí arriba detrás de aquellos astros que relumbran y
parecen hacerle á uno guiños llamándole... Pero aun no es hora. Quiero
llegarme á ese puerco Madrid y decirle las del barquero á esas indinas
_Miaus_ que me han hecho tan infeliz».
El odio á su familia, ya en los últimos días iniciado en su alma, y que
en aquél tomaba á ratos los vuelos de frenesí demente ó rabia feroz,
estalló formidable, haciéndole crispar los dedos, apretar reciamente la
mandíbula, acelerar el paso con el sombrero echado atrás, la capa caída,
en la actitud más estrafalaria y siniestra. Era ya noche obscura.
Resueltamente se dirigió al Conde-Duque, pasó por delante del cuartel,
y al aproximarse á la plaza de las Comendadoras, andaba con paso
cauteloso, evitando el ser visto, buscando la sombra y mudando de
dirección á cada instante. Después de meterse por la solitaria calle de
San Hermenegildo, volvió hacia la plazuela del Limón, rondó la manzana
de las Comendadoras, aventurándose por fin á atravesar la calle de
Quiñones y á observar los balcones de su casa, no sin cerciorarse antes
de que no estaban en el portal Mendizábal y su mujer. Agazapado en la
esquina de la plazuela obscura, solitaria y silenciosa, miró repetidas
veces hacia su casa, queriendo espiar si alguien entraba ó salía...
¿Irían las _Miaus_ al teatro aquella noche? ¿Vendrían á la tertulia
Ponce y los demás amigos? En medio de su trastorno, supo colocarse en la
realidad, considerando al fin como seguro é inevitable que, alarmada por
la ausencia de su marido, Pura ponía en movimiento á todos los íntimos
de la familia para buscarle.
Al amparo de la esquina, como ladrón ó asesino que acecha el descuidado
paso del caminante, Villaamil alargaba el pescuezo para vigilar sin que
le vieran. Propiamente, su cuerpo estaba en la plazuela de las
Comendadoras y su cabeza en la calle de Quiñones; su flácido cuello,
dotado de prodigiosa elasticidad, se doblaba sobre el ángulo mismo.
«Allá sale el ínclito Ponce de estampía. De seguro han ido á casa de
Pantoja, al café, á todos los sitios que acostumbro frecuentar... Ese
que llega echando los bofes me parece que es Federico Ruiz. De fijo
viene de la prevención ó del juzgado de guardia... Habrá salido á
averiguar... ¡Pobrecillos, qué trabajo se toman! Y cuánto gozo yo
viéndoles tan afanados, y considerando á las _Miaus_ tan aturdiditas...
Fastidiarse; y usted, doña Pura de los infiernos, trague ahora la
cicuta; que durante treinta años la he estado tragando yo sin
quejarme... ¡Ah!, alguien sale y viene hacia acá... Me parece que es
Ponce otra vez. Agazapémonos en este portal... Sí, él es... (viendo al
crítico atravesar la plazuela de las Comendadoras). ¿Á dónde irá? Quizás
á casa de Cabrera. Trabajo te mando... ¿Habrá bobo igual? No, no me
encontraréis; no me atraparéis, no me privaréis de esta santa libertad
que ahora gozo, ¡bendita sea!, ni aunque revolváis el mundo entero me
daréis caza, estúpidos. ¿Qué se pretende? (amenazando con el puño á un
ser invisible), ¿que vuelva yo al poder de Pura y Milagros, para que me
amarguen la vida con aquel continuo pedir de dinero, con su desgobierno
y su majadería y su presunción? No; ya estoy hasta aquí; se colmó el
vaso... Si sigo con ellas me entra un día la locura, y con este
revólver... con este revólver (cogiendo el mango del arma dentro del
bolsillo y empuñándolo con fuerza) las despacho á todas... Más vale que
me despache yo, emancipándome y yéndome con Dios... ¡Ah! Pura, Purita,
se acabó el suplicio. Hinca tus garras en otra víctima. Ahí tienes á
Ponce con dinero fresco; cébate en él... ahí me las den todas... ¡Cuánto
me voy á reir!... Porque esta doña Pura es atroz, querido Ponce, y como
se encuentre con barro á mano, se armó la fiesta, y mesa y ropa y todo
ha de ser de lo más fino, sin considerar que mañana faltará la condenada
libreta... ¡Ay, Dios mío! El último de los artesanos, el triste mendigo
de las calles me han causado envidia en esta temporada; así como ahora,
desahogado y libre, no me cambio por el rey; no, no me cambio; lo digo
con toda el alma».